Uber Cuba 0055

“Capítulo 1”

(Escrito en el móvil durante 45 minutos de tráfico en hora pico, en un SUV-Uber entre el barrio residencial de Central West End, en el distrito electoral número 1 de la ciudad de Saint Louis, y la prisión federal Missouri Eastern Correctional Center, en el pueblo de Pacific, Missouri.)

El olor de mi barba está contigo. La transparencia color tiempo o color tarde de mis ojos está contigo. La tristeza que no supimos poner en palabras está contigo. 

Los jardines de nuestro barrio, refugios antisociales que lucían mucho mejor cuidados que el resto de la nación. Las guaguas que conectaban como por arte de magia tu portal con el mío. Las escalinatas y chimeneas, cuya función ancestral ignorábamos. Los puentes hecho tierra, suspendidos a punto ya de derrumbe sobre ríos hechos literalmente de mierda. 

Todos tiernos, todos aterrados, todos tangibles. Testigos antediluvianos de una Habana que delicadamente desapareció.

Y entonces tu mirada, siempre a punto de lágrimas. Y entonces el sonido del vacío político, que se nos metía por entre la tela metálica de la ventana del patio mientras hacíamos puntualmente el amor. A la sombra de nuestra eterna mata de mangas cubanas que, sin embargo, no sobrevivió. Y entonces los bigotes como manubrios de un bebé de gato caído del cielo. Criatura en blanco y negro, como esta historia. Criatura huérfana en los tiempos sin tiempo de Fidel Castro, como tú y como yo.

No hay de qué preocuparse. Todo estará siempre contigo. Pase lo que pase, no te olvides de esas tres palabras que, tarde y todo lo que tú quieras, por fin te las dije yo: todo, siempre, contigo.

No se nos quedó ni un solo objeto ni una sola memoria atrás. En Cuba no dejamos abandonado a nada ni a nadie. De los cementerios se sale desnudo o no se sale. 

Así que a pesar de todo fuimos buenos, muy buenos. Atrevidos y transparentes como un rayo de sol. Solos en cuerpo y alma ante la dictadura cubana. Humanos, excepcionalmente humanos excepto, por supuesto, para con nosotros mismos. La maldición de ser un espejo es esa: no verse nunca a uno mismo.  

Pero eso era lo inevitable. De manera que tampoco tiene sentido ahora arrepentirse ni ponernos a pedirnos perdón. El tiempo se acabó medio siglo antes de llegar al futuro. Lo supimos desde el inicio. Lo sabíamos incluso medio siglo antes del inicio.

No hay amor verdadero que no sea un desastre. Todo lo indetenible va tendiendo tranquilamente hacia su devastación. No dejemos que el dolor nos deje tan indolentes que no podamos ser felices de nuestra propia debacle hasta el final.

Alcé mi móvil a los cielos segregados del Mid West norteamericano y marqué el número de la Embajada de la tiranía cubana en la capital de los Estados Unidos.

202-797-8518.

Me dio timbre, como de costumbre. Pero esta vez todo sería diferente. También tú y yo.

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