Uber Cuba 0053

· Uber Cuba 0052

· Espantado de todo me refugio en Trump


Hoy, jueves 14 de marzo de 2019, a las 10 y 10 de la mañana Missouri, cojo un taxi Uber y me dirijo, como si fuera lo más natural del mundo, a hacer mi entrevista para la ciudadanía. 

La Ciudadanía con mayúsculas, se sobreentiende. No hay que especificar mucho más: es la única Ciudadanía que existe como tal en el mundo.

Tengo sentimientos muy encontrados al respecto. Estoy hecho un viejo. Euforia, depresión. Patria es bipolaridad. Soy el último de los mohicubanos.

Le pido al chofer que por favor quite la música y las noticias del radio. Es demasiado joven. Igual le prometo no 5, sino 50 estrellitas en el App de Uber si me permite viajar en silencio, ese privilegio que en los Estados Unidos cae en la categoría de los milagros. Todos hablan de todo con todos, todo el tiempo. Así matan el tiempo, que es dinero. Así se mantienen mínimamente cuerdos en medio de la esquizofrenia del capital.

Creo en mi corazón que es un disparate darle la ciudadanía norteamericana así como así a quienes, como yo, alguna vez fuimos ciudadanos cubanos. Toda vez sujetos totalitarios, siempre seremos sujetos propensos de totalitarismo. No nos merecemos la gracia de la libertad sin haberla por lo menos luchado. Total, no sabremos ni aprovecharla. 

Trauma, tristeza. Exilio es indeterminación: una cubanía cuántica. Los cubanos deberíamos, como las ballenas antes de morir encalladas, devolver masivamente nuestros pasaportes norteamericanos.

¿Cuál es la ley suprema de la nación? ¿Cuál es el sistema económico de los Estados Unidos? ¿En qué consiste el estado de derecho? ¿Qué es lo que evita que una rama del gobierno se vuelva demasiado poderosa? ¿Cuáles derechos pueden ejercer todas las personas que viven en los Estados Unidos? 

Dan ganas de gritar. De tirar piñazos y patadas. De coger por el cuello al americanito snowflake que maneja lampiñamente su taxi. 

Mierda de examen de naturalización para el que he estudiado como el analfabeto cívico que soy, que somos. Ninguna de esas cien preguntas pudimos preguntarlas ni contestarlas jamás en Cuba. Ahora es que me doy cuenta de lo que tenía que darme cuenta desde mi infancia imbécil y feliz: la Cuba de los Castros, con Castros o sin Castros, nunca fue ni será un país.

¿Cuáles promesas usted hace cuando se convierte en ciudadano de los Estados Unidos? ¿Mediante cuáles maneras los ciudadanos americanos pueden participar en su democracia? ¿Cuál es una razón por la que los colonos vinieron a América? ¿Qué grupo de personas fue traído a los Estados Unidos como esclavos? 

La respuesta es obvia. Nosotros, los patriotas sin patria: paisanos sin paisaje, los parias del paraíso.

Mencione una guerra en la que pelearon los Estados Unidos durante los años 1800. La Guerra Hispano-Americana, por supuesto. La guerra que los Estados Unidos deberían de pelear otra vez en el siglo XXI, anagrama de XIX, ahora ya no para liberar a Cuba sino para reconquistarla para el carajo.

Durante la Guerra Fría, ¿cuál era la principal preocupación de los Estados Unidos? La misma que debería ser ahora la preocupación principal de los Estados Unidos: el comunismo.

Mencione una tribu de indios americanos en los Estados Unidos. La madre del que mencione ahora al pueblo Cheroquí, Navajo, Sioux, Apache, Iroquois, Seminola, o incluso Inuit. Los indios somos aquí nosotros, los cubanos con plumas de papagayos que ni hablan ni dejan hablar. 

Y, para rematar: ¿Dónde pinga está la Estatua de la Libertad?

En Liberty Island, compañeros y compañeras, en la Isla de la Libertad. Allí la tenemos clavada en el alma, ese armatroste, esa invención invisible pero invencible: mármol de la desmemoria, mojón metafísico, grosería geográfica, patética poesía de una patria sin patricios. Cuba como la pura plebeyidad.

―La Estatua de la Libertad ―me gustaría decirle a mi joven Uber-taxista en español de Degrassi High School― se empina en la bahía bárbara de ninguna parte. Contra ese paredón nos desaparecieron a los desaparecidos cubanos. Con la tea incendiaria de su antorcha atroz nos dieron contracandela comunitaria por el culo inconstitucional de todos y para el mal de todos. 

Nunca mejor dicha la palabreja de la prueba que ningún cubano debería de aprobar: nos “naturalizamos” en los Estados Unidos porque somos, precisamente, un pueblo descojonadamente desnaturalizado.

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