Uber Cuba 0051

· Uber Cuba 0046

· Espantado de todo me refugio en Trump


―Aquí lo tengo todo, brother ―me dijo―. Pero no tengo ni pinga.

En efecto, aquí lo teníamos todo, pensé. Pero no teníamos ni pinga.

En la Isla de la Libertad, el chofer de mi taxi Uber había sido uno de los más importantes ensayistas y críticos de la literatura cubana. Prácticamente el redescubridor del Virgilio Piñera durante el periodo de su ostracismo. El tipo también había sido uno de los primeros en acordarse de Calvert Casey, antes de que Jamila Medina, su viuda metafísica, resucitara en los años dos mil al bilingüismo de su tartamudo cadáver. 

Aquel chofer de Uber había sido un lector de lujo en Cuba: un ogro provocador y sagaz. No se le escapaba un detalle, una conexión de forma o temática, un cortocircuito radical. Atento, artero. El tipo estaba llamado a ser uno de los pilares para deconstruir hasta los tuétanos a nuestra cultura oficial y, con la cultura oficial, descojonar al resto del castrismo. Los restos del castrismo.

Pero no. Pero ni carajo. Ahora el gurú gramático era un chofer de taxis Uber part-time. Y, para colmo de humillación nacional, le daba clases de Español 1 y 2 a los norteamericanitos de nivel preuniversitario. El genio de la lámpara maravillosa ya no era nadie. Los genios que nos escapamos de la lámpara maravillosa ya no éramos nadie.

―Pero no me arrepiento, brother ―me dijo―. Mejor no tener ni pinga antes que seguir siendo parte del pueblo. Si me hubiera quedado en Cuba, hace rato que me hubiera tirado del último piso del Habana Libre.

Con la salvadora salvedad, pensé, de que el último piso del Habana Libre desde enero de 1959 es inaccesible para los ciudadanos cubanos que no sean agentes secretos del Ministerio del Interior. Es decir, para los comemierdas cubanos que nos creímos el cuento de la buena pipa del papá Comandante en Jefe y la mamá Revolución.

―Buen título para una novela, ¿no? ―traté de animarlo o tal vez animarme―: “Mejor pinga que pueblo”.

El crítico y ensayista de élite titubeó. No podía evitarlo del todo. Todavía pensaba en grande. Pensaba por escrito, como si fuera a publicarlo tan pronto como yo me bajara de su Subaru con matrícula expatriada de Nueva York (“el metro de Manhattan me complace más que el mar”, recordé). 

―Las novelas están sobreestimadas, brother ―me dijo―: “Mejor pinga que pueblo” sólo puede ser el título de una autobiografía. Los diarios de un Piglia cubano pinguero o por lo menos pajuzo.

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