Uber Cuba 0042

A la altura de la Pequeña Habana, en el Uber Pool se montó Rosa María Payá

Me fue fácil de reconocer su rostro, por los cientos de conferencias en Facebook Live y YouTube, sin contar sus otras tantas entrevistas y paneles de debate en la TV. 

Rosa María iba con un señor mayor, algo obesito, blanco, con gafas y camisa de cuadros tipo Tiendas Yumurí, que portaba una sonrisa atípica para la mediocridad mimética de Miami. Obviamente, aquel era un hombre que lucía alegremente confiado, como si fuera el dueño de su destino o al menos de alguna visión mesiánica, en medio de la siniestra seriedad anxiopática del exilio cubano. 

Detrás de Rosa María y del señor sesentón, se subió al taxi, con la gracia de un gato recién deportado de Cuba, un muchacho delgado, joven, alto como una vara de tumbar precisamente gatos, de piel morisca o aindiada o tal vez simplemente demasiado maltratada por el sol cancerígeno del Caribe, en cuya mirada irradiaba un no sé qué sabio de luminosidad como de otro planeta, y también una cosa triste, tristísima. Preclara, opaca, hoguera vital a punto ya de apagarse.

No quise ni pensar quiénes pudieran ser sus dos acompañantes de viaje. Era una tardenoche de fin de año. Preferí no saludarla a ella tampoco. Pasar por anónimo, por no cubano, por un espía estatal o un criminal en potencia a sueldo de los Castros. 

Me arrimé a mi rincón del carro y saqué la cabeza por la ventanilla. Así y todo, no puede evitar sobreoír una parte de la conversación que se estableció entre los tres.

Una conversación imposible de transcribir aquí. Reencuentro o despedida, es igual. La vida de los cubanos bajo el castrismo ha sido eso: siempre nos vamos antes de tiempo a cualquier otra parte. Siempre nos obligan a abandonar a quienes más amamos.

Se bajaron en la Ermita de la Caridad. Todavía no era de noche. Pero ya casi anochecía. El mar de Miami parecía de mármol.

Parecía, no. Era de mármol. 

Tenía que ser de mármol: el material de la demasiada memoria, el material de los demasiados muertos que se quedaron sin memoria.

Uber Cuba 0041

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Orlando Luis Pardo Lazo

Morir en anonimato es sinónimo de libertad. Quien no tiene nombre, no puede sufrir.

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