Uber Cuba 0040

Chucho Valdés en Saint Louis, Missouri. Tenía que pasarme a mí. 

Con el destino no se puede, no, como decía aquel gran réquiem por un hijo prodigio, canción del corazón hoy ya olvidada por nuestra mediocridad siglo XXI de cubanos sin Cuba, tanto dentro como fuera de la Isla. Con el destino no se puede, no: una balada con tumbao, compuesta e interpretada con el alma a flor de pecho, en la etapa de oro de los Van Van (es decir, en la etapa de oro de la Revolución cubana).

Los oprobiosos ochenta. 

Nunca debimos de llegar vivos a los noventa. Pero aquí estamos, aquí seguimos: después de los años cero y ya casi en el primer cuarto de siglo del nuevo siglo, ese enemigo. 

El tiempo, el implacable, el que pasó por pasar y nosotros todavía sin poder vivir una vida real. Todo ha sido hasta ahora máscara, mueca, pantomima de mentiritas. Nosotros, los fantasmas de la fidelidad. Nosotros, los desaparecidos del paraíso. La pesadilla de unas notas improvisadas sin pentagrama.

El maestro Chucho, hijo del maestro Bebo, vino al Ferring Jazz Bistro a tocar dos o tres noches de invierno, un par de veces en cada velada, para una audiencia mínima, de enterados, de sobrevivientes al febrero glacial. Melómanos enfermos de nostalgia, entre un montón de aplausos y traguitos y bravos y mesas vacías como un memorándum de que fuera de Cuba nadie es nadie. 

Por lo demás, nunca se pronunció la palabra “Cuba” en voz alta. Tampoco yo la pronuncié. Cuba cansa con cojones.

Chucho, el cosmopolita.

Chucho, el prestidigitador. 

Chucho, el signatario número 26 de la criminal Carta de los 27 en la Primavera Negra de 2003, para sufragar el fusilamiento semifusa de tres negritos cubanos de La Habana más marginal, ninguno de los cuales había estudiado piano ni trompeta ni timbales en las escuelas de artes gratis de la Revolución. Ninguno de los cuales, tampoco, había comido nunca bacalao-con-pan, aquel plato de pobres devenido después en delicatessen en Cuba, cuando el inicio del llamado Periodo Especial de Guerra en Tiempos de Paz, en el año capicúa de 1991.

Chucho, compay, carajo.

Chucho y la sorpresa y dolor de los manifiestos calumniosos contra Cuba. Chucho y la inocencia insultante al punto de la ignorancia, nacida de la distancia, la desinformación y los traumas de experiencias socialistas fallidas. Chucho y la gran campaña que pretende aislarnos y preparar el terreno para una agresión militar de los Estados Unidos contra Cuba. Chucho y la superpotencia que pretende imponer una dictadura fascista a escala planetaria

Para defenderse, Cuba se vio obligada entonces a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba. Por eso, incluso hoy en la noche niche de Saint Louis, no se le debe juzgar por esas medidas arrancándolas de su contexto

Tres negritos muertos son tres negritos muertos son tres negritos muertos. Y pare de contar. La cosa no iba a pasar de ahí. Los blancos, tranquilos. Disfrutando del jazz batá en los cabarés caros, así en el Exilio como en la Isla. En 3-D, decadencia en stereo surround.

Cogí un Uber. Fui al concierto. 

Cogí un Uber. Regresé del concierto. 

Como Olmo, el homúnculo personaje que nadie tampoco recuerda en la literatura cubana inisecular. Amnesia quiere decir olvido. Compañeras y compañeros, tampoco se le pueden pedir peras al olmo.

Por mi parte, no le pedí siquiera un mísero selfie al maestro Valdés insular, hijo del maestro exiliado Valdés.

Hicieron bien en quitar el banderón cubano de la acera, Chucho, porque si está la bandera, tú sabes, yo no puedo entrar. Sólo que esta vez a nadie le importa en ninguna parte y ya vuelve, fosca, a su retórico rincón, el alma trémula y sola.

Uber Cuba 0039

Uber Cuba 0039

Orlando Luis Pardo Lazo

Hay un momento en el exilio donde el exilio se nos hace consistentemente verdad.

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