Uber Cuba 0026

Ricardo Piglia, que en prosa descanse, creía que “la ficción se define por la formula ´el que habla no existe´”. Al menos eso creía el domingo 27 de septiembre de 1970 en su diario Los diarios de Emilio Renzi: los años felices, poco más de un año antes de nacer yo en Lawton, La Habana, el viernes 10 de diciembre de 1971.

La ciudad allá afuera del taxi Uber ahora de pronto es Princeton, New Jersey. Ya casi estamos llegando. Vengo nada más y nada menos que a la super Universidad de Princeton, que atesora la papelería no sólo de Piglia, por supuesto, sino de grandes escritores malditos cubanos, exiliados todos, como Dios y el Estado mandan.

Me invita a Princeton una profesora norteamericana que conocí en Cuba como por el 2009 o el 2010, la que, tras las elecciones presidenciales del 2016, dirá luego que en los Estados Unidos me he convertido penosamente en un neocon supremacista blanco reaccionario. En todos los casos, con toda la razón por parte de ella. Tan linda, tan lúcida, tan mala lectora. Si alguien puede acusarme de algo, enseguida yo quiero convertirme en ese objeto concreto de su acusación. Sería una descortesía de izquierdas entrar en un debate democrático con tu acusador. Lo acepto todo. Neocon y bien. Supremacista y a mucha honra. Blanco, mi privilegio. Reaccionario, un honor. No hay miedo, compay, no hay miedo: ante el enemigo del pueblo, hay que devenir en El Enemigo del Pueblo. Si no tuve miedo en las fauces mismas de la policía política del castrismo en la Isla, mucho menos voy a tenerlo ahora con estas cosquillas de la corrección despótica en las universidades castroamericanas, con su patéticos censores del pensamiento y hasta de la gestualidad humana. No me jodan, compay, no me jodan.

Piglia anota en su diario de Emilio Renzi, el martes 2 de marzo de 1971: “Como se sabe, estoy cada vez menos de acuerdo con la política cultural de los cubanos, y todo se ha enfriado para mí después del apoyo de Fidel Castro a la invasión soviética en Checoslovaquia”. Afuera del taxi Uber, que me lleva a Princeton desde la estación de buses y trenes de Filadelfia, anochece sin prisa pero sin pausa, como dirían los cubanos. Reparen en la tercera persona del plural.

La chofer del Uber es una mujer argentina ya entradita en años. Y en carnes. Por suerte, una argentina que no habla. Con suerte, la guerra de las Malvinas le comió la lengua. Tal vez sea hasta una desaparecida que apareció por aquí. Su mudez de ojitos caídos en el espejo retrovisor me garantiza que hay riesgos de que esta argentina en particular pueda simpatizar con su compatriota Ernesto Ché Guevara, tan pronto como averigüe que yo soy cubano. Vamos anónimos los dos, hiper profesionales, un hombre y una mujer que envejecen por azar en un mismo taxi, donde podrían hasta hacer el amor pero sin intercambiar palabras, esos vehículos inverosímiles. Piglia concluye al respecto otro martes de otro año, el 14 de noviembre de 1972: “En estos tiempos difíciles es más fácil dar la vida que el corazón”.

Un martes sin fecha de 1973, Los diarios de Emilio Renzi que son los diarios de Ricardo Piglia dicen “que las grandes novelas son como las ciudades: lugares cotidianos donde suceden hechos extraordinarios. Todas las vidas posibles se superponen y se entrecruzan en sus calles, y una ciudad es también un tejido de relatos”. Eso es la sección Uber Cuba en esta página web de la editorial Hypermedia, escrita por un Orlando Luis Pardo Lazo que encarna a otro tal Orlando Luis Pardo Lazo: Uber Cuba es un tejido sin histología, un habla sin existencia, exclusivamente una experiencia que exprime esta o aquella lectura, alícuotas absolutas de la verdad. Y el martes 10 de septiembre de 1974, Piglia anuncia que en tanto escritor “cada vez tengo menos que decir, por eso ahora puedo escribir: el que escribe no se puede contar a sí mismo lo que ya sabe”.

Espero que en la Universidad de Princeton me sigan leyendo, como cuando yo escribía mis cositas desde la Cuba de Castro, y entonces cualquier bobería posteada en mi blog Lunes de Post-Revolución se convertía en canon curricular instantáneo para la academia norteamericana. Espero que, en silencio solemne pero sensual, todavía nadie se haya olvidado de mí en esas cátedras sobresaturadas de mujeres solitarias como diarios, como choferes de Uber, como la Revolución Cubana.

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