Uber Cuba 0021

Manejaba el Rambler una mujer.

Negra. Vieja. Cubana. Parecía como de 106 años. La mujer de Esteban Montejo, vaya. O una cosa por el estilo.

Y, en efecto, lo era: todo un icono literario al volante de mi taxi Uber, pisando el acelerador la muy pata caliente por la Okeechobee.

―¿Qué edad tú me echas, blanquito? ―me preguntó, tan pronto como supo que yo era también de La Habana.

No quise ser descortés con la señora. Por muy negra, vieja y cubana que fuera, al fin y al cabo no era más que una mujer. Y todas las mujeres son cagaítas a la hora de estimarles la edad. Cualquier respuesta fuera de pico que uno les dé, puede constituir hasta un caso de “acoso” o, peor, de “misoginia” en una corte federal.

―Mi pura ―le dije con un tin de diplomacia y otro de poesía―: joven ha de ser quien lo quiera ser…

―Oye, blanquito, coño ―me cortó―, déjate de comer pinga conmigo que hace mucho rato que yo bien puedo ser tu tatarabuela.

Y entonces rompió a reír. Con esa risa contagiosa de los hombres sin pene, esa raza matriarcal de las grandes vaginas de la historia de la humanidad.

Noté que aquella más que centenaria cabrona al volante del taxi Uber lucía absolutamente todos sus dientes. Y absolutamente todos parecían naturales. Blanquísimos. Sin halitosis. Dientes de caballona. En sus tiempos debió de ser la candela. Una hembra de armas tomar. Una Quintín Bandera de las papayas, vaya: remix de Evarista Estenoz y Pedra Ivonnet con un retoque de El Ambia.

De verdad que los chinos y los negros cubanos jamás envejecen, pensé.

―Mira, blanquito ―volvió a la carga―: hoy mismo estoy cumpliendo mis primeros 106 años y mira tú cómo estoy de bien paraíta. No necesito ni repistero.

Y allá fue a carcajearse otra vez.

Su secreto era aún más sensacional:

Te voy a confesar una cosa a ti porque me caíste bien: todos los días cumplo mis primeros 106 años.

Desde el 61 estoy cumpliendo 106 años todos los días.

Y no me mires así, tú, cara de mierda. ¿No me crees? ¡Ignorante!

De mí ha hablado incluso hasta mi padre Fidel. Lee para que no te quedes bruto, que tú eres muy joven todavía. Lee a tu padre Fidel y deja la bobería: despierta, que no estamos en Cuba.

Lee sus palabras a los intelectuales en la biblioteca nacional. En el verano del 61. Yo era casi una niña y ya tenía mis primeros 106 años de todas formas. Allí estoy, allí sigo, en sus palabras de blanco para los blancos.

Busca, busca y verás que yo sé bien lo digo.

Al final de su discurso de como 106 horas aquel blanco se enganchó de nuevo su pistolón en la cintura y entonces les dijo a aquella sarta de mariconcitos blancos: “creo que esta vieja puede escribir una cosa tan interesante como ninguno de nosotros podríamos escribirla”.

¡Ja! Bendito sea, eso dijo mi padre Fidel.

Y dijo más: “es posible que en un año se alfabetice y además escriba un libro a los 106 años”.

¡Ja! Partió el bate, bendito sea.

Y mírame aquí ahora todavía, tal como él lo profetizó entonces, pobrecito: mírame aquí ahora escribiéndole su libro prometido al finado. Con los mismos 106 años en las costillas y manejando un Uber hasta el fin de los tiempos cubanos.

¿Sabes qué?

Pero no se lo digas a nadie.

Ya lo tengo casi terminado, blanquito cara de culo, pero me da cosita terminarlo.

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