Uber Cuba 0012

No hablaba inglés, por supuesto. Por eso había venido a los Estados Unidos: porque no hablaba inglés ni tampoco le interesaba aprenderlo. Hoy por hoy donde único es posible prosperar sin hablar inglés es precisamente en los Estados Unidos.

Me pareció entenderle que era rumana, esa raza de rubias que te chupan hasta la última gota de sangre de solo mirarlas. Valquirias vampiras. Hasta la última gota de savia.

Se llamaba Elena, eso fue lo único que le entendí. En realidad, leí su nombre en el App de Uber. Porque ni siquiera la palabra “elena” la pronunciaba del todo.

Se tragaba las sílabas después de remezclarlas con su propia saliva. Hablaba como si se le fuera a acabar el aire. Y con la boca medio entreabierta o medio entrecerrada, eso depende de los deseos del interlocutor (en este caso, yo: lector de libidinosidades y labios).

Diríase que Elena le restaba importancia a lo poco que ella se decidía a decir. Típico de las mujeres que ya saben todo lo que hay que saber de la vida, y por eso les cansa tener que duplicar la realidad usando las palabras.

Elena silente, sensual. Elena muda, mutante. Transilvania, trans.

Desde que la vi supe que era un hombre, fuera rumano o no. Igual lucía muy espigada ante el timón, muy encajada sobre los pedales, muy ansiosa de miradas por el espejo retrovisor.

Me gustó. Aunque esto jamás se lo dije, en lo que bajábamos del Alto al Bajo New York. Soy homófobico, ya lo saben, orgullosamente homofóbico. Esa es mi verdadera identidad de género y/o/u orientación sexual: primero, homofóbico; después, heterosexual.

Pero me gustó. Todavía estoy asustado. Fue hace ya dos o tres años, por suerte. Una cosa del pasado. Que aun no entiendo por qué pasó, pero pasó. En cualquier caso, esa ha sido la única vez en mi vida en que la presencia próxima de un pene no me ha parecido un pecado.

No sé. Ojalá que Uber no obre el milagro de mi conversión. A estas alturas del exilio, no quisiera perder mi estatus de cubanía original. Nuestra condición de cubanos se caracteriza por continuar castristamente en el closet.

Hasta la vagina siempre.

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