Uber Cuba 0091

Estaba mirando la luna a través del parabrisas de mi carro cuando la luna estalló sin aviso previo y sin razón aparente. La recuerdo en fase creciente, a falta de uno o dos días para la luna llena. 

Serían ya como las cinco de la madrugada y yo no podía dormir. Manejando como un lunático desde el anochecer. Por eso estaba boteando en mi taxi Uber. Por eso fui la primera persona en La Tierra que la vi. O la primera que dejó de verla. De pronto no había más luna en el cielo. Una desaparición silenciosa, diríase que digital.

Pensé que me había quedado dormido en pleno puente de Clayton y la 64 Interestatal. Pensé que mis seis años de exilio eran eso, un sueño desvelado. Una sucesión de imágenes y borrones de imágenes que ocurren lejos de casa, sin casa. En la más absoluta ausencia de hogar. El desamparo, el descampado. Entonces me entró la llamada de un pasajero en mi aplicación.

Vivía cerca, en el Pasaje Ethel de Richmond Heights. Lo recogí a los pocos minutos. El tipo parecía muy nervioso, desquiciado. Apenas se montó en el carro me lo soltó de un tirón:

―Usted vio lo mismo que yo, ¿verdad?

Manda pinga esto, pensé. Otra vez la histeria colectiva de un país perversamente mediatizado como los Estados Unidos: una conglomeración de farsantes con beneficios de disability y un ejército de inmigrantes alimentándose a costa de los food stamps, mientras ven telenovelas del corazón y series de catastrofismo.

―¿El qué? ―le dije secamente, para no darle demasiada confianza. Era muy temprano para aguantarle a nadie una perorata.

El hombre trató de recomponerse un tanto. Calmarse el culo, se dice en cubano.

―Lo siento. Mire, yo soy un hombre enfermo. Y, por eso mismo, algunos me ven como un hombre malo. Pero sólo soy un tipo supersticioso en extremo. Hipocondriaco, quizá. Pero no le hago mal a nadie, a pesar del mal que esta sociedad me ha hecho a mí. 

Socialista, para colmo.

Good ―asentí―. Cristo dijo que había que poner la otra mejilla, amar a nuestros enemigos. Lo felicito por ser como es.

―Gracias, pero no se trata de eso ―se impulsó―. Mire, yo me dedico a monitorear los asteroides que pueden caer de manera imprevista sobre nuestro planeta. Los objetos a punto de destruir la civilización. Y si usted estaba despierto, tiene que haberla visto tan bien como yo. Es decir, tiene que haberla dejado de ver tan bien como la dejé de ver yo. 

―¿La qué? ―le dije con desgano de perdedor profesional.

Era obvio que escuchar su perorata sería de obligatorio cumplimiento, antes de dejarlo en la Basílica de Saint Louis. Aceleré. La autopista parecía una pista de despegue desierta. Una cinta astronómica sin fin. Una línea multicarril sin el menor viso de realidad.

―Fíjese usted ahí ―dijo señalando a un punto del cielo a través del parabrisas de mi carro―. Estaba en fase creciente, a falta de uno o dos días para la luna llena, y ahora de pronto no está más en el cielo. Ha estallado como en una película muda. Ha sido una desaparición silenciosa, aparentemente artificial. Un evento cósmico de excepción. De la mano de Dios o de lo desconocido, que a los efectos científicos resulta exactamente igual.

Dudé si contarle a mi pobre pasajero sobre mi sueño sobre el puente de Clayton y la 64 Interestatal. Dudé que este norteamericano, como todos los norteamericanos, entendiese nada de mis seis años de exilio desvelado. Una sucesión de pesadillas y borrones de pesadillas que ocurren lejos de casa, pero siempre en casa. En la más absoluta contradicción. Lo onírico es el horror, lo hueco. 

―Es posible ―concedí, con comedimiento―. He estado manejando desde hace muchas horas y lo cierto es que no recuerdo bien si hubo o no hubo luna esta noche. Mirar para arriba es peligroso cuando se trabaja como chofer.

La cara se le coaguló de decepción. Yo no le servía como testigo del milagro lunar. Tendría que llegar hasta su destino para buscar a otro prójimo menos infiel a quién convencer de lo sucedido. 

Lo siento por él. Tampoco era mi intención hacerlo sentir miserable. Pero no me animaba la idea de compartir el posible fin del mundo con alguien que no hubiera visto la luna brillando apoteósicamente sobre la Cuba de la Revolución. Y, más que sobre Cuba, sobre La Habana de la Revolución. Y, más que sobre La Habana, sobre el Lawton de la Revolución. 

Lawton.

Mi barrio lunalizado, con sus chimeneas como fósiles de dinosaurios que se quedaron sin humo en sus pulmones preindustriales, con sus escalinatas de cuarzo infantil, con su ruta 23 de lata mágica y sus insufribles latones de basura sideral, con sus escuelitas primarias y secundarias repletas de ojos que no pudieron presenciar en el exilio el posible fin del mundo esta madrugada, y con sus rieles de ferrocarril rielando todo el esplendor solar reflejado por una luna no tan de Cuba como de La Habana, no tan de La Habana como de Lawton, y no tan de Lawton como estrictamente intransferible y personal.

La luna de Orlando Luis Pardo Lazo.

―Tal vez fue sólo una nube ―me le hice el bobo al astrónomo neurótico del Pasaje Ethel de Richmond Heights―. No se preocupe, ya volverá a salir. Si no hoy, saldrá mañana. Confíe en mí.

En la cara de mi Uber-pasajero ahora se condensaba algo mucho más agresivo que la decepción. Me odiaba. 

Conozco de sobra esa expresión facial. La vi muchas noches, con y sin luna en el cielo caribe, hecha mueca de muerte en los rostros de los agentes para nada secretos que me arrestaban a sueldo del Ministerio del Interior.

―Es posible ―concedió con comedimiento ante mi indolente ignorancia, mientras se bajaba del carro frente a la Basílica del Central West End de Saint Louis―. Mire, si usted ha estado manejando desde hace horas, le recomiendo que regrese de inmediato a su casa y abrace fuerte fuerte fuerte a sus seres queridos. ¿Me lo promete?

Lo iba a mandar al carajo en inglés, pero enseguida me arrepentí. Ya no me quedan seres queridos a los que abrazar fuerte fuerte fuerte. Ni frágil frágil frágil. Por eso mismo me arrepentí de haberme arrepentido y, a riesgo de perder mi licencia de taxista, mandé entonces al misericordioso lunar al mismísimo carajo en inglés.

La cubanía no se comparte. Hay cosas más sagradas que cualquier civilización humana.



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