Yo maté a Fidel

Todo, si se quiere, fue un desquite. En mi casa nunca hubo devoción por Fidel Castro. Tampoco se era anticastrista. La dosis de Fidel allí era moderada, sin excesos. No teníamos fotos, ni cuadros de él. Por lo general, no teníamos cuadros ni fotos de nada ni de nadie. 

No estábamos obligados a verlo, salvo aquellas ocasiones en que aparecía en transmisión conjunta por todos los canales de nuestro televisor Caribe y hablaba por largas horas. Hubo un tiempo en que lo hacía casi a diario y el día que no lo hacía, entonces tocaba apagón. 

Cuando se iba acercando la hora habitual, mi abuela o mi madre imploraban que no le diera por hablar a Fidel o que no quitaran la corriente. En ocasiones, comenzaba su discurso justo en el horario en que yo veía los muñequitos o las aventuras, y aquello no tenía para cuándo parar. Se saltaba el programa detrás del noticiero, la telenovela, la programación de fin de semana. 

A veces no sé si realmente esto pasó o si me lo he inventado. Pero así recuerdo a Fidel en mi infancia: siempre inoportuno.

Una tarde —tendría yo unos 4 años— mi abuela encendió el televisor y estaba Fidel hablando. Se insultó, se dio un manotazo en un muslo y dijo mientras iba para la cocina: “Ahí está el viejo de mierda este hablando de nuevo”. Le pregunté quién era y me respondió:

Ese es el presidente de Cuba.

—¿Qué quiere decir eso, abuela, que es el dueño de Cuba?

—Casi —soltó tras una brevísima pausa, en medio de su ajetreo de ollas y calderos.

Mi abuela era de las medianamente agradecidas. Una guajira remediana que aprendió a leer y a escribir, y cuya vida cambió con los primeros años de la Revolución, le tenía su poco de agradecimiento a Fidel. A ratos lo maldecía por cosas que yo no comprendía y como quien le reprocha a un santo que ya no hace milagros. Escuchaba entonces menciones a un tal Mariel, a un tío que se había ido y del cual no tenían noticias, a otro que había muerto en el mar ensayando para una futura travesía, a un Período Especial, al hambre y a la escasez de nuevo, a un niño llamado Elián, cuyo nombre casi aprendo a escribir antes que el mío, y hasta al señor de bigotes que conducía cada noche el noticiero.

Me gustaba imitar a Serrano. Aquello hacía gracia a los mayores; sobre todo a mi tío, que cuando había visita en la casa me pedía que les mostrara. Entonces yo lo imitaba, todos terminaban riendo y yo, escondiéndome, apenada, detrás de una columna. Una vez vinieron unos señores muy elegantes y, en el momento exacto en que les iba a mostrar mi talento, apareció, de súbito, Fidel en la pantalla del televisor. “Ño. Ahí está el viejo de mierda este de nuevo”. Lo próximo que vi fue la mano de mi madre estrellándose contra mi boca.

—Eso no se dice. ¿De dónde tú sacaste eso?

Rompí a llorar escandalosamente, mientras la visita decía: “Ay, ¿por qué le diste?”, y yo miraba a mi abuela, que se había quedado en la entrada de la cocina con cara de compasión y la risa contenida.

A mí nunca me atrajeron los héroes ni me deslumbré con sus hazañas ni conspiraciones, ni entendía por qué había que respetarlos. Nunca les escribí cartas a los cinco héroes ni a Fidel. No alcancé siquiera a las postalitas de Elián que repartían en la primaria. Grité que vuelva Elián y grité que vuelvan los cinco, y volvieron. Todos volvieron. Elián, los cinco, los apagones, la escasez. Yo nunca quise ser pionero por el comunismo, ni ser como el Che; no me gustaban Martí, ni sus cuadernos, ni los zapaticos de rosa ni cultivos de rosas blancas. Otros mostraban interés por estas cosas, por la historia y la política, debatían; yo me sentía muy ajena. Todo eso me resultaba algo anodino y mustio. Yo siempre estuve en otra parte. Tal vez es que nunca me sentí parte.

Apolítica no es la palabra. Asumirnos apolíticos es un acto político en sí mismo. Más bien, fui una niña desinteresada por esos temas. Desinteresada y potencialmente desconfiada. Y, para ser tímida, demasiado irreverente. Sí empecé desde muy temprano a desconfiar del género, que es de las cosas comprendidas como ciertas e inamovibles y a la que nos aferran desde niños, de qué no podía yo desconfiar. Desconfiaba de todo lo establecido: del hogar como espacio armonioso y seguro; de lo que nos contaban en la escuela, de Céspedes y la libertad a sus esclavos, del concepto de Revolución; del Fidel que había bajo el cristal de los burós del trabajo de mi mamá, siempre lleno de tachaduras, de apuntes, de números telefónicos, y al cual le rellenaba con marcador azul la parte blanca de los ojos. Quiero pensar que a mí Fidel no me marcó. Me caían mejor Mella y Camilo, y recuerdo que hasta un 28 de octubre me entristecí porque llegué a la escuela cuando ya todos se habían ido a echar flores al río.

Luego vinieron los Camilitos, y allí, la maldita circunstancia de Fidel y el autoritarismo por todas partes. En onceno fue el aniversario 60 de la declaración del carácter socialista de la Revolución y nos prepararon desde el año previo para un desfile militar. Nos dijeron que iba a estar Fidel ese día en la Plaza, muchos se emocionaron y hablaban todo el tiempo de eso. Yo no entendía cómo aquello podía ser motivacional. Marchábamos a todas horas, nos convalidaron algunas asignaturas y hasta nos modificaron el plan de estudio con tal de dedicar más horas al ensayo de algo que tendría lugar un día, dentro de nueve meses, y no duraría más de 15 minutos. Al final, Fidel ni estuvo ese día. 

Salí de los Camilitos graduada de antiautoritarismos, resentida con la gente con poder y pensando en mundos despatriarcalizados y más horizontales. La política siguió pareciéndome prosaica. Mi mamá estaba orgullosa de verme cumpliendo con el precepto familiar de no inmiscuirme en ella, porque siempre recordaba a un hermano que perdió en el mar y a otro que se metió en la embajada de Perú y del cual nunca más supieron cuando se instaló en Estados Unidos. Ambos habían dicho desde muy jovencitos que esto era una mierda y que había que irse. 

Mi mamá sabía que había sido por la política y me explicaba todo el tiempo que la política era cochina, que no valía la pena meterse en ella y que esto no lo va a cambiar nadie no importa cuántas huelgas de hambre y marchas se hagan. Esto último me lo ha dicho más recientemente, al verme interesada en la política y no entender que he tenido que meterme en ella porque es la política la que se mete en nuestras vidas.

Mi mamá pertenece a una de esas generaciones que perdieron el unicornio azul y lo siguen buscando a fuerza de cerrar los ojos y conformarse con pensar que pudieran estar peor o que en Colombia desaparecen a la gente. 

Mi mamá nunca participó y jamás lo haría, pero fue de las generaciones que estrenaron el pin pon fuera-abajo la gusanera, los actos de repudio y la tiradera de huevos, cuando tirar huevo no era un lujo. 

Mis abuelos tampoco se prestaron para eso. Los cuatro están muertos y, cuando veo los tiempos que corren, siento alivio. A ninguno los van a coger para actos de repudio. Mis abuelas no van a ir fatigadas a gritar improperios y consignas vacías a la puerta de mujeres opositoras.

Ninguno de ellos podrá llamarme malagradecida, porque eso soy, si se quiere. Soy del bando de los malagradecidos. Y lo reivindico. Soy de los que cada vez tenemos menos que agradecer, los cuervos que criaron y que ahora les estamos sacando los ojos. Soy también la que en la noche del 25 de noviembre de 2016 iba con tres amigos bajando por Prado hacia Malecón hablando de cosas intrascendentes, de las luces de la ciudad, de que Martí, Maceo y Máximo Gómez son nombres de calles que se repiten en cada municipio, y la que de pronto exclamó: 

—Ay, ustedes se imaginan cuando Fidel se muera, tendrá calles, escuelas, parques, monumentos.

—Va a ser del carajo el culto al líder —dijo uno de mis amigos. 

Y seguimos avanzando en silencio, como si de pronto alguna verdad se hubiera revelado en medio de aquella noche. 

No supimos la noticia hasta la mañana siguiente. Primero, me cayó algo de culpa, una sensación extraña, pero a lo largo del día se me fue pasando. A fin de cuentas, hubo un tiempo donde él no me dejaba ver los muñequitos y hasta un bofetón me gané por su culpa.




Evangelina-Cisneros-Yunior-Garcia

Yunior García en la boca de los leones

Francisco Morán

Lo extraño sigue siendo que Díaz-Canel, ‘Granma’, ‘Cubadebate’ y ‘La Jiribilla’ no la hayan emprendido contra Yunior García. Y este silencio no puede ser sino calculado. Calculado, ¿para qué?





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5 Comentarios
  1. YO MATÉ A FIDEL CASTRO
    Sigan haciendo esto en memoria de mí.
    Lucas 22:19
    Este es un tiempo monótono. Sin dioses, ni magos, ni duendes, ni telépatas, ni sacerdotisas. Los hermanos Strugatski inventaron La Zona. Un lugar con un poder extraordinario, aún desconocido para el hombre. Un es- pacio donde hacer realidad los deseos más íntimos. Fidel Castro eligió el camino hacia la inmortalidad. ¿Acaso puede amarse a otra cosa que no sea a uno mismo?
    La Revolución cubana se puede entender como una historia de amor, una comedia, una tragedia, una aven- tura emocionante o, incluso, como una antología de las luchas cubanas. Como toda antología, es también un error, una pausa en el tiempo.
    Pudo ser aquella madrugada infinita, o pudo ser hace solo un instante. Lo hice, porque quería salvarme. Yo maté a Fidel Castro. Sí, lo maté, y me di cuenta al hacerlo de que me estaba aniquilando a mí misma. Fue un suicidio social.

    Fragmento de mi novela Terminal publicada en la Editorial Hypermedia en enero de 2021.

      1. Todavía recuerdo que ese fue un día de Ciudad Metal, mientras El Pollo; vocal de Adicto cantaba «Mátalo» sube alguien al escenario, no recuerdo si el presidente de La AHS, a dar la noticia. En fin, creo que el pollo también lo mató.

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