Trilogía del transporte urbano en Miami (II): A pie

Al bajar de la guagua, hay que caminar.

Las distancias no son las mismas. Seis cuadras en Miami no son lo mismo que seis cuadras en La Habana. Muchas cuadras en La Habana no llegan a los “reglamentarios” 100 metros (por los que uno sacaba la arcaica cuenta de 10 cuadras = 1 kilómetro); en Miami, se pasan.

En una ciudad que, como norma, crece hacia los lados en lugar de hacia arriba, cuando el GPS te dice: “Loco, estás a 40 minutos”, estás a 40 minutos. Podrás decir: “Nah, mentira, no jodas, si son 10 minutos en auto”. A pie, señor, usted está bien lejos.

Así que cuando no te queda otra y todavía no estás enfermo de Ford, Toyota o cualquier otro transportation, o cuando ni siquiera una guagua puede tirarte el cabo, emprendes ese camino que el cubano conoce como la guagua de San Fernando: un ratico a pie, otro caminando.

Caminar, en una sociedad tan sedentaria, está a medio camino entre el lujo y el castigo. Aunque el mercado quede a par de cuadras, las personas van en el auto (para al final cargar con una sola bolsa). “Es que aquí dos cuadras son dos cuadras”, dicen, como si se tratara de ir de Calle 8 a Tallahassee. Hace poco obligué a una persona a caminar tres cuadras.

—Me perdonarás por hacerte ir caminando —le dije—, seguro hace días que no caminas tres cuadras.

—¿Días? Qué cómico. ¡Años!

Llegó agitado, el hombre. Pensé que le daba algo.

Pero cuando asumes caminar, como lo asumías en Cuba, puedes encontrar cosas interesantes. La posibilidad de verlo todo en vivo, con detenimiento, no de pasada. Lo bueno, lo malo y lo regular. Es increíble la cantidad de matices que encuentras en distintos lugares, y cómo estos te sorprenden cuando andas a ras de suelo.



Caminando te encuentras con la realidad. Barrios malos con gente buena, barrios buenos con gente horrible. Y lugares “antiflojitínicos”: ni frío ni calor.

Lo mismo vas contracorriente en una masa amorfa de nasobucos (recuerden, en la calle hay que llevarlo), que puedes salir a caminar temprano y las personas te saludan, solidarizadas con tu madrugar. Ahí, y solo ahí, es donde se ve que muchas veces el “Buenos días” no es más que levantar las cejas y hacer una mueca que se pierde dentro de la mascarilla.

Por supuesto, hay muchos lugares donde por más que camines no verás a nadie. Solo jardines, casas, portales, autos, muchos autos… Parqueados, en movimiento, como sea. Casi nunca verás perros; quizás sí unos cuantos gatos que se la han ingeniado para escapar del “Zoonosis” americano.

Importante: en ciertos vecindarios te puedes encontrar, como parte del paisaje, una turba de pavos reales. ¿No es así, Coral Gables? La créme de la créme.

También la zona de los hospitales, con el Jackson Medical Center o el University of Miami Hospital, tiene su toque mágico para atravesarla a pie, sobre todo en las mañanas, y ver ese reguero de personal médico en batas azules, verdes o rojas, con sus cafés en la mano, corriendo para llegar a sus puestos o saliendo de un turno de guardia agotador.

Otra de las cosas que se disfrutan a pie son las luces de la ciudad. Ahí es donde digo que ni Brickell ni el Downtown se disfrutan en talla desde un automóvil: hay que tirarse, sumergirse, desembarcar y gozar el recorrido, con cuidado de que no te pase un loco por arriba, por andar mirando para los celajes.

Para una persona que lo más alto e iluminado que ha visto es la Plaza de la Revolución y el Focsa, chocar con Brickell es el sueño cosmopolita hecho realidad (y eso que no es Nueva York o Chicago). Pero hace relativamente poco tiempo, no existía ni el City Centre, ni sus paredes de colores, ni tanta luz. Quienes llegaron a Miami sobre el 2010, o antes, cuentan que aquello no tenía nada que ver con lo que hay ahora.

—Cuando llegué, en 2012, no había nada de eso. Me fui a Nueva York, de donde regresé hace pocos meses. Un día me invitaron a vernos en un bar por esa zona. Yo pensé que me había perdido. Era todo nuevo, con tantas luces, vidrieras, vida, gente…

Eso me dijo un conocido al pie de una ventana desde la que se veía el Downtown de Miami iluminado a lo lejos, y me invitó a caminarlo. Yo no perdí tiempo, y al otro día me levanté y agarré por la 22 hasta Calle 8, la calle de Celia Cruz. Fue en tiempos de la segunda reapertura, sobre el mes de agosto. Había ya algunos negocios tímidamente abiertos, aquellos que sobrevivieron al embate de casi cuatro meses de cero movimiento. Luego de tanto encierro, salir a caminar era un lujo.



A lo largo de la Calle 8 vas viendo cosas que se te antojaría encontrar en cualquier barrio cubano, pero con las características de la “multietnicidad miamense” (este término creo que me lo he inventado). La Esquina del Pan con Bistec, el Café La Trova, la fonda La Chismosa… Tabaquerías cubanas de todo tipo, como una que se llama El Titán de Bronce, o sabores latinos como el boricua Mofongo y Churromanía, de Venezuela. Asientos ocupados en interiores y exteriores caracterizan la zona, donde también hay food trucks sirviendo cualquier cantidad de variedades (ahora todo un poco más limitado por la COVID-19).

Pero sin dudas, uno de los platos fuertes de esta calle que respira nostalgia es el Versailles. ¿Quién no ha oído hablar del lugar, con toda su significación para la historia de esta ciudad? Allí era donde los exiliados solían reunirse a conspirar contra Fidel Castro. Versailles es la zona cero de la comunidad cubano-americana.

En Brickell Luxury Motors te encuentras una legión de automóviles listos para que el mejor postor se los lleve a casa. Luego hay canchas de fútbol y básquet, de césped sintético, justo antes de pasar por debajo de la I-95 y entrar a la zona “exclusiva” por el costado del Brickell City Centre, un mall de esos lujosos, lleno de luces y dividido en dos, con un puente que cruza la calle y en el que, si la memoria no me falla, incluso tiene parada el Metromover: uno de esos trenes que se mueven por entre los edificios (y que evoca a Ciudad Gótica por ese detalle).

Ahí es donde la visión se transforma y piensas que definitivamente esto es una ciudad moderna, de futuro. Y que sigue creciendo. Claro, no todos llegan a vivir en un piso 60, pero se percibe el cambio. Ves gente distinta, se habla más inglés, la ropa es diferente: traje y corbata para trabajar.

Y unas cuantas cuadras (cuadras americanas) más allá: la bahía, otro mall, más luces, malecones, parques, gente feliz. Enmascarada, pero feliz. A veces se siente hasta envidia.



Lo interesante de andar a pie es que encuentras historias donde menos esperas; historias cotidianas de una ciudad y un país de inmigrantes, siempre con su toque interesante. Así fue como conocí a José, un señor hondureño que tendría unos cincuenta y tantos años.

José tomaba todos los días la guagua en la misma parada que yo. Y trabajaba a unas cinco cuadras (americanas también) de mi trabajo. Un día la guagua vino llena y no pudo cargar más que un pasajero, por las restricciones en tiempo de coronavirus. José y yo nos quedamos varados, esperando por la siguiente guagua, que vendría en media hora. Yo decidí caminar.

—Pero no camine usted, hombre, que va lejos y el próximo bus debe estar al pasar —me dijo.

—En lo que llega, es lo mismo que si me fuera caminando, y no puedo llegar tarde.

—Bueno, entonces le acompaño.

Eran 45 minutos a pie, y la carga de tener que ir hablando con alguien a esa hora. Recordé el chiste de “¿Alguna vez te he comentado lo mucho que me gusta hablar en las mañanas? ¿No? Pues ya lo sabes”. No obstante, no me arrepiento, pues conocí la historia de José.

El hombre sería como uno de los tantos warriors que han llegado a este país. Luego de que a su hija y a su yerno (ambos con títulos universitarios) les negaran la visa a los Estados Unidos, él, en su afán por conocer mundo, decidió intentarlo.

—Mi hija me dijo que para qué iba a hacer eso, que yo estaba muy viejo, que mejor me quedaba allá con ella. Pero yo en Honduras soy campesino. Y nunca será lo mismo lo que puedo ganar aquí que allá.

Llegó a la embajada y le hicieron muchas preguntas. Demasiadas, para su gusto, y algunas repetidas, esperando que se equivocara. Pero José se mantuvo firme contra viento y marea. Hasta que el oficial de inmigración no tuvo más remedio que darle el visado.

—Yo no hablo inglés, y el tema del trabajo fue complicado al principio. Trabajaba en un warehouse desde las 5 a.m. hasta las 3 p.m., incluyendo los sábados, por solo 300 dólares a la semana. Y la renta aquí no es barata”.

En Miami la media de alquiler supera los 1.650 dólares al mes, cuando el salario neto promedio por hogar no supera los 3.433 dólares mensuales. Así, los miamenses podrían gastar cerca del 48 % del salario en pagar un alquiler, lo cual los obliga a prescindir de otros gastos. El salario de José no sería nada de no ser por los llamados efficiency: un todo en uno con cocina, cuarto y baño, que no suele superar los 500 pies cuadrados.

Pero José aguantó y fue subiendo, y un cambio de dueño le dio el primer respiro: empezó a ganar 400 dólares a la semana, más bonificaciones, con las que llegaba a ganar incluso 500.

—Pero este nuevo dueño tenía trabajando con él a una persona que le hizo mucho daño, le robaba dinero diariamente. Cuando él vino a darse cuenta, casi estaba quebrado. Ahí apareció el dueño anterior y se hizo de su antiguo negocio por un precio mucho más barato. Me preguntó si deseaba quedarme trabajando de nuevo para él, pero con un aumento. Y le dije que sí.

Por supuesto que esa vida, ya con un nuevo régimen laboral (de 8 a.m. a 4 p.m.), era lo mejor para una persona de la edad de José, a quien el cansancio se le nota en la mirada.

—Aquí usted puede llegar a hacer lo que quiera, Gabriel, si no se da por vencido nunca. De haberme quedado en Honduras, estaría trabajando de sol a sol por solo 200 pesos diarios. Ahora estoy soñando con comprar una camioneta y mandarla para allá, para algún día irme a morir a mi país”.

Esa es una de las lógicas de los migrantes latinoamericanos: partirse la vida trabajando para mejorar sus condiciones y, si se les antoja, o si nunca logran conseguir los papeles en Estados Unidos, volver con sus ahorros a morir en la tierra que los vio nacer.

Quería seguir hablando, pero me di cuenta de que los 45 minutos habían volado y yo tenía que seguir por mi lado y él por el suyo. Jamás me habría topado con él y con su historia de no ser por andar en el “be-doblepie”.

Así que inténtelo alguna vez. A fin de cuentas, caminar no ha matado a nadie. Tire sus pasos de vez en cuando, y quizás descubrirá algo que se estaba perdiendo. A mí me ha dado resultado.

En parte porque quiero. En parte porque no me queda más remedio.


© Imágenes: Gabriel García Galano.


Galería




Trilogía del transporte urbano en Miami (I): Guagua - Gabriel García Galano

Trilogía del transporte urbano en Miami (I): Guagua

Gabriel García Galano

La guagua en Miami no es como la guagua que has cogido en Cuba. El transporte público de la ciudad, criticado hasta los huesos, deja feliz al cubano más exigente. Y más en tiempo de COVID-19. Es en la guagua donde empiezas a conocer de verdad la materia prima y el comportamiento de los ciudadanos “de a pie” en un país motorizado.


Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.