El profeta, el traidor y el evangelio del 27N

Después de años en su búsqueda, por fin pude ver Jesucristo Superstar. Ya conocía la obra, la había disfrutado en otras versiones, pero quedaba latente el deseo de ver la adaptación cinematográfica.

El cine me hace soñar, y una buena película siempre hace que mi pensamiento vuele al compás de la trama, a veces plantándome ideas y recuerdos, realizando un viaje simultáneo que tiene a la imagen como punto de partida, pero que no se detiene allí. Esta vez no fue diferente.

La obra icónica de Norman Jewison, basada en la ópera rock de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, me recordó a Borges y, a su vez, a Saramago. También me rememoró a Cuba. Parecen ideas distantes, lo sé, pero un poco de calma y me explico.

Llevo años obsesionado con el escritor argentino, y sobre todo con un cuento suyo. Y de ese cuento, un fragmento. La obra literaria se titula: “Tres versiones de Judas”. ¿El fragmento? Aquel en el cual el erudito porteño inocula la idea de la salvación de la humanidad, no por el nazareno, sino por Judas Iscariote.

¿Qué me obsesiona?

La superposición de una figura pública de la salvación humana sobre el verdadero héroe de la historia.

El viejo relatador plantea que: al ser Judas la persona que carga con el peso de la traición, permite que los hombres exorcicen sus pecados a través de su cuerpo. Jesús personaliza lo idílico, la transmutación del dios en hombre, pero sus carnes son divinas. ¿Su muerte? Pactada. Los hombres lo condenan, pero el efecto de este acto no tiene sentido para el corpus de una deidad. Solo en el apóstol está la verdadera redención. Su muerte fue por su misma mano, así como la muerte y el renacimiento de la humanidad. El verdadero salvador es el que completa el ciclo del chivo expiatorio. Su acción queda en el olvido y en el repudio, por eso es tan efectiva.

Tanto en El evangelio según Jesucristo, esa magnífica pieza de Saramago, como en la obra de Webber y Rice, el profeta señala el camino de la traición. No repudia el hecho: lo espera. Sabe que es su sino, y necesita a la persona que más lo ama para llevarlo a cabo. No hay perfidia en el suceso mismo, hay una entrega desmedida al Teos, al recorrido entablado. El ganador del Nobel (re)imagina la misma idea que antes planteaba el bonaerense. Similar principio se encuentra latente en el musical.

En las tres versiones, parafraseando el título de la historia corta, Cristo funge como punta del iceberg. Su divinidad lo antecede y lo supera. Es el cordero que mira con ojos cansados, que fantasea con la oportunidad de revertir su destino, pero sabe que solo podrá hacerlo en el campo imaginativo. A su vez, el keriote es la encarnación del amor filial, tanto ama a su prójimo que acepta ser vilipendiado por toda la eternidad, con el único propósito de salvar a la especie de su decadencia y egolatría. Resulta más atractivo este que su maestro.

¿Y qué tiene que ver Cuba con todo lo dicho?

Desde la última quincena de noviembre el ambiente se ha tornado espeso.

La idea obsesiva que heredo me hizo pensar en San Isidro; para ser más directo, en los sucesos de la noche del 26 de noviembre.

Me dedico a establecer símiles entre las representaciones, los estereotipos de una y otra figura con el fin de ocupar un propósito y establecer una trama. Un proceso lúdico en el cual Luis Manuel Otero Alcántara ocupa el papel del hijo divino, acorde a su obra performática y su visibilidad. Encarna al portador de la palabra, el aglutinador de los pescadores de almas. No necesita dejar huella escrita, su prédica es la corporeidad y la subversión causal, la fuerza del carácter físico.

Esa noche, Carlos Manuel Álvarez asume el otro rol protagónico, el menos deseado. Llega por la unión fraternal, por el amor que lo posiciona como carne de cañón en la picota pública.

El resto de los ocupantes del jardín de Getsemaní son los apóstoles.

Afuera esperan los vasallos de los sacerdotes.

La llegada de Carlos Manuel Álvarez a Damas 955 es la traición, una traición inesperada para todos, incluso para él mismo. Sirve en bandeja la posibilidad de entrada. Esta vez, el beso se transfigura en abrazo, en apoyo. Su inocencia es incuestionable; su gesto, involuntario. Pero los hechos son más difíciles que las palabras. La providencia lo puso en el lugar y en el momento indicado. Completa su ciclo. Su accionar, que a primera instancia parece perjuro, es en sí la salvación. Sin la irrupción de Carlos Manuel, y las ulteriores consecuencias, nadie sabe cómo habría terminado la historia.

El periodista se establece como redentor porque su devenir es el quiebre de la historia, el desencadenante de la imagen bíblica. Sin Judas, no existiría un nuevo testamento. No habría necesidad de plasmar las enseñanzas en papel y tinta, transmitirlas a las próximas generaciones.

Los gendarmes entran. Cae el telón.

Al igual que al rey de los judíos, Otero Alcántara fue sometido a juicio popular. Los periodistas Humberto López y Lázaro Manuel Alonso asumen de conjunto el papel de Caifás, pero solo para presentar las pruebas incriminatorias al público. No tienen más poder que desviar las atenciones: propaganda e injuria.

Esta vez, el juicio fue endosado a los medios de información. Ganó un espacio relevante en la parrilla televisiva: horario estelar. Y una porción sustancial del pueblo, embelesado, ha pedido la mayor de las condenas.

No se dañó la carne: se atacó la moral, las buenas costumbres, los símbolos. Se destruyó a la persona en su integridad, dejando un cuerpo vacío y maloliente.

La crucifixión consistió en el resurgimiento de la no-persona, en el ciudadano en números rojos.

El camino al Gólgota fue el traslado a una institución médica, la recuperación fisiológica que ya no tiene valor, desacreditada ante las masas.

¿La muerte? Ya sucedió.

El 27N fue un episodio de fieles peregrinos, los que aún mantenían la esperanza mientras el juicio se llevaba a cabo. Es el nuevo cristianismo que surge, que se fragmentará en interpretaciones diferentes: católicos y protestantes.

Fernando Rojas quiso ser Pilatos, pero sus manos quedaron manchadas y el personaje le quedó demasiado grande.

Afuera, una congregación devota pedía clemencia. Había Marías de Magdala y de otros lares. Treinta Simón de Cirene ayudaron a cargar la cruz hacia el calvario. Falta aún la función de evangelista, la que ahora ocupamos todos: de primera, segunda o tercera generación. Algunos serán canonizados, otros vivirán como apócrifos.

Quedó la suerte echada y, como en los cines, al encenderse las luces todos regresarán a casa haciendo comentarios sobre el desempeño actoral, el preciosismo de la fotografía y la fuerza del guion.

Aquí termina el recreo. Están saliendo los créditos.




Fetiches y parafilias. Del voyeurismo político y otros demonios - Daniel Álvarez Mateo

Fetiches y parafilias. Del voyeurismo político y otros demonios

Daniel Álvarez Mateo

La sociedad cubana está plagada de seres extravagantes. Pero estos no viajan solos. He podido constatar la aparición de nuevos especímenes hasta ahora desconocidos por la biología, las ciencias sociales y la psicología política. Comparto con los lectores de Hypermedia Magazine mis resultados investigativos.


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