No les digan que de este viaje no regreso

“Pasar por mi casa” era todo lo que iba a hacer mi amigo en la noche número treinta y pico de la cuarentena. Pasar por mi casa, sí, que en estas circunstancias era conectarnos mediante videollamada y contarnos las mierdas del día. La serie que habíamos empezado, la película que no debíamos perdernos porque ya uno de los dos la había visto y valía la pena; la crónica que nos salvó la tarde que caía pesadamente al vacío. Pasaría por mi casa esa noche y yo tenía que seguir el ritual que me había inventado: lavarme el pelo, desenredarlo y hacerme crespos, maquillar un tanto mi rostro mestizo, que estaba palideciendo ante la ausencia de sol.

A mi amigo podía, incluso, enviarle fotos descaradas o eróticas en el baño o imágenes puramente pornográficas, o contarle sobre mi dolor en la parte inferior de la mandíbula por la salida de emergencia de un cordal —atrasado o adelantado, según se mire— a los 26 años. El dolor había empezado en otra casa, la mía, donde yo daba albergue a mi amigo hace solo unos meses; había continuado en aviones, despega-aterriza-despega-aterriza, el dolor en el aire y en tierra, en la nueva casa de mi amigo en Lima, en Machu Picchu, en las alturas de Cusco, en Santiago de Chile, Viña del Mar, Cuidad de Panamá. El dolor en Austin, en Odessa, Midland, Nueva York.

El dolor en Miami, adonde me visita alguna que otra noche de cuarentena, videollamada mediante, mi amigo, para contarme también de su falta de aire, de la asfixia y el ahogo de Lima, la falta de alimentos, la preocupación de no cobrar, de perder el trabajo, de tener que regresar a La Habana o peor, a la Isla de la Juventud. Pero si algo nos preocupa es el envejecimiento prematuro, la caída del pelo y el dolor. 

Nos preocupa no poder ayudarnos mientras dure esta cuarentena que se reactiva, no poder gritarnos de un rincón a otro de la casa. Bloquearnos en redes sociales porque estamos hartos de nosotros mismos. Hablamos, a veces, de temas neutrales para ambos: no política, no relaciones. Solo la mierda cotidiana, el mainstream, los hits periodísticos del momento y el definitivo salto que él pretende de mí en el 2020.

Eso no tiene por qué suceder, le digo. No tiene por qué ser un año especial, no empezaré a publicar en los medios que me deslumbran, no va a pasar. No voy a escribir los artículos que me interesan. No voy a descubrir grandes fuentes ni me voy a ganar la lotería. 

Este año, cuando pase lo que debe pasar y el coronavirus sea historia, a mí me tocará buscar un trabajo que me dé dinero suficiente para sobrevivir como migrante (si es que finalmente lo soy porque tal vez solo me haya alejado un rato para respirar), colaborar en la casa donde me prestan techo y comida, tendré que poder enviar dinero a Cuba y recargas. Y dejar de contar las historias —también truncas por mi huida no premeditada— de la ciudad donde viví los últimos 20 años de mi vida, la que conocía y me llenaba de ira, pero también de aire. En la que “refrescaba” mirando al mar, haciéndome selfies en el Malecón mientras la vida suya, como ciudad, transcurría en una muerte lenta de quinientos años: edificios chorreándose, diluyéndose, cubanos aplastados bajo los escombros.

No creo que valga la pena quedarse quieto en una ciudad cualquiera si recorrer tierras tan lejanas como Asia, África; Micronesia está entre nuestros proyectos de vida. No sé tampoco si se pueda llamar proyecto de vida a algo cuando las ciudades de medio planeta han estado en cuarentena

¿Quién tiene proyecto de vida ahora mismo? La mayoría de la gente que conozco se limita a sobrevivir, a pensar cómo hacer para llenar la nevera, en respiradores artificiales, mascarillas, la educación a distancia de los niños, teletrabajo, terapia ocupacional para no disparar los nervios.

Los dueños de la casa donde estoy viviendo quieren sacar a mis parientes porque no han pagado la renta y mis parientes están pensando dejarla en cuanto acabe el mes. Mis parientes no están trabajando, gastan, pero no ingresan; me preocupa que mi boca sea un problema, que la convivencia desequilibre el gesto de permitirme vivir con ellos. Me preocupa comer demasiado, no colaborar en las tareas de la casa tanto como debo. Me preocupa ser una carga, una molestia, un sujeto indeseado que hay que aceptar por compromiso. 

Le digo a mi amigo del dolor, no de este, sino del de muelas, cordales, no solo el de abajo, los de arriba, a un lado y otro de la boca. Me hago fotos con flash para diluir el rostro entre las luces y que mi cuerpo pueda pertenecer a cualquier otra. Las envío por entretenimiento.

Le cuento además de esas clases que me impartieron unos argentinos y develamos sin querer un asunto espinoso para ambos: el encuentro en Argentina. Llevo algún tiempo soñando con Buenos Aires y el motivo por el que no “salté” cuando estaba de paso por Santiago de Chile era que mi trabajo me obligaba a ir continente arriba hasta Estados Unidos y habría un regreso a Buenos Aires en abril. Sin embargo, el coronavirus decidió por mí, se transformó el viaje en un encuentro virtual de tres días, y no fue mi elección, sino de una organización periodística. Eso me libraba de culpas por perder el chance de conocer Buenos Aires, me regresaba la confianza: quedarme aquí era lo mejor que podía hacer, aunque para mi amigo fuera una locura.

Se supone que valga la pena hacer cambios de este tipo. Pero qué es lo que vale la pena y quién lo decide. Es una mierda no correr riesgos; es otra mierda correrlos. Es una mierda tomarse dos tazas de café y una mierda no tomarlas. Las píldoras nos ayudan a poner nuestro desorden en calma. Cada cual elige sus píldoras, y si el café me ayuda a sacar todo lo reprimido seguiré tomándolo, porque me hará reír como loca después de hacerme fotos pornográficas frente al espejo y enviárselas a mi amigo para entretenernos en estas horas de distanciamiento social.

Maquillada, poso en el sofá a semejanza de las imágenes antiguas de mi tía y sus amigas en la URSS, sentadas fumando cigarrillos o recogiendo pepinos un verano, descalzas y en ropa interior. Esta es mi temporada de pepinos, pienso cada vez que aprieto el obturador y marco “Enviar” en el teclado. 

Básicamente estoy de vacaciones y en una situación privilegiada: tengo comida, WifiNetflix, baño limpio, cama. Tiempo libre para revisar textos, leer a mis autores preferidos, ponerme al día con películas e incluso tomar todo el café que quiera y enviar fotos ridículas que alegrarán a alguien a miles de kilómetros de distancia.


*** 

Toda la madrugada un sueño. Horario al revés. A las cuatro de la tarde, me despertaba el mismo sentimiento intempestivo de comprobar alrededor. La pared, la puerta de enfrente, la foto en el Empire State para asegurarme que seguía aquí, esto es, en Estados Unidos, y bajo ninguna circunstancia en Cuba. Meses en el país norteamericano, uno de viaje de Oeste a Norte y luego al Sur, otros de aislamiento social, confinamiento físico y sicológico. Migratorio.

El sueño recurrente era lo más pesado del confinamiento migratorio. Tras la repetición rutinaria de las actividades del día —mitad de día porque me levantaba a las cuatro de la tarde—, venía la repetición del sueño en el que había involucrados un tren y una lancha. Era inconexo. Lo mismo me tocaba abordar el tren que zarpar la lancha. En el caso del tren, ascendía a un vagón lleno de grafitis, dibujos pomposos, óleo en movimiento. Y el maquinista me daba la oportunidad de saludarlo, pero me dejaba tres estaciones más lejos. Entonces llegaban a mi sueño las vecinas de La Habana que hace tiempo vinieron a Miami, y terminábamos hablando de aquello que fue mi infancia, mi madre de salida hacia un bar y la más vieja de las vecinas cuidándome, a mí y a sus dos nietos varones.

Al contrario, la imagen de la lancha era agitada, un correteo de papeles volando, mi tía sicóloga interviniendo todo: papeleo falso para subir a una lancha que me llevaría de vuelta a Key West. Lancha como en 1980, de las que sacaron a miles de cubanos del socialismo. Algo dotaba de inconsistencia a la película del subconsciente. Mi pasaporte decía por lo claro que solo tenía derecho a una entrada, ¿cómo haría para entrar de nuevo si había salido? Las puertas de la imaginación me llevaban vacío adentro hacia el mayor miedo que llenaba en esos momentos mi mundo: salir y no poder entrar de vuelta. ¿Regresaba para ello a 1980?

Busqué una explicación freudiana a esos sueños. En Netflix una serie hacía honor a mi búsqueda, pero me colocaba ante una bifurcación macabra: la historia de Freud tenía demasiadas salidas de emergencia que no me estaban llevando a mi puerta. Los pacientes en la serie eran tratados como lunáticos e histéricos con traumas anteriores, cada uno con un animal que subsumía su personalidad en determinados contextos. El animal emergía supuestamente para proteger a las débiles criaturas que habitaban el cuerpo humano. 

Que yo recuerde, sí fui una niña con traumas, pero en este siglo nadie practicaría la hipnosis para tratarme. Nadie tomaría mi mano para regresar conmigo al pasado y ver por qué le temía al sol o me tragaba lápices y gomas o veía cómo partículas ínfimas en el aire se unían hasta armar maquinarias que venían luego sobre mí, pesadas herrumbres prestas a avasallarme, quebrar la carne y visibilizar hendiduras.

Pedí ayuda a mi tía sin pedírsela. Solo le conté mis sueños. Me dio la explicación freudiana del subconsciente, de los sueños como prolongación de los temores que se practican en la vida, en los momentos plenos de conciencia. No iban a desaparecer el tren o la lancha hasta que conscientemente los nombrara y me hiciera cargo. Pero ha sido tan fuerte la carga y se acentúa tanto en el entorno del confinamiento

Los días de aventuras en Norteamérica quedaban atrás; antes de la decisión final, los sueños eran la extensión de la dicotomía: ¿me quedo o me voy? La presión de los conocidos, amigos. La presión de que las oportunidades solo se dan una vez. Yo tenía ejemplos de que es muy relativo lo de las oportunidades. Ellos no. Para mí lo relativo venía de haber podido conocer Europa y varios países latinoamericanos. Venía de que no tengo por qué quedarme en un país donde no está mi vida y toda vida sería una prolongación de subconscientes, quizás del miasma analítico de la experiencia colectiva, sustentada en miles de cuerpos que no llegaron a esta orilla de la costa y de otros tantos que llegaron de rodillas. Y tú llegaste de pie, niña, me decían, como quien supone la certeza de un regalo social.

Era así: había llegado legalmente, con una visa estampada. Lo que no decían es que iban a ser seis meses para devanarse en la toma de la decisión correcta. La sicóloga que es mi tía me diría que no había en esto decisión correcta o incorrecta. Que de ganar cosas con el precio de renunciar a otras se trataba, no la intimidación del destino, sino la idea de que aquí o allá una vida me esperaba, aunque yo supiera que el ritual de emigrar supone una oración de vida inconclusa en una parte y quien se va piensa en el yo que habría sido de haberse quedado. 

Mismo sujeto, posibilidades innúmeras de predicado. Lo tienen en común los migrantes, aunque no se vaya exponiendo en el rostro como letra escarlata. Pero, además, quién dice que en estos tiempos uno se va del todo. No, uno se marcha un rato y luego vuelve. O al menos tiene esa esperanza. Otra cosa es que al regreso no te dejen entrar o salir de la Isla por “mercenario”.

Lo que nadie dijo que era posible un desplazamiento de disquisiciones: las partículas que se volvían maquinarias en mi niñez hoy son sustituidas por partículas reales dispersas en el aire, adscritas al asfalto y a toda clase de superficies. Resistentes como toda capa de grasa. Porque eso es un virus, una capa de grasa, lípidos, dicen los virólogos. Esa capa resiste al medio, pero sucumbe al alcohol y a las buenas prácticas de higiene personal y colectiva. La batalla contra el virus se gana sacando lo más limpio de uno mismo. ¿Será? 

Mi tía me manda una foto de sus manos desgastadas por el lavado con cloro y detergente. Tiene burbujas en los dedos y la superficie de la palma. La piel es sensible, no tiene la resistencia del asfalto. Los sueños no tienen las matrices de resistencia del asfalto. Mutaciones genéticas resisten más que mutaciones en la experiencia de vida.


***

No había estrictamente ninguna razón de peso para quedarme aquí; esto es, Miami, West Kendall, un día cualquiera.

En la Isla de allá abajo están todas mis razones: familia, trabajo, una casa que ha sabido atarme cuando más lo he necesitado. Básicamente, no he tenido razones de peso para emigrar. Mis amigos en Cuba estaban decididos a quedarse; de los más antiguos no quedaba ninguno. Hubo un tiempo en que casi todas las personas que conocía querían largarse. Yo viví un tiempo pensando únicamente en hacerlo. Y nunca un cordón umbilical me lo impidió del todo. 

Estoy, redondeando el sentido común, a 90 millas de la casa, a tres meses del entierro del perro en otra ausencia, cero calor, cero guaguas, cero colas. Cero post catártico en redes sociales. Las catarsis que me tocan ahora son, digamos, como de postal. Me llega todo a través de una pantalla que pone sus filtros a mi entendimiento, opaca mis reacciones. Me baño con gel en vez de jabón y lo social me es aún más resbaladizo. El país duele en la distancia física, pero se sobrelleva con el nuevo entorno, aunque no se le reemplace. Pero qué hay del verbo sobrellevar en una oración de confinamiento.

Me empiezo a preguntar, en una de esas elipsis paro en seco, qué hago yo aquí. En este barrio, en esta casa ajena, rodeada de los parientes ajenos que por transitividad hago míos. 

Lo mismo me pregunté en NY, en la habitación 1315 del hotel Pennsylvania, en las calles, a la hora del desayuno o frente a la tumba de Celia Cruz

Lo mismo me pregunté en Odessa, en el condominio donde vive mi amigo de la secundaria y hay un laundry en el que lavé mis pocos trapos sucios comprados en Austin, tras la certeza de la pérdida de mi maleta en Lima. 

Me pregunté lo mismo en una habitación altísima en la capital de Texas, en la ciudad universitaria. 

No me lo pude contestar a hora alguna. No me lo contesto ahora.

Y así, aunque no tenga trabajo todavía ni me haya plantado definitivamente como migrante, no existe nada ahora mismo que me llame de vuelta. La congoja de mi madre todavía se escucha bajo, los gritos del trabajo no son más fuertes que la necesaria tranquilidad y prosperidad de la familia. Me pongo en pausa. Pero no soy la única. Tengo que vivir esta como una pausa social no exclusiva. La pausa es colectiva.

Desde hace unos días las ciudades están en pausa. El mundo en pausa por la pandemia del coronavirus. ¿Es posible un pretexto mayor para no moverse de donde se está, sea cual sea el motivo que te lleve a estar ahí? Le dije a alguien que la única forma de que me quedara inmediatamente en Estados Unidos era un embarazo. Mi menstruación no falló. En su lugar, bingo, parece que la excusa siguiente es más contundente: una pandemia que demanda aislamiento social, no viajes, stay home

“Mijita, ¿pero no pudiste escoger un momento mejor para venir?”, me preguntó un amigo. 

Pues no. Nadie planifica estar aquí o acullá en un momento de pandemia. Te agarra donde te agarra y listo. Cada cual tendrá que acomodar su vida, acompasarla a la pandemia y cambiar su rutina. Adaptarse al hogar, aunque no te guste, untarse alcohol en gel, aunque no te guste. Bañarte, lavarte las manos como demente. Meterte bajo la colcha, buscar todas las películas que te debías.

La cuarentena le hará ganar tiempo al emigrante recién llegado. Si no encuentra trabajo no es su culpa. La culpa es del coronavirus. Todo está cerrado, hasta las fronteras. Un emigrante en cuarentena, si sus parientes le dan techo y comida, no fracasa. Nadie notaría el fracaso porque hay un virus para expiar toda culpa.

En el rato que libero pensamientos y sueños, antes de que la pandemia obligue al máximo confinamiento, me voy en busca de trabajo a una gasolinera. Primero me digo que solo voy a salir en busca de aire. Estirar las piernas, correr en los alrededores de la casa, conocer el barrio. Todas excusas. Llego hasta el semáforo y a mi izquierda está la gasolinera. Me siento en un banco de una parada de bus antes de enfrentarme a lo que significa mendigar un trabajo para el cual no te has formado. Un oficio que se ríe en la cara de tus títulos, inválidos títulos que solo sirven para mostrar cinco años, supuestamente, de entrenamiento en escritura. 

¿Para qué sirve escribir en un país donde vender gasolina se considera un oficio imprescindible, que no caduca en tiempos de pandemia? 

¿Para qué sirve escribir en un mundo en que la acción y el negocio encabezan, y la poesía es devaluada? 

¿En qué ayudan unas manos entrenadas solo en teclear, y puede que en eso tampoco sean lo suficientemente buenas? 

Ya sabes que no van a darte el trabajo y que ni siquiera quieres ese trabajo, pero lo intentas. En realidad estás, sin saberlo, buscando historias, haciendo tu trabajo. Mientras te posicionas delante del mostrador ves a la muchacha, ves su juventud y, de repente, su embarazo.

—Ojalá me mandaran ya para la casa. No me he ido porque estoy esperando que cierren y paguen el salario entero —te dirá.

Son 8 meses de embarazo, pero debe trabajar de pie. En los ratos en que no hay clientes para, respira, se sienta y come algo. Es un trabajo relativamente fácil.

—La jefa no está aquí ahora, ven mañana por el día y pregunta por Yolanda —añadirá.

Tú vas a alejarte de la gasolinera, con una historia en las manos, lista para escribir sobre una migrante cubana que a sus ocho meses de embarazo se mantiene trabajando, no se ha permitido la cuarentena. Su historia será, probablemente, la de varias. Y tú la vas a publicar.

Lo pienso mientras me escriben mi madre y mis tías, mi prima, amigos que están en Cuba. Mientras pasa el Día de las Madres y el de los Padres… Cada vez que sale mi tía a gastar sus horas en una cola de pollo o de lo que sea. Puedo entender esa angustia que no siente aun cuando el sol la castigue y la asfixie el nasobuco; puedo entender esa angustia que no siente mi abuela al seguir visitando a sus conocidos en plena pandemia. La costumbre. Da igual que a mí me preocupen ellas en la distancia. 

Envío a mi familia fotos serias y me preguntan por qué tan seria y entonces mando fotos en las que sonrío, igual que mi tía y sus amigas. El aislamiento impone modelos de expresar el amor, la presunción de alegría, la fabricación de la alegría es uno de ellos.

No les digan a los míos que estoy triste. No les digan que de este viaje no regreso.




Darcy Borrero

Misioneros… Huecos negros en sus batas blancas

Darcy Borrero

3er Premio de Reportajes ˝Editorial Hypermedia 2018″.


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