Nace una estrella: Humberto López contra Yeilis Torres Cruz

Nace una estrella

Lo más antiguo que he encontrado en Internet sobre Humberto López es del 26 de mayo de 2016. Se trata de una entrevista que le hizo Radio Cubana sobre sus inicios como locutor. 

El entrevistador, que no se identifica, comenta: “Resulta admirable que Humberto López Suárez haya heredado la portentosa voz de su padre, Humberto López Cruz, reconocido locutor de Radio Llanura de Colón en los años 80, época dorada para esa emisora” (el subrayado es mío). 

Según Humberto, su padre nunca le impuso “el mundo de la radio.” Y añade: “Cristalizó la imitación, incorporándose poco a poco de manera inconsciente.” Cuando aún “no sabía leer”, dice él que “[le] interesaban los guiones de los programas”. Cómo ocurrió esto, no lo explica. Los guiones son textos, y no tienen muñequitos que puedan ser de interés para un niño que no lee. Así y todo, el Humberto analfabeto de aquel tiempo, se interesó en los guiones del padre.

Cabe advertir que, en una conversación con Paquita Armas Fonseca en marzo de este 2021, Humberto ofrece otra versión: “Aprendí a leer cargado por mi padre, leyendo guiones de programas infantiles con 4 o 5 años. Aprendí a caminar en la emisora; era mi segunda o tal vez mi primera casa”. No diré que los dos relatos se contradicen absolutamente uno al otro, pero también el lector puede ver que no nos dicen lo mismo. Por otra parte, resulta duro de tragar no que aprendiera a leer a los 4 o 5 años, sino que lo haya hecho “leyendo guiones”. 

Y sin ninguna otra explicación, así como así, salta —no sabemos cuán largo el salto en el tiempo— y aparece vinculado“a un espacio nombrado Niñito cubano, y luego a los de adolescentes y jóvenes”.

Se vinculó, ¿cómo? 

Exactamente, ¿qué hacía? 

¿Escribía los guiones? 

¿Trabajó como locutor? 

Entonces:

Cierto día, cuando cursaba noveno grado, se realizó un festival de la radio en la localidad y, por una situación coyuntural, los presentadores no pudieron intervenir. Entonces a alguien se le ocurrió proponerme. Y subí al escenario del cine Canal”.

Humberto nace, por así decir, bajo la estrella de la coyuntura. Obsérvese que, por su propia admisión, no fue seleccionado por ningún mérito o cualidad especial, sino por una ocurrencia de alguien.

La conversación, entrevista o lo que sea, está llena de huecos, nubecitas. Leemos que “el mundo de la comunicación fue moldeando al joven Humberto”, el cual “se distinguía también como dirigente de la FEEM provincial y nacional, mientras estudiaba en el IPVCE Carlos Marx”. En esa época “ocurrió su primer contacto con Radio 26, al participar en Tiempo Adurante varios meses”. 

Si, como se sugiere, Humberto estuvo trabajando en el “mundo de la comunicación” —la vaguedad es obvia—, no se nos dice absolutamente nada específico sobre el qué, el cuándo, el dónde. La única mención de algo concreto es Radio 26, pero solo del “primer contacto” de Humberto con la emisora. ¿Contacto? Esto se aclara inmediatamente después, cuando afirma que trabajó allí nueve años, primero como director de programas, y luego como locutor. Pero esto es importante, aunque parezca trivial, porque muestra la pobreza de expresión, del dominio de la lengua, y las limitaciones de vocabulario de alguien en quien el micrófono ejerce una irresistible seducción.  

Simultáneamente con su trabajo en el “mundo de la comunicación”, Humberto empezó a estudiar Derecho en la sede universitaria de Los Arabos. Su idea de la especialidad es elocuente: “Se trata de una especialidad que enseña a pensar, y también a defenderte e informar con argumentos”. En primer lugar, la carrera de Derecho, en el sentido que él le da, debe prepararlo no para defenderse a sí mismo, sino a sus clientes. Esta es la primera barbaridad. En segundo lugar, Humberto debería saber que no hace falta estudiar Derecho para aprender a pensar. Cuando Paquita le preguntó: “¿Abogado?”, Humberto debió pensar que esa pregunta se la habían hecho a Fidel Castro

Es un arma. Aprobé las pruebas de Periodismo y Comunicación Social. Pero me decidí por el Derecho sin renunciar a la práctica de la comunicación. El Derecho es un arma unida a las herramientas de la comunicación, me pareció que podía ser una buena combinación”.

Humberto es un abogado muy extraño. En él la carrera evoca trincheras, enemigos, armas. No hace falta añadir que la noción de que el Derecho, o la abogacía, es un arma, es una frase hueca, vacía. Sobre todo en Cuba, donde el lenguaje de la guerra ha hecho de todo un arma.

En cualquier caso, espero que no se le ocurra decir, o creer, que está usando en la televisión esos estudios de Derecho, pues ni está pensando él, ni está enseñando a pensar a la audiencia. Y ni hablar de defensa. Las intervenciones incendiarias de Humberto López en la televisión no tienen otra intención que organizar a los cubanos como una turba y justificar avant la lettrecon falsos argumentos legales, la represión policial. Su desempeño actual en la televisión cubana es la de fiscal-verdugo-sargento rural. Llama la atención lo que él mismo dice, después de autodefinirse como “una especie de conductor-periodista”. Le preguntaron por “las herramientas” que constituían la base de su labor, y respondió: 

“Prepararme (informarme) todos los días, disfrutar la realización, vivirla y sentirla sin poses cómodas. Creerlo, para después convencer al otro”. 

Los disparates —no olviden que Humberto es “jurista” y “locutor”— campean por su respeto. “Disfrutar la realización [de su labor]”, ¿es una herramienta? “Vivir” y “sentir” su trabajo, ¿son herramientas? ¿Y se trata de que ÉL SE CREA lo que va a decir por el micrófono para poder CONVENCER al otro? ¿No se suponía que Humberto ya había aprendido a PENSAR en la escuela de Derecho?[1]


Un Estado de Derecho racista 

Nunca apoyaré ningún acto de intimidación, ni de humillación personal. Por esta razón, y a sabiendas de las reacciones en contra que pueda suscitar, no apoyo la acción de Yeilis Torres Cruz. No puedo apoyarla, en primer lugar, por lo que he dicho antes; y después porque: ¿qué fue lo que logró? En principio, parece que nada. 

Pero me apresuro a advertir que esto no significa que, en su conjunto, los ataques de la maquinaria represiva del Estadocontra Torres Cruz, y la celebración y defensa de Humberto López por esa misma maquinaria, no iluminen para nosotros la plataforma racista que los sostienen, y que ha llegado al extremo de borrar físicamente, de silenciar con el encierro a Luis Manuel Otero Alcántara

En este trabajo me propongo explicar, lo mejor que pueda, cómo se han juntado, ensamblado y puesto a funcionar las piezas de Humberto, Humbertico, o como quieran llamarle. 

En el comienzo fue Fidel Castro. Empecemos, pues, por recordar que no estamos ante nada nuevo. Los insultos y humillaciones lanzados desde el micrófono al pie del monumento a José Martí, y coreados y disfrutados por la masa, se trasladaron a los estudios de la televisión cubana. Son también los de los mítines de repudio, y son las golpizas y la violencia policial callejera: las del Maleconazo, las más recientes en la calle Obispo.

Considerando el notable envejecimiento de la población, puede decirse sin temor a exagerar que la audiencia de Humberto es mayormente el pueblo moldeado por Castro. La tarea de Humberto es moldear a los más jóvenes. Él es un miniCastro, un Castro de bolsillo: la ocurrencia de la máquina-picota del Estado. Humberto y su programa son la versión cubana de Tucker Carlson, Sean Hannity y Fox reunidos. 

Cabe advertir, no obstante, que existe una diferencia abismal entre la pluralidad y el amplio rango de los actores y voces políticas en Estados Unidos, y el monolingüismo político del Estado cubano, que se expresa en la impunidad con que se procede a linchar el carácter y hasta la vida de cualquier disidente. 

Humberto es locutor porque a alguien se le ocurrió ponerle un micrófono en la boca y plantarlo en un estudio. Es decir, hace el papel de locutor. Los cubanos —al menos los que tenemos algunos años, y memoria— sabemos qué significa ser un buen locutor, de radio o de televisión; incluso en pleno castrismo. Ahí están, para que los recordemos, Cepero Brito y Manolo Ortega (en la televisión), y Pastor Felipe (en la radio). No sé si alguna de estas voces califica como “portentosa”, pero sí pienso que fueron voces excelentes, profesionales. Estos individuos, lo sabemos, eran verdaderos locutores. Humberto no es ni la sombra de ninguno de ellos, como tampoco es jurista, aunque tenga el título. Sus apariciones televisivas demuestran —tanto como su propio entendimiento de lo que es el Derecho— la miseria de sus argumentos “jurídicos”, destinados meramente a aceitar las acciones represivas. Es solo el conductor de un circo romano. Pero esto no debe extrañarnos: Rolando Rodríguez se hizo filósofo en la Escuela del Partido.[2]

Esto nos lleva al encontronazo de Humberto con Yeilis Torres Cruz.



El pasado 8 de mayo, Yeilis Torres Cruz denunció en las redes sociales que Humberto López la había agredido físicamente:

“Acabo de ser agredida por Humberto López, el periodista del noticiero, me dio golpes, perdí la cadena porque me la reventó… Perdí mi dignidad porque miles de gentes me vieron desnuda en lo que él me golpeaba. Tuve que venir descalza a mi casa porque me rompieron las sandalias”, relató la exfiscal”.

El día 11 de mayo, Diario de Cuba y otras fuentes reportaron que Yeilis “fue detenida en la noche de este lunes mientras se encontraba en su casa, y se encuentra actualmente acusada de atentado en el centro de detenciones conocido como 100 y Aldabó, perteneciente al Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), según confirmó su madre”.

Según Yeilis, los exámenes que le hicieron en el Policlínico Cristóbal Labra “determinaron que tenía una fisura en el brazo izquierdo y en el pómulo derecho de la cara”. Se dirigió entonces a una estación policial para hacer una denuncia contra Humberto López, pero no le fue permitido hacerlo “pues al llegar a la estación le comunicaron que ella estaba acusada del delito de atentado” (énfasis mío).

El Toque presentó un examen conciso, y bien fundamentado en el Código Penal cubano, concluyendo que: 1) El delito de atentado “es una figura delictiva diseñada en la legislación cubana para proteger el ejercicio de las funciones públicas”. 2) Resultaba muy difícil demostrar en el caso de Humberto las pruebas necesarias para justificarlo. 

Según El Toque, era necesario demostrar, primero, si Humberto podía ser considerado o no “funcionario público,” puesto que es en relación a esta figura que se concibe el mencionado delito. Sin embargo, como señala El Toque, aún suponiendo que Humberto fuera considerado como tal, de acuerdo con el artículo 142.1, la violencia contra el funcionario tiene que tener como meta impedirle “realizar un acto propio de sus funciones, o, por otro lado, exigirle que lo ejecute”. Añádase a esto “que no parece haberse desarrollado una conducta violenta o intimidatoria por parte de la acusada contra Humberto López”.

Adviértase que El Toque no dice que sea imposible probar el cargo, sino que es difícil. Tampoco afirma que no huboconducta violenta ni intimidatoria por parte de Yeilis: “no parece”, expresa.[3] A los efectos de la ley, la definición de qué constituye violencia, o un acto violento, es ambas cosas: central y borrosa. Esto último no así, claro, para la mujer golpeada por el marido, ni para el manifestante apaleado por un policía. Pero incluso en estos casos en los que la violencia nos parece indiscutible, la letra de ley —por el hecho mismo de estar inscrita la ley en la letra—, su interpretación, prueba ser casi siempre la imposición de una/otra violencia. 

Como advierte Derrida, el origen de la Ley es un acto violento. Por esta razón, no basta con mirar qué dice este o aquel artículo, sino más que nada el peso institucional que apoya, y a qué intereses sirve. Por eso la Justicia —que supuestamente se imparte a través de la Ley— se representa alegóricamente como una mujer con una venda en los ojos. No olvidemos que es precisamente el cuerpo de la mujer el que más menudo es acosado por la violencia, por la violación. La venda, entonces, puede sugerir dos cosas que no son mutuamente excluyentes: 1) la Justicia, por ciega, es manipulable —ese es el significado real detrás de la supuesta “imparcialidad”—, y 2) esa mujer con los ojos vendados es también la imagen del sujeto aprisionado, susceptible de ser amenazado y torturado. Existe un Estado de Derecho no donde “reina” la Justicia, sino donde existe el Derecho a cuestionar, a poner en entredicho la Ley.

En Cuba, con el castrismo, desapareció el Estado de Derecho. Fulgencio Batista fue un dictador, pero Fidel Castro llegó al poder porque esa dictadura le permitió defenderse. También permitió que los periodistas de Bohemia lo visitaran, lo entrevistaran y publicaran las entrevistas. Luis Conte Agüero pudo hacer campaña pública a favor de la libertad de los moncadistas. 

Fidel Castro jamás reconoció a quien disintiera de él como un adversario político, sino como a un enemigo al que debía y podía destruir, y negarle todos sus derechos. Con él desaparece el disidente político y aparecen el gusano, el contrarrevolucionario y la lacra; y, consecuentemente, la decisión última de borrarlos. La impunidad de Fidel Castro es clave para comprender por qué en Cuba, sobre todo a partir de 1959, se institucionalizaron el racismo, la homofobia y la violencia de género. 

El Estado cubano esclavizó al negro en la gratitud (la esclavitud por deuda es una de las formas más antiguas de la institución esclavista). El negro no podía protestar, y menos disentir. Una de las expresiones racistas y revolucionarias más vergonzosas era precisamente que le prohibía al negro quejarse, “porque la revolución lo había hecho persona / lo había bajado de la mata”. 

El Estado cubano esclavizó a la mujer a la ideología y enfatizó el rol asignado por el patriarcado. El logo de la FMC es la versión de Palabras a los intelectuales dirigidas a la mujer: dentro de la Revolución todo (fusil al hombro); dentro del patriarcado todo (el hijo en brazos, para que no olvidaran su función). Trabajar sí, pero siempre al servicio de la Revolución. Por eso la mujer aparece frecuentemente con un fusil, o doblada sobre el surco, y con una florecita tras la oreja o cualquier otra marca de su género. El homosexual era, claro, el enemigo del Hombre Nuevo, y así quedó abierta la temporada de caza, de ninguneo, de depuraciones… 

Una cosa curiosa que de pronto me viene a la mente. En Cuba olvidé casi por completo que existía la profesión de abogado. Eso era cuestión de bufetes colectivos para firmas de papeles y esas cosas. No recuerdo haber conocido a un abogado de oficio. Escuché hablar de condenas, de sentencias. Pero era como si no hicieran falta los abogados. ¿Para qué? ¡Si no se podía desafiar a la Fiscalía que era, que es, el Estado!

¿Cómo manejaron entonces, los medios oficiales cubanos, el caso de Yeilis y Humberto? 

Lo primero que hicieron fue esculpir a Humberto como un profesional honorable de la televisión, quien, por esto mismo —por decir la verdad, por exponer las maniobras de la contrarrevolución—, se ha convertido en víctima de un linchamiento mediático, del odio de sus enemigos:

“Como prueba de la efectividad de sus denuncias, los medios anticubanos en la web, que en los últimos meses le han servido de coro a los intentos de golpe blando contra la Isla, además de difamar sobre su profesionalidad y vida privadahan lanzado amenazas de todo tipo contra él y su familia”.

El artículo de M. H. Lagarde que acabo de citar, “¿Quién le tiene miedo a Humberto López?”, de lo que menos habla es del incidente. Con respecto a este, denuncia la voz de Yeilis diciendo: “Conéctense rápido, conéctense rápido, que esto es importante”, mientras camina al encuentro de Humberto. Dice Lagarde, como si creyera que el lector es tan estúpido que necesita que él le traduzca: “o lo que es lo mismo: conéctense rápido que voy a comenzar el show”. Si Yeilis no hubiese querido tener una audiencia, no habría tratado de conectarse en ese momento. El autor cree que, por etiquetarlo de “show”, lo vuelve algo censurable. Pero criticar a Yeilis o a cualquiera en Cuba por hacer un show mediático, es otra muestra del doble estándar con que opera el Estado, que se cree dueño absoluto de la representación política y no admite desafíos. Un Estado, además, que no es sino la incesante escenificación de shows como el del propio Humberto, llenos de falsedades.

Lagarde procede, entonces, a reconstruir la “verdad” de los hechos:

La acosadora, con lágrimas en los ojos, aseguró haber sido golpeada por el periodista y lo hizo sin mostrar, salvo una cadena partida, ninguna prueba de la violenta respuesta de Humberto. 

(…)

Después de ser repudiada por los vecinos y de intentar escapar en una moto, probablemente alquilada, y de la que fue bajada por el propio chofer de la misma, Yeilis Torres se presentó a la policía para realizar la denuncia de la supuesta agresión.

Según el doctor, Jorluis [sic] Borges Galván, que la atendió en el Policlínico Cristobal Labra, a la denunciante se le realizó Rayos X en ambos brazos, sin presentar fracturas, y una placa del cráneo, donde tampoco se observó ninguna lesión. Tampoco se apreciaron indicios de agresión o mutilación”.

Vayamos por partes. La afirmación de que el video de Yeilis no muestra “ninguna prueba de la violenta respuesta de Humberto” es, o engañosa, o falsa. Inmediatamente después de confrontar a Humberto, este se involucra con ella físicamente, intentando, como mínimo, arrebatarle el teléfono. Las imágenes se vuelven borrosas por esta razón; borrosas y violentas (de ahí los saltos, cortes abruptos, superposición). Aunque no sepamos qué pasó ahí, ni la magnitud, sí hubo violencia. Hubo lucha, y escuchamos la voz de Yeilis diciéndole a Humberto: “¡suelta!”

En segundo lugar, quiero llamar la atención sobre algo a lo que nos han acostumbrado tanto los medios de la isla, que muchas veces no lo notamos. Y es importante que lo notemos, que comprendamos la importancia política de rebatir al Estado con sus propias armas. Yeilis fue “repudiada por los vecinos”, dice Lagarde, pero ¿por qué debemos creerle? ¿Dónde están las evidencias? Están tan acostumbrados a no tener que probar lo que dicen, que a Lagarde ni siquiera le pasa por la mente la idea de que, en aras de la transparencia, debe ofrecer el testimonio de esos vecinos, alguna fotografía o video, etc. Es el caso también de la afirmación de que Yeilis fue obligada a bajarse por el conductor de la moto. 

“Según el doctor”, dice Lagarde, pero no ofrece una cita textual. ¿Por qué no entrevistó al médico? ¿Por qué no le pidió ver los exámenes realizados? ¿Por qué no incluyó una imagen de los resultados?

Yeilis, sin embargo, muestra una hinchazón el brazo que, según ella, fue causada por una patada de Humberto. También muestra un pómulo algo inflamado. No me parecieron lesiones serias, pero sí eran lesiones. El asunto es que, si ella miente, ¿por qué no se entrevistó al médico y se hicieron públicos esos exámenes? Recuerden que después de sacar por la fuerza a Luis Manuel Otero Alcántara de su casa, y de conducirlo a un hospital, se publicaron los resultados de unos exámenes médicos que supuestamente le habían hecho, con la intención expresa de desacreditarlo negando que estuviese en huelga de hambre. 

El artículo de Lagarde tiene por objeto, más que desmentir el relato de Yeilis, rebajarla. Esta es la clave de todo esto, y ya conocemos la mecánica: la vida y el valor humano de todo aquel o aquella que defienda la “revolución”, es proporcional al desdén y al desprecio con que se rebaja y se anula la vida y el valor humano del enemigo, real o percibido. Eso es justamente lo que significa Patria o Muerte: Patria es Vida para nosotros, y Muerte —“no Patria” y, por tanto, “no Vida”— para ustedes, ellos, los otros.

Humberto: defensor de la Revolución cubana, miembro del Comité Central del Partido, valiente, periodista “profesional”, dice la verdad.[4] En cuanto a Yeilis, Lagarde cita a Pedro Jorge Velázquez, estudiante de periodismo, que escribió en su página de Facebook:

“Yeilis Torres Cruz, quien es santiaguera y miembro de la UNPACU, no hace algo así por primera vez. No ¡qué va! Ella se dedica exactamente a eso: a filmar con el celular a personas que no se lo autorizan, a violar la vida privada de lo demás, a ofender públicamente en su perfil de Facebook a quienes considera ‘chivatones malnacidos’ y a hacer escándalos de este tipo para que, según ella, ‘se caiga el comunismo’. Humberto no fue a buscarla a ella, ella fue a buscar a Humberto. Tampoco es la primera vez que Yeilis se mete el celular en su ropa interior y acusa a alguien, sin pruebas, de haberse sobrepasado con ella. ¿Qué cómo sé todo? Bueno, está público en su Facebook en su historial de directas y publicaciones. Vayan a verlo”.

El artículo incluye un enlace a este post de Velázquez. Uno tiene que preguntarse por qué un texto escrito por un hombre blanco, con la intención expresa de defender a otro hombre blanco y desprestigiar y ofender a una mujer no blanca, empieza por señalar que ella es santiaguera. Y yo al menos me lo pregunto porque, en las numerosas veces que escuché en Cuba hablar de una santiaguera, siempre fue de manera peyorativa. Y raras veces el sujeto era masculino. La descalificación racista y misógina —hay que insistir en esto— se construye a la par que se eleva y afirma el prestigio del hombre blanco:

“Humberto López es el jurista que ha comenzado un popular espacio en el noticiero para revelar, con pruebas y testimonios, las intenciones de destruir el proceso revolucionario cubano. Trabajó anteriormente en otros medios de prensa en Matanzas y conduce actualmente el espacio Hacemos Cuba. Humberto es el flanco perfecto para todo tipo de ataques, linchamientos y daños que pudieran, incluso, llegar a ser físicos. Tanto así que, recientemente, a la fachada de la casa de su padre en Matanzas le echaron aceite para dañar a su familia”.

Humberto es “jurista”, afirma Velázquez, mientras que Lagarde nos dice que Yeilis se autodenomina “activista por los derechos humanos” y es “miembro de la organización contrarrevolucionaria Unión Patriótica de Cuba (UNPACU)”.[5] La etiqueta de “acosadora”, “falsa víctima”, y asegura que “nunca fue fiscal”:

“Estudió la carrera de derecho hasta cuarto año en la Universidad de Oriente, de donde fue expulsada por fraude. Después se trasladó a La Habana donde se dedicó a la prostitución hasta que trocó el oficio más antiguo del mundo por el de la contrarrevolución”.

Bueno, si Yeilis llegó hasta cuarto año en los estudios de Derecho, llegó mucho más lejos que Rolando Rodríguez, quien después de pasar un año o menos en la Escuela del Partido, obtuvo un puesto como profesor auxiliar en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Y de sus estudios de Derecho, para qué hablar. Pero Rolando, que escribió un libro racista sobre el Partido Independiente de Color[6], y que censuró personalmente libros y autores cuando trabajó en el Instituto del Libro[7], se enorgullece de afirmar que escribe por órdenes de Fidel Castro. 

Lagarde sugiere que Yeilis es contrarrevolucionaria por prostituta, y viceversa. Este golpe bajo demuestra lo que he venido diciendo. Una vez que el Estado etiqueta a alguien de contrarrevolucionario, todos los ataques racistas, homofóbicos y misóginos están permitidos. Por eso, mientras Rolando escapa sin escrutinio, todo el peso de la institucionalidad cubana cae sobre Yeilis para humillarla. No bastaba decir que no era fiscal: había que solemnizar la humillación con algo tan francamente ridículo como una Declaración de la Unión Nacional de Juristas, la misma que apoya y resguarda los actos de repudio que Humberto escenifica en su programa. Y hasta lo premia:

“Humberto es ejemplo de la juventud cubana que hoy participa en la construcción del Socialismo en nuestro país. Es un profesional ético, consagrado, con capacidad, esforzado, por eso fue reconocido por la Junta Directiva de la Unión de Juristas de La Habana como Premio al mejor jurista de la provincia en el año 2020, por eso la Central de Trabajadores de Cuba y su Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura le otorgó recientemente la distinción Proeza Laboral”. 

Pero como todavía les parecía poco, añadieron otro premio:

“Por el conjunto de sus méritos, el Consejo Nacional de la Unión Nacional de Juristas de Cuba le hará entrega en la Jornada por el 8 de junio, Día del jurista, de la Réplica del Mallete Martiano, en reconocimiento a su significativa, calificada y virtuosa actuación en defensa de los más altos valores de la justicia y los Derechos Humanos”. 

Tenían tanta prisa que le entregaron un mallete: el mallete martiano. Estos premios, que califican a Humberto de “virtuoso” y “profesional ético y consagrado”, señalan algo que debe inquietarnos: dicha legitimación es una invitación a mantener, e incluso a incrementar, la retórica de la violencia represiva. Quiere decir que, legal y oficialmente, Humberto ha sido investido con el poder de referente para las fuerzas policiales; e incluso, llegado el momento, para las turbas. Porque no hay que perder de vista que ese y no otro es su trabajo: preparar, moldear, y alistar las turbas.

Justo por eso, hay dos aspectos de esta historia sobre los que debemos volver. El eje de la oposición Yeilis-Humberto en los medios de la isla gira alrededor de moralidad/inmoralidad, y calificación profesional/ignorancia. Son estos pares los que en definitiva proyectan a Humberto como un ciudadano confiable y respetable, y a Yeilis como lo opuesto. Por esto, en el caso de Humberto, aparecen los términos: méritoséticovirtuosocalificado. Se sigue de esto que Yeilis lo acosó e intentó ensuciardifamar, su honor y su prestigio. Así, la declaración de la UPEC, “acordó rechazar contundentemente este tipo de acciones que pretenden empañar el prestigio, la moral y el compromiso de los periodistas cubanos, quienes informan apegados a la verdad y siguiendo principios éticos irrenunciables”.

El Estado cubano se propuso descalificar a Yeilis insistiendo en que no se había graduado de Derecho, etiquetándola de contrarrevolucionaria y menoscabando su reputación personal. Pero echamos de menos dos cuestiones claves: No hay una contundente negación de que ella fue objeto de agresión física, puesto que esto casi no menciona; ni tampoco de que Humberto no estaba visitando a una amante a pesar de estar casado; algo que, igualmente, apenas se menciona.[8] El periódico Granma, para no ir más lejos, nos habla de “ultraje”; repite, parafraseándolas, las declaraciones que ya citamos; y en lo único que desmiente a Yeilis es, otra vez, en su calificación profesional:

“Por otra parte, la Unión Nacional de Juristas de Cuba expresó su más enérgico rechazo a la calumniosa declaración de la ciudadana Yeilis Torres Cruz, quien pretende acreditar ante la opinión pública nacional e internacional su condición de exfiscal, y de haber trabajado en el Tribunal Supremo Popular”.

Granma debería explicarnos cómo una mentira —por grave que sea— puede ser considerada calumnia, cuando no hay en ella nada que sugiera que se ha intentado calumniar a alguien. Esto solo tiene sentido como una burda maniobra retórica encaminada a darle a esa mentira un peso que, por otra parte, no tuvo nada que ver en lo ocurrido. Yeilis se identificó ante Humberto como activista, no como “exfiscal”. Esto no es más que lo que se llama, en cubano, “agarrarse de un clavo ardiendo”. Se trata de crear distracción para intentar hacer olvidar, darle de lado al tema de la agresión física y de la querida de Humberto. El periódico alude a esto oblicuamente, cuando expresa que en “la nota informativa” de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, “se rebatieron, además, las mentiras y las calumnias con que Torres Cruz pretende denigrar la imagen del periodista y jurista Humberto López”. [9] Granma, claro, no las menciona. Y no lo hace porque la declaración había procedido de la misma manera: o sea, rechazando “las mentiras y las calumnias” sin mencionarlas.

Si las afirmaciones de Yeilis respecto a Humberto y la violencia con que este le respondió fuesen ciertas, no sería posible empujar la narrativa de esa moralidad virtuosa, ni el supuesto apego a la verdad que se le han atribuido a Humberto. 

Según Velázquez, en su post de Facebook: “No hay ninguna prueba de que Humberto López esté engañando a su esposa, ni de que se encontrara en casa de una querida”. Pero ¿tiene él alguna prueba de que Humberto no lo estuviera haciendo? Si Yeilis mintió, ¿por qué Humberto en lugar de desmentir la acusación en el acto, le preguntó simplemente quién era ella? Ni siquiera se mostró sorprendido. 

Muy vagamente, Lagarde dice que Humberto estaba “en casa de sus amistades”. Según CubaSí, Yeilis lo abordó “al salir de casa de una amistad”.[10] Curioso, ¿no? Obsérvese que estos comentarios no constituyen una refutación de lo que Yeilis le echó en cara a Humberto. ¿Cómo supo Lagarde que Humberto estaba con sus amistades? ¿Se lo dijo él, o se lo dijo Adela?


¿Y la estrella, qué? 

Como recordarán, en palabras del propio Humberto López, el Derecho es “una especialidad” que te enseña “defenderte e informar con argumentos”. También es un arma. Por otra parte, su encuentro con Yeilis fue presentado en los medios oficiales como un “show mediático”, que es la etiqueta que Humberto ha usado en sus campañas contra Luis Manuel Otero Alcántara, el Movimiento San IsidroTania Bruguera, y en general contra todas las manifestaciones de disidencia.

Sin embargo, Humberto —tan dado a comentar y descalificar los videos e imágenes en que aparecen los otros— no mostró la grabación de Yeilis, ni la atacó como esperábamos que hubiera hecho. No usó sus estudios de Derecho para defenderse, ahora que el atacado era él, ni para informar “con argumentos”.

Esto pone de relieve, una vez más, cómo se manufactura la (des)información en Cuba, y los patrones racistas y de obliteración del “otro,” de “los otros”, que la sostiene. Mientras Humberto López se escondía tras un silencio cobarde, toda la maquinaria del Estado salió en su defensa, determinada a destruir la voz de Yeilis Torres Cruz. El Caballero Blanco de la Blanca Figura acudió a la justa a defender el honor manchado, la casta reputación, y la virginidad moral y virtuosa de Humberto López. 

Ni una palabra a los cubanos sobre cuáles eran esas manchas que Yeilis había denunciado. Solo comentarios y generalizaciones vagas. Porque si Humberto hubiera mostrado el video, sus espectadores hubieran notado que en ningún momento negó lo que Yeilis le dijo en su cara: que estaba en casa de su querida. Y habrían visto también que ese desafío fue respondido con violencia. Humberto pudo, como contrapeso, grabar testimonios de los supuestos cientos de vecinos que ripostaron a Yeilis. También pudo llevar al médico a la televisión, o mostrar imágenes de los exámenes practicados. Pero es obvio que creyó que nada de esto era conveniente. 

Oculto en el silencio de su cobardía, contempló a esa Armada Invencible de machos blancos, tan cobardes como él, que salieron en su defensa. Incapaces de demostrar que Yeilis mentía, arremetieron contra ella y la tildaron de prostituta: una santiaguera contrarrevolucionaria y prostituta. Blanquearon la reputación de Humberto López barriendo el suelo con la de Yeilis. Como si Humberto, o Humbertico, no pudiera ser tachado a su vez de prostituta de ese racismo institucionalizado, “revolucionario”, que debe pagarle muy bien a cambio de sus favores.

Prometo volver a ocuparme de Humberto: ese compañero necesita atención. Este trabajo sobre su encuentro con Yeilis es solo la introducción a la discusión de su programa Hacemos Cuba: sus mentiras, sus distorsiones y su incitación a la violencia y represión contra Luis Manuel Otero Alcántara, el MSI, y Tania Bruguera. De modo que la próxima vez, Humbertico, nos vemos en el estudio.





Notas:
[1] Esta idea, de que lo importa es creer lo que dices, la tiene bien arraigada. A Paquita también le dijo: “y sobre todo está la convicción de creer en lo que estás haciendo”. En lugar de la convicción de saberaveriguar si está bien lo que haces (lo que implica pensar, y autoexamen), para él es una cuestión de creértelo.
[2] En una especie de autobiografía lo refiere así: “En el año 1962, en agosto, se planteó en la AJR que era necesario escoger a algunos compañeros para que cursaran la Escuela del Partido, porque hacía falta formar profesores de Filosofía para la Universidad, y me designaron a mí para ir. Es decir, no había terminado Derecho e iba a hacer un postgrado […]. Entonces, a finales de agosto o principios de octubre de 1962, fui para la Escuela del Partido, y cuando empezamos el curso llegó la Crisis de Octubre”. Rolando se las agenció para ser movilizado. Y luego, cuando termina la Escuela del Partido “en abril o mayo” (1963, obviamente), escribe que fue designado “profesor auxiliar en el Departamento de Filosofía, “y estudié para concluir mi carrera” (Derecho). A los que pasaron la Escuela del Partido les dieron la oportunidad de “sacar 10 o 15 semestres juntos, uno detrás del otro”. Dice él que sacó “10 o 12 asignaturas en un mes”. y en 1963 “ya era abogado.” En un año, o menos, pasa la Escuela del Partido, y es nombrado profesor auxiliar en el Departamento de Filosofía de la Universidad. Vean, además, cómo pasó raudo por la Escuela de Derecho. Más en: Rolando Rodríguez. “Nunca volvería atrás en mis pasos”. Los vientos huracanados de la Historia. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2013.
[3] El Toque Jurídico añade después: “Grabar a Humberto López en la vía pública —mucho más de la forma en que sucedió— puede resultar un acto lesivo a su intimidad”. Igualmente, con respecto al argumento de “legítima defensa” al que pudiera recurrir Humberto, dice El Toque Jurídico (reproduzco en extenso por su importancia): 
“No se justifica por el simple hecho de recibir una transgresión contra los derechos individuales. Para que se catalogue un acto que afecta los derechos de otra persona —lesiones a la integridad física, por ejemplo— es imprescindible que exista una real necesidad de defenderse y que esa defensa sea proporcional a la afrenta recibida.
Según los términos anteriores, no debería calificarse el acto de Humberto López como uno de legítima defensa. La agresión de Humberto contra Yeilis Torres no era necesaria. La primera defensa contra una intromisión a la privacidad de ese tipo debería ser la advertencia, el dejar claro que no se consiente un acto de esa naturaleza. Si bien en la legítima defensa no siempre es imprescindible la proporcionalidad entre la agresión y la respuesta, sí es necesario, como mínimo, un intento de autoprotección.
Humberto renunció a la autoprotección y se involucró en la afrenta. Preguntó el nombre de su interlocutora y pasó, de manera directa, a la agresión como mecanismo para demostrar su desacuerdo. Alegar legítima defensa en un hecho como este solo contribuye a reforzar la impunidad de la violencia. Una violencia que puede asumir tintes especiales al ser considerada como violencia de género”.
[4] “Por último, de más está decir que ni listas ni provocaciones planificadas van a amedrentar ni silenciar a los periodistas cubanos comprometidos con la Revolución y la verdad. Como suele decir Humberto López al final de cada uno de sus programas: Volveremos, pronto, muy pronto, con mucho más”. 
[5] Irónicamente, más adelante Lagarde se refiere a ella como “la activista”, y de este modo Yeilis, de “autodenominada” pasa a ser “nominada”. 
[6] Rolando Rodríguez. La conspiración de los iguales: La protesta de los Independientes de Color en 1912. La Habana: Ediciones Imagen Contemporánea, 2010. En este enlace, artículos y críticas sobre el libro: https://www.afrocubaweb.com/rolandorodriguez.htm#Links.
[7] Ver: Norberto Fuentes, Plaza sitiada. Estados Unidos: Cuarteles de Invierno, 2018. En este libro sobre el caso Padilla se reproduce la fotocopia de un Memo confidencial del 21 de mayo de 1971 del Instituto del Libro. Dirigido a René Roca, Rolando Rodríguez da instrucciones “para retirar con carácter urgente del comercio internacional, así como de las listas y catálogos de nuestro organismo, los siguientes obras y autores; en las próximas horas agregaremos nuevos nombres y títulos, así como tomaremos las decisiones con respecto a la circulación nacional” (énfasis mío). Ahí se incluyen, entre otros, los libros de Sartre —incluso Sartre visita a Cuba—, Los cachorrosEl libro de los 12RayuelaCien años de soledad, y hasta la Valoración múltiple de Gabriel García Márquez que había editado la propia Casa de las Américas. En la autobiografía que ya mencioné, Rolandoevoca su trabajo en el Instituto del Libro. Le gustaba ir vestido de miliciano y llevaba pistola al cinto, que luego ponía sobre su buró. Fidel Castro, dice Rolando, “me planteó que íbamos a crear el Instituto del Libro, y cuando le pregunté que qué era eso, me respondió: ¡Averígualo!” Poco después, el propio Fidel Castro lo sacó de la Escuela de Filosofía y lo mandó a dirigir el Instituto.
[8] En efecto, lo que encontramos en los sitios oficiales, como puede verse en los que citamos, es mayormente la reproducción de las declaraciones de la UPEC y de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, lo cuales no mencionan ni la agresión física, ni lo que Yeilis le espetó a Humberto. Véase también, en CubaSíhttps://cubasi.cu/es/noticia/declaracion-de-la-presidencia-ampliada-de-la-upec-la-prensa-cubana-no-sera-amordazada, y en Radio Rebelde: https://www.radiorebelde.cu/noticia/declaracion-de-la-presidencia-ampliada-de-la-upec-la-prensa-cubana-no-sera-amordazada-20210513/
[9] Mailenys Oliva Ferrales. “La prensa cubana no será amordazada por la contrarrevolución”. Granma, 14 de mayo de 2021.
[10] Andrés Parra. “Prensa oficialista sale en defensa de Humberto López y ataca a la mujer que agredió, tachándola de ‘prostituta’ y ‘contrarrevolucionaria’”. Cubacute, 9 de mayo, 2021.


© Imagen de portada: DDC (Captura de pantalla).




Fidel Castro

Díaz-Canel, el genotipo nórdico y el racismo estructural cubano

Oscar Grandío Moráguez

Mientras se aceleran los niveles de desigualdad racialen un contexto de crisis económica, el gobierno encabezado por Díaz-Canel ha iniciado una dinámica que no se había observado antes: reflejar sin tapujos, en la esfera pública, lo que siempre había estado presente en la esfera privada: un racismo arraigado y profundo.





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