Memento mori

El teléfono móvil lleva vibrando un buen rato. La pantalla se enciende una y otra vez cada vez que entra una llamada. Siempre lo tengo en modo ‘erótico’, como me gusta decirles a los amigos y conocidos cada vez que me preguntan por qué tardo tanto en contestar sus llamadas. 

El aparato percute, taladra el silencio como un juguete sexual que trabaja a destajo. Amenaza con atravesar la superficie de la mesa de noche. Alguien cercano y querido se remueve bajo el edredón. Adivino la que se avecina cuando, muy cabreada, me pregunta en voz baja pero intimidante:

—¿Pero quién está llamando a estas horas? —dice antes de tirar de las sábanas y darme la espalda.

Es sábado de madrugada y algo me hizo pensar que esto pasaría. De hecho, lo esperaba. Hoy cumplo 36 años y los ‘graciosos’ al otro lado del Atlántico, en la costa este de los EE. UU., suelen llamarme cada aniversario, siempre con más ánimo de broma que de una felicitación. Lo hacen siempre. Ignoran ese abismo enorme de seis horas que hace que en España y el resto de Europa estemos durmiendo cuando ellos apenas se disponen a preparar la cena en su casa de Union City, New Jersey.

Agarro el dispositivo y sin mirarlo siquiera comienzo a pensar qué hacer con él. Tengo la certeza absoluta de quiénes me están acortando el sueño a esa hora de la madrugada en Europa. A ellos dos les encanta empezar a fastidiar desde bien temprano en la mañana, o muy tarde en la noche. Importunarme, a sabiendas de la diferencia horaria, forma parte de sus derechos como amigos.

En los primeros meses tras llegar a España me sobresaltaban las llamadas en la madrugada. Pensaba en tragedias familiares, íntimas, a las que no podría responder. Cuando uno emigra definitivamente supongo que el principal miedo, entre muchos otros posibles, es ese: el no estar en caso de una muerte, de una enfermedad.  

Con el tiempo lo fui superando. Quizás tuvo mucho que ver que, cuando mi padre amaneció muerto, sentado solo en un butacón de su hostal privado en la ciudad de Baracoa, mi hermano me timbró un par de veces y al devolverle la llamada me notificó del suceso con una tranquilidad pasmosa. En situaciones así, a diez horas de vuelo hasta Cuba, no hay nada que hacer.

Pero hoy es diferente. Comienzo a preocuparme cuando, aún sin ponerme las gafas que me permiten lidiar con la miopía, atisbo en la pantalla y descubro un maremágnum de llamadas perdidas, mensajería instantánea, notificaciones de Facebook… El teléfono en llamas. 

Aunque sea mi cumpleaños, no acostumbro a recibir tanta atención por parte de la vieja guardia de santiagueros dispersos por el mundo, en especial EE. UU. Algo está pasando. A pesar del frío, me siento en el borde de la cama.

El día anterior había madrugado para ir hasta Barcelona a recoger a mi antiguo jefe del departamento de Historia del Arte de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Oriente, allá en Santiago de Cuba. Venía en bus desde Bruselas vía París. Lo había invitado a pasarse unos cuantos días en mi casa, para intentar devolverle el favor, solo en parte, de los muchos años de tragos amargos que le hice pasar por mi actitud abiertamente antisistema, que hacía que siempre acabaran halándole las orejas por permitirme ser un atravesado.

Premio Hypermedia, Atilio Caballero

Atilio Caballero gana el Premio de Reportajes Editorial Hypermedia 2019

Hypermedia

Premios de Reportajes ‘Editorial Hypermedia 2019’:
Primer Premio: 900 kilómetros, de Atilio Caballero
Segundo Premio: Iglesias Evangélicas, el nuevo poder político, de Johan Moya
Tercer Premio: Operación ‘La Miriam’, de Pedro Bruzón.


Ahora ahí está. Durmiendo en la habitación contigua a la mía. 

Cuando la madame a mi lado insiste en revolcarse entiendo que es la hora de averiguar qué pasa. Agarro el móvil, las gafas, me calzo las pantuflas y salgo del cuarto en silencio, cerrando la puerta tras de mí.

Enciendo la luz del pasillo. La de la sala. Me acomodo despacio en el sofá. Leo el primer mensaje de texto que me enviaron desde New Jersey después las muchas llamadas telefónicas ignoradas a lo largo de la madrugada:

“Agarra el teléfono. Mariconzón. Feliz Cumpleaños. Por cierto. Se murió Fidel”.

Me cuesta asimilar la noticia. No es el Día de los Santos Inocentes, pero esta clase de bromas, las de matar al Comandante, se habían hecho tan habituales que podía ser otra más en una larga sucesión de necrológicas anticipadas. 

Enciendo la televisión, pero aún es demasiado temprano para que empiecen los primeros informativos de la mañana. Faltan al menos dos horas. No me queda de otra que sentarme frente a mi escritorio y encender la PC. Introduzco en Google un criterio que presupongo infalible: “Anuncio oficial de la muerte de Fidel Castro Ruz”. A la primera aparece lo que estaba buscando.

En pantalla está Raúl Castro Ruz. La China, para sus detractores y enemigos; para mis amigos y familia, El Pequeño Hermano. Por aquello de que El Gran Hermano es el que acaba de fallecer. 

Escucho, sin dar crédito:

“Con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy, 25 de noviembre del 2016 a las 10 y 29 horas de la noche, falleció…”.

Aún no me lo creo. La noticia es demasiado imprevista para ser cierta. Tanto, que me deja medio noqueado, sin saber qué hacer. 

¿Brincar de alegría? ¿Adoptar cierta pose indiferente, de observador apático y descreído? ¿Despertar a mi mujer, irascible pero tierna? ¿A mi antiguo jefe? ¿Volver a la cama? ¿Gritar bien alto? ¿Hacer silencio? ¿Esperar atento las reacciones de todo tipo que acontecerán o ya se están sucediendo en directo. En vivo. Nunca mejor dicho?

La Habana de Frankenstein, Ricardo Alberto Pérez

La Habana de Frankenstein

Ricardo Alberto Pérez

El éxodo del Mariel estaba calientico, todo era nostálgico, todo estaba eclipsado por la fuga inesperada de tanta gente. Era un entorno comprometido a una comparación constante con aquellos que ya no estaban: el mejor que bailaba rock, el más fanático a Deep Purple, la más loca, la más rubia, y así sucesivamente.


Yo pensaba que sí, pero no estaba preparado para recibir una bomba semejante. Había imaginado muchas veces cómo sería ese momento de trance histérico. Lo primero es admitir que me equivoqué.

Siempre supuse que la noticia del deceso real llegaría de la boca de algunos de los que a diario se prestaban al juego de la desinformación manipuladora en el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana. Pero que sea Raúl Castro Ruz el que aparezca ante las cámaras de la Televisión Cubana, para dar personalmente la noticia, conecta con la tradición autocrática española: ese regusto gallego por que sea el presidente del gobierno de turno, el sustituto del Caudillo de Cuba, el que asuma el deber de notificar su deceso, muy en el estilo de Carlos Arias Navarro. A Raúl Castro solo le faltó decir:

“Cubanos, Fidel ha muerto”.

Bien visto, no habría sido nada extraño. 

El General de Ejército en su despacho del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Las paredes enchapadas de maderas preciosas. Adornadas con retratos de los compadres de la Patria. Arriba, al centro, en una composición jerarquizada, ese triunvirato heroico que componen Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí. Luego, en segundo plano, otros compañeros de armas también muertos. 

Apenas un folio en las manos del General. En el borde inferior izquierdo de la imagen, el machón del Noticiero Nacional de la TVC en su edición de cierre. Un día cualquiera de la semana. 

Un sábado. Una fecha inocua. Un 26 de noviembre. Pero hoy es mi cumpleaños 36.

Entonces, reparé en un pequeño diferendo temporal. Por un lado, anunciaban que la muerte de Fidel Castro Ruz había ocurrido en horas de la noche del viernes, alrededor de las diez y media pasado meridiano. Sin embargo, las imágenes estaban fechadas al día siguiente, quizás unas pocas horas más tarde, en la madrugada del viernes 25 para el sábado 26 de noviembre, cuando buena parte de Cuba y el hemisferio occidental dormía plácidamente.

Es extraño, por inexacto, el asunto de los husos horarios al establecer las fechas en la Historia. ¿Qué fecha trascendería como la de la muerte verdadera de Fidel Castro Ruz? ¿Acaso el viernes 25 de noviembre, cuando dicen que ocurrió? ¿Tal vez el día siguiente, sábado 26, cuando aparece la noticia? 

¿La determinación de las fechas de los sucesos depende de la posición de las agujas del reloj o de la posición del país y las personas respecto al meridiano de Greenwich? ¿La percepción de los vivos condiciona el asunto en algún sentido unívoco? ¿Los hechos ocurren en dos tiempos diferentes? 

Me consta que me estoy complicando sin necesidad, pero no puedo evitarlo. Es una deformación la de intentar hallarle la quinta pata al gato. No obstante, el cosmos a veces me concede la razón de una manera mística. La cábala patriótica, de fechas alegóricas y simbólicas, no me resulta extraña. Justo un día como ese, 25 de noviembre, pero 60 años antes, Fidel Castro Ruz y sus hombres habían partido del puerto de Tuxpan a bordo del yate Granma.

el sector privado de cuba

Oídos sordos

Ted A. Henken

Notas sobre el estudio Voces de cambio en el sector no estatal cubano: cuentapropistas, usufructuarios, socios de cooperativas y compraventa de viviendas.


Marchar a la guerra en una embarcación de recreo para doce personas siempre me pareció estúpido e irracional. Sin embargo, al final y contra todo pronóstico, consiguieron su objetivo. O por lo menos, lo consiguieron aquellos que, andando los años, habrían de demostrar una capacidad fuera de lo común para sobrevivir a toda suerte de accidentes, combates y enfermedades.

“Fidel zarpa a la Eternidad”, hubiese sido un buen titular, si el periodismo cubano no fuera palúdico y partidista por antonomasia. 

A saber con qué portadas encomiásticas y plañideras aparecerán mañana los principales medios de la aburrida prensa oficial, pensé. Se deben de estar desgarrando las vestiduras, esperando la orientación del órgano superior sobre cómo tratar el asunto. 

Una nueva videollamada me sacude el teléfono en las manos. Esta vez no los dejo hablar:

—¡De pinga, queridos amiguitos! los saludo con una sonrisa somnolienta.

Se partió, tigre. Se partió el Caballoresponden eufóricos, casi al unísono. Están en su salsa. 

Son mis amigos desde hace muchos años y los conozco mejor que la madre que los parió. Son dos hermanos caucásicos, de hablar tropezoso, oriundos del barrio de Los Cangrejitos, injertados luego en Chicharrones. Un par de manchas blancas en medio de la oscuridad étnica y racial de dos de los barrios más calientes y problemáticos de Santiago de Cuba.

Su historia familiar es la de muchísimos cubanos. Sus ancestros, sesenta años atrás, pertenecieron a la pequeña burguesía agropecuaria de las afueras de la ciudad de Guantánamo. No eran terratenientes ni mucho menos, pero eso no impidió la expropiación de sus tierras, tras el revanchismo que acompañó las dos reformas agrarias, al inicio del gobierno de Fidel Castro. Entonces, decidieron marcharse del país.

No todos. Una rama de la familia decidió quedarse. Su madre entre ellos. Y perdieron de nuevo. Esta vez, las esperanzas y el rumbo. 

Luego, tras muchos años e intentos frustrados lograron llegar a los EE. UU. vía México. Y allá están ahora. Parece que felices.

Sobre la conversación se escucha una algarabía de fondo. Hay brindis, otras llamadas telefónicas, se notan contentos, y a veces escucho diálogos a gritos entre los que viven en New Jersey y otros que están en Miami. En Miami, la capital del exilio, aquello es el acabose, dicen.

La maldición de Los Zafiros. Rafael Almanza

La maldición de Los Zafiros

Rafael Almanza

El matrimonio igualitario es una necesidad para los cubanos.


Mientras hablo por el móvil empiezo a cribar las imágenes de las primeras reacciones a la noticia en el sur de la Florida. Abrazos. Bocinazos de coches. Cohetes al aire. Disparos. Euforia colectiva.

Están reunidos en las cercanías de la calle 8. “Azúcar”. “La vida es un carnaval”. “No hay que llorar”. Celia Cruz a todo volumen. Willy Chirino y la banda sonora del exilio, que “ya viene llegando”. 

Viva Cuba Libre.

Me aburro y me emociono a partes desiguales. 

Quisiera estar feliz pero no consigo evocar ni sentir una emoción adecuada a las circunstancias. Estoy embotado. Quizás fue la espera tan larga, pero ahora mismo no siento ni frío ni calor. Nada.

Tal vez algo de hambre. Me despido. Necesito un café para despejar la cabeza.

Empiezo a elucubrar lo que sucederá en Cuba durante los próximos días, semanas, meses, años… Lo mismo de siempre. El teatro geopolítico del sol.

Han decretado nueve días de duelo que nunca serán suficientespor la muerte de Fidel Castro Ruz. Al final, a su manera, acabarán rezándole una novena. 

Cuando ocurre un deceso de Estado existe siempre un protocolo de actuación. Una comisión organizadora y selecta al mando de la situación, como si de unos Juegos Florales se tratara. Es un asunto que se debe haber cocinado desde hace rato. Lo de “cocinado”, en el sentido literal de la expresión. 

La crema de la crema del PCC reunida para decidir qué hacer. En este caso, como siempre, lo usual: acatar la voluntad explícita del Comandante en Jefe, que sigue al mando aunque haya muerto. 

La cremación del cuerpo, como decisión profiláctica, es otra jugada más de su ingenio malvado. Tiene que ver con la inteligencia de evitar que recaiga sobre sus restos la maldición de la momia. Que una vez embalsamado y enterrado a perpetuidad, alguien decida hacer justicia post mortem. 

Para los muchachones cultos de La Habana

Para los muchachones cultos de La Habana

Mario Ramírez Méndez

Instrucciones para aceptar la cultura pop como un instinto de supervivencia.


No habría nada que profanar. Quizás una caja llena de arena o cal. 

Con la de creyentes y necrófilos que hay en Cuba y parte del extranjero, es demasiado grande el riesgo de que alguien intentara apoderarse de una minúscula parte de su cuerpo para convertirlo en la carga de una infernal y poderosísima nganga de nueve palos. Una orden casi religiosa consagrada al Palo Mayimbe. El Espíritu en Jefe. 

Los días siguientes serán catastróficos y dramatizados. No es difícil preverlo. Cero celebraciones. Cero espectáculos musicales. Cero consumo alcohólico. 

La muerte al fin cumple con su cometido cósmico de terminar la misión FF. Fin Fidel. Flash Forward. Pero no vale la pena fomentar falsas expectativas.

Es una oportunidad para propiciar un cambio que no ocurrirá ni siquiera ahora. Rebobinar hacia delante. Al futuro. Abrir las esclusas del amor y la conciliación. Esperar lo peor para que ocurra lo bueno, pero ni siquiera así hay garantías. 

Demasiadas décadas de prejuicios viscerales y desgobiernos a cuerpo de rey. Nadie en su sano juicio podría esperar una transformación milagrosa.

Eso sí: las exequias serían fastuosas. Un espectáculo infame y digno de ver. La Marcha en Reversa de la Caravana de la Victoria. Llevar su cuerpo sin vida en sentido contrario al que una vez recorriera cuando se arrogó los galones de Comandante en Jefe

Que lo enterrarían en Santiago de Cuba no era secreto. Todo estuvo listo con muchísimo tiempo de antelación. Un amigo que trabajó como cronista del Cementerio de Santa Ifigenia me había mantenido al tanto. Después de la primera caída espectacular que lo convirtió en el Coma Andante, la gente descubrió lo que siempre debió saber y nunca olvidar, porque es cierto: Fidel Castro era perecedero y prescindible como el común de los mortales. Algún día tenía que morir. 

Muchos adversarios se divirtieron al diagnosticársele diverticulitis de colon, pero el hombre demostró una capacidad brutal para aferrarse al mundo de los vivos. Pero no hay maldad que dure 120 años ni cuerpo que lo resista. Ni siquiera el de Él.

Para mí, acabaría siendo decepcionante descubrir que la tumba no era como la había diseñado mi imaginación atormentada. Pero eso no era un problema; me preocupaba mucho más el desarrollo de los acontecimientos: esa marcha lentísima que recorrería la isla de un extremo a otro arrastrando lo que quedara del Señor.

Demasiados antecedentes letales permitían especular cómo sería el proceso. Si lo habían incinerado, la ecuación quedaba simplificada a una pequeña urna. Y la llegada a Cuba de los restos mortales de Ernesto Guevara y los hombres de su guerrilla aniquilados en Bolivia ofrecían pistas fidedignas sobre cómo sería el ritual de traslado de las cenizas de una punta a la otra del país.

Maykel González Vivero, LGTBIQ

Así fue el Stonewall de La Habana

Maykel González Vivero

El 11 de mayo, tras la cancelación del desfile LGBTI+ más famoso de Cuba, impulsado por Mariela Castro Espín, el activismo independiente realizó su propia marcha, que terminó disuelta por la policía antes de llegar a su destino.


La decisión de incinerarlo, no obstante, trajo aparejado un apodo incendiario. Ya en las redes sociales, que se encontraban ardiendo desde su fallecimiento, sus detractores y enemigos lo habían rebautizado como el Cenicero en Jefe.

El choteo cubano, en su máximo esplendor, le pasaba factura al Innombrable, como también le decían los más jóvenes, que habían crecido los últimos años no tanto oyendo sus discursos, como disfrutando de la saga de Harry Potter y su archienemigo de oficio. 

Muy pocos lo evocaban ya como El Caballo, ese sobrenombre zoológico con que lo bautizaron los que ya eran adultos jóvenes cuando él tomó el poder en Cuba. 

Al equino se le había partido la pata en algún momento, y debía ser sacrificado. Bromearon mucho con el asunto tras la caída estrepitosa que lo puso bajo la lupa de los bromistas de siempre, que se deshicieron en burlas y chascarrillos.

La fecha elegida para el sepelio, tras nueve días de duelo nacional, no podía ser más significativa y sintomática: cuatro de diciembre. Día de Santa Bárbara. Changó para los creyentes y devotos de las religiones afrocubanas, que encontraban en el ritual yoruba una explicación y una salida a las desventuras del mundo material. 

Antes debían traerlo de vuelta a Oriente. En carro. Por la Carretera Central que mandó a construir otro tirano: Gerardo Machado. Lo llevarían como si fuera una atracción de feria ambulante. Sin embargo, no permitirían que ocurriera lo que con el féretro de Hugo Rafael Chávez Frías, cubierto de camisetas usadas durante su entierro en Caracas.

El dolor y el duelo habría que demostrarlos de una manera cerebral, contenida, estoica, heroica, masculina, militarizada… Nada de llantén al borde de las aceras ni desfallecimientos bulímicos. Nada de lloriquear de manera multitudinaria, como impuso la estética mortuoria norcoreana. La Habana no cree en lágrimas.

A lo largo de la isla, en todas partes, los preparativos no se hicieron esperar. Miles, quizás millones de personas movilizadas, espontánea o inducidamente. Resonaban los altavoces y los palafreneros con el repertorio patriotero de siempre: Carlos Puebla, Sara González, “El necio”, de Silvio Rodríguez. Hasta Kiki Corona.

Acabaría siendo un espectáculo funesto. Pero lo mejor estaba por llegar. Precisamente en Santiago de Cuba, donde sus cenizas acabarían petrificadas.

Es que la casualidad, la entropía o el karma tienen un negro sentido del humor. En medio de la Carretera Central, en sus últimos cientos de metros de trazado, justo a la altura del antiguo Cuartel Moncada, la carroza fúnebre que transportada sus restos simplemente se descompuso.

Justo allí. El lugar elegido para comenzar la revuelta que redimiría al pueblo cubano de la ignominia histórica, acabaría siendo testigo de otro evento extraordinario. Un ajuste de cuentas pendientes, en el más puro estilo de la parodia política.

Aquello no tenía nombre. Lo más divertido y ridículo que había visto en mi vida. La escolta protocolar afanándose en empujar el cortijo con la mayor dignidad. La gente esperando horrorizada, pero sin atreverse siquiera a intentar acercarse para ayudar. Todos expectantes y muy nerviosos. El vehículo que no encendía. Fueron apenas unos breves segundos de suspenso y terror, pero bastaron para comprobar que la vida, y sobre todo la muerte, es como es: un suceso vacuo.  

Recordé entonces las clases de Historia del Arte en la Universidad de Oriente. 

En la antigua Roma, tras el regreso victorioso de algún general y sus legiones, un esclavo, de los que formaban parte del botín de guerra, acarreaba un cráneo humano mientras recitaba en latín: Memento Mori

Recuerda que vas a morir.

Entonces asiento y sonrío. 

No puedo evitar repetir una y otra vez ese mantra. Memento Mori. Memento Mori

En buen cubano: a todos nos llega la hora.


Martí, Rembrandt y la búsqueda de El Dorador. David Leyva González

Martí, Rembrandt y la búsqueda de ‘El Dorador’

David Leyva González

Ni Gonzalo de Quesada ni los editores posteriores pudieron rescatar “El Dorador de Rembrandt”, un artículo que José Martí quiso legar a la posteridad.


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