Mesianismo a la cubana

¿Hasta cuándo va a seguir el vicio de los salvadores de la Patria?

Ignacio Giménez ha sido la última incorporación al bestiario de Mesías nacionales.

Desde la izquierda y la derecha se van sucediendo, de unos a otros, con promesas de un futuro mejor o del derrocamiento del totalitarismo. Todos son la misma cosa: enfermos de poder y religión que montan su ego sin poder domarlo.

Todo aquel que prometa un futuro luminoso, y más en este país, no puede ser tomado en serio. 

Todo aquel que diga que va a derrocar un sistema para implantarse “temporalmente” en el poder, debe, como mínimo, ser mirado con suspicacia y sospecha, para que no cumpla esta promesa.

Ya son demasiados años de caudillismo, de líderes totalitarios que se asumen como únicos portadores de la verdad, para que ahora vengan otros a querer hacer lo mismo. Es hora de despertar, de salir de la modorra del infantilismo social.

El salvador político es igual al salvador religioso. Hasta el momento, nadie puede dar constancia pragmática de que sus promesas de una vida mejor sean ciertas. Los acólitos se basan en la fe y en la añoranza de un destino en el cual no tienen que invertir sus neuronas o su sangre, en el que vienen a darle la papilla como a un niño de brazos, y él solo la consume y disfruta el placer de no hacer absolutamente nada.

Y, por supuesto, el mesías es el mismo padre encarnado.

¿Quién rechazaría la oportunidad de vivir sin la obligación de enfrentarse a la toma de decisiones? ¿Quién es el atrevido que prefiere sufrir por tener que elegir su camino?

Con lo fácil que resulta sentarse a esperar por la mesa servida, el baño caliente, el payaso en el televisor como entretenimiento, y no tener que esforzarte por mover el culo de la butaca.

Este comportamiento de primate infantil es producto de la historia y el desarrollo de una sociedad determinada. Define la mayoría o minoría de edad de una sociedad. Lo decía Kant de los alemanes allá por el siglo XXVIII (véase ¿Qué es la ilustración?, Ed. Verbum, Madrid, 2020), y lo mismo se puede aplicar a los cubanos del siglo XXI.

Cuba es una sociedad infantil y religiosa.

Infantil, porque la mayoría de sus moradores no deciden, ni tienen intención de decidir, lo que sucede con ellos: solo sueñan con escapar del territorio nacional. Infantil, por asumir y seguir acríticamente a un líder que les promete cosas y los trata con paternalismo; por esperar que todo lo resuelva una figura que toma las decisiones por ellos; por dejarse llevar de un lado a otro sin finalidad alguna. Infantil, por participar en un juego de niños donde gana siempre el más violento o el que más grita. Es una sociedad de niños que juegan a las casitas, a los médicos, a las muñecas. Todo lo resumen al juego más simple.

Religiosa, porque se mueve a través de la fe en lo divino y superior. El proceso revolucionario no desarrolló una sociedad laica, donde los ciudadanos anteponen la razón a la confianza en lo divino. El proceso revolucionario, en gran medida, solo invirtió al dios en el altar. A la omnipresencia de Dios contrapuso la del Partido. Cambió unos santos por otros: San Lázaro por Camilo, San Pedro por Ernesto Guevara, Jesucristo por Fidel. Judas es encarnado por todo aquel que piense diferente.

Es el mismo principio religioso, pero con un nuevo maquillaje: una vuelta de tuerca de la misma historia. La Revolución es el nuevo catolicismo. Como religión, necesita figuras que funjan como líderes de masas. Primero, Fidel; ahora el batón pasa de mano en mano, y se le cae a todo aquel que trata de ocupar la posición cimera. 

El caudillo-mesías trata de adoptar el mismo principio enfermizo en el cual encarna la divinidad. Él es el único capaz de traer la palabra divina y de asimilarse como salvador de toda una sociedad. Sus acólitos se entregan con una fe prosaica. Se van sucediendo unos a otros. Prometen, piden calma, la salvación no llegará en esta vida. 

El redentor es un esquizofrénico. Su relación con el mundo está permeada por la concepción que tiene de sí mismo. No se siente una parte ínfima del universo, del planeta, de la sociedad. Considera que es el elegido y que debe cumplir su destino. Su ego no le permite reaccionar con coherencia: va a un todo o nada. Debería ser internado y atendido. Él y todos sus acérrimos seguidores. 

El señor Ignacio Giménez es un ejemplo claro de esta figura. Aparece de la nada, con un plan que parece extraído de las tablas sagradas. A primera vista, muy bonito para ser cierto. No muestra ninguna prueba de lo que argumenta y exige confianza en sus palabras. Sin embargo, una parte de la población asume su discurso como indiscutible y, en una suerte de concilio religioso, defienden a líder por encima de cualquier ataque o cuestionamiento. 

Ignacio Giménez se apoya en la necesidad de guía y en el hastío social para obtener beneficios. Tuvo su minuto de gloria con la creación de una expectativa exacerbada por la curiosidad, por el espectáculo propuesto. Su famosa directa se magnificaba con el cierre del prestidigitador: un chasquido de dedos y todo cambiaría. Como falso profeta, desapareció y dejó un revuelo de memes y burlas con su ridículo. 

Otro caso extremo es el del youtuber (máxima calificación que se le puede dar) Rogelio Enrique Bolufé Izquierdo. Autodenominado Señor del Verde, este hombre debería tener consulta diaria en las mejores instituciones psiquiátricas. No solo en una: en todas. Su tour debería ser exhaustivo. 

Bolufé dice ser Presidente Interino de la República de Cuba. Por ahí empezamos mal. Sus videos son la parafernalia del absurdo: una imitación de comunicados de las FARC con terroristas del medio Oriente, aderezados con silbidos a la Pachamama, llamados a sus correligionarios y todos los estupefacientes imaginables. Acumula miles de vistas, e incluso la validación de cientos de personas que lo consideran su representante. Sus estrategias discursivas son las mismas que las de los actuales dirigentes del país; no propone nada nuevo, salvo una puesta en escena que posee diferentes matices. 

Tanto Ignacio como Rogelio aprovechan el vacío representacional para erigirse en figuras primordiales de un porvenir luminoso. Tiempos de crisis traen falsos profetas.

A estas horas, con la suerte echada, Cuba no necesita otro páter que decida a su antojo: necesita una ciudadanía responsable, que asuma su deber para el bien común. Necesita crecer en sí y para sí. Necesita asumirse en sus diferencias y dejar de arrodillarse para el rezo, para que baje de los cielos un Mesías con las tablas en la mano. 

A estas horas, lo que se requiere es madurar: destruir a los ídolos, abandonar a los padres, matar a los héroes.




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