Maykel Osorbo: en los márgenes de la marginalidad y el osogbo

Al repasar el platonismo que atraviesa a la “escritura performativa” instaurada por el Bildungsroman como género literario en la Alemania de principios del siglo XIX, Luciana Irene Sastre insiste en el sujeto (autoral o narrativo) “que se desvía del plan” asignado por el relato, para “aprender a lidiar con el abismo de la apariencia”. Es la sospecha o la intuición de este sujeto, lo que para Sastre produce el abandono de lo dado, el salto trasformador de lo habitual y lo previsto, para ir en busca de lo incierto, de “algo que está al otro lado” del horizonte.

Así, en el tránsito hacia una adultez fuera de la caverna, “la vida en su devenir es la clave del ser que va hacia la [mejor] definición de sí” (Véase Luciana Irene Sastre: “Escrituras performáticas. Diario del ser por hacer(se) con instrucciones para tocar”, en Cuerpos ilegales. Sujeto, poder y escritura en América Latina, Nanne Timmer (ed.). Leiden: Almenara, 2018, pp. 215-228, p. 216).

No sé ya cuántas veces he participado de la misma discusión. Han sido largas horas, y valientes, en conversaciones sobre el germen platónico del Movimiento San Isidro. Cuando digo que “he participado”, digo que en cada una de estas conversaciones —privadas siempre, y nunca al descuido— me ha tocado asumir el rol del que pacta, del que cede, del que revisa y se revisa hasta el cansancio, poniendo a un lado cualquier forma del pensamiento que se vuelve obsoleto: esa ropa vieja, raída por la institución, que se nos va acumulando en el armario.

Antes de abandonar los pronombres en la primera persona del ego, voy a permitirme una última reflexión. Resulta que, viendo las declaraciones incendiarias de Maykel Osorbo, sus teorías navales sobre cómo lograr un cambio de sistema en Cuba, entendí cuán poderosa y abarcadora es la marginalidad que nos une. Y aquí se suspenden, por el momento, todos los impulsos dominantes de mi egolatría.

Comencemos por asumir de una vez que, para una parte del mundo corriente, la marginalidad ya no expresa una condición social, ni siquiera representa el preludio de unas restricciones que antaño se regentaban desde la llamada alta cultura. Y puede que aún algunos lo necesitemos, pero la marginalidad tampoco retiene un título heredado por la vía sanguínea del colonialismo. Para el trance caribeño de lo cubano, ese estado mental en cuyo centro gravita la voz CUBA en solitario —con un la de cabeza, sostenido—, la marginalidad supone cierto espejismo entre lo cotidiano y lo platónico, entre aquello que somos en nuestra pequeña caverna isleña y aquello que históricamente —nos dicen— estamos abocados a ser.

El proceso se prolonga. No en balde la “Revolución” cubana y su modelo evolutivo suprimen las utopías vigentes en el programa capitalista, mientras se dedican a sabotear el cumplimiento de los planes quinquenales que organiza el socialismo. En este autosabotaje permanente, cada aspiración al cambio alimenta pugnas interminables contra lo marginal. La isla amenaza continuamente con superarse y salirse de los bordes, con transgredir los límites y desbordarse por los márgenes que la contienen.

De hecho, la fanfarria revolucionaria no consiste en otra cosa que convertir a todos los individuos en sujetos marginales, con tal de estirar el único proyecto que se considera viable para el verdadero revolucionario: erradicar la marginalidad como el lastre que nos ata a un subcontinente, a un hemisferio y al mundo entero, si fuese necesario. Quizás por ello, y por otras tantas razones de índole freudiana que no vienen al caso, la negociación de lo marginal en la singularidad del cubano está aportando predicados cada vez más sofisticados —e ininteligibles las veces—, que buscan a toda costa una satisfacción en los egos intelectuales.

Por otro lado, es sabido que la disyuntiva entre la aceptación o la negación de cuantos epítetos se acercan al margen —la violencia, la barbarie, el canibalismo y el consumo de referentes civilizatorios, por ejemplo—, mueve un volumen importante de la producción artística cubana del momento. Casi todos los creadores jóvenes, los más furiosos y beligerantes, se entrenan en el arte de la marginalidad.

Maykel Osorbo es uno de esos artivistas que ha encontrado el factor crítico de su distinción en el barbarismo de lo marginal, forzando a una lucha estéticamente descuidada y haciendo saltar por los aires cualquier categoría tradicional que maneja la crítica elitista, forjada en y con la Revolución. Y de esto no ser cierto, cabría ahora preguntarse por qué algunos teóricos, críticos incubados en la academia de un país marginal, aspiran al refinamiento de un mensaje que viene acuñado bajo la vertiente marginal del osogbo. Desconocimiento, supongo.

Pero vayamos adelante. Frisemos entonces que en lo marginal hay un sentido de liberación para el revolucionario, para el artivista y para el intelectual cubano por igual. Como moneda de cambio que manejan estos tres paisanos, la marginalidad, ese permanecer al margen o en el margen de un centro deseado, se vislumbra menos como una cualidad que como un efecto migratorio. Sí, en efecto: un efecto migratorio. Me refiero, pues, a la consecuencia o el resultado de un andar (di)vagando en el desplazamiento, con la mochila pertrechada de algunos saberes y una sensación muy elevada conocimiento.

Sabemos que las mentes y los cuerpos emigran cuando el centro que habitan se les torna irresistible, liso, deleznable. Por lo tanto, migrar es también una forma no tan sutil de colocarse al margen, alejado de lo hostil. Y es ahí, en esos márgenes mentales y corporales, donde permanecemos, juntos, Maykel Osorbo y un humilde servidor. Él en la guerra, en la zozobra, al borde de la acera que quieren transitar algunos críticos encumbrados; yo en la paz contemplativa de un saberme a salvo en el otro contén del pasillo. Inerme.

Es también allí, en los márgenes del traslado, donde nos encontramos varios de los intelectuales que optamos por abandonar Cuba, que es lo mismo que dejarla naufragando a merced de sus propios problemas, dentro y fuera de la geografía isleña.

Hablar de la marginalidad desde los centros intelectuales, proferirle ciertos calificativos a la marginalidad desde lejos, parece, cuando mucho, un acto irreflexivo de la más pura y trasnochada ingenuidad. Cada ego se desplaza con su propio centro. Eso es cierto. Lo arrastra consigo como si fuese un grillete o un espejo mágico para la auto-contemplación. De tanto contemplarse, el individuo migrante termina muchas veces por perderse demasiado en sí mismo, en una parte reluciente de la perspectiva, que no es más que una ínfima parte de lo que asociamos con “la verdad”. Y la verdad pesa sobre aquellos que fustigan el osogbo y la marginalidad artivista de Maykel.

La verdad se multiplica, colegas queridos, intelectuales ensimismados, migrantes todos que un día cualquiera, en julio como en enero, optaron por alejarse de la isla, pero sin quitarle jamás la vista de encima al único centro que nos resulta viable, al epicentro: el punto cero de nuestra onda expansiva…

La verdad es, sin estar frente el espejo, que nos marchamos y dejamos solos a unos cuantos Maykel Osorbo. Fuimos a hacernos ebbó por el margen del mundo. Y resultó que, por orgullo o por agobio, dejamos a Maykel solo padeciendo con su osogbo.

Piénsese harto en esto. Vuelva ahora cada teórico, crítico gestado en la incubadora revolucionaria, al centro marginalizador de su EGO. Veámonos reflejados todos en las últimas declaraciones de Maykel Osorbo: un “llanero solitario” que grita desesperado, que pide invasiones por barco, como si aquello se tratase de un juego a los soldaditos o de algún pasatiempo en Xbox. En esa escena virtual de las directas y los posts exorbitados, en el centro de todo eso que otros ya dimos hace tiempo por un escenario surreal, Maykel Osorbo está plantado, clamando por soldaditos. Da el “berro” a su manera, mientras se figura buques de guerra adornando el horizonte de la isla.

Pero Maykel, en su osogbo marginal, no ve ideas. No cree en los pensamientos encumbrados. No confía en ellos y, por eso, no los ve. No nos ve, queridos colegas, amigos intelectuales, ensimismados todos. No nos ve, porque hace mucho tiempo decidimos alejarnos del osogbo. Lo abandonamos. Nos fuimos a otra parte, con nuestros grandiosos pensamientos, condenando a Maykel a ese margen, a esa película donde se tumban unos, se amenazan algunos y se levantan otros imperios.

Ahí se quedó Maykel Osorbo. Ahí lo dejamos, solo, luchando con sus fantasmas, que son los nuestros (y esto que no se olvide): los mismos fantasmas de los críticos encumbrados.

Allí lo despedimos, solo, en el epicentro de la onda expansiva, picando pleitos por él, por ti, por mí… Por cada uno de nosotros.

A estas alturas del Bildungsroman, de esta novela (per)formativa que inauguró el Movimiento San Isidro, dentro y fuera de la caverna, sobra aclarar por qué a Maykel le sigue gustando el osogbo; por qué prefiere los conflictos in extremis, el desbalance, los problemas que en la Santería nomás se reparan a golpe de purificación. Para cualquier versado en la materia, el osogbo es un estado de desequilibrio opuesto al iré y al margen del ashé. Sea ikú, sea anu, sea arayé… sea el mismísimo elenu shakotá —esa lengua que maldice y juzga públicamente, si acaso, por divertimento y egolatría—, el osogbo habla también por el estallido contra los demonios que rondan el fluir de la vida.

A Maykel Osorbo lo dejamos solo, gente; solo en esa fantasía de la muerte, en aquel lugar oscuro de la no-vida que sopesaba por estos días Anamely. Lo dejamos plantado en el epicentro de nuestra propia marginalidad, en el punto cero de la onda expansiva que nos deja sin vivir, por marginales que somos todos.

El efecto marginal no se critica: se asume. Se trabaja con él, se piensa con él. Se siente con él… Vamos, que no es tan difícil. Más difícil es lapidar al marginal en revistas y boletos editoriales para el ego incubado en la academia.

En estos días, toca hacerse un ebbó junto con Maykel Osorbo; pero un ebbó de consciencia, de ciencia y paciencia. Un ebbó contra la idolatría del ego intelectual. Y sépase además que en el iré, al otro extremo del universo, el poder, la autoridad y el intelecto son estados marginales de la materia.




Reynier Leyva Novo y Tania Bruguera

Memorias del 27N: Instar

Reynier Leyva Novo

Memorias del 27N: Instar es una galería del artista Reynier Leyva Novo, a raíz de los sucesos del 27N y de las reuniones en INSTAR.


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