Kiss me, but I’m Gay

Mi amiga se pone la camiseta verde que yo le presto para dormir. La camiseta tiene una impresión serigráfica de un cartel que dice “Kiss me, I’m Irish” por los alrededores de una hojita de trébol. Vaya, le digo, eres la de la suerte. 

Desde siempre, ha habido tanta concupiscencia en un beso de la suerte como en uno del amor, en uno de la religión como en uno del sexo, en el de la amistad como en el de la familia, en el heterosexual como en el homosexual; ya que el beso, señores, ha sido en todas sus manifestaciones un sello humano.

Volviendo a mi amiga de la camiseta verde: ella me dice que escriba algo, pues me encuentro en un estado de abstinencia y asco por todo lo que está sucediendo en este país. Mientras me escarbo las uñas tirada en el sofá, pienso en los besos robados y en la gente audaz. ¿Sobre qué voy a escribir? ¿Sobre los cerezos? Pensaba más en la gente audaz, para qué les voy a engañar. Meditaba sobre la victoria continua de los audaces sobre los vagos. 

“No sé, escribe sobre eso que me cuentas del beso censurado”, dice.  

Me cae un estado de culpa. Los audaces siempre en el jineterismo, haciendo carreras. Yo procuro que mi vagancia no me afecte, no me paralice. Cuando me tocan algo, chillo. ¿Escribir sobre el beso? ¿Qué tengo yo qué decir sobre un beso? 

Yo tengo para hablar de la censura, de todos los besos que nos han quitado o de los besos que nos hemos perdido detrás de la mano timorata de un mayor de edad sobre nuestros ojos frente al televisor.

Entonces pienso en esos muchachos frente al ICRT, tomándose la tarde para ir a defender sus derechos cívicos, humanos, sexuales, intelectuales; pienso en mi amigo Luis Manuel Otero preso por enésima vez (ya perdí la cuenta) mientras sigo acostada en el sofá mirando el techo. Y se me descarga en la mente esa frase de Héctor Antón: “los vagos salvarán la eternidad desde un sofá”.

Un beso gay —y de paso me pregunto qué es, exactamente, un beso gay— fue censurado hace unos días en una película que pasaron por la televisión cubana, una película macheteada por un censor del ICRT. Hace muchos años que yo no consumo la televisión nacional, pero soy altamente adicta a las redes sociales. No vi la película truncada, pero sí todo el jelengue que se armó después. 

Los activistas de la comunidad LGBTI+, como protesta, organizaron una besada pública —y de paso, pienso qué me produce la palabra “besada”— frente al ICRT. Detuvieron a un activista que nunca llegó al lugar de la manifestación, apresaron y golpearon al artista Luis Manuel Otero (su novia Claudia Genlui también fue agredida físicamente), quien, en apoyo a la comunidad, había anunciado unírseles, aunque muy pronto desistió de ir, pues la comunidad LGBTI+ había decidido retirarse luego de que el propio ICRT publicara una nota disculpándose por aquella censura. 

Los activistas tuvieron sus disculpas, Luisma aún sigue preso. Pero ese es otro tema dentro de la discriminación (y mucho más allá de la discriminación también, claro) del que hablaré en otro momento.

Mi amiga, la de la camiseta verde, es gay. Curiosamente, hoy le dije que era gay; o sea, ella es abiertamente gay hace muchos años, pero hoy yo estaba tomando conciencia de ello en el sentido de ponerle un nombre, de llamarla por otro nombre que no es el suyo. 

Fue sorpresivo: me sentí clasificando algo que por naturaleza resulta mucho más extenso o complejo, reduciéndolo a una etiqueta sexual, una taxonomía comercial, facilista. Me percaté de lo discriminatorio que podría ser eso también; al menos así lo sentí. Recordé una guerra antigua, una guerra contradictoria: la guerra por la igualdad. 

La comunidad gay ha luchado durante décadas por un reconocimiento ciudadano, por la aceptación. No obstante, en esa misma guerra se ha estructurado su propia mordaza: la designación a un estigma. En fin, una legitimación ha propiciado la diferencia, y en esa diferencia vuelve a los códigos exclusivistas. Y ya sabemos que ese pensamiento cíclico puede resultar peligroso; es un peligro trascender lo políticamente correcto.

Por ejemplo, en Estados Unidos resulta ofensivo que llames “negro” (nigger) a un negro, ya que ese término fue utilizado durante siglos por los blancos esclavistas como un despectivo hacia la otra raza. Esto puede resultar insólito y tremendista, pero las propias palabras se cargan semánticamente de sus propias negatividades y luego resulta difícil resemantizarlas, pues ya forman parte de una cadena lingüística histórica, y entonces surgen, en sustitución, los eufemismos o las invenciones-mordazas. 

Olga viene de Boston esta semana, le digo a cualquiera de mis conocidos, nunca se me ocurrió distinguirla con las guirnaldas del orgullo gay, como mi amiga lesbiana que viene de Boston esta semana, o mi socia tuerca, o mi queridísima homosexual… Ella podría llamarse a sí misma como quiera, mujer o cucaracha, y la gente podría llamarla marimacho o camionero, o sea, podrían pensar en una mujer que quiere comportarse como varón o incluso ser varón; pero yo lo que veo es a alguien que se siente y se llama Olga. Olga, en cualquier sentido, puede ser un buen nombre.

Resultan paradójicos aquellos comentarios que le escuchas de pasada a cualquier extraño: “yo no tengo problemas con eso, pero Julito el pajarito…”; “él es gay, pero es muy educado”. Primero, a qué problemas se refieren, y en caso de que se refieran a la homofobia, de no presentar tal fobia: ¿por qué hacer necesaria la acotación?; segundo, la gente tiene un nombre, el epíteto eufemístico para referirse a la orientación sexual está de más, sobradas palabras en un sintagma que se resuelve con una sola: Julito. 

En el segundo ejemplo la nubosidad es mucho más (es)tupida; aquí la homosexualidad resulta una cualidad degradante, por tanto, se busca otra cualidad opuesta que compensa moralmente esa degradación (pobre/pero decente, negro/pero limpio, mujer/pero sabe aguantar como un hombre, gay/pero de buenos sentimientos) con el fin de mantener una homeostasis social.

A lo que quiero llegar: censuraron un beso gay. En este caso, censuraron un beso gay porque no era un beso heterosexual. 

Aquí es válida la aclaración, pues no se trata de religiosos recortando de las cintas los trozos de los momentos amatorios más perversillos, a lo Cinema Paradiso. Justificar esto, la censura de un beso porque era gay, es reforzar la teoría de los binarios opuestos construidos para insertarse bajo esa presión social, que existe y tiene ese aliento gélido y funesto: gay/beso no van de la mano. 

En ese mismo sentido: aceptamos a los gays, pero no pueden manifestar públicamente sus deseos sexuales, no pueden besarse, no pueden singar, no pueden andar de la mano, no pueden vestirse así, no puede hablar asao… Los gays fuera del clóset que se metan en el clóset para besarse.

Se borra una escena amatoria gay para no molestar a un público cubano retrógrado e incivilizado; un pueblo, por demás, adoctrinado en un sistema macho-comunista donde históricamente se han perseguido, apresado y apaleado a los homosexuales. El CENESEX surgió, entre otras cosas, para limpiar esta imagen de la dictadura y para controlar al ganado, o mejor dicho (ya que ganado somos todos), a la bandada de pájaros. 

Esos pájaros o pájaras o patos o yeguas con alas que han debido ser libres desde siempre, desde que salieron del cascarón. 

Acabo de recordar una fobia que tengo, la misma fobia de mi queridísimo Wallace, la boviscopofobia: el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino.

Yo como mujer, como heterosexual o heteroflexible o heterodoxa cubaniche, he sufrido la discriminación de género, para no hablar de la política o para no hablar de lo racial fuera de Cuba. Mi caminar con guapería, mi alto tono de voz, mi falta de maquillaje, mis tenis hasta para ir al teatro, mi manoteo al hablar, mi ropa holgada y oscura y mi pelo corto, han sido los guisasos de mi indomabilidad en las medias de mi madre. 

Pero esos guisasos son nimios en comparación con mi actitud varonil; una actitud que, según todos, no corresponde ni con mi sexo ni con mi peso ni con mi tamaño: Katherine tiene huevos, Katherine tiene los huevos bien grandes, Katherine tiene unos huevos tan grandes que le pesan. Esos huevos no son —ya quisiera yo— los huevos de la valentía, sino los huevos que me achacan por tozuda, por rebelde, por soltera, por guapa, por vaga y por malacabeza. 

Todo este teque de mujer empoderada no es gratuito: quiero mostrar con esto que si mi familia —blanca, educada, de clase baja no tan baja, no universitaria pero sí de varios técnicos medios— no fue indulgente conmigo, con mis propensiones cuasilesbianas y machorras, ¿qué pudo quedar para Félix, mi amigo negro y gay de la primaria? 

¿Qué puede quedar para todos los Félix de Cuba? ¿Qué puede quedar para Félix cuando quiera besar a otro Félix?

El beso es, como dije al principio, un sello humano; una forma de expresión, una manifestación sensorial. Cualquier beso, venga de donde venga, es un acto tan natural como dormir. Si permitimos que lo quiten de la pantalla estamos permitiendo que se cuele la deshumanización, y ya sabemos quién termina perdiendo su humanidad cuando un ser humano intenta arrebatársela a otro. O cuando se lava las manos ante eso, que es al cabo lo que terminamos haciendo todos: chillar cuando nos tocan, pero solo cuando nos tocan.

Somos humanos, queridos amigos del ICRT, antes, durante y después de meternos en la cama con cualquiera de cualquier sexo. 

No a la homofobia, no a la censura, abajo la represión y arriba las manos. 

Kiss me, I’m anything!





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