¿El infierno son los otros?

Me interesan los miedos propios y ajenos. Me interesan las motivaciones de lo humano, las máscaras, las excusas diarias.

Los últimos meses han sacado a la vida pública la esencia de la especie. El SARS-CoV-2 ha sido el detonante de la bomba social. Entre los mayores temores despertados por la pandemia está ver al otro como el enemigo, como el portador de todos los males que pueden pervertir y destruir eso que llamamos humanidad.

El terror ante esta situación no me resulta nuevo. El infierno siempre ha sido el otro.

Lo más humano es culpar al “otro” de nuestras desgracias, de nuestras carencias y vicisitudes.

El “otro” es informe, pero transmuta en todos los pavores. Es el “Eso” de Stephen King, pero sin tanto maquillaje chillón.

Es la señora que, en plena cola para el pollo, se baja el nasobuco para hablarte, no ya a metro y medio, sino a solo un paso de distancia.

Es el adolescente borracho que grita a los carros que no se detienen para llevarlo.

Es el carretillero que te vende la cebolla carísima. Y tú muerdes, porque no hay otra forma de conseguirla.

Es la señora decente que trabaja en la tienda y por la noche te lleva los productos a la casa, con un sobreprecio del 100 %.

También es el que se expresa sin ser políticamente correcto.

Las caras de este transformista son infinitas, pero nada novedosas. Se metamorfosea en sociedad, y su mayor virtud es la de no ser juzgado. Su presencia es un chispazo. Sucede solo por un momento, y después se olvida.

Las personas juzgan constantemente al “otro” y, mientras tanto, dejan que su vida suceda como analogía de “eso” mismo. Ves el mal en el espejo y piensas que es otra persona quien te mira. Otro individuo separado de ti mismo. Un ente que merece todo tu repudio.

Para los demás, somos el otro.

El otro es Jano, ese ser mitológico de dos rostros. La moneda grabada con una efigie a cada lado.

En una cara de la moneda, es el otro-miedo. Representa la facilidad que se tiene (que tenemos, no me excluyo) de ver al otro como el enemigo, como la posibilidad del daño.

Es una facultad creada: son años de intimidación, de “No te metas ahí”, de “No quiero verte jugando con ese chiquito”, de “Abajo el imperialismo”, de “Los negros son malos”, de “No digas lo que piensas porque te meten preso”.

Esta voz en off retumba en el subconsciente toda la vida, y va adaptándose. Muta la cadencia: de los padres al tono del maestro, al tono del locutor del informativo… La voz que imaginas que tiene quien escribe las noticias que lees.

No es el miedo puro en su amplia nomenclatura: es una parte de este. La corporeidad es su signo. Es físico y palpable por su dimensionalidad, por esa suerte de querer materializar las experiencias. Al identificar al otro-miedo sucede el efecto de la encarnación: la emergencia de una materialización infundada, sin previo aviso y sin ningún otro objetivo que hacer visible y reprochable un corpus, un sucedáneo de lo que acontece.

El miedo es comer carne de res, porque produce cáncer. Las vacunas, porque te inyectan un chip. Tirar fotos en la cola del detergente, porque le robas el alma al policía.

El miedo es visceral y amorfo. Está en todas partes y en todo momento. La perpetuación del miedo en la masa es una solución de huida.

Que fácil sería vivir como propone Santi: “sin tanto miedo”.

Pero el otro no es solo la faceta del pánico: tiene como contraparte al otro-excusa.

Tan antigua como su reverso, el otro-excusa es la culpabilidad ajena de todo cuanto sucede. La política del no fui yo, fue él. La conspiración del universo es más sencilla de explicar que la culpa propia. Trae menos dolor.

Es concebible que todos conspiren contra ti, que cada persona tenga como propósito hacerte daño. Rectificar, aceptar los errores propios, decir me equivoqué, no es cool. No está de moda.

“Fulano me serruchó el piso” es mejor que decir: “Lo hice mal, no estaba facultado”.

No niego que la bondad humana sea cada vez más escasa, que pensar al enemigo en cada esquina mantiene el ánimo en guardia. Total: vivimos toda la vida nerviosos por un enemigo que está a noventa millas. Por si acaso, la culpa siempre será del Bloqueo.

El otro-excusa es la vía de escape social. Ofrece la esperanza de la desmotivación. Esconde su mano para dejar la responsabilidad en otra parte. Es el monótono despuntar de la desidia. Es el: “mejor que lo haga otro, porque yo no voy a cambiar nada”. Es la rabia del infantilismo social.

Cada vez que la culpa propia se transmuta en lo ajeno, asistimos al deterioro de la civilidad, a la pérdida del sentido ciudadano.

Esta faceta del desaire perpetúa el equívoco de dejar la vida en manos ajenas: que otro decida por ti, por tus sueños y tus realidades, por tus hijos y tus nietos. Es el dejarse vivir, pero no por la vida sino por un ente inmaterial que te vive sin ningún sentido, que te conduce por cualquier camino.

El otro-excusa no es corpóreo en la acepción puritana del vocablo. Su identificación es un acto ideal; está adscrito a palabras, a ideas que portan la fuerza de esa excusa que no sabemos a dónde va a parar, pero que está latente en todo momento. Es, en esencia, un movimiento repetido hasta el genetismo.

A todas estas, el otro solo comporta la motivación para no enfrentarnos a nosotros mismos. Su existencia nos valida, nos libera de toda carga.

La moralidad es un requisito que exigimos en el otro y que solo a veces cuestionamos en nosotros mismos. La salutación de nuestras facultades, con ese acto ególatra de pensarnos como lo más valioso del universo, dificulta y entorpece el autoanálisis. El gran problema es la inconsecuencia. ¿Si soy el centro del universo por qué las culpas han de ser ajenas? ¿Por qué tengo que poner en ti lo que no quiero en mí?

El cuerpo ajeno es portador de nuestras desgracias. Es el chivo expiatorio que aligera la carga de la vida. Como especie, pedimos que los demás sean consecuentes con sus actos, con sus palabras. Exigimos responsabilidades ante los errores cometidos. Como homo cubensis, estamos tan dañados que a veces solo importa gritar.

Eso no tiene nada de malo: el grito libera. Pero no vale la pena gritar sin sentido, como una masa de histéricos: un conglomerado de quejas instantáneas que luego se diluyen en el agua, en la baba que bordea.

El grito es la Ley de protección animal y la Ley integral contra la violencia de género. Es la exigencia del respeto y los derechos, no la perreta solo como catarsis.

Vivimos con la angustia de esperar el momento y el lugar indicado para poder decir algo, para soñar que somos escuchados y que nos hacen caso. Una pizca de atención es suficiente. Aunque sea vana, aunque sea por un ínfimo momento. Aunque el reconocimiento sea un “me gusta”.

Una persona consecuente es un estigma, una llaga en la piel citadina. Pongo la otra mejilla y acepto que yo no lo soy, que yo cambio de opinión. Que tengo miedo a veces, que he callado el ímpetu de mi juventud. Pero lo asumo y lidio con eso, no lo esquivo.

Por más que parezca, esto no es la reducción del mundo a un solo eje. Siempre hay factores externos, siempre hay causas mayores. No se puede prever o controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor. Quizás es cierto que el planeta conspira en contra, que entorpece todas las intenciones. Pero el error está en equivocar las causas, en poner afuera lo que está adentro. En poner adentro lo que tiene que estar afuera. Por salud mental, por pereza, por lo que sea.

Por evitar la dolorosa situación de aceptar que estábamos equivocados. Por no arriesgarnos a mover nuestros cimientos. Por no aceptar, simplemente, que tengo miedo a no ser quien yo pensaba.

Por descubrir que el infierno no eres tú.

El infierno soy yo mismo.




Alexander Otaola

Tres reflexiones apuradas sobre Alexander Otaola

Jorge de Armas

A Otaola se le podría acusar de llevar el anticomunismo hasta la histeria propia del mismo sistema que ataca, y sería verdad. También podría decirse que enarbolar estrategias excluyentes anima a la dictadura a reproducir el mismo patrón, y sería verdad. Pero Otaola es mucho más que una verdad y muchas mentiras.





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