El arte de la represión

El 27 de enero de 2021 es un día que vivirá en la historia universal de la infamia cubana. Para quienes dormían bajo una piedra o no se quisieron enterar, lo recapitulo con pincel de brocha gorda: un grupo de intelectuales cubanos —en su mayoría, jóvenes— se personó en las afueras del Ministerio de Cultura de Cuba para entablar un diálogo con los representantes de dicha institución. El objetivo de este encuentro era abordar la falta de libertades civiles a la que es sometida la población de la isla, así como buscar un compromiso institucional que apoyara la libre expresión en Cuba y que se pronunciara en favor de los artistas que han sido acosados, detenidos y violentados una y otra vez por la Seguridad del Estado y que también se manifestara en contra de los arrestos arbitrarios que lleva a cabo, con no poco entusiasmo, el régimen de la isla.

El guion ya estaba escrito de antemano, por tanto —y por desgracia—, a nadie le sorprendió que la respuesta del mismísimo ministro de Cultura fuera salir a la calle —a plena luz del día y frente a los teléfonos y las cámaras que filmaban y transmitían el evento— a tirar manotazos y agredir físicamente a quienes se habían congregado ahí en son de paz, en aras de proponer una Cuba plural, con todos y para el bien de todos, como la soñaba el maestro.

Rodeado de una claque de barrigones con canas —en un país donde si algo abunda es el hambre—, el titular del ramo le recordó a la audiencia esperanzada que Cuba no es un país para jóvenes. El video del arresto de los manifestantes y sus gritos al ser golpeados mientras los arrastraban contra su voluntad a un autobús de la policía, desde entonces son parte de la banda sonora de mi vida y dejan otra cicatriz en la memoria reciente de un pueblo desmemoriado.

El 27 de enero es también la víspera del natalicio de José Martí, ese pilar sobre el cual tantas veces se ha construido y destruido la nación cubana. Para conmemorar la ocasión, la historiadora del arte Carolina Barrero llevó a la cita un libro del Apóstol, recitó algunos de sus poemas y regaló una imagen impresa de un José Martí con una camisa de estrellas. La Seguridad del Estado la acusó entonces de un delito kafkiano, recogido en el artículo 210 del mismo Código Penal que —como argumentaron en 2019 en su propuesta de ley un grupo de mujeres cubanas— “no reconoce a la violencia de género como un crimen específico, y tampoco a los feminicidios”.

En vista de que la amenaza a Barrero parecía dar paso a un proceso legal que avanzaba con botas de siete leguas, en un acto de una dignidad que no cabe en este texto, el 21 de marzo, la artista Camila Ramírez Lobón reconoció en Facebook su autoría del hermoso dibujo de Martí, se autoincriminó y emplazó a las autoridades cubanas: “La ley que quieran instrumentar contra esa belleza, en el sentido total de la palabra, que es Carolina, tendrían entonces que emprenderla también contra mí”.

Les invito a que lean su declaración sin llorar. Yo no pude: fue un llanto de rabia y de indignación, pero llevaba también mi gratitud y mi solidaridad. Y cualquiera me entiende: luego de más de medio siglo de gritos y consignas, de ese machismo-leninismo que ha corroído con igual entusiasmo calles y sueños, de abuso verbal y físico, de terror ubicuo, de símbolos fálicos por todas partes, de hombres —viejos y blancos, en su mayoría— manoteando, y de esa dinastía que se ha perpetuado en el poder dictando el destino de una isla al pairo, ver a un grupo de mujeres dar la cara a diario y decir “No” a un régimen que solo se mantiene en pie al ritmo de la mentira y la brutalidad policial, es algo que me inspira y me conmueve hasta el infinito.

En los párrafos anteriores hice hincapié en una fecha específica, pues, al día siguiente, en el acto de celebración por los 25 años de creado el Memorial José Martí, una veintena de artistas cubanos —con auspicio y beneplácito del mismo régimen que acosa e intenta intimidar a Barrero y Ramírez Lobón— inauguró una muestra colectiva dedicada al poeta, en la que el pobre hombre sale hasta en la sopa. Lo dibujan, lo retratan y se lo apropian de una y mil maneras y, en vista de que lo hacen bajo la égida del gobierno y en un espacio oficial, no solo no se meten en problemas con la ley, sino que son celebrados y aupados.

Eso es lo fascinante de las dictaduras: que una misma acción puede estar dentro y fuera de la ley tan solo a unas horas y unas millas de distancia. Es el mismo Martí, recreado con o sin permiso de la junta militar cubana. Por tanto, lo que se criminaliza es el contexto, y a un grupo específico.

Para que se entienda mejor, tergiversemos al difunto dueño de la finca privada que es Cuba: “Dentro del Memorial José Martí, todo; fuera del Memorial José Martí, nada”.

En este álbum en Facebook se pueden ver —hasta nuevo aviso, hasta que lo pongan en modo privado o lo borren— las fotos de las obras con las que “homenajearon” al más querido de los cubanos.

Lo primero que salta a la vista es que lo que pasa por arte en Cuba es una verdadera vergüenza. Pero como no es la crítica de arte lo que me impulsa a escribir estas líneas, sino un mínimo sentido de la justicia, no emitiré otro criterio estético sobre los cuadros e instalaciones que pueblan las paredes de la institución gubernamental. Quien quiera “maravillarse” —es un decir—, que pase, vea y saque sus propias conclusiones.

Para ponerlo en la jerigonza de ese capitalismo salvaje con el que tanto se asusta al pueblo cubano: resulta que aquí lo que tenemos es un caso de infracción de copyright. El régimen de la isla, desde que se instaló en el poder, se ha abogado el derecho exclusivo a la “marca” Martí; le puso su trademark y lo sale a disputar pistola en mano. Por tanto, cualquier manifestación, cualquier uso, cualquier semblanza, cualquier cita o parafraseo, cualquier referencia, cualquier pulóver con su efigie, cualquier libro que se le dedique, cualquier cartel o pancarta, cualquier mural que lo evoque, cualquier mención que lo nombre o lo aluda, tiene que llevar el imprimátur del castrismo, so pena de recibir el más severo peso de la ley.

Lo mismo ocurre con la bandera, ese trapo tricolor que no vale —ni jamás valdrá— la vida de un cubano.

Finalmente, el 25 de marzo, el mismo aparato político que quiso amedrentar a Barrero tuvo que archivar el caso por falta de pruebas. Este episodio marca un antes y un después en la vida de la nación.

Para la próxima, yo involucraría a las siguientes instituciones, que participaron de un modo u otro en esa muestra conmemorativa en el Memorial José Martí: Galería Transeúntes, Movimiento Juvenil Martiano, Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño, Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, Centro de Estudios Martianos, Consejo Nacional de las Artes Plásticas y el Ministerio de Cultura de Cuba. Desde aquí —y no solo con carácter retroactivo—, las emplazo a salir en defensa de las ciudadanas cubanas Carolina Barrero y Camila Ramírez Lobón. Si no las amparan públicamente, confirmarán una vez más lo que siempre hemos sabido: que el único arte que se promueve en Cuba es el de la represión.


En la imagen de portada, desde la izquierda: Carolina Barrero, Camila Ramírez Lobón y Juliana Rabelo.




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