Ostalgie

Lo que escribo es más que una invención, es obligación mía hablar de esa muchacha, de entre millares de ellas. Es mi deber, aunque sea de arte menor, revelar su vida. Porque tiene derecho al grito. Entonces yo grito. 
Clarice Lispector: La hora de la estrella

Tu llamada de teléfono me ha despertado. La insistencia del timbrazo me ha sacado de un sueño inverosímil cuyo contenido ahora no importa. Eran las dos y cuarenta de la madrugada. Supe que eras tú aunque no dijeras nada. Era tu respiración, tu jadeo. “Andrea”, dije, y repetí tu nombre hasta que colgaste y ya no me volví a dormir, esperándote. 

Ulrich roncaba a mi lado, había aparecido la noche anterior dispuesto a celebrar, feliz y confiado como se sentía todo el mundo. Traía embutidos carísimos, chocolates, una botella de vodka y dos de champán. Sobre el lazo rojo que ceñía una caja de bombones suizos había escrito “Por la libertad”. Lo desperté suavemente. 

—Debes marcharte —susurré acariciándole el pelo. 

Él gruñó, girando sobre sí mismo hasta quedar bocabajo. Con la frente pegada a la almohada preguntó: 

—¿Qué pasa?


—Necesito ponerme a trabajar —y como no se movía, agregué—: Ahora.


—Joder, ¿otra vez con eso? —protestó, incorporándose hasta sentarse a mi lado. Sus ojos entrecerrados, hinchados y enrojecidos a causa de sus unilaterales excesos durante la cena, se clavaron en mí. Qué mirada tan rencorosa, qué distinta a la de horas antes cuando su deseo recorría mi cuerpo; qué distinta también a la mirada cómplice que me dedicó tras el orgasmo. No soporto los cambios bruscos en el trato de los demás, me hacen sentir estafada, sola. 

—Ulrich, querido, no lo eches a perder. ¿Desde cuándo nos pedimos explicaciones? Soltó algunas frases hechas mientras se vestía. Intenté darle un beso pero me esquivó. No importa, hace años que me negué a las disputas domésticas, volverá. Sabe cómo soy, qué puedo darle y qué necesito de él.


Odio la televisión, pero igualmente busqué las noticias. La ciudad seguía convulsionada, toda la prensa del mundo se había detenido sobre Berlín y la gente se mostraba eufórica. Yo no, yo llevaba días helada, petrificada frente a los acontecimientos, ávida de recuperar alguna convicción. La alegría de los otros me parecía infantil, desinformada. Miles de berlineses se habían lanzado a las calles, alzaban los brazos en gesto victorioso, daban saltos de felicidad, aplaudían frente a las cámaras, reían, lloraban abrazándose como si realmente, de una vez por todas, el mundo fuese a cambiar. Creí ver tu rostro entre los rostros de los demás, pero no era; si acaso una reminiscencia, un parecido incontrastable, caras de otras mujeres que podrían ser tú. 

Mi reloj de muñeca marcaba las tres y treinta de la madrugada del nueve de noviembre de 1989. Hacía unas horas, Gunter Schabowski, el portavoz del gobierno de la RDA, había confirmado que la libre circulación entre las dos partes de la ciudad comenzaba a regir de inmediato y una avalancha se había precipitado contra el muro de Berlín. 

Volviste a llamar desde otro sitio, desde algún antro ruidoso o desde una cabina en la calle. Juraría que llorabas. Percibí las voces ajenas, el ruido de una sirena alejándose, cláxones pitando, impertinencias dichas entre desgraciados que se sentían felices, por fin. Sobre todo eso murmuré humilde y dulcemente tu nombre: “Andrea, por favor, ven”. 

Me bañé, arreglé el escritorio, preparé una jarra de café fuerte y aquí estabas tú. Sentí que traías contigo el frío de noviembre, que un cúmulo de hojas secas se arremolinaba a tu alrededor y se colaba contigo en mi casa cuando te dejé entrar. 

Esto es lo que dieciséis años han hecho contigo: esta delgadez, estas ojeras agrisando la natural palidez de tu rostro, esta sequedad en el pelo mal teñido que amarillea y cruje cuando lo estrujas nerviosamente al hablar. Los dorsos de tus manos lucen avejentados y venosos, tus dedos se han ensanchado en las falanges, me disgustan tus uñas opacas. Y tu ropa; el chaquetón raído, los pantalones de corte acampanado pasados de moda hace décadas, los zapatos toscos, como de niño, rematando tu aspecto ridículo y desamparado.

Depositaste tu mochila en el suelo y miraste en rededor. Hasta tus labios, antaño jugosos, estaban secos. Lucías cansada y nerviosa, aunque en realidad estabas enfadada y no te faltaba razón. 

Quizás el estatus que trasluce mi casa formaba parte de tu molestia, quizás no. Recuerdo que bromeabas con eso de que te gustaba el lujo, de que en tu corazón hibernaba una prostituta avariciosa y egoísta; pero no era cierto. Tú no sabías lo que era el lujo, no había nada prostibulario en tu interior y eras incapaz de un acto de egoísmo. Eras una puñetera camarada intachable, una pieza entera, fundida bajo los férreos preceptos del realismo socialista, entrenada para sacrificarte por los demás. 

Por fin habías vencido los escasos kilómetros que separaban nuestras casas para plantarte frente a mí blandiendo en tu mano derecha una copia manoseada y subrayada de uno de mis libros. La novela inaugural de una saga donde yo había volcado la historia de las dos. Mirándome fijamente sacaste uno a uno los siguientes ejemplares de tu mochila y los tiraste con desdén sobre el sofá. Eran cinco volúmenes. 

Así que la censura literaria no funcionaba, ¿de qué otro modo podrían mis libros haber llegado hasta ti? Se trataba de publicaciones prohibidas en el mundo comunista, escritas a partir de 1974, casi un año después de nuestra breve historia de amor. 

Durante años has leído y subrayado esos libritos; primero con la estupefacción de quien se siente desnudado en público por otro; después, has acabado por sentir una vergüenza ajena urticante respecto a mí. No es una gran obra, lo sé. Si quieres, reconozco que empecé un relato erótico despechado y acabé aderezándolo con tendenciosos reclamos de política internacional. Todo un panfleto, no lo niego. Adopté el punto de vista más cómodo; el de una narradora omnisciente que todo lo sabe, que entra y sale de las mentes y atraviesa el tiempo de la narración según le conviene, ¿y qué?

“Cuando Andrea se alzó, Ingrid la estaba mirando. Miraba el escote de su camisa varonil que dejaba ver la punta de unos senos voluptuosos. Sorprendida, Ingrid desparramó su mirada por sobre los ojos, los labios y el cuello de aquella extraña mujer. No era la primera vez que sentía ese latigazo frente a un cuerpo femenino, pero hasta entonces, siempre había soportado esa pulsión con cobardía. Las presentó un funcionario regional, el mismo que las invitó a una descarga de trova aquella noche, el mismo que, horas más tarde, brindó con ellas y su primer trago de ron”. 

Sientes que te he traicionado, que te he despiezado como a una vaca para venderte al por mayor, que los trozos de tu vida pululan sangrantes entre esas páginas. ¿Y yo? ¿Con qué te crees que he escrito, sino con mi carne? Olvidas que me enamoré de ti, que te propuse compartir la vida, fugarnos a cualquier parte. ¿Recuerdas cómo me arrodillé frente a ti, cómo me aferré a tus piernas? 

Y de qué forma tan desafecta dijiste a todo que no. Que no por el partido, por tu marido, por tus padres que eran del partido, por la carrera de tu marido que era del partido, por respeto a tus hijos nonatos que serían del partido, por tus suegros que ya no recuerdo si eran del partido, pero eran dos viejos que también habías aceptado cuidar. Ni siquiera fuiste capaz de decir que no me querías, lo hiciste impersonal, geopolítico, me dejaste tirada en nombre de lo que creías era tu país. 

Tu país que no existía, Andrea, como no existe el mío; tu país que esta noche se acaba de desmoronar y no es más que un castillo de ratas que han echado a correr. 

Fue tu cerrazón lo que me hizo odiar la RDA; hasta entonces yo era una defensora del socialismo, estaba en Cuba terminando una recopilación de testimonios sobre la libertad creativa de la mujer en el mundo socialista. ¡Ja! ¿Qué libertad? Todo era mentira, lo descubrimos después, tras décadas de socialismo. 

Las mujeres de todos los segmentos de la sociedad comprendimos que éramos anuladas en ambos sistemas, que la única libertad que nos era concedida era la de parecernos a los hombres. Trabajar como hombres, pensar como hombres, escribir como hombres. Solo que también había que parir y cocinar y limpiar cada día, solo que también había que ser estética y moralmente ideal. 

No existe la libertad creativa de la mujer, no existe bajo ningún signo político, no todavía. Tenemos que hacerla nosotras, Andrea, las mujeres de todas partes tenemos que liberarnos del yugo de la familia, de la maternidad, del trabajo esclavo de las casas donde nunca se trabaja bastante y siempre está todo sucio y por hacer. Y tú me hablabas de padres y suegros, de maridos, del partido, de excusas a las que llamabas responsabilidad. 

Te negaste a escucharme, declinaste la principal responsabilidad de cualquier persona: la de vivir una vida propia, sincera. Has conseguido ser, junto conmigo, la mayor decepción de mi vida; y mi única venganza fue dedicarme a escribir sobre ti. 

Habíamos pasado aquel semestre en La Habana. Tú, en un estúpido proyecto agrícola auspiciado por la embajada alemana; yo, entrevistando escritoras y poetas para esa tesis feminista que nunca llegué a publicar. A las dos semanas de conocernos caímos la una encima de la otra, la una dentro de la otra. Tú me habías gustado desde el principio, sí, pero me suponía incapaz de estar con otra mujer. Tras el breve intercambio inicial supe que también estabas casada. Surgía una especie de magia al poder hablar alemán sin ser entendidas, como un embrujo que nos aislara de los demás. Tal vez por eso nos abordamos tan sinceras. Quise ser tu amiga, me acerqué de un modo honesto que me dejaba desnuda. Te ofrecí mi esencia verdadera y tú la abrazaste con la misma curiosidad, también con avidez. 

“Ingrid anduvo por entre la gente invitada a la fiesta. Fue presentada a un bailarín vietnamita, a un médico camerunés, a una poeta nicaragüense, a un guerrillero vasco, pero ella seguía con la mirada los movimientos de Andrea que bebía amplios sorbos de ron. Logró sentarse junto a ella y le dijo algo estúpido, algo como que echaba de menos beber una buena cerveza. Andrea la observó detenidamente con su mirada vidriosa. Ingrid sintió de nuevo ese calor recorriendo su cuerpo y bajó la vista. Yo pensaba que echaría de menos a mi marido, dijo Andrea, pero no. Y después de un silencio extraño, echó a reír y apuró la última línea de ron que quedaba en su vaso”. 

Yo tampoco echaba de menos a Siegfried, aunque no me había atrevido a pensarlo así. Habíamos discutido la noche anterior a mi partida. Confesó que el matrimonio no estaba yendo como esperaba, se arrepentía de haber desoído los trillados consejos de su madre y sus amigos íntimos. Su conclusión era que no tendría que haberse casado con una mujer como yo. La frase había zumbado en mis oídos durante el largo vuelo entre Berlín y La Habana. 

Una mujer como yo sería probablemente estéril o pésima madre, una mujer que prefería trabajar hasta la madrugada en vez de ofrecer una cena tranquila a su marido, una mujer descuidada en su apariencia y perezosa en las tareas del hogar, una mujer con opiniones políticas marxistas que vertía con vehemencia a la menor ocasión, una mujer que bebía y a veces se drogaba, que marchaba sola de viaje, que se escabullía en verano con sus amistades mientras el resto de la familia compartía el asueto en la hacienda familiar. 

El rostro enrojecido de Siegfried me aparecía desdibujado por el alcohol. Su recuerdo tomaba forma como un muñeco pequeño que se hubiera caído del avión. No me quería, y lo más reconfortante era que yo tampoco le quería a él. 

“Llegaron los trovadores. Desplegaron los ritmos cadenciosos de sus guitarras y las letras indescifrables que igual les parecían hermosas. Se sirvió más ron, se bailó, se coreó cada estribillo. Ingrid y Andrea quedaron aisladas, protegidas en una anonimidad que les permitió secretear toda la noche. El idioma se convirtió en una isla dentro de la isla”. 

De la imposibilidad inicial de estar juntas surgió una delicadeza, una deliciosa prohibición sensual que contagiaba nuestros gestos. Estábamos solas las dos y teníamos mucho que contarnos. Primero la vida pasada, y luego el presente que cada una soportaba en su parte de Berlín: un presente que nos decepcionaba y nos prometía mundos mejores con fórmulas distintas. De algún modo, las dos hacíamos ese viaje buscando certezas o al menos, reafirmar una ideología que se nos empezaba a corromper. 

En Cuba era otra cosa; sentíamos cierto tipo de libertad, quizás no política, pero sí corporal, humana. No sé si era urgencia de vivir, insularidad, cuestión de mezclas raciales o de geografía. En aquella época todavía huía de los estereotipos y buscaba con agotadora precisión la razón de las cosas. 

Por vanidad, solía llevar en mi maleta varios ejemplares de mi primer libro, publicado en 1971. Era una colección de relatos familiares, cuya protagonista era una niña campesina nacida en la posguerra. Te dediqué un ejemplar y leías por las noches, cuando todavía no dormíamos juntas. Entonces percibí cierto pudor en ti, como si te sintieras descubierta o poca cosa. Lo mejor que podía hacer era interesarme por tu trabajo. 

Me ofreciste que te acompañara a las cooperativas agropecuarias. Decías que allí radicaba una interesante representación de la nueva mujer cubana, que los avances en el uso de productos químicos permitirían una mejora en las condiciones de trabajo y de vida. Yo te creí, te acompañé, te retraté, tomé notas para enriquecer mi trabajo e indisimuladamente, te admiré. 

“Regresaban de pasar el día en las vegas del Valle de Viñales. La tierra rojiza había penetrado en su ropa y en su piel. El sudor acumulado del día había generado una tenue pátina amarronada sobre los brazos y los rostros de las dos. El guía las devolvió a la casa donde recalaban. En lugar de ducharse y alistarse para la cena, prefirieron salir a gozar de los últimos rayos de sol. Pasearon por la calle central del pueblo, los campesinos las saludaban al pasar. Los hombros y los antebrazos se rozaban, a veces, dejando una leve disculpa en el aire y una avergonzada sonrisa hasta que volvían a chocar. Se miraron: las aletas de la nariz, los labios entreabiertos, las idénticas gotas de sudor en el esternón agitado. Regresaron a la casa sin decir nada. Andrea entró primero, Ingrid después y cerró con firmeza los pestillos. Ya estaban frente a frente, ya solo tenían que dejarse caer. Y lamieron la tierra, las lágrimas, el sudor; y pellizcaron los huesos imaginados, y mordieron los cúmulos de carne conjeturada, y probaron a encontrar entre sus piernas un túnel que las condujera a un río y cuando estuvieron en el río echaron cables pelados en el agua y soportaron estoicamente la electrocución. A los pocos días habían generado una rutina nueva, discretamente matrimonial, que sostendrían durante el resto del viaje”. 

La pasión tiende indefectiblemente a la cursilería. 

Días después te presenté a Gertrudis, la traductora asignada para las entrevistas de mi proyecto. Era una mujer fina, más alta que nosotras, se paseaba encaramada en sandalias de plataforma, luciendo ropa vaporosa y sofisticada. Nosotras vestíamos como dos campesinas, usábamos sombreros de yarey para proteger de aquel sol nuestras pieles blancas. Ella cubría el nacimiento de su cabello con pañuelos en tonos pastel. Era hermosa, aunque taimada. Comprendí que le gustabas y temí tu reciprocidad. Con Gertrudis se rompía esa intimidad de la lengua, se empeñaba en cuchichear con nosotras en alemán y era la única persona dispuesta a comentar la escasez y la falta de libertades. 

Que si los cubanos no pueden entrar en los hoteles donde se alojan los extranjeros, que llevaba años usando periódicos como papel higiénico, que la escasez impedía cumplir siquiera con las estrechas cuotas fijadas por el racionamiento. Yo, más por miedo a tu interés que por otra cosa, la rebatía: Fíjate en vuestro sistema de educación, en la gratuidad de la salud pública, observa el nivel de vida en República Dominicana, en Haití, en Centroamérica, dime a qué hoteles van, dime con qué se limpian el culo, dime si tienen garantizadas la vivienda, las legumbres y el arroz. 

Comparar a Cuba con los países de la zona era la única forma de quitárnosla de encima. Levantaba las pupilas hasta dejar los ojos casi en blanco y nos decía que la gente como nosotras, tan amigas de la Revolución, se merecían una libreta de abastecimiento, una guayabera Yumurí, y seis meses viviendo en Centro Habana. 

¿Quieres decir que nos merecemos el paraíso, Gertrudis?, preguntaba yo. Entonces se iba, oronda e inconforme, con las cintas de su turbante acariciándole la espalda. Lo cierto es que dejando al margen mis celos y las discrepancias ideológicas, Gertrudis me ayudó. 

Tú no lo sabías, pero mi propósito en Cuba no era fácil. Contaba con una beca obtenida gracias a mi primer libro. Los fondos provenían de una fundación y mi línea de trabajo les incomodaba, solo que ya tenía el dinero y no podían echarse atrás. Decidida a entrevistar a dos escritoras cubanas: Dulce María Loynaz y Mirta Aguirre, Gertrudis era imprescindible. Dulce María Loynaz estaba cuidando de su marido, que había regresado a su lado, enfermo desde el año anterior; pero igualmente me recibió y conversamos. No fue puramente una entrevista. Mis preguntas pacatas sobre la libertad de la protagonista de Jardín, fueron superadas por sus digresiones. 

Mirta Aguirre decía que ella no era una escritora comunista, sino una comunista que escribe. Su poemario Presencia interior, del que había leído una traducción seguramente pésima, sugería el fin de la angustia entre lo político y lo personal. Eso era lo que yo buscaba, esa certeza. Tienes que hacerla tú, me dijeron ambas, nadie te la va a regalar. Antes de viajar de regreso, ya devastada por tu negativa, Gertrudis me estuvo leyendo poemas y contándome de la poeta Carilda Oliver. En ella me sostuve para subir al avión. 

Cuando regresé a Berlín me había convertido en otra mujer. Me había entregado absolutamente a ti, ya no podía volver a ser quien era. Ni siquiera discutí con Siegfried. Llegué a casa, nos miramos con rencor, nos contamos algunas cosas y bebí lo suficiente para dejarme follar la primera noche. Después me dediqué a trabajar. Sumida en un pesado silencio escribí un poemario y el ensayo cuyas certezas busqué cerca de ti, envié artículos a varias revistas y tomé notas para una novela cuyo borrador presenté a más de una editorial.

Mis textos no despertaban ningún interés. Decían que eran huecos, insípidos. Un famoso editor me dijo que la mía era una literatura frígida. ¿Frígida? le pregunté alzando la voz, y cuando el tipo, que no era más que un borracho con mal aliento, asintió sin ápice de duda en su mirada torva, comprendí. 

El primer libro fue el más inocente. Todavía estaba enamorada. No calculé el interés comercial del amor lésbico, no intuí que las discretas observaciones respecto a ciertas faltas de libertades que había percibido en Cuba y en ti, excitaran tanto al mercado editorial de este lado. 

Me ofrecieron un contrato irrechazable para dos libros más, me dieron un adelanto y algunas pautas sobre en qué temas insistir, qué temas evitar, me instruyeron para la morbosidad y la autocensura. ¿Y qué? Iban a pagarme un dineral por escribir sobre nosotras. Añadí, modifiqué, exageré, exprimí las vivencias que tuvimos, desgrané a través de ti el día a día de una funcionaria estatal ama de casa. 

Te atribuí una infancia castradora, la clásica rebeldía adolescente mal digerida, escarceos al límite con el alcohol, relaciones dañinas y un nulo amor propio que te condujeron a los brazos de Stefan, el marido que te adjudiqué. 

Conté también la vida de él, sus complejos, su mezquindad, su desinterés por cualquier cosa fuera del trabajo. Me divertí aportando los detalles necesarios para que el público te conociera bien. Solo que de vez en cuando te sacaba de esa vida cementerial, para envolverte en cálidos y húmedos recuerdos de tus días en La Habana. Era tu válvula de escape, eso y soñar con la maternidad, que no se produjo hasta el tercer libro, y que por insondables razones, te apasionaba. Añadí amistades, rivalidades y líos de escalera, actualicé el panorama político, y por fin, con publicidad y atención mediática, las publiqué. 

Fue el libro más vendido ese verano en la Alemania Occidental. Me tradujeron a veinte idiomas, fui invitada a dar conferencias, concedí entrevistas para la televisión. Mi rostro aparecía en revistas literarias y en todas partes me pedían más. Un crítico norteamericano definió mi trabajo como “literatura lésbica anticastrista con un toque feminista”. 

Lo rebatí, pero nadie me escuchaba. Enseguida lanzaban la pregunta obligatoria, una de las preguntas que divide radicalmente la literatura femenina de la masculina: ¿Es autobiográfico? Y como yo titubeaba y el entrevistador de turno tenía que seguir el ritmo acelerado de la televisión, añadían: ¿Para cuándo otro libro? ¿En qué proyecto estás trabajando? 

Mi único proyecto era vengarme de ti, por haberte negado a ser la puerta que conducía a mi libertad, por condenarme. Ya sabía que ningún hombre sería capaz de reproducir tu ternura, pero jamás pensé que tampoco pudiera sentirme igual con otra mujer. Y de todos modos busqué, probé con decenas, me revolqué durante noches infinitas en un sexo despechado que desembocaba en mañanas tristes, y no, de ninguna manera podía dejar de pensar en ti. 

Y cada día, al quedarme sola, lloraba. Te había traicionado y me había traicionado a mí. Te imaginaba encajonada en un edificio de corte estalinista, planchando el cuello raído de las camisas de tu marido, esperando durante horas un autobús, haciendo cola en mercados desabastecidos, vistiendo ropa fea, embarazada de uno de los tres o cuatro hijos que querías tener, tus bonitas piernas atravesadas por varices, tus padres abriendo la boca como pichones en un nido, para que tú la llenases de alguna papilla para viejos fabricada en la RDA. Habías escogido ese cuadro de fatalidad, esa falacia de realismo socialista en vez de escogerme a mí, y sufría. En vez de menguar, con el tiempo aumentaba mi dolor, y mi escritura se hacía más amarga. 

“El hijo de Andrea ha sido ingresado en el hospital pediátrico. Padece una infección pulmonar. Han separado al niño de la madre y ella ha sido conducida por una enfermera a la sala de espera. El padre de la criatura no puede acompañarla porque está de viaje, en Hungría, perfilando los planes quinquenales de producción de un potente insecticida. La sala de espera es un espacio frío y a pesar de las reconfortantes palabras de la enfermera, Andrea se siente mal. A veces, cuando le preocupan cosas serias, logra evadirse pensando en sexo”. 

“Intenta pensar en Ingrid, en las nalgas abiertas de Ingrid tumbada bocabajo. Pero enseguida la imagen de su hijo enfermo se interpone y la deja bañada en culpa y en un sudor frío. Se pone de pie, pero es imposible caminar por la sala de espera, atestada de madres solas que tal vez piensan en sexo o en muerte, como Andrea”. 

“Sus padres están cada vez más débiles. Está segura de que morirán a la vez, de golpe. Le entristece desearlo. No es que no los quiera, al contrario, desde que enfermaron los sostiene con firmeza entre sus brazos. Es la última hija que tuvieron, ya demasiado mayores, la que por lógica los debería cuidar. Piensa que no tendría nada que ponerse para el entierro de sus padres. Recuerda una película francesa que vio una vez. No recuerda el director ni el título. La madre de la protagonista moría y la trama transcurría durante el funeral. Solo recuerda el aplomo y la elegancia de la huérfana. Ella no será así, ella irá con prisas, con la ropa arrugada, cargando con el niño que llorará, consolando a sus hermanos, a Stefan, no tendrá tiempo de recibir los pésames en calma porque deberá organizar la merienda posterior. Mejor pensar en otra cosa”.  

“Por ejemplo en que su marido ha engordado y tiene una amante, y quizás por eso está tardando más tiempo del previsto en quedarse embarazada de su segundo hijo; o mejor pensar en que Ingrid tenía una teta notablemente más grande que la otra, y que le gustaba mucho el olor de su menstruación. Era un olor ácido, distinto del propio, un olor que ahora asocia a la libertad y le hace reflexionar en porqué tener un segundo hijo. En todas partes dicen que conviene aumentar la tasa de natalidad”. 

“Si el pequeño Stefan muere, se la tragará la soledad. Si no muere, es mejor que crezca acompañado. Ser hijo único puede ser una auténtica desgracia, incluso en la RDA, aunque depende de las frustraciones que depositen los padres en él. Ella y Stefan padre intentan no proyectar ninguna, pero ¿quién sabe? Stefan padre ha engordado tanto, que quizás esté tapando alguna clase de ansiedad. Andrea no entiende como ha conseguido una amante estando así de gordo. Sabe que será alguien del trabajo, del Ministerio de Agricultura. Algunas jóvenes suelen estar disponibles para los cuadros de mando superior”. 

“Andrea también trabaja allí, pero no tiene un puesto como el de su marido. Es una simple investigadora de laboratorio mientras que él es Director de Cooperación con los Países Amigos. Andrea no podría tener un amante en el Ministerio, todo el mundo sabe que ella le pertenece a él. Tampoco tiene acceso a los viajes por los que pelean los funcionarios varones, y aunque se los propusieran, no tendría disponibilidad, pues cuida de su hijo pequeño, de sus padres enfermos, atiende, con el tiempo que le resta, necesidades urgentes de sus suegros. Sin embargo, le encantaría hacer otro viaje”. 

“No logra olvidar la sensación de anonimidad que experimentaba al pasear por La Habana descubriendo la ciudad junto a Ingrid; ambas disfrutaban de su trabajo allí, pero se apresuraban a terminarlo para buscarse. Tampoco consigue atenuar ese malestar parecido al arrepentimiento; aunque sabe que lo correcto sería desdeñar ese pensamiento egoísta y burgués, no puede, pues acuden a su mente dos verdades irrefutables: Ingrid la amaba y Stefan no había sido concebido”. 

“Los senos de Andrea se han estropeado con el embarazo y la maternidad. Se han llenado de grasa y estrías, se han vaciado entre las encías de Stefan. Al niño le gustaba mamar de un pezón y pellizcar el otro. Por fortuna ha terminado el período de lactancia que está fijado en tres meses para que la madre pueda incorporarse nuevamente al trabajo. Considera que es un término corto, pero no dice nada. Si sale temprano del hospital, intentará conseguir leche en alguna tienda”.  

“Ingrid bebía leche cruda en Cuba. Los grumos de nata se le quedaban en los labios y en la lengua por un instante, suspendidos en esa sonrisa salvaje. Pero en Cuba no siempre había leche cruda para beber, ni siquiera para los niños. Por eso hay que seguir luchando por enderezar el mundo, se dice Andrea, hay que sacrificarse. Si todos damos un poco de nosotros, si dejamos de lado nuestras apetencias y pulsiones… ¿verdad?”. 

Cuando llegaste a casa, hace unas horas, quisiste hacerme sentir culpable. Sientes que parte de mi éxito te pertenece. No entiendes, Andrea, que no serías nada sin mí. Yo te hice. Fue mi mente insomne la que te alumbró, fue mi angustia la que no cejó hasta modelarte, fueron mis manos las que teclearon hasta verte correr, las que se mancharon de tinta de tanto corregir tus pasos, fue mi cuerpo entregado el que animó el tuyo. Creerás que escribir es fácil. Eso cree Ulrich, eso creen mis parejas anteriores y mi editor, eso pensaba Siegfried. 

¿Sabes que cuando me divorcié quiso parte de las ganancias de mi segundo libro? Sostenía que mis novelas hablaban de él, y como me reí a carcajadas trajo a un abogado, y como no sacó nada concedió una patética entrevista en la televisión. 

Claro que en la entrevista no dijo que me había pegado un bofetón al enterarse de que había estado con una mujer en La Habana, ni que había esparcido chismes sobre mí hasta conseguir que varios amigos dejasen de tratarme, o que había cambiado la cerradura de casa a mitad de enero, lanzando antes mis pertenencias sobre la acera nevada. 

La editorial quiso sacar tajada. Era morbosa la historia del tipo despechado que vagaba entre abogados y canales de televisión buscando justicia fálica. Tendría que escribir para desmontar a Freud, pero me da pereza. 

“El médico se asoma a la sala de espera y pregunta por Andrea. Se llama Juan González, es cubano, internacionalista, habla un penoso alemán y luce una sonrisa infatigable. El niño está bien, es un virus, Andrea ya puede pasar. El médico la acompaña a través de los pasillos del hospital. Algunas luces están a punto de fundirse y parpadean, emitiendo un ruido tenebroso. El hombre camina con aplomo junto a la mujer. Es más alto que ella. De vez en cuando la mira y sonríe, o le comenta algo acerca de la salud del pequeño. No tiene nada que temer. Cuando el doctor González dice que Stefan tiene una genética inmejorable, repasa con la mirada el cuerpo de Andrea”. 

Supongo que en algún momento me cansé de que solo te pasaran desgracias y decidí ponerte un amante. 

Sí, Andrea, también soy responsable de tus momentos de felicidad. Coincidió con la primera época feliz que tuve desde La Habana. La llegada de Joachim me salvó. Era un hombre sensible, callado, un tanto tristón, también un músico excelente. Nos habíamos conocido en un club de jazz. Yo acostumbraba a ir buscando refugio de mi propio pensamiento. La música clásica y el jazz construían un muro protector y me ayudaban a relajar la mente. 

Lo vi al llegar, estaba solo, acurrucado cerca del altavoz, persiguiendo los compases con los ojos cerrados. Era alto, el pelo rubio y desgreñado le daba una apariencia juvenil, las manos simulaban tocar la batería. Me sentía sola, así que me ubiqué cerca de él, buscando la oportunidad de sonreírle. Fue cómodo presentarnos, pedir unas copas juntos, charlar. Tenía algo tuyo en la mirada, y fue una sorpresa agradable saber que procedía de Berlín Oriental. 

Joachim llevaba cinco años viviendo en la RFA. Su historia era terrible. Tenía un par de años más que yo. Sus padres eran de Leipzig y siendo un adolescente se habían trasladado al Este de Berlín. Allí comenzó sus estudios de música, formó una pequeña banda, hizo amigos nuevos. 

Como tantos jóvenes en aquella época tenía una querencia indiscutible por la música occidental. Las prohibiciones gubernamentales alentaban la curiosidad, en vez de disiparla. La Stasi podía inventar aquel baile, el lipsi, para competir con los meneos del rocanrol, o fijar los porcentajes de música occidental que se permitía escuchar en una fiesta, o prevenir a sus juventudes acerca de los peligros ideológicos de esos ritmos creados y producidos por el mundo capitalista, pero no podían frenar la avidez, el hambre con que la música se busca ni la facilidad con que penetra por entre las grietas. 

En 1969, se extendió el rumor de que los Rolling Stones darían un concierto en Berlín Oeste desde los predios del editor Axel Springer, que por su cercanía con el muro, podría ser escuchado desde ambos lados. La fecha escogida parecía ser el siete de octubre, coincidiendo con el veinte aniversario de la fundación de la RDA. 

Pero no estaba programado tal concierto, era un bulo, o un error propagado por un disc-jockey. La Stasi lo tomó con la más absoluta seriedad, desplegó un dispositivo de control policial que acabó con centenares de detenidos. Joachim fue uno de ellos, pero en lugar de ser liberado a los pocos días como casi todos, estuvo dos años en prisión. 

Dos años, Andrea. Y al cabo de ese tiempo lo mandaron a la RFA. Nunca más vio a su familia. Aquí lo acogieron en unos planes secretos del gobierno que, según dicen, pagaba a la RDA por prisioneros “políticos”. Joachim no era eso, era un muchacho que quería ir a un concierto de los Rolling Stones. 

Me llamaba la atención que no fuese rencoroso. No quería recordar el tiempo en la cárcel, quería más bien rodear su vida de belleza y serenidad. Al cabo de seis meses, vino a vivir conmigo. Estaba rendida frente a su delicadeza. Tenía unos brazos fuertes, largos, un tanto simiescos, unos brazos que sin embargo resultaban ligeros al posarse sobre mí. Me gustaba pasear por la calle junto a él, que me contara sus anécdotas, encerrarnos el fin de semana a escuchar discos y a hacer el amor. 

La vida con Joachim me había dulcificado, apenas pensaba en ti más que como algo del pasado. Para entonces, en 1977, llevaba publicadas tres novelas. La primera y las dos siguientes que había pactado con la editorial. Consideré que el compromiso estaba terminado. Mi editor me alentó a un cuarto libro, al cual me negué. Prometió una cifra rimbombante, alta, jugosa. 

Hélène Cixous había publicado Deseo de escritura en 1975. La literatura femenina no era ya una condición biológica, sino una forma. 

“Es preciso que la mujer se escriba”, afirmaba Cixous al inicio del libro cuya lectura había expandido, por fin, la noción de mis propias posibilidades. La escritura podía ser el lugar desde donde aconteciera una nueva existencia de las mujeres. Yo quería pertenecer, Andrea, sacudirme el sambenito de vendida al que yo misma había claudicado. 

Quise lanzar una recopilación de relatos cortos que llevaba tiempo escribiendo. En ellos no había amor lésbico, ni referencias a Cuba, ni críticas a la vida en Alemania Oriental; eran el reflejo de otros intereses, de otras relaciones, de otras ficciones que habían anidado en mí. Intenté publicarlos durante un año y medio, pero no lo logré.

Durante ese tiempo viví de los réditos de los libros previos y de algún artículo, que por amistad o favor me encargaban. No me daba cuenta de la trampa, o no la quería reconocer. Enmarqué sobre mi escritorio las siguientes palabras de Hélène Cixous: 

“Escribe, que nadie te retenga, que nada te detenga: ni hombre, ni imbécil máquina capitalista donde las editoriales son los astutos y serviles relevos de una economía que funciona contra nosotras y a nuestra costa; ni tú misma”. Tal vez era tarde. 

“Andrea piensa en el doctor González, repite su nombre así, pero su cuerpo, el cuerpo de Andrea, lo llama Juan. Encuentra a los pocos días la excusa para ir a verlo, alguna nimiedad sobre la salud del pequeño Stefan que ella, como buena madre, magnifica hasta perder el sueño. Tarda dos horas en alcanzar el hospital. Las dificultades diarias del transporte público convierten cualquier trayecto en una excursión de medio día. Lleva al niño en brazos. No debería exponerlo al frío de la calle sin necesidad, pero es urgente que vea al doctor González. Durante esas dos horas tiene tiempo de reconocer lo que está haciendo, de poner nombre a esa pulsión que la ha hecho levantarse, llamar al trabajo con una excusa, ducharse deleitosamente, vestirse con lo mejor, maquillarse, saborear el desabrido desayuno. Es capaz de mirar a su hijo pensando en el hombre. En vez de luchar contra el deseo, lucha contra la culpa”. 

“¿Es Stefan un buen marido? Desde los momentos iniciales del matrimonio, la decepcionó. Era frío y ensimismado, apenas se acercaba a ella durante el día. Por a la noche, ya en la cama, la buscaba con la torpeza de un oso ciego, y así daba manotazos sobre el cuerpo de Andrea, hasta ceñirla bajo el suyo y en tres o cuatro convulsiones acabar exhausto. Los sábados iba a la oficina a ordenar papeles. Los domingos daban un paseo antes de comer. El cine y el teatro le parecían gustos de snobs. Su única pasión declarada era la de ascender en el Ministerio de Agricultura. Desde el embarazo tiene una amante o varias, colige Andrea de su falta de apetito sexual, cosa que en el fondo agradece. Pero lo quiere, ha prometido quererlo y lo quiere. ¿Es tan siquiera un buen padre? El niño ya tiene dos años, su paternidad se ha restringido a palmearse la barriga frente a las visitas que celebran a la criatura; dar órdenes estrictas frente a un berrinche y empujar el carrito los domingos en el paseo semanal, si no está de viaje o reunido, claro. El niño también lo querrá”. 

“Stefan padre no tiene que cargar con el pequeño hasta el escenario de sus infidelidades, pero eso no lo redime. A ella sí. Ella se da cuenta de que es más valiente y esa valentía le aporta vigor y una humedad especial en los labios”. “Juan González la recibe con calidez; entiende el problema, se hará cargo. Stefan es un niño sano que puede aguardar acunado en la consulta mientras el doctor cierra la puerta y apaga la luz. Andrea esperaba un desenlace frenético pero él la abraza. Besa su cuello despacio, apartando el pelo. El roce de las yemas de sus dedos sobre la nuca de Andrea provoca electricidad”. 

No tuve más remedio, acepté el adelanto por dos novelas más y escribí un cuarto libro sobre ti. Mientras tanto, afuera, a los dos lados del muro, estaba ocurriendo una revolución. Autoras como Christa Wolf e Irmtraud Morgner, conocidas defensoras de los valores marxistas, cuestionaban por primera vez el orden patriarcal que se reproducía en los países socialistas. Fue un mínimo triunfo poder defender al menos una parte de lo que quería decir, aunque igual tenía que incluir episodios de amor lésbico en flashback y hablar de la pobreza económica y de la represión. 

“Los hombres cubanos tenemos un problema con la estrategia amorosa, dice Juan, necesitamos ser nosotros los que vayamos a por la mujer y no al contrario. Pero ahora estoy aquí, responde Andrea. Y él dice que es maravilloso, que también le excita su libertad, que haya dado el paso. ¿Entonces? Entonces él la llamará para ir a cenar, o al cine, o a caminar, o a un picnic. Puede traer siempre al pequeño, no le molesta. Apunta que en Cuba los niños pequeños no son un obstáculo para el amor”. 

Un día Joachim se fue, dijo que la vida que llevaba conmigo no conducía a ningún sitio. ¿A dónde quieres ir?, le pregunté con ironía. No lo sabía, solo que estaba cansado de dar vueltas sobre nosotros mismos; de leer tanto sin vivir, de pensar tanto sin hacer, de cuidarnos el uno al otro mientras el mundo se hundía y nosotros creíamos que nos salvábamos porque estábamos en esta casa —mi casa— llena de libros incunables y alfombras persas y discos raros. Que éramos cómplices de la mierda de afuera y nos íbamos a morir como todo el mundo y lo peor era que nos íbamos a morir sin trascender. Así que era eso. Creo que quiero casarme, dijo por fin, tener hijos y una vida normal. Lo he intentado, concluyó, pero no estoy hecho para una mujer como tú. 

“Stefan padre observa a los dos niños morenos que su mujer acaba de parir. Se extraña de que el ginecólogo ofrezca más detalles del parto al pediatra que a él mismo. Los recién nacidos son demasiado robustos y morenos para la complexión familiar, pero están sanos. La madre duerme, exhausta. Han tenido que rasgar su vagina y los puntos tardarán tiempo en curar. Stefan padre y Stefan hijo están sentados en un lado de la habitación. La obesidad de ambos es preocupante. El médico cubano Juan González y el ginecólogo que ha ayudado al alumbramiento, están de pie al otro lado, donde yacen los gemelos dormidos. Uno de los dos se despierta y el pediatra lo toma entre sus brazos. Stefan padre sonríe agradecido al internacionalismo proletario impulsado por la revolución cubana. Son unos médicos magníficos”. 

“El llanto del bebé despierta a Andrea de su letargo. Está adolorida, el ginecólogo se acerca y le hace preguntas. Juan deposita dulcemente las criaturas sobre el pecho de la mujer. Stefan padre e hijo se aproximan, éste último se sienta en la cama, alentado por su papá. Andrea siente unas terribles ganas de llorar. Está rodeada por hombres que la interrogan y la aplastan. No se atreve a pedirle a su hijo mayor que se levante porque teme despertar los consabidos celos filiales. Querría dos cosas: haber tenido al menos una niña y quedarse sola, sin embargo no puede conseguir ninguna de las dos ni reprimir el llanto. Dice que es de emoción, de agradecimiento”. 

La partida de Joachim me pilló desprevenida. El día de su marcha tuve un penoso ataque de ansiedad y la angustia se reprodujo durante varias semanas. No entendía su reacción, éramos felices; yo, al menos, era feliz. Compartía con él mis pasiones, mis lecturas, mis preocupaciones banales y metafísicas, pero ciertamente no me quería casar ni tener hijos.

Fui a terapia para reconducir mi malestar. La terapeuta sugirió que intentase una reconciliación con mi madre, pero no lo hice a tiempo y murió, sola y triste, como moriré yo. 

En 1985 comencé la redacción del quinto volumen, el más denso, que tardé dos años en terminar. Pasé los años sobre ti de cinco en cinco. Sufriste la muerte de tus padres, de tus suegros; mantuviste los votos de pobreza cuando Stefan padre decidió abandonar la senda comunista y exiliarse en una escala aérea, soportaste la desconfianza de tus colegas, pagaste por la traición de tu marido, que era un funcionario mediocre, pero la Stasi te lo cobró como si fuera un ministro. 

Juan González te dejó, los niños se agarraron a ti, hundieron en tu vientre sus manos pequeñas, asustadas. Intentaste, con algún amante ocasional, quedarte de nuevo embarazada. Tu terquedad en buscar una niña te costó un aborto inesperado. Era la única forma que concebías de no quedarte sola: parir a otra mujer, instruirla en el sacrificio, en la dádiva, injertarle el sentimiento de culpa. Ni siquiera tenía que exagerar para inventar tu vida, Andrea, podía ser la vida de cualquier mujer. Sin embargo, no acerté la fecha de la caída del muro. Había previsto que sería en febrero del año 2000, coincidiendo con nuestro cincuenta cumpleaños. En el libro apunté con sorna que no te había hecho falta esperar a cumplir sesenta años, la jovial edad con que a los alemanes de aquel lado se les permitía venir. Por lo demás preví las mismas convulsiones, las revueltas en toda la RDA, las presiones internacionales, los chantajes.

“Andrea también se ha lanzado a la calle. Está tiritando. Deambula entre la multitud y escucha frases sueltas con las que compone su idea de la realidad. Quiere ver el muro caído. Necesita encontrarse con sus hijos, pero sus hijos hace tiempo que no están. Avanza con la mirada perdida, sus hombros y sus brazos chocan con los otros cuerpos. No sabe qué sentir. Querría contagiarse de la alegría de los demás pero sabe que es una alegría efímera, que no durará. Dentro de pocos meses estas personas estarán sometidas a un yugo distinto. Entonces comprende que es libre de sentirse triste; triste por la gente, por cómo se malogran las vidas en estúpidos empeños, por las prisiones interiores y las cizañas con que nos mutilamos; triste porque hace tiempo que no se siente tan serena, tan dueña de su cara, de sus pasos, con los que se pierde, por entre la gente que celebra la caída del muro de Berlín”. 

Intuí tu visita esta madrugada y creo entender lo que esperas de mí. Aunque no lo parezca siempre he sido dócil, y tú eres mi amiga. Ojalá pudiera volver atrás y recuperarte tal y como te conocí en La Habana. Ojalá no hubiera escrito lo que escribí.  

Ojalá pudiera borrarlo y contar tu vida de otra forma, significaría que también mi vida habría sido mejor. Por eso esta madrugada recordé pasajes olvidados, tomé notas, cerré los ojos para verte, caminé en tensión por la casa sintiendo que algo iba a explotar en mi interior. 

Ya he empezado a escribir el resto de la historia, tú me guiarás. Dijiste al llegar que todo lo que tengo te pertenece, también la paz. Sé que no te marcharás hasta que lo escriba todo, que te quedarás a vivir aquí, que vigilarás mis progresos noche y día, revelándote como un agudo sentimiento de culpa y fracaso si no consigo escribir. 

Hace rato que la mañana avanza soleada y fría. Has dejado de dictarme y duermes. Enciendo la televisión, por si afuera estuviera aconteciendo algún cataclismo. Walter Momper, alcalde de Berlín, ha dicho que anoche, el pueblo alemán fue el más feliz del mundo. ¿Qué pasará más tarde? La gente que ahora festeja, llorará. El gigantesco animal que nos corroe a todos, les corroerá. Y voy a escribirlo. Andrea y sus hijos vivirán esa segunda parte, tal vez con otros nombres, tal vez con otro pasado. Primero necesito dormir. La cama guarda el olor de Ulrich y el mío. Tú descansas adentro de mí, inodora y frágil como cualquier musa, sintiéndote fuerte. 




Madrid, antillana humedad

Madrid, antillana humedad

Alejandra Aguirre Ordóñez

Ilegalrefugiadoexiliadoasilado. Liberación, carta blanca, once meses, permiso de residencia, repatriación. Los eufemismos legislativos que describen los procesos migratorios de la burocracia cubana y española son un complejo campo semántico que parece un campo minado. Un mapa lleno de costurones que hacen el camino de los mil y un relatos de la emigración.


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