Encierro

Se dice que en el siglo XVII, un fardo de tela con varias pulgas llevó la peste bubónica desde Londres hasta el poblado de Eyam (pronúnciese “Eem”), en Derbyshire. Allí, los aldeanos colocaron un mojón o Piedra Limítrofe (Boundary Stone), con seis agujeros en los que ponían su dinero para pagar las provisiones que llegaban del exterior, y que luego llenaban de vinagre con la esperanza de desinfectar las monedas. 

Con ese trapo y esa piedra empieza Lockdown, literalmente “encierro de emergencia”, el poema que el último Poeta Laureado de Inglaterra, Simon Armitage, ha dedicado a la actual epidemia. En él aparece también la referencia a un antiguo romance de la época, que habla del amor entre una niña que vivía en Eyam y un niño de otro pueblo, con quien hablaba a distancia, hasta que un día de abril de 1666 ella dejó de acudir a la cita.

Y todo eso se cruza con un famoso poema de Kālidāsa, Meghadūta (“La nube mensajera”, en sánscrito), donde el poeta, vuelto un yaksha (espíritu o semidiós) pide a una nube que lleve un mensaje tranquilizador a su amada y le describe los caminos que debe seguir para llegar al Himalaya.

Armitage, que según informa The Guardian está pasando la cuarentena con su familia en West Yorkshire, dice que el poema es también sobre aprender a tomar las cosas con calma, ser paciente y confiar en la Tierra, “alejándonos de las maneras frenéticas en que hacemos las cosas”. En esa calma, en ese giro casi sacramental con que la poesía afronta las descripciones de la vida cotidiana podría estar, en su opinión, el posible consuelo contra la catástrofe. 

Encierro

Y no pude evitar soñar despierto
con pulgas infectadas

en la urdimbre y la trama del tejido empapado
en el hogar del sastre

allá en el viejo Eyam.
Y no pude no ver

la Piedra Limítrofe,
ese absurdo dado con sus seis agujeros oscuros,

dedales rebosantes con vinagre de vino
purgando las monedas infectadas.

Que me trajo a la mente la triste historia
de Emmott Syddall y Rowland Torre,

desventurados amantes a ambos lados
de la línea de cuarentena

cuyo cortejo sin palabras atravesaba el río
hasta que ella ya no vino más.

Pero volví a dormirme
y esta vez soñé 

con el yaksha exiliado mandando un mensaje
con una nube pasajera a su esposa perdida,

una nube que seguía un mapa terrenal
de rutas de camellos y huellas de ganado,

arroyos como collares,
pavos reales con cola de abanico, elefantes pintados,

colchas bordadas
con prados y setos,

bosques de bambú y picos nevados,
cascadas, riachuelos,

los jeroglíficos de las grullas de alas anchas
y la reluciente flor de loto después de la lluvia,

el aire
hipnóticamente traslúcido, raro,

el viaje se hace pesado a veces, largo y lento,
pero ha de ser así.


Lockdown

And I couldn’t escape the waking dream
of infected fleas
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in the warp and weft of soggy cloth
by the tailor’s hearth

in ye olde Eyam. 
Then couldn’t un-see

the Boundary Stone, 
that cock-eyed dice with its six dark holes, 

thimbles brimming with vinegar wine
purging the plagued coins. 

Which brought to mind the sorry story
of Emmott Syddall and Rowland Torre, 

star-crossed lovers on either side
of the quarantine line

whose wordless courtship spanned the river
till she came no longer. 

But slept again, 
and dreamt this time

of the exiled yaksha sending word
to his lost wife on a passing cloud, 

a cloud that followed an earthly map
of camel trails and cattle tracks, 

streams like necklaces, 
fan-tailed peacocks, painted elephants, 

embroidered bedspreads
of meadows and hedges, 

bamboo forests and snow-hatted peaks, 
waterfalls, creeks, 

the hieroglyphs of wide-winged cranes
and the glistening lotus flower after rain, 

the air
hypnotically see-through, rare, 

the journey a ponderous one at times, long and slow
but necessarily so. 






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