Voyeurismo entre vecinos y olor a jazmín

Este es el panorama exacto donde normalmente escribo ficción.

Imaginen que están sentados frente a un escritorio. A la derecha está mi departamento en su totalidad. A la izquierda hay un ventanal que ocupa toda la pared. Ese ventanal da a la calle. Desde el ventanal se puede ver todo lo que hay en la acera frente a mi edificio. Hay una casa que renta un espacio para Cirugía general y laparoscopía (con el doctor Fernando López); renta otro espacio para consulta de Pediatría (con el doctor Carlos Rodríguez); y renta también para consultas Gineco-obstetras (con el doctor Jesús Bravo).

Esa casa es un castillo Ra-Tim-Bum donde hacen malabares con piedras intestinales, niños enfermos y embarazadas preocupadas.

Al lado de esa casa hay otra casa donde viven dos ancianos y su nieto de veintitantos años, me parece. En ella solo hay dos recámaras, que tienen sus ventanales frente por frente a mis ventanales. Cuando me mudé, procuraban tener siempre puestas las cortinas oscuras; por lo tanto, nunca sabía si ellos me estaban observando a mí, sentada al lado de mi ventanal; sí sabía que yo no podía verlos a ellos. Esa situación cambió: hace como dos meses comenzaron a abrir la mitad de las cortinas. Son de esas que se recojen hacia arriba, de manera tal que nunca he visto la cara de mis vecinos, pero sí sus barrigas desnudas, sus calzones y sus piernas.

De mi cuerpo, ellos deben ver sobre todo de la cintura para arriba. Es que en mis ventanales hay muchas plantas ubicadas de forma estratégica, para que solo de vez en cuando puedan darse cuenta de que estoy escribiendo en calzones. Pueden ver mis bragas, mis calzones, mi blúmer (como se diga), cada vez que me levanto del escritorio. Antes me cuidaba mucho de no levantarme así, para que ellos no pudieran ver nada en caso de que miraran para el frente, cosa que no era difícil, porque ahora, con las cortinas medianamente hacia arriba, puedo ver que la cama de los ancianos está de frente a sus ventanales. Y a los míos.

Yo veo cuando se quitan sus abrigos, veo cuando la señora se pone su batica de dormir color perla, veo la barriga peluda del señor. Tiene una panza que parece tener algo dentro. Algo bastante flácido, porque el señor también tiene un andador y cuando se mueve por el cuarto la barriga le tiembla. La barriga es redonda pero flácida. Como si en ella viviera un cabrito muerto. Un cabrito que se está descomponiendo, y por eso no quedan más que ácidos flotando en ciertas partes de la barriga. Ácidos que se condensan y contribuyen al efecto exterior de la barriga flácida, porque se mezclan con arroz con leche.

Y digo que se mezclan con arroz con leche porque puedo ver, en la mesa de noche del señor, frascos de arroz con leche industrial. Yo compro el mismo. De hecho, empecé a comprar esa marca porque vi que el anciano la compraba.

La señora se ve que tiene problemas en los bronquios o algo así, porque tiene un balón de oxígeno y un respirador al lado de su cama. No sé cuántas veces lo usa, o si lo usa, porque cuando ambos están acostados solo puedo ver el movimiento de los edredones y las sábanas. También, de vez en cuando, sus manos. Pero jamás, jamás sus cabezas.

El nieto parece que no hace nada. Se levanta a las mil de la tarde. Igual ya abre sus cortinas y ventanas hasta la mitad. Pero tampoco le puedo ver la cara, porque a los pies de la cama tiene su escritorio, en el cual se pasa todo el día, haciendo cosas en la computadora. Entonces es lo mismo: veo su espalda, veo su torso, no veo su rostro.

Pero bueno, yo sé algo del chico que seguramente sus abuelos no saben.

El chico les roba dinero.

Lo sé porque al lado de la tele, pegada al ventanal, hay un pequeño mueble donde cada noche y cada media mañana, el señor mete y saca algo. Es un ritual diario. Yo asumo que es la billetera, debido a que ya son varias las veces en que he visto desde mi escritorio que el chico se mete en el cuarto de los abuelos cuando ellos no están. Se acerca al mueble, abre una gaveta, saca algo, cierra la gaveta y se va rápido. No puedo ver qué hace, porque las manos siempre están tapadas por el mueble. Pero estoy segura de que es dinero.

Fuera del asunto del dinero, las únicas veces que lo veo entrar a esa habitación es cuando ayuda al abuelo con el andador. Nunca más.

Al lado de la casa de los ancianos y el nieto hay otra casa. Verde. Grande. Una vecindad. Deben vivir unas quince personas, mínimo. Intuyo que por dentro está dividida estilo solar habanero. A esos sí les he visto los rostros, porque suben a la azotea a tender. Tienen una lavadora comunitaria, y también un lavadero y un tendedero.

En una de las mil casas dentro de esa casa vive un repartidor de Uber Eats.

A mí al principio me sorprendía cuánta comida a domicilio pedían en esa casa. No daba la impresión de que tuvieran recursos como para comprar de forma desmedida. Hasta que entendí. El repartidor de Uber Eats vive ahí, y se ve que desvía pedidos y los trae.

Siempre es el mismo ritual: llega en la moto, pita, alguien baja y recoge unas cajas. Varias veces a la semana. Los días y la hora son muy aleatorias, pero casi siempre ocurre en la noche. Luego, como a la una de la mañana, veo que llega en la moto, abre con su llave y no sale hasta el otro día.

Desde ese momento dejé de confiar en Uber Eats, pero también comprendo. Si yo tuviera ese trabajo hiciera exactamente lo mismo. La oportunidad de comer hay que ganársela de forma física. Entonces, si ni siquiera vas a cocinar, por lo menos sal a la calle, camina y gánate la comida haciendo el esfuerzo mínimo de moverte.

Bien por ti, muchacho de Uber Eats. Que la gente se quede esperando su comida o que gasten más, por ser tan flojos.

Todo este espectáculo yo no solo lo veo, sino que lo huelo. Lo huelo porque tengo un jazmín en floración ahora mismo. En floración como las mujeres que llegan embarazadas al obstetra, o como los hombres que también llegan con una especie de floración en la uretra, por tener una piedra ahí trabada. Una piedra que pudiera crecer y convertirse en algo que se desarrolla, que se hace sentir.

En floración como la anciana cuando se pone su batica de dormir color perla, o cuando el nieto hace florecer la billetera del abuelo, o cuando el vecino de Uber Eats contribuye a la floración de unos cuantos estómagos en la casa de los muchos.

Como al final yo soy parte de ello, yo también soy parte de la floración y contribuyo al show voyeurista con mis vecinos del frente. Doy cosas a cambio de todo lo que ellos me dan desde sus ventanales y azotea. Entonces me levanto, sin importarme si ando en short o en bragas. También dejo que vean cuando hablo sola en el medio de la sala, o cuando camino en círculos en medio de la sala, o cuando me quedo parada moviéndome hacia delante y hacia atrás en medio de la sala, o cuando beso y abrazo a mi esposo en medio de la sala, o cuando lloro y lloro quién sabe por qué, y me pongo las manos en la cara y luego las quito y luego las pongo para que si alguien me está viendo sepa que estoy llorando en medio de la sala.

Es un intercambio. Así todos somos una mezcla de cosas que se esconden y florecen de manera fluctuante, en un espacio que no tiene el más mínimo significado para nadie más que nosotros, que vemos y olemos.

Todo huele a jazmín.

Todos nosotros olemos a jazmín.

Todos nosotros entendemos el significado del olor a jazmín.




No los queremos, no los necesitamos - Jesús Jank Curbelo

No los queremos, no los necesitamos

Jesús Jank Curbelo

Entiendo que esta gente, los del gobierno, cuiden la finquita con la saña de cualquier empresario que cuida su negocio. Pero me da rabia con los agentes: son los miserables, los penúltimos en la lista de beneficiados por el poder, los que no tienen nada, igual que nosotros, y se cogen pa’ eso. Dos veces he conversado con ellos.


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