King Bar

Ella quiere que sufra y yo soy un animal del sufrimiento. Soy un llorón, un masoquista empírico. El sufrimiento es mi zona de confort y en ese mundo me muevo fácilmente, casi que floto.

Es más: tengo tatuada en el antebrazo la palabra “Soren”, por Kierkegaard, el existencialista. Un feo musarañero con joroba. Un seductor. “Creo que habría de poseer la belleza de todas las chicas para poder dibujar una belleza igual a la tuya”, escribió a Regine Olsen, una rubiecita de lo más linda a la que le llevaba nueve años. Y la extasió. Y se comprometieron. Y después ella se casó con otro. Un drama.

Esta, la mía, tiene 20. Rubiecita, caramelo, chulísima. Tiene el cerebro lleno de confetis intelectuales y cosas hermosas. En mi cerebro había una piñata que soltó el fondo. Lo que quedó fue nada. Pero bueno, las niñas recogieron caramelos y me sentí bien. La última vez ella estaba allá abajo, con un hilo en la mano y un gorrito. No haló tan fuerte, haló poco a poco y cuando se abrió la tapa estaban todas desprevenidas. Cogió las neuronas antes que las demás, dejó la masa. Ahí vacía, para que revolvieran.

Yo le enseñé tres cosas de periodismo y cuatro filósofos y ella, a cambio, me entregaba el mejor sexo del mundo. Después empezamos a salir y a vivir juntos. Contratos sociales. Ella empezó a leer y yo a conocer los bares de La Habana: el King Bar, el Esencia, el Mío & Tuyo.

King Bar está en la calle 23 del Vedado, una de las más céntricas de la ciudad. Pero no está a la vista. Se llega allí atravesando un pasillo que da a una fuente, el área de fumadores, una puerta, y luego la discoteca. Es un lugar como cualquiera, estrecho y con reguetón y luces parpadeantes, rápidas entre la fosforescencia y la oscuridad. Tanta gente apiñada que no distingo dónde está la barra ni dónde está el Dj; no distingo caras, sino contornos y fisonomías que confundo y se enredan, que bailan y se tragan y se abrazan, descorche con descorche.

Kierkegaard nunca hubiera venido aquí. Ni por Regine Olsen ni por Sasha Grey. Pero yo soy un cerdo trufero. Escarbo con la nariz en el fango, siempre y cuando obtenga mi recompensa: una trufa, un besito, lo que sea.

Mi chiquilla está de lo más contenta. Ni borracha ni eufórica. Está rica. Me pega a una pared y se menea delante de mí como dándome cuerda. Entonces yo comienzo un simulacro de la felicidad: subo una mano, sonrío para la foto, doy cintura. 

El tiempo pasa demasiado lento y la vida demasiado rápido. Un enigma todo. Cada 40 meneos que le cuento, miro el reloj y han pasado diez segundos. Me doy un buche, 40 meneos, miro el reloj y han pasado diez segundos. Salgo a fumar, me siento en la fuente, me levanto, me estiro, apago el cigarro, regreso a mi sitio, delante de la pared y detrás de ella, miro el reloj y han pasado diez segundos. 

“El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo”. 

No, Kierkegaard, bróder, tienes que ver esto. Sufrir es lo que hace ese gordito tratando de enganchar a cualquier mujer, tratándolas con labia, persistiendo aunque no le hacen ni caso. Sufrir es lo que estoy haciendo yo, que no sé bailar inventando pasillos para que mi chiquilla no se fije en ninguno de esos fisiculturistas. 

Pero tú no. Tú no tienes paciencia ni para una comedia en el Kónigstadter Theater. Te aburres, te desesperas y te vas a la media hora. Por eso Regine y toda la tragedia, por eso lloraste tanto por ella. La hubieras llevado a que se despelotara en el King Bar de 1837. Ella tenía 15 añitos, Kierkegaard, y tú bajándole esos manifiestos sobre lo más profundo de tu pecho y el más profundo misterio de tu completo ser. 

Pero ya, olvídalo. Tú deberías estar aquí ahora. Tú y yo, a las cuatro y media de la mañana, después de haber salido de aquí juntos con ganas de vomitar y este mareo que me va abriendo huecos en el piso, hubiéramos hecho tremendo disco: Jank Bataille feat. Soren El Existencialista, “La Felicidad”. Yo canto estribillos y tú rapeas. Pero nada, olvídalo.

Todavía es la una de la mañana. Llegamos a las 11 de la noche y yo me aburrí desde las 11:01. La única forma de escapar de esto es fumar afuera, pero ya acabé los cigarros que traje. No puedo comprar más porque me queda el dinero exacto para el taxi. Los tragos carísimos. Mi chiquilla los baja a la velocidad con que se menea. Un patrón, la repetición del mismo. Toda la noche en eso. Ese concepto que te obsesionaba. Y yo, toda la noche: cinturita, buen culo, una delicia. La he visto desnuda un millón de veces y sigo mirándola como si nunca la hubiera visto. Después que salgamos de este lugar, si no está muy borracha, debe darme una tanda de sexo hardcore

Tú lo dijiste, bróder: no hay ninguna satisfacción completa, y el dicharacho dice que el sacrificio lleva al beneficio, una cosa así. En eso ando ahora mismo, sacrificándome. Lo malo de esto es que el beneficio es mínimo en el tiempo, 15 o 20 minutos, no mucho más, unos cuantos atisbos dentro de ella, un orgasmito chulo, y devuelto al sacrificio que empieza en abrazarla para dormir. Lo mismo con lo mismo. 

Tú lo dijiste, que el amor-repetición es el único dichoso, y que el hombre no estará, jamás en la vida, plena, absoluta e infinitamente contento. Ya después te metiste en el canal de que estar contento a medias no merece la pena. Y me fundiste.

Yo a ella la veo de lo más contenta. Plena, absoluta e infinitamente. Aunque la contentura se le acaba a las 4:30 a.m., cuando paran el reguetón y tenemos que irnos. 

Tampoco está demasiado borracha. Por la acera le voy haciendo el cuento de que Kierkegaard no tiene el sentido de la vida. De que se quedó lejos. Ella me escucha. Ya aprendió que Kierkegaard es lo que significa mi tatuaje. “El sentido de la vida es un don que se realiza al darse”, le digo que dijo. “Ñi, ñi, ñi. Ni él mismo se entendía”, dice. Ella me escucha. Se hace un selfi.

El sentido de la vida lo encuentro a las cinco de la mañana, mientras le saco la mano a los taxis, cuando abro Facebook y no me quedan datos para que cargue. Pone un cartelito: “Se produjo un error. Vuelve a intentarlo”. 




No molesten - Amanda Rosa Pérez Morales

No molesten

Amanda Rosa Pérez Morales

Les voy a decir lo que pienso: la gente se cree que con esto del confinamiento vamos a alcanzar la paz interior. La gente se cree que, a pesar de la precariedad económica que se avecina, una parte de nosotros se va reconstruir, va a entender el sentido de la soledad y nos reconciliaremos con espacios que antes significaban solamente descanso y enajenación.


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