Jodorowsky y el último cigarro

El primero de los 22 días, el reloj sonó a las cuatro de la mañana. Me había acostado como a las 11:00 p.m., porque me cuesta conciliar el sueño y a las 12 tenía que estar dormido. El manual es estricto con las órdenes. Primera orden: dormir cuatro horas. Como a las cuatro y cuarto, la campana del despertador me reventó los nervios.

Me desperté a las nueve y fumé en la cama. Yo llevaba meses fumando mucho. Prendía un cigarro antes de levantarme, otro con el café, otro después de cepillarme los dientes y otro al vestirme, y así, a cualquier hora. 

Tenía ceniceros en toda la casa. Cuando pasaba el dedo por la pared salía gris de hollín, por el humo que se pega en todas partes. Las macetas estaban llenas de colillas. El fregadero también. Y el lavamanos. 

Me escondía para bajarme el nasobuco y fumar en la calle sin que me viera la policía. A veces, en las colas, fumaba con el nasobuco puesto. La tela cogió el mismo color pardo apestoso y sucio que tengo en los dientes.

El que debía haber sido el segundo de los 22 días, fue el primero. Me metí adentro con toda mi fuerza de voluntad. A las 11 p.m. puse un vaso con agua y un guante de aseo al lado de la cama, como manda el manual. No había fumado desde las nueve. Estaba ansioso y casi con temblores. A las cuatro de la mañana me tapé hasta la cabeza con la sábana, cogí el guante de aseo y me lo pasé mojado por el cuerpo. Me levanté y me di una ducha fría. 

Según el manual, eso me haría sentir pleno de energía. Mentira. Tenía un frío terrible y ganas de partirle la cabeza a Alejandro Jodorowsky, el loco que inventó la psicomagia: esta cosa que, como nadie entiende, todos creen que funciona.

Él la define como arte curativo.

Lo primero que escuché sobre el tema me pareció curioso: a un hombre que no encontraba trabajo, Jodorowsky le dijo que pegara una moneda de oro en la suela de sus zapatos: “Al sentir que camina sobre oro bajará de las nubes”. 

Me hizo reír. Me pareció una forma racional de enredar el subconsciente.

En Facebook mucha gente hablaba de eso. Posteaban testimonios de fe, como si el tal Jodorowsky fuera un Cristo y la psicomagia fuera el psicoanálisis 2.0. Le pedían consejos: “¿Cómo hago para no venirme rápido?”. Y él: “Si eyaculas en seis segundos, proponte hacerlo en tres. Este sumergirse voluntariamente en el fracaso obligará al inconsciente a hacerlo fracasar en ese intento de fracaso”. 

Otro laberinto lógico.

Entonces busqué el Manual de psicomagia, que resume sus fórmulas para resolver casi cualquier problema: la anorexia, los celos, las verrugas, la mala suerte. 

Dejar de fumar: página 45. 

22 días de aquel ejercicio de agua y falta de sueño.

A las siete de la mañana, muerto de sueño, escribí “¡NO!” en la caja de cigarros, como manda el manual. 

Próximo paso: “Comerá en un restaurante japonés y guardará los palillos de madera, los cortará en trozos del tamaño de un cigarrillo y los pondrá en su paquete, con una botella llena de agua bendita”. 

La orden es mojar el palillo en el agua y chuparlo cada vez que tenga ganas de fumar. No fui a ningún restaurante ni a la iglesia. Improvisé todo esto.

Al mediodía ya no pude más y me fumé tres cigarros. Encendí cada uno con el cabo del anterior.

Fue peor el castigo. Ahora tendría que fabricar figuras de cera de mis dos seres más queridos. Pegarles uñas y pelos de ellos. Clavarle un alfiler a cada muñeco por cada cigarro que me fumara. Brujería, vudú. “Este acto será aceptado por el inconsciente como un daño real a sus seres amados”, dice el libro. 

Mentira. Toda la gente que conozco fuma.

Jodorowsky da mejores consejos para dejar la heroína: comprar 12 pájaros y romperles los huesos uno a uno cada vez que te inyectes. Que se acumulen los suaves cadáveres en un pomo, y también en tu conciencia.

Los pajaritos muertos me dan lástima. Yo me doy lástima cuando no fumo, porque lo sufro tanto…

A estas alturas, estaba pensando que el vicio no es tan malo. El cáncer sí, y todo ese problema. Pero total. En Facebook, Jodorowsky daba consejos menos complicados: fumar conscientemente, observándote; ser parte del cigarro y morir con él. Encontré otro en su Twitter: fumar lentamente y soltar el humo imaginando que soy yo quien se esfuma. 

Vi comentarios como: “Gracias, Maestro”. Yo mismo le hubiera dado las gracias, pero me contrarió el agua bendita y lo del vudú me pareció excesivo. 

A lo mejor soy yo, que no lo entiendo. A lo mejor bromea y no debí haberlo tomado en serio. 

Como sea, no entiendo por qué la gente busca a otro para que resuelva sus problemas. La gente venera a cualquier idiota y le tiene fe. Yo mismo, por ejemplo: buscando un libro que me explique cómo dejar de fumar, cuando es tan fácil como dejar de hacerlo.

A las 11 p.m. del segundo primer día puse un vaso con agua y un guante de aseo al lado de la cama. Estaba ansioso y casi con temblores. A las cuatro de la mañana el despertador me reventó los nervios. Prendí un cigarro y lo fumé despacio. El humo entró riquísimo por la garganta hasta los pulmones. Estiré las piernas y sentí que mi cuerpo, como el de los pájaros, traqueaba lentamente. 




Facebook me sugiere el video de un delfín. ¿Por qué? - Amanda Rosa Pérez Morales

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Amanda Rosa Pérez Morales

Todo está relacionado. No podemos desprendernos de la contraparte virtual. Unas nalgas más grandes, una filiación política determinada, un montón de textos publicados. Todo está relacionado. Todo es lo mismo. No hay salida. Por lo menos, sepan que no me gustan los delfines. Repito: no me gustan los delfines.


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