A veces he pensado en lo rico que sería ser Bad Bunny

Te juro que yo no entiendo nada: el imperio del dólar, lo que se puede y lo que no se puede comprar en CUC, lo que se puede hacer con el peso cubano, a dónde vamos, qué hago yo aquí, detenido en el tiempo, qué hace mi hijo aquí y qué le espera si crece aquí, hasta dónde, hasta cuándo.

Cerré los ojos y me di por vencido. Todos los días veo el noticiero y me da un dolor: el ciclón nuevo este, la dignidad, la confianza, el socialismo; prohibiciones, decretos, mentiras. Todos los días leo CiberCuba y me da un dolor: muere mujer por derrumbe en el Cerro, muere barrendero por derrumbe en Centro Habana, policía reprime a no sé quién, policía no sé cuánto… Todos los días bajo la escalera y me da un dolor: colas en los cajeros, colas a dos cuadras de todas las tiendas, matazón, no hay nada en ningún lugar que no sea libremente convertible.

Llevo una semana con albañiles en casa. Hubo que cambiar las ventanas viejas porque estaban comidas de comején. Y llevo la semana inventando para buscarles el almuerzo, porque no sé qué pasa con la harina que no hay ni pan. Después, cuando terminen, me va a tocar pintar con una brocha que me prestaron, con una pintura que conseguí ilegalmente.

Yo sí no tengo un pariente que me mande ni un dólar. Mi dinero me lo gano escribiendo y me alcanza justo para que viva el niño. 

No sé desde cuándo no puedo darle un peso a mi abuela.

No sé desde cuándo no me compro ropa. 

No sé desde cuándo…

Una vez, en los Estados Unidos, tuve mil dólares en la mano. Diez billetes de cien. ¡Parecía tanto! Los gasté en cosas del niño. Mil dólares en Estados Unidos es mucho dinero, y a la vez es poco. Cualquier trabajador hace mil dólares en diez días. 

En Chile, el billete más pequeño es de mil; lo demás es menudo. Para esa gente, mil pesos no es nada. Mil pesos es como decir un dólar. Con mil pesos te compras una Fanta o un llaverito o papel de fumar. En 2018, cuando yo fui a Chile, el salario mínimo era de 280 000 pesos.

En Cuba, el salario medio mensual es de 1 067. Mil pesos cubanos son 40 CUC; al cambio de la calle: 20 dólares. Con 20 dólares, en esas tiendas nuevas, te compras si acaso el champú de un mes.

A veces he pensado en lo rico que sería ser Bad Bunny: “La Lamborghini en la cochera / más de cien mil en la cadena”. 

Por supuesto, estaría modificando la verdad en favor de la comodidad, como en Un mundo feliz, pero qué más da; hasta el bizco de Aldous Huxley se dio cuenta de lo poco que valen la verdad y el pensamiento frente al placer. 

“En privado siempre vuelo / en el cuello tengo hielo / gasto, gasto y no me pelo / muchas putas y modelos”.

A mí que no me digan que me esfuerce, que las cosas se ganan. A mí que no me digan que Bad Bunny trabaja más que los albañiles que están en mi casa, ni que tiene un talento superior, ni nada de eso… 

A mí que me conviertan en instagramer, en youtuber, en celebrity, en influencer feliz. Yo también quiero ser un producto. Algo comercial, plástico y sin alma. A mí que me contraten para ser la cara de alguna hamburguesería transgénica.

Yo quiero que me paguen 986 000 dólares por cada post que ponga en Instagram, como a Kylie Jenner, y que todos esos posts reventados en likes me resuelvan la vida, y que CiberCuba los vuelva noticias: “Jank Curbelo enloquece a sus fanáticas con una foto en trusa”. 

Yo quiero que Fanta y las empresas de llaveros y las fábricas de papel de fumar se disputen un hueco de publicidad en mis redes sociales, que la Nike y la Fila me regalen zapatos, y decidir cuáles de esos zapatos me pongo hoy. 

Y nadar en dinero.

Y no tener que contar la miseria cuando saco a pasear a mi hijo. 

Y no decirle que no puede antojarse del castillo de Legos, y que tiene que conformarse con la caja pequeña. 

Y no estar toda la vida ilusionado con que el Estado me va a resolver los problemas y me va a dar lo necesario para mi felicidad (o lo que el Estado considera que necesito para ser feliz), como le pasó a mi abuela, que a los 80 años todavía trabaja para un Estado que le raciona el jabón y la comida, que le cambia de palo para rumba la ideología, que de un día para otro le pide que siembre calabazas en el portal.

Te cambio el periodismo y todos mis libros de filosofía por un Lamborghini. 

Y ni tanto: te los cambio por no tener que subirme más al P14. 

Te los cambio por toda la comida de mi hijo hasta sus 40 años, con todo tipo de helados y chocolates. 

Te los cambio por llevar a mi abuela a la torre Eiffel, para que vea otra cosa que no sea el CDR.

No quiero, ya que estamos, seguir viviendo en casa de mi abuela. Ni sacar los mandados. Ni comprar un galoncito de pintura para meterle a lo que debería meterle dos galoncitos. Ni pedir una brocha prestada, porque no hay en las tiendas y por la calle cuestan 10 CUC. Ni pasarme una semana pintando, porque no puedo pagarle a alguien para que lo haga, porque te cobran 5 CUC por metro cuadrado de casa.

Tengo tremendas ganas de desinstalar Datally, la aplicación que tengo el teléfono para ahorrar datos. 

Tengo tremendas ganas de abrir XVideos y YouTube a la misma vez, sin miedo a lo que gasten. 

Tengo tremendas ganas de hablar por el móvil sin ver el minutero.

Y de que no me importen los parásitos de los niños de África. Y de que no me importen los parásitos de los niños de Centro Habana. Y de que no me importe la falta de agua y comida en África. Y de que no me importe la falta de agua y comida en Centro Habana. Y salir de vez en cuando a hacerme el político y el empático, porque eso va a ayudarme a mantener el Lambo, las putas y las modelos. Y comprar un gran huerto donde haya calabazas para todos. Y regalar un poco de mi dinero a organizaciones por el medio ambiente y la paz mundial. Y vivir en mi talla.

No tengo nada. Me engañaron siempre con las virtudes del encogimiento y la austeridad, con la humildad y el drama.

Los albañilesescuchan a Bad Bunny mientras trabajan; no sé si les gusta por puro mecanismo cultural, o para bailar, o porque les da esperanza la historia del dependiente de una tienda que se hizo millonario. 

Cambiar ventanas nunca va a ser tan caro como vender canciones. El periodismo nunca va a ser tan caro como cambiar ventanas. Y así con todo. 

Ya casi es hora de almuerzo y tengo que inventar algo, porque no sé qué pasa con la harina que no hay ni pan. 




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Jesús Jank Curbelo

Copié hace una semana 80 gigas de pornografía y ya los vi dos veces. Altísimo. No me importa si el ruido llega a los vecinos. Hoy estuve el día entero viendo South Park, aquellos muñequitos de cuatro niños gringos y burlones. Quién pudiera tener la libertad de reírse así de todo, sin atentar contra las buenas costumbres y la moral social.


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