Una artista del hombre

Poquita Cosa deja caer la pluma con un gesto cinematográfico que adora. Cierra los ojos y repasa la escena en cámara lenta: ha comenzado a escribir sus futuras memorias: Hombres en mi vida. Aspira a transformarlas en una obra más compleja que Crimen y castigo, más realista que la Comédie Humaine y “áspera, áspera como la mano de un hombre”. Reivindicará sus esencias femeninas y ajustará cuentas con los hombres. “Pero mis esencias son machistas”, piensa algo preocupada. Por su origen no podía ser otro su destino. Diez años caminando de Covadonga a Guanal Grande, de Guanal Grande a Covadonga; ocho kilómetros de terraplén bordeados de cañaverales con jóvenes campesinos sudando los pectorales para ganarse el sustento. 

El escalón superior, el del urbanismo y la urbanidad, no lo ganó en buena lid. Cuando se mudó para La Habana, aún no pensaba en lo importante que sería caminar sin fango en los zapatos. Tuvo que nacer en Covadonga, un pueblito perdido en el interior de una isla perdida en el mar de un mundo perdido; todo era ella misma, danzando alrededor de su ombligo, redondo e hinchado en su barriguita plana, su palidez, su cara de guajirita corriendo alucinada por un campo nublado, rodeada de amigas con hermosas batas primaverales. Pero el brillo de sus ojos ya era implacable. Pasará de los veinte con la misma gran oreja redonda, el cuello discretamente gordo y la estatura liliputiense. 

Llegó al mundo con quince días de retraso en una época en que todo era programado compulsivamente, y su primera experiencia en tierra fue un lavado estomacal. El 8 de octubre de 1967 fue recibida en el hospital materno de Santa Clara por un médico boliviano, como si los astros la hubieran destinado a ser una sentimental asistente de la historia patria, con sus muertos-vivos y sus herederos. Sin embargo, nació para quebrar las barreras de la falta de autonomía. Del 24 de septiembre al día de su nacimiento, cuando le lavaron el estómago, se alimentó de bolo fecal. Este dato le ha evitado el camino de las cartománticas y de las santeras. Sabe que además de haber llegado tarde al mundo, y en consecuencia a los propios acontecimientos de su vida, también nació comemierda. 

Norka, la madre de Poquita Cosa, era maestra normalista. La crema y nata de la sociedad de monte adentro se preguntaba cómo tuvo coraje para salir de la capital provincial y agotar sus días en un fin del mundo lleno de mosquitos, de tiqui-tiqui y dime-que-te-diré, sin dentista ni librería. Cada mañana, terraplén tras terraplén, sujetaba a una hija en cada mano hasta llegar al antiguo cuartel del ejército convertido en escuela. En días de lluvia, sus tacones afilados se hundían en el fango, y las piernas, bien torneadas y sin marcas, enrojecían al contacto con las salpicaduras de tierra mojada. Usaba una cartera negra en combinación con un conjunto de saya y chaqueta de un verde tierno que ni la hierba, que ni el agua del mar, que ni las piedras más exóticas. 

Para celebrar los cumpleaños de sus hijas, el mayor desafío de Norka era vestirlas con ropas nuevas. En Covadonga solo podía encontrarse corduroycorduroy rosado y amarillo, especialmente en verano. Pero la suerte acompañó a Norka esa temporada. Pocos días antes de que Poquita Cosa cumpliera sus primeros siete, un buque ruso cargados de productos de la industria ligera había atracado en el puerto de Cienfuegos, y decenas de camiones de carga habían partido hacia diferentes tramos de la Carretera Central, distribuyendo la mercancía por los pueblos de la región. Entonces surtieron la Tienda del Pueblo. Poquita Cosa, que desde su más temprana infancia siempre tuvo buen gusto, escogió ropas en diferentes tonalidades de rojo: pantalón rojo vino, camiseta rosa vieja, blúmer rosa del verano y sandalias plásticas rojo tomate. “Pretendo mostrar que soy la precursora de los Colores Unidos de Benetton”, suele comentar. 


TODOS LOS HOMBRES SON IGUALES 

El hombre anfibio
El hombre de Rio
El hombre de mármol 
El hombre orquesta 
El hombre oso
El hombre de la piel de víbora
El hombre unidimensional
El hombre mediocre
El hombre y la tierra
El hombre que sabía demasiado
El hombre sin atributos
El hombre de Maisinicú
El hombre elefante
El hombre rebelde
El hombre invisible
El hombre de la máscara de hierro
El hombre y los símbolos
El hombre que vino con la lluvia
El hombre araña
El hombre que era jueves
El hombre que vendió su alma
El hombre lobo
El hombre que amaba a su semejante
El hombre que perdió su imagen
El hombre de negro
El hombre desconfiado y su mujer
El hombre que está solo y espera
El hombre que extendió el desierto
El hombre que veía demasiado
El hombre sentimental
El hombre de ninguna parte
El pequeño gran hombre
El hombre sin cabeza
Todos los hombres del Presidente y
Hombrenuevo, carne de primera en la novena especial —puro músculo. Fast food que se autosirve en fiestecitas de aniversario; mancha curricular en el santísimo mar de la trinidad soñado por Poquita Cosa. Oh Padre, padre del pequeño Vulgarcito. 

Su matrimonio con Hombrenuevo había terminado, y el sueño de las arrugas y las canas, de los nietos y las nueras deshecho en menudos pedazos. “Como un refresco caliente y sin gas, querido”, concluye Poquita Cosa, en ese tono más bien franco, que le ha granjeado un lugar de admiración entre los antiguos grupos de las fiestecitas del barrio, ante los circulitos de faranduleros y fueras-de-la-ley-de-la-sociedad. Entre ellos, igualmente aéreo, se destaca Willy Larrata, quien hoy, silencioso, en su vaivén de un lado a otro de las tendederas observa a su amiga, mientras ella tiende al sol los culeros previamente enjuagados en un cubo. Si Larrata no fuera tan proclive a la piedad le explicaría de qué se trata: alta traición en los bastidores o al que le tocó le tocó. 

Durante algunas semanas, Hombrenuevo no ha encontrado dificultad para disimular su entusiasmo por Ladama Delarmiño, ya que tanta es la amistad entre ellos. Del resto se ocupan las damas de apoyo a este caso de amor —la sirvienta de Ladama, la empleada doméstica del capitán Conde, que le alquilan a Hombrenuevo los dormitorios vacíos de sus casas a la hora de la siesta. También Ladama auxilia a Poquita Cosa en el cuidado del bebito y su de canastilla: hojas de guayaba para un cocimiento, contactos con buenos pediatras para Vulgarcito en el Hospital Nacional. En los eventos sociales, todos se comportan con fingida inocencia. 

“Pero él ya no está con ella” —confirma Poquita Cosa, como si fuera noticia de primera mano, a Willy Larrata, mucho mejor informado, que continúa en silencio. Pero Hombrenuevo sí está con ella, quiere decir él aunque no puede, o no debe; al final no se trata más que de una gran familia incestuosa. Es una bella rival, Ladama Delarmiño, y en el sálvese quien pueda del amor dividido, una mujer que se defiende con best sellers, versiones pop de las grandes sinfonías, perfumes franceses, especies exóticas. 

Sin familia en el exterior, sin carné de la juventud comunista que le facilite un viaje internacional, las probabilidades de obtener alguna vez semejantes productos se vuelven cada vez más remotas. La vida es injusta con Poquita Cosa, minimusa del tropical post, promesa que no se asienta: los hombres que ella codicia solo piensan en chicas sedosas, tetonas y rubias, con parientes en el extranjero y casas en Miramar. Así es con Ladama Delarmiño, la rubiecita del penthouse, la mujercita del galán de televisión, la misteriosa de nariz de halcón, la dama que prende la respiración de los hombres hasta hacerles perder el sueño de tanta felicidad. Pero Poquita Cosa ha comprendido que para superar el mal rato, nada es más adecuado que mantenerse en silencio —discreto gesto de dignidad, mensaje ejemplarizante dirigido a la mujer que acaba de cambiarle su rutina de lucha, sus anhelos de paz. 

“Necesito los cuerpos porque de ellos sale el sonido y el silencio, si no, me bastarían los libros” —le gusta repetir a la cornuda de Poquita Cosa, como si la literatura le fuera a ahorrar el sufrimiento. Todavía aspira a vivir lo que ha leído en las novelas: grandes experiencias. Por eso, cuando Hombrenuevo le declara que ama a otra mujer, siente que ha llegado su momento de representar en el teatro del hogar una escena clásica de todos los tiempos: la esposa traicionada que finge dejar al marido, cuando es ella quien ha sido abandonada. Hombrenuevo acepta, cortesía de varones, igualmente preparado para subir al palco: un grito seco, alguna palabra dura en tono descompuesto; silencio, o las lágrimas que tienen plaza fija en el guion; o todo, ya que son tan volubles. 

Después, fuman juntos el último cigarro de la noche y ella se retira a descansar, infeliz pero satisfecha con la perfección de sus movimientos. Se siente emocionalmente madura. 

Y Poquita Cosa creyendo que conseguiría escribir decenas de páginas para su novela inspirada en las historias de su casamiento, de su ascensión social. Soñadoramente pasa revista a las prendas femeninas abandonadas en los vestidores por la antigua esposa del capitán Conde; por la calidad de las piezas desechadas se imagina la calidad de las que la señora Condesa habrá conservado para sí, antes de partir para siempre de la mansión. En la parte más segura de la biblioteca encuentra la correspondencia de guerra del Capitán, cuya prosa no fluye. Entra a los cuartos abandonados, husmea en los libreros, en los closets donde encuentra una cartera, pasada de moda, con un atado de cartas de amor que Hombrenuevo cambia permanentemente de lugar. Por allí merodea siempre hasta las diez de la mañana, cuando la luz choca con el espejo sobre el cual se apoya para leer. Reconstruye, parcialmente, el pasado amoroso de Hombrenuevo. Bolsa de cuero de la Casa Sarriá desbordante de cartas, postales con pajaritos, promesas, confirmaciones, revelaciones de muchachas que, como lo ha venido haciendo ella, también pretenden ascender en el mundo de las comodidades que el rango del Capitán hoy garantiza. 

Sin embargo, ya ha comenzado la tragedia alrededor del hombre que conservadoramente les hospeda; terror en las inmediaciones cuando arrastra sus botas de militar y rastrilla el arma para avisar que está llegando. “Todo tenso / todo humo de tabaco / todo tufo de alcohol / todo ilustre todo vano”…, canturrea filosófico el Capitán cada vez que se aproxima al mostrador de la cocina a inspeccionar si Poquita Cosa ha dividido correctamente las raciones para la semana. 

En la platea, el público la imagina feliz en su papel de estrella caída. Pero corten-señores-corten; aquella vida mal alcanzó para ser vivida, recordada nunca, y escrita, menos todavía: 

“La sensación es de miedo, de estar en un lugar que no combina con mi energía. Paso los días procurando novedades, viejos objetos que me digan algo sobre los antiguos habitantes de este lugar. He sabido que los muebles llegaron junto con el capitán Conde, quien a su vez los seleccionó aleatoriamente en diferentes casas de burgueses emigrados a las que tenía acceso, sin pensar siquiera dónde los colocaría. Todo es suntuoso y desvaído”. 

Como una medium, Poquita Cosa abre los ojos mientras despierta del transe de tener que revivir para este libro una vida tan lamentable: “Todo lo que digo solo sirve para construir relaciones que nunca existieron, perpetuar momentos que solamente yo habré de recordar”. 

“Ya sabemos que los caballeros las prefieren rubias” es la frase con que a Poquita Cosa le gusta concluir siempre que, en la cuenta de los hombres, el saldo le da negativo. 

No me cuentes tu vida, querida. Márcala con una cruz. 


MÉTODO CHINO PARA DUPLICAR LA LONGITUD DEL PENE 

“Un cirujano habanero indica que está capacitado para duplicar la longitud del pene de sus pacientes gracias a una técnica china”. En una entrevista publicada el miércoles por el diario Juventud Imberbe, el doctor Héctor Betancourt señala que aprendió la técnica del médico chino Chang Tsé y que es el único especialista en América Latina calificado para ese tipo de operación. Contrariamente a lo que sostiene un artículo de la Carta de los Derechos Humanos, “los hombres no nacen iguales”, dice Betancourt, y agrega: “Ya esté flácido o en erección, si se da a una mujer la posibilidad de elegir, optará generalmente por el más grande”. 

“Según Betancourt, la mitad del pene está dentro del cuerpo, y la operación consiste en hacer salir esa parte escondida del órgano. Luego se toma un pedazo de la piel del pubis para recubrir la parte suplementaria del pene que ha dejado al exterior. Todos los hombres son clientes potenciales, insiste. Según estudios que leí, la talla media del pene en erección es de unos catorce centímetros, añade. Pero no hay pene, por pequeño que sea, que no pueda satisfacer a una mujer”. 

Terminada la lectura de su última noticia para L’Habaguanex, Poquita Cosa mira a Orlandito por encima del papel, triunfante y maliciosa. “Esta vez sí te cojo, me coges, por delante y por atrás”, piensa mientras apura el quinto vaso de un vino de toronja típicamente martiano. Reposan en el salón con vista al mar, sobre un conjunto de almohadones verdes, mientras eructan un menú insólito en tiempos difíciles: arroz, boniato frito y mortadella en salsa rellena con aceitunas, adquiridas por Poquita Cosa con los dólares de las camisetas que acaba de vender. 

“¿Qué te parece?”. Dobla la hoja y se estira toda sensual, apoyando los pies sobre el abdomen de su ídolo local. 

“¿Y tú, te satisfaces con uno de cualquier tamaño? Estúpida pregunta, estúpida conversación, estúpida noticia”, responde airado el poeta super-macho, dominó y pelota los domingos. Su espíritu gregario no le permite aceptar esta mínima muestra de ingenio y osadía. Su linaje exige algo más radical, que hasta el último día que pasarán juntos ella no estará en condiciones de ofrecerle, sin antes darse unos buenos tragos de naturalidad. 

“Ya debes de habértela medido unas cien veces. No te preocupes, no se te va a encoger”. Pestañea con cara de yo no fui y retoca la postura, ligeramente curvada bajo el peso de tanta aspereza. 

Breves minutos de silencio que parecen interminables en la oscuridad de la sala, donde los ojos de Orlandito brillan como lobos. Ella no para de beber ni de mirarlo atentamente, tratando de descubrir alguna señal de afecto o de deseo. Recuerda entonces un poema de Brodsky, que para su salvación recita lentamente: 

“El fuego, como oyes, está apagándose.
Las sombras en las esquinas han estado moviéndose.
Es muy tarde para lanzarles un puñetazo
o gritarles que acaben de una vez.
Esta tropa no escucha órdenes.
Ahora se ha juntado por rangos y formas en un círculo.
En silencio avanza por los muros
y estoy, de pronto, en ese muerto centro.
Los estallidos de la noche, como negras preguntas marcadas son altas y firmes montañas, altas y firmes.
La oscuridad viene más densa desde arriba
tragándose mi barba, y desmenuzando el papel blanco.
Las manecillas del reloj han desaparecido,
no puedo verlas ni oírlas.
Me queda solo un punto brillante en mi ojo,
estos ojos que ahora veo fríos y sin movimiento.
El fuego ha muerto. Como puedes oír, está muerto.
El humo amargo gira adhiriéndose en el cielo raso.
Pero este punto brillante ha quedado en mi ojo
o quizás se ha quedado en la oscuridad”. 

Orlandito cierra los ojos, extiende las dos manos como un ciego en el vacío y encuentra la boca, la lengua de su eterna prometida, el cuerpo menguado por la tensión. Vocecitas chillonas le susurran al oído un-poema-vale-un-beso-un-poema-vale-un-beso, mientras la abraza agradecido. Pura resaca espiritual de una tarde que se prolongará hasta la madrugada, se instalará en el piso de otra habitación —también con vistas— y solo terminará en la penumbra, sus cuerpos desnudos en posición horizontal. 

En tributo a los cinco minutos en que conseguirá mantenerse sobre su censor particular en la más rigurosa de las cuclillas, Poquita Cosa conquistará el efímero título de “japonesita”. 


FOTO PASAPORTE 

Poquita Cosa practica el ejercicio del silencio. Su alma es un filtro y una tumba. Los amigos le separan las piernas pensando que hablará. Ella goza sin el menor remordimiento: sin explicar. Antes de Orlandito, ningún amante le abrió tanto la mente y le cerró tanto las rodillas, las bonitas rodillas entre las cuales la cabeza del Poeta ha descansado apenas una vez. 

Solo una exhibicionista patéticamente afectada como ella, instalada en la natural prolongación de su mutismo, consigue colocarse en el lugar más iluminado de la platea local. Las manos le sudan, y en vano trata de hilvanar las frases ambiguas que horas atrás pensó, como si formasen parte de una pieza teatral. Narcisista, asiste a la creación de un personaje de sí misma. Insegura, encuentra en su discurso de mujercita profunda e independiente la reafirmación que necesita para sobrevivir a sus propios obstáculos. Cree que nadie se interesará en sus opiniones. Vivirá su vida pensando que tiene razón. 

Con el tiempo ha aprendido a no cuestionar los problemas de cualquier ser involucrado en su propia existencia. Todos los hombres le parecen recién nacidos del polvo estelar. Tanta humildad es un estorbo, y la distancia entre su virtud y el egoísmo ajeno hace del prójimo un modelo invulnerable. Imposible decir no para luego dormir en paz. Imposible decir sí para salvarse.

Vive expuesta a la voluntad de los hombres de su vida: un padre más recto que una espada; un exmarido exsoldado; un hijo a quien todo tiene que entregar y ahora, de nuevoOrlandito, encarnando la fuerza de ese no abierto al sí que tanto la perturba. 

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HISTORIA DE LA LOCURA SIN FOUCAULT 

Poquita Cosa colma su narcisismo cuando consigue alcanzar la fama en solo diez minutos de locura. Un gritico aquí, otro allí; lágrimas de tele novela derramadas en vano sobre el bellaco de ocasión; mutismo de enloquecer; cierto fuego. Divina y lograda, sobre un palco oscuro representa el papel de la eterna pobrecita. Desamparada, siente pena al decir no. Huerfanita intelectual. Nadie querrá comprender sus argumentos. 

Una vez más sobre el diván, hinchada de estupefacientes para calmar la neurosis, espantar las pesadillas, vegetar en el sueño de los muertos-vivos. Ergoterapia: muñequitas de trapo, alfileteros, damas chinas; socialización de la locura: voleibol en pleno descampado con la que perdió el hijo, pues siempre hay alguien peor, mírate en mi espejo. Relax relax bien estirada. Finge que no siente el brazo derecho, tampoco el izquierdo, el cuello electrizado por el dolor. 

“¿El dolor de qué?”. 

Y el terapeuta que pregunta por el hombrecito davinciano de las láminas, sin manos ni pies, que sostiene en los extremos el peso de cuatro palabras comunes como la sal, saladas como las lágrimas, inmensurables en el frío de febrero: 

“¿Salud?”. 

“Estoy bien. Quiero decir, en general estoy bien. A veces zigzagueo. Detallista empedernida siendo tan imperfecta”. 

“Neurótica, querrás decir. ¿Familia?”. 

“Yo no sé bien en qué ando, por qué hago, cómo será, qué pasará. Pero estoy bien, solo que a veces retrocedo por un rato. Vacío, decepción, lagunas y lagunas para ahogarme yo solita. Por gusto. Quiero decir, para nada. Siempre pasa, y vuelve, y pasa nuevamente. Una vida circular. Pero estoy bien. Con menos fuerza y menos luz, pero bien”. 

“Histérica. ¿Amor?”. 

“La luz se refracta. El sol y la luna. Dos soles. Dos lunas. Nosotros —él y yo— la China y el Pipi. El Pipi… mucho más de lo que puedo soñar. Glóbulo de laboratorio, mentira que se me deshace en la boca. Niño, inefable Orlandito, cualquier cosa para probar que no soy una loca de las que necesitan pastillas, terapias de choque en las que un paciente se deprime más que otro y nadie quiere saber nadie quiere saber nadie quiere saber nada”. 

Eso, china, miente, cuéntale a los psiquiatras que todo marcha sobre ruedastotal, ya eres un caso raro y hasta has perdido tu trabajo en L’Habaguanex porque no se puede confiar en las palabras de una loca, como si las palabras fueran la realidad. Siéntate en la oscuridad fetal de cualquier cine a dormir el sueño de los medicados por el bien de la sociedad, hasta que la gentileza de la acomodadora te traiga de vuelta al hogar, dulce hogar de la metafísica, como dice tu amante de ficción, porque mañana temprano deberás contarle al doctor Preston que viste una película de Monthy Pyton tan divertida que lloraste, que el Poeta te acompañó, y luego hicieron planes para el futuro; que ya te sientes mejor; podrías decir que estás recuperada.


HOMBRE SENTADO EN LA VEREDA 

De todas las fotos que Orlandito sacó en París, a Poquita Cosa le gustó Hombre Sentado en la Vereda. Tanto, que decidió ponerla en un costado visible del refrigerador, para observarla mientras preparaba la comida de Vulgarcito. 

Hombre Sentado en la Vereda anulaba pensamientos que suelen nacer de su apego a la fatalidad. Nunca más se importaría con la duda de ser, o no, una partícula celeste imposibilitada de verse desde arriba, como muchos imaginan ser vistos por Dios. 

Él está, efectivamente, sentado en la vereda. Los brazos descansan sobre las rodillas; las manos cuelgan como plantas moribundas, se alargan hasta derretirse bajo la luz. Sin embargo, de su cuerpo se desprende una armonía que le permite exponerse con firmeza. 

Su pelo es rubio, muy corto; se quedará calvo antes de los cuarenta. La nariz recta, con el ángulo que Poquita Cosa siempre ha deseado para la suya; una nariz a través de la cual ella siente que respira; una nariz que un día tal vez le olerá el pelo. Le gustan los olores fuertes porque cree que provienen de algo intenso. Afirma saber, por la manera de sudar de un hombre, cuándo está mintiendo. 

Desde su primer plano, Hombre Sentado en la Vereda entrega a Poquita Cosa, que deambula por la cocina, el mensaje cifrado de una nueva transformación. 

Parece una viuda dócil y recatada, con el delantal impecable, las manos temblorosas igual a las de un fraile. Temerosa de cualquier movimiento brusco, como si en la foto algo pudiera cambiar de posición, como si un hombre desconocido sentado en la vereda de una calle lejana pudiera, tal como lo hace Orlandito, desviar la mirada para censurarla. 


* Del libro Teoría de la transficción: Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI
(Editorial Hypermedia, 2020), compilación de Carlos A. Aguilera.




Librería

Teoría de la transficción - Carlos A Aguilera

Esta antología quiere mostrar la ligereza, la «borradura», el no género, el kitsch, el muñón o el self de algunos escritores. Carlos A. Aguilera




Teoría de la transficción - Carlos A. Aguilera

Teoría de la transficción

Carlos A. Aguilera

La literatura como máquina de guerra, como vampiro contractual y político, como nudo de fuerzas, no ha dejado de concebirse como escritura…”. Prólogo a la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, (Hypermedia, 2020).


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