Offside

Del libro Teoría de la transficción: Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI
(Editorial Hypermedia, 2020), de Carlos A. Aguilera (ed.).




La locura. Sobre sus ojos hundidos, su rostro redondo y su boca pequeña, se superponen los ojos desorbitados, el rostro frenético y la boca imparable de la locura física. No la locura de los manicomios, que es reposada, impasible, que puede incluso confundirse con la sabiduría y que es, en suma, el zen de los desesperados, una locura existencial y lejana.

La locura de Boris Santiesteban es una locura mundana y graciosa, quizás más terrible y definitiva. La locura de los manicomios es la locura última, paralizante, desatada por la levedad del arte o por la inminencia de la muerte. La locura de Boris Santiesteban es el principio de locura, activo, persistente. Sucesos que rondan la cabeza como espías rabiosos: la soledad en el mar, la noche oscura, el oleaje furioso, las aciagas aletas de los tiburones a menos de cinco metros, el hambre, la sed, el orine bajando por la garganta.

Eso, una máscara díscola, es todo lo que ha logrado agenciarse en el tramo comprendido desde fines de 1994, fecha en que por primera vez emigró de Cuba, hasta ahora, principios de 2013, ya nuevamente de regreso. Días en los que sale a la calle a conversar con cualquier vecino del Vedado, a jugar un número en la charada, a practicar un poco de fútbol, o a caminar un rato por Línea o Malecón.


La noche de la cita, Boris me espera receloso e inquieto. Quedamos a las ocho, en casa de un amigo en común que ha servido de contacto, pero Boris llega a las siete y media. Ha venido directo de sus ejercicios, sudado, descompuesto por el cansancio. Me escanea y recela. Luego bromea.

¿Tú no serás de la Seguridad?

—¿Te parezco?

—No, yo no sé. No me puede pasar nada.

—¿Qué te podría pasar?

—Cualquier cosa. Aquí nunca se sabe.

—Descuida.

—No tomes fotos ni pongas mi nombre.

—¿Por qué?

—Que no tomes fotos ni pongas mi nombre.

—Hecho.

—O bueno, sí, ponlo, qué más da. 

Hago silencio.

—O mejor no lo pongas. Igual cuando lea mi historia yo sé que será la mía, tenga puesto el nombre que tenga. O ponme un nombre parecido al mío. O no, ya, ponme el mío.

Sigue, sin freno alguno. El amigo en común lo calma. 

El abuelo del amigo en común fue guardaespaldas de varios líderes de la Revolución y a Boris y a mí nos rodean, colgada de las paredes de la sala, una serie de fotos de Fidel Castro y el Che Guevara. El Che sonriendo. Fidel, enérgico, dando un discurso con el dedo levantado y Fidel abrigado, pícaro, con uno de esos gorros típicos de los rusos, que te tapan la frente y te cubren las orejas. No parece un político, sino un Raskólnikov. 

Boris se mece apurado, se seca el sudor de la cara con el pulóver, ancho como una bata de casa, y cierra los ojos por un momento, para ponerlos en su lugar. Eso hace desde que empezó a boxear, desde que recibía un golpe y perdía la orientación. Cierra los ojos y se ubica. Con ocho años, subió por primera vez a un encerado. No le apasionaba, pero el ring era mejor que la casa. Prefería dos guantes, una cabecera y un contrario antes que la bulla, las discusiones, las tundas y el mal carácter de sus padres. 

—Todo en mi vida fue deporte —dice—. Todo. 

Hoy vive con su padre. Su madre y sus dos hermanas residen desde 1998 en los Estados Unidos. 

—¿Fuiste bueno? 

—Sí, medallista juvenil —el amigo en común asiente y dice que Boris ha repartido unos cuantos golpes en el barrio. 

—Eso es mentira, yo soy un tipo pacífico. 

—¿Por qué lo dejaste?

—Porque me noquearon. 

—¿Te noquearon? —asombra que alguien se recuerde a sí mismo como un perdedor. 

—Me recuperé a los seis meses. Una derecha en forma de tornillo. Yo tenía diecisiete años. 

Después se fue a la Universidad y estudió Cultura Física, pero era Período Especial. A los estudiantes de La Habana les retiraron el estipendio y Boris pasó mucha hambre.

—¿En la casa te ayudaron? 

—La única vez que lo han hecho. 

Boris habla del nocaut y de la universidad con gracia, con cierto tono de burla. Pero si le mencionan la familia, su rostro se transforma. La cara de pavor emerge. La cara de pavor borra sus otras caras de desequilibrado. Hace silencio y se encoge en el sillón. 

Actualmente su padre padece un cáncer de páncreas y mea en los rincones y defeca en los asientos. Hace todo lo posible por complicarle las cosas al hijo. 

—Háblame de Suecia, cómo fuiste a parar allí. 

No contesta. Le pide al amigo en común un poco de agua. 

—¿De verdad no eres de la Seguridad? 

Podría devolverle la pregunta. Elijo no inquietarlo. 

—No, claro que no. 

Comienzo a hablarle de fútbol. Trato de que, por lo pronto, olvide a sus padres. 


En 1993, Lars Myberg, boxeador sueco, medallista de bronce olímpico en Seúl 88, impartió unas conferencias en La Habana. Boris asistió y entablaron amistad. 

Justo por esas fechas, sus padres se divorciaron. El padre le pegaba a la madre y ambos se gritaban o le gritaban a Boris, aunque ya menos. Ni siquiera le pegaban. No podían. Boris tenía veintidós o veintitrés años y el estilo de la larga distancia incorporado. 

Hastiado del ambiente que lo rodeaba, aceptó la propuesta de Myberg como entrenador en su club privado de boxeo y hacia septiembre de 1994 volaba a Suecia.

Había pasado agosto, la crisis de los balseros, y Boris había presenciado tranquilo tamaño espectáculo. El Malecón como una terminal a punto del colapso, las costas habaneras infestadas de balsas y embarcaciones caseras, el éxodo masivo y aparatoso de miles de cubanos, hartos de los apagones, la miseria y la estrechez que había sobrevenido con la caída del bloque socialista.

Un entorno convulso. Boris sacándole provecho al nocaut que de atleta lo convirtiera en entrenador. El inicio de una lógica inversa. La lógica de la locura física es contraria a la lógica histórica. Diecinueve años después, justo cuando los cubanos emigren por cartas de invitación, o casi siempre por vías más seguras, y la fuga a la desesperada parezca un anacronismo, Boris tomará una balsa y se lanzará al mar. 


Dos semanas más tarde volvemos a casa del amigo en común. Hoy se muestra seguro. Es, Boris, un tipo carismático. En el barrio dicen que lo extraditaron de Suecia porque se robó un chocolate, pero él lo niega. Primero dice que no robó nada y después admite que sí. Depende. Cada diez minutos mi barba le delata la barba de un agente y después la barba de alguien que simplemente no se quiere afeitar. 

—Myberg me llevaba a las tiendas y me decía que adentro comiera todo los chocolates que quisiera, pero que no me podía llevar nada. Yo comía adentro y cuando Myberg daba una vuelta me guardaba chocolates en los bolsillos. 

—¿Te tomaron las cámaras?

—No, nunca. 

—¿Y lo que la gente comenta? 

—Mira, te voy a decir la verdad. Fui con un cubano a una tienda y el tipo quitó la alarma y se robó una gorra. Yo hice lo mismo y me trabaron. Los dos para la estación de policía. Pero a él no le pasó nada porque era blanco. 

—¿Y a ti? 

—Me detuvieron y Myberg tuvo que sacarme. 

—¿Había muchos cubanos en Suecia? 

—Sí, miles. Vivían en Uppla Beysbe City, que era como un campo de concentración. 

—¿Un campo de concentración? 

—Sí, un centro de refugiados, de emigrantes. Los mantenían allí, eso quedaba en las afueras de Estocolmo, y les pagaban cuatrocientas coronas mensuales. 

Suecia, necesitada de mano de obra, cobijaba anualmente un promedio de mil quinientos emigrantes. No solo cubanos. También búlgaros, africanos, asiáticos, latinos. 

—¿Estuviste en la droga? 

—No, yo no —se desconcierta y decide confesar un delito menor—. Nunca estuve en la droga. No te voy a negar que robaba carteras y esas cosas, pero droga no. 

Robaba por vicio, no lo necesitaba. Visitaba las zonas de los inmigrantes para conversar con alguien, distraerse un rato, y entonces cometía los mismos delitos que cometen los desplazados. El tiempo confirmará que Boris, esté donde esté, será justamente eso: un desplazado. 

Para ganarse a los suecos, les brindaba los chocolates que escondía. En el transporte público intentaba, con su pésimo inglés, sacar conversación, sobre todo a alguna que otra mujer.

—La pasé crudo, allá la gente no habla. Hay un nivel de suicido muy alto, todo el mundo en lo suyo. El transporte sí es buenísimo. Suecia era lo que Fidel quería para aquí. Un socialismo con desarrollo, y donde la gente se comunicara más. Aquí nos comunicamos mucho, pero no hay comida. 

Durante los primeros meses vivió en casa de Myberg. Dormía en un sofá cama en la sala y en cuanto Myberg, su mujer y sus hijas se iban al trabajo o a la escuela, Boris prendía la televisión y tomaba leche y comía hot dog o queso parmesano. 

Trabajó sin papeles hasta que su jefe logró legalizarlo. Pronto su labor se echó a ver. Ubicó a Tensta Beker, el club, en el tercer lugar del circuito nacional y comenzó a cobrar un poco más de dinero. Allí hizo algunos amigos y con dos de ellos se fue a vivir. 

Chukry, angolano de dieciséis años, y Johanet, etíope de diecisiete. Desde entonces, Boris no fue a ninguna discoteca, ni a ninguna pista de patinaje, sin la compañía de sus dos alumnos africanos. Pero a la iglesia sí iba solo, cada domingo. 

—¿Eres católico? 

—No, pero extrañaba mucho. Yo tenía veinticinco años y el frío no me dejaba en paz.


Volvió a La Habana en septiembre de 1995. La situación en Cuba no mejoraba. Mucha pobreza, mucho escepticismo, mucha desolación. Sus padres querían que volviera a Suecia. Su madre lo arañó, lo insultó. Luego le imploró que considerara su decisión.

—Es que los viejos míos son unos descarados. —Contrae la cara, y los ojos, agitados, giran en sus órbitas como dos dados en una mano—. Yo me fui con mis dólares, unos dos mil, para los hoteles, sobre todo el Cohíba y el Riviera. Gasté todo en tres meses y luego tuve que volver a la pocilga. 

Boris llevó jineteras consigo y las puso a vivir en su cuarto. Su padre le reprochaba la adicción a las putas y la inestabilidad. Su madre y sus hermanas emigraron y quedaron ellos dos, solos. Boris fue podador de flores, custodio en Miramar, y de ahí albañil en Cayo Largo del Sur, un islote donde se comenzaban a construir hoteles para potenciar el turismo extranjero. Duró en ese puesto unos meses. No admitió que el jefe, mientras él y los otros obreros trabajaban durante doce horas diarias, se fuera con sus hijos y su esposa para los snack-bar y las playas, por lo que decidió quemar las naves. Agarró una lancha deportiva y abandonó la obra. 

—Estuve un día entero recorriendo el cayo, perdido por los hoteles, invitando a las turistas para que se fueran a pasear conmigo. Después me botaron. 

De vuelta a La Habana, tuvo que seguir buscando. Para ese entonces, ya había nacido Gian Luca, su primer y único hijo con Idalmis, una guantanamera que Boris conoció mientras podaba los árboles del Vedado y de quien todos, incluido su padre, aseguraban que era jinetera. Boris no niega que él fuera su chulo, su proxeneta, pero tampoco se enorgullece como un macho altanero. Simplemente lo asume. 

—Ella me dejaba dinero porque yo era el que me ocupaba del niño. Lo llevaba a la escuela y a todas partes.

Los vecinos confirmarán que, ciertamente, no se despegaban. Iban a jugar fútbol, al Malecón, pero en 2006 Idalmis se casó con un italiano, recogió al muchacho y Boris, ante la ausencia, se enclaustró. 

—¿Cómo fue eso? 

—Nada, me encerré. Tranqué mi puerta y me quedé adentro. 

—¿Dicen que comías en las escuelas? 

—Sí, las cocineras del comedor de dos primarias que hay aquí cerca me guardaban mi ración. 

—¿Y tu padre?

—Olvídate de mi padre. Vivimos juntos, pero cada uno anduvo por su cuenta hasta ahora, que casi no puede ni moverse y yo le hago la comida y le limpio la mierda. 

Después intentó recuperarse, pero en la vida, como en el boxeo, las recuperaciones no dependen totalmente de uno. 

—Me hice masajista, aprobé un curso, y cuando el gobierno me iba a enviar como colaborador de salud a Venezuela, me negaron la salida porque era posible emigrante. 

—¿Por tu hijo? 

—Y por mi madre. Pero a mí lo que me importa es el chama. 

Habla orgulloso de Gian Luca. Tendrá ahora unos doce o trece años, y es lo único por lo que muestra amor. Como si en un acto deliberado le hubiera retirado la pasión a todo lo demás y la hubiese depositado por completo en su muchacho, de quien dice que canta ópera y que es muy inteligente. 

—Cada dos o tres meses me manda fotos. Está grandísimo. 

—¿Cuánto llevas sin verlo?

—Tres años. 

Hace unos pocos meses, la madre lo trajo a La Habana, pero no se pudieron ver. Boris estaba preso en algún lugar. 


Sobre la misma cama que conversamos hoy, por última vez, dormía Boris hace un año cuando un amigo del barrio irrumpió de golpe y le dijo que si quería pirarse ya todo estaba cuadrado. Me confiesa que lo hizo únicamente porque siempre había querido probar, una especie de aventura, nada más, pero aquel mediodía se levantó y se vistió con una determinación que pone en tela de juicio sus palabras. Aunque de alguna manera uno puede percatarse que al final Boris no miente. Basta mirarlo para encontrar la coherencia, el armazón oculto detrás de sus contradicciones. Dice que una santiaguera, mujer suya en ese tiempo, se hizo cargo de todo, pero que al final lo dejó en cero. 

—Esa zapatera que tú ves ahí estaba repleta. Un par de Nike, un par de Fila, un par de Puma echando humo, había de todo. Se llevó la ropa también. ¿Las orientales? Son el demonio, no te empates con ninguna. 

La zapatera no es tal zapatera. Es el suelo de un escaparate que tampoco es escaparate, sino un clóset improvisado, sin puertas, sin departamentos, sin gavetas. Solo un travesaño de pared a pared para colgar la ropa —tres camisas, igual cantidad de shorts, dos pantalones— y debajo un par de chancletas, un par de sandalias, sus tenis de fútbol y unos Adidas chillones, naranja y verde, que Boris recién compró en cuarenta dólares y que le parecen —en verdad son horribles— preciosos. No dice preciosos. Dice que están mortales, que es la manera en que un desplazado define la belleza. 

—¿Jineteaba esa mujer? 

—Sí, jineteaba. 

—Entonces tu viejo tiene razón. 

—Lo de mi viejo es hacerme la vida un yogurt, haga lo que haga.

El cuarto de Boris es una barbacoa, especie de segundo piso dentro de la casa. No hay fotos de nadie, pero sí dos afiches: uno de Cristiano Ronaldo, ejecutando un quiebre, y otro del Barcelona en pleno: Messi, Iniesta, Xavi, Villa, todos bajitos; el melenudo Puyol, el desafiante Alves, el astuto Piqué. 

Hay una cama destendida, trastos viejos, y una penumbra miserienta, provocada por la grisura de las paredes y por la luz pegajosa de un foco amarillo. El piso es de cartón y lleva tiempo sin limpiar. También hay un televisor y en el televisor trasmiten un partido de la Premier League entre Aston Villa y Manchester City. 

Boris se fue de la casa una tarde en que su padre no estaba. Hoy tampoco está. He podido confirmar que la presencia del padre le aterra. Con el mínimo ruido se detiene asustado, entreabre la puerta —como si se escondiera, o escondiéndose— y mira hacia abajo para ver si llegó. Después vuelve aliviado y retoma el diálogo por donde mejor le parece. 

Estuvo hospedado diez días en el hotel Santiago Habana, municipio Colón, a la espera de los contactos que debían sacarlo. Allí conoció a siete de las personas que lo acompañarían en el mar durante cinco noches. El amigo del barrio le presentó a un tal Amaury, el hombre del enlace: un negro fuerte y alto. El plan indicaba que debían salir en balsa por un punto de la costa norte entre los municipios Martí y Cárdenas, y que varias millas adentro, específicamente nueve, una lancha, gestionada por familiares de Amaury, los recogería y los llevaría hasta Miami. Nadie, excepto Boris, pagaría el viaje. Cinco mil dólares que su tío abonaría en cuanto llegaran a Estados Unidos justificaban su presencia. 

Compró tres paquetes de galletas, dos latas de leche condensada, guardó unos pomos de agua y partió con el resto rumbo a Martí. En un terraplén, desde las once de la noche hasta las tres de la mañana, armaron la balsa, un cajón de madera de cincuenta pasos por dieciocho, con poliespuma, neumáticos, lona, tornillo amarrado y dos pares de remos. 

—Ya yo sabía que iba a ser una gran mierda, pero igual me tiré a ver qué pasaba. 

—¿Y por qué sabías? 

—Porque estuvimos cinco días en el mangle tupido, cinco días caminando, cargando aquella balsa, y no encontramos una salida al mar. 

Lo único que encontraron fueron dos personas, uno de ellos Roberto Lauzurique, prófugo de Agüica, la prisión de alta seguridad. Un tipo sobre lo obeso que se hacía pasar por preso político, que nunca dio remos en alta mar porque fingía parálisis y que en el Centro de Penitenciaría en Nassau enroló a una veintena de cubanos en una reclamación vía derechos humanos para que Estados Unidos les brindara asilo político. Pero de todos, solo Lauzurique y tres más serían aceptados.

—Un estafador. A mí nunca me engañó. Se hacía el desmayado, y le creímos hasta que una de las muchachas del viaje, que era enfermera, lo inyectó sin medicamentos y fingió recuperarse.

El grupo aceptó, pues, a los dos nuevos integrantes, y decir que Lauzurique no hizo nada sería inexacto al menos en un punto, porque Lauzurique fue quien pescó siete pargos y siete cobos que, por estar crudos, nadie se comería excepto Boris.

—El cobo es un alimento muy fuerte —dice.

Días después, por culpa del cobo, tuvo que tirarse al agua a defecar, ya en plena travesía hacia ninguna parte. Boris recuerda que era madrugada, todo negro, y que no le parecía que estaba donde se suponía, no era aquel vacío punzante, como mil cuchillos a la vez, la idea que ni él ni nadie tenían del mar, mucho menos de un excusado.

—¿Y no tuviste miedo a un tiburón o algo?

—No, me dolía mucho la barriga y no podía pensar en otra cosa.

No obstante, el cobo sirvió de mucho. Muchísimas horas después, cuando el helicóptero de rescate los recogía decenas de millas al noreste de La Habana, Boris era el único que aún mantenía cierta dosis de fuerza física y mental, sin alucinaciones, epilepsias o desvaríos.

Despellejado, sí, con las manos sangrando, los dedos engarrotados, los ojos resecos y fijos, la boca áspera, la garganta quemada por el orine (el agua se acabó en dos días, y Boris le rezaba a Dios para que “el meao supiera bien” y le calmara la rabiosa, colérica sed), pero consciente. La balsa a la deriva. Boris, todavía, aferrado a su cuerpo.


—Yo sabía que no me podía dejar ir. Siempre tuve fe.

—¿Siempre?

—Sí, no me podía morir ahí, ¿a quién se le ocurre?

—¿Incluso cuando notaron que la lancha no iría ya a recogerlos?

—Incluso.

—¿Incluso cuando los barcos pasaban y seguían?

—Incluso.

—¿Incluso cuando… cómo se llamaba el tipo de la pistola?

—Yurién.

—¿Incluso cuando Yurién le apuntó a Lauzurique porque no quería remar?

—Sí, siempre, ya te digo que siempre tuve fe.

Parece cierto. Lo relata sin ningún dramatismo. No lo exagera. Al contrario, lo disminuye. Dice que no fue nada, y por ningún flanco asoma el vestigio de algún trauma que no sea el trauma irreversible de su persona, todo el tiempo traumatizada como para traumatizarse aún más. Salvo, ya sabemos, con sus padres, y con un detalle puntual.

Boris no colapsó durante los días de la costa, cuando tenía que dormir cubierto de arena, o interponer una capa de algo, lo que fuera, entre su piel y los jejenes.

No colapsó en la playa Piní Piní —lugar por el que finalmente embarcaron—, entre aquellos objetos siniestros desperdigados por la arena. Balones de fútbol, zapatos, cabezas de muñecas y pomos de agua que alguna vez tuvieron dueños. Personas que, quién sabe cuánto tiempo atrás, habían aguardado días y noches esperando la señal convenida para lanzarse al agua y llegar. O no llegar.

Tampoco colapsó mientras remaba. Sus manos en carne viva y girando, como si las estuviesen moliendo en un trapiche. Tortura que paulatinamente dejó de hacer su efecto y que Boris también empezó a asumir con naturalidad.

Mucho menos iba a trastocarse entonces con alguna cámara pinchada. Ponía presilla, echaba aire y taponeaba con tuerca y arandela. Simple.

Lo que espantó a Boris Santiesteban, lo que lo hizo aullar de pánico, fueron los tiburones.

—Uno salió de la nada. Lo vi ya encima de nosotros, una aleta violeta, empezó a dar vueltas, empecé a darle con los remos, pero no se iba, seguía ahí, girando, regresaba y yo volvía a darle. Pensé que iba a saltar. La ley era que si mordían a alguien había que dejarlo y seguir.

—¿Cómo dejarlo y seguir?

—Sí, no podíamos hacer nada.

—¿Y el tiburón saltó?

—No saltó, claro, tiró mordidas, era de día y se veía bien.

Luego se fue y vino otro.

—¿Otro o el mismo?

—Bueno, a lo mejor fue el mismo, pero para el caso son dos. 

Tiene lógica. Si uno se enfrenta diez veces al mismo tiburón, no se ha enfrentado a un tiburón, se ha enfrentado a diez.

Todo lo que tenga que ver con la muerte precisa un cálculo, una perspectiva diferente.

Después todo perdió interés. 

Después los náufragos comenzaron a reír. 

Después una de las enfermeras y uno de los tipos tuvieron relaciones sexuales. Después cayeron exhaustos. 

Y después una avioneta guardafronteras los divisó, cerca de un cayo de piedra —un cayo con un faro—, y avisó a Nassau.

De Nassau acudió el helicóptero y del helicóptero bajaron dos buzos profesionales que le explicaron el modo en que debía respirar: apretar la nariz y abrir la boca, para que el agua levantada por las hélices no lo ahogara. Los buzos lo tomaron por el cuello y le pidieron que no ofreciera resistencia. Solo entonces, ya a salvo, Boris se permitió alucinar. 

Sintió, justo en ese instante, mientras el brazo del rescatista lo rodeaba y lo trasladaba, que la boca de un tiburón era la que le apretaba la garganta, y que un tiburón de aleta malva lo arrastraba consigo y se lo llevaba.


Cuando despertó, supo que ni por asomo estaba en Miami. Lo rodeaban muchos negros. Les hicieron algunas preguntas, tanto a él como a los demás, y luego los rehabilitaron y los llevaron para el Centro Penitenciario. 

—¿Hacía cuántos días te habías ido de tu casa? 

—Como veinte. 

—¿Cuánto tiempo estuviste recluido? 

—Siete meses, pero fui el primero en salir. 

El Centro Penitenciario de Bahamas es una nave con inmigrantes de todos los países. Había cubanos, dominicanos, muchos haitianos, y también estadounidenses que caían por cuestiones de drogas, o canadienses y europeos. Pero los del Primer Mundo salían rápido, sea cual fuere el delito. 

El grueso de aquel albergue, rodeado de muros y de cercas, diseñado para treinta literas, sesenta personas, y en el cual recluían hasta cuatrocientas, lo formaban cubanos extraviados que el mar había desviado, dominicanos y haitianos que emprendían una ruta demasiado larga y quedaban en el camino, o igualmente haitianos que empresas bahamesas contrataban ilegalmente como mano de obra —resultaba muy barata— y casi concluida la construcción o el trabajo los denunciaban a las autoridades. 

Nassau era el purgatorio de los que querían llegar al paraíso de los Estados Unidos y por una causa u otra no podían. 

—Había agua, pero no era potable, no servía para tomar. Había médicos, pero casi ni iban. La comida era poca. Había enfermos con sida, tuberculosos. Los haitianos traían muchas enfermedades. Todo el mundo los maltrataba, pero a mí me gustaban los haitianos. Eran guapos, no se acobardaban, y eran buenos tipos. A veces los haitianos tenían familiares en Bahamas, y cuando les llevaban comida la compartían con nosotros, pero el cubano es ingrato y luego les robaban. 

—¿Tú no robaste ahí? 

—No, ahí sí que no. 

Boris me enseña una marca, un redondel carmelita en el antebrazo derecho, y otro en una de sus nalgas. 

—Estos granos fueron por una infección en la sangre. Yo comía con los haitianos y ellos tienen muchos anticuerpos, resisten cualquier cosa, acabaron conmigo. 

Hacia febrero, ya Boris no mantenía casi ninguna relación con los cubanos de su balsa. Gestionó su salida para La Habana con la embajadora y Lauzurique y el resto empezaron a acusarlo de informante. 

—Si yo hubiera sido informante, no habría durado ahí siete meses. Que yo no quisiera seguir para Estados Unidos era otra cosa. No me daba la gana. 

—Y tampoco te hubieran golpeado.

—Tampoco, claro. 

—Pero ahora sí quieres irte. 

—Tampoco lo sé ya, lo estoy pensando. 

Una tarde los guardias le prohibieron tomar una bandeja, lo enviaron para lo último de la cola, y Boris se insubordinó. Lo sacaron al pasillo que rodeaba la nave y lo vapulearon con bastones y cabos de armas. No le golpearon el rostro ni las extremidades porque ya lo habían hecho con un haitiano dos días antes y la comisión de derechos humanos que visitaba el lugar había abierto un proceso legal por violación y abuso. 

A través de estos auditores, mientras el resto del grupo se presentaba como refugiados políticos, fue que Boris consiguió el celular de la embajadora. 

—¿Cómo entraban los celulares? 

—Los guardias los vendían, luego hacían una requisa, los recogían, y luego los volvían a vender. Pero conocí a un cubano que guardaba el suyo y nunca se lo confiscaron. 

Boris se comunicaba, además, con su madre y su tío. Intentó comunicarse con su hijo y no pudo. El tiempo, la ansiedad y el hambre le cayeron encima, pero no se drogó (los guardias vendían la marihuana a veinte dólares la libra). Ni siquiera se volvió a masturbar en las madrugadas. Una o dos veces por mes los guardias pasaban películas pornográficas. 

—Lo hacían para debilitarnos —dice. 

Y luego aclara: 

—Pero yo me acogí al Señor y ya no me tiré más pajas, porque terminaba muerto y después pasaba tres días sin levantarme. 

Empezó a correr por un pasillo exterior alrededor de la nave hasta que sospecharon.

—Estaban claros. Me iba a ir por el baño. 

Explica su plan y parece fruto de la desesperación. No era siquiera un plan, nada que pudiera llevarse a cabo. Brincar dos muros y dos cercas enormes, ya de por sí imposibles de saltar, y luego correr. 

Por las noches, rezaba y vigilaba sus pertenencias. Por el día, se acostaba en su cama y pensaba en su hijo. Logró escabullirse de todos los bandos de la penitenciaria y mantener un cerco de respeto alrededor de sí. La embajadora le había dicho que se estuviese tranquilo para poder sacarlo de Nassau sin contratiempos. Su madre envió el pasaporte, el número de carnet de identidad, y su tío pagó el pasaje para La Habana.


Cuando Boris regresó, primero que todos, lo mantuvieron en cuarentena, lo sometieron a una serie de preguntas y luego lo pusieron en libertad. 

Durante los últimos meses, no ha hecho otra cosa que practicar fútbol y merodear por los alrededores del Meliá Cohíba, en busca de alguna turista o jinetera. Las cuestiones prácticas lo hacen titubear. No sabe si continuar con el trámite de reclamación que su madre le propuso para sacarlo del país, o si quedarse en La Habana, a la larga sin su hijo. Boris no guarda muy buenos recuerdos de su madre. Tampoco de su soledad, pero la prefiere. 

Hoy, por lo pronto, y antes que su padre llegue a la casa, me dice que es mejor ir acabando. El partido City contra Aston Villa casi termina. Le marcan un offside a Mario Balotelli y le anulan un gol. 

—Qué descarados —dice—, si hubiera sido Messi o Ronaldo lo habrían cantado bueno.

—Fue offside —digo. 

—No lo fue, le cantaron offside porque es negro. 

Boris se molesta y de un manotazo desenchufa el cable y apaga el televisor. Luego me mira. 

—Claro que no era offside —sentencia desafiante. Y los ojos le brincan, frenéticos, presos, como dos pájaros salvajes en una jaula sin luz.




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Teoría de la transficción - Carlos A Aguilera

Esta antología quiere mostrar la ligereza, la «borradura», el no género, el kitsch, el muñón o el self de algunos escritores. Carlos A. Aguilera




Teoría de la transficción - Carlos A. Aguilera

Teoría de la transficción

Carlos A. Aguilera

La literatura como máquina de guerra, como vampiro contractual y político, como nudo de fuerzas, no ha dejado de concebirse como escritura…”. Prólogo a la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, (Hypermedia, 2020).


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