Meditaciones “infieles” para resistir en la tarea crítica

Prólogo al libro Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre el arte cubano, de Andrés Isaac Santana (ed.).


Nelly Richard ha señalado que la modernidad es experta en multiplicar sanciones de desahucio contra lo que quiere obedecer la consigna de ruptura temporal que usa lo nuevo para despedirse (sin afectos) de lo viejo y tirar a la basura lo rezagado por la velocidad de producción de la mercancía. 

Sin embargo, la modernización verá crecer a su alrededor la incómoda vecindad de los desperdicios: “Basuras, restos, sobras, desperdicios —escribe esa crítica chilena en Residuos y metáforas—: lo que exhibe marcas de inutilidad física o deterioro vital; lo que permanece como fragmento arruinado de una totalidad desecha; lo que queda de un conjunto roto de pensamiento o existencia ya sin líneas de organicidad. Piezas inválidas de una quebrada economía de sentido que han extraído su rol o degenerado su función de servicios”. 

El resto es tanto lo que sobra cuanto lo que falta; necesitamos pensar la ausencia, también la del pensamiento crítico que, en ocasiones, no es otra cosa que la manifestación de la (lacaniana) “función del velo”. 

Si inevitablemente vamos “a la deriva” tendremos que activar lo que Glissant ha llamado pensamiento del rastro. Entregados a la tarea del bricoleur, consumando lo que Greg Ulmer calificó como post-crítica, pensando sin voluntad de sistema, pero también más allá de las operaciones vanguardistas del collage y del montaje, afrontando la dispersión con la astucia deconstructiva, parasitando lo canónico, tratando de generar diferencias o, por lo menos, eludir la atroz fenomenología del aburrimiento que, como apuntaron los situacionistas, siempre es contra-revolucionario.

Con su habitual lucidez, Zizek diagnostica, en su monumental libro En defensa de causas perdidas, una situación patológica que pretendiera adormecerse con su peculiar canción de cuna, a lo Fukuyama, del “final de las ideologías”. Traza, sin caer en lo apocalíptico, un horizonte de conservadurismo-populista que precisamente podrá auparse gracias a la miseria económica. 

Aunque pretendamos encontrar un raro placer en la ceguera, estamos empantanados en un momento absolutamente ideológico en el que la democracia está cimentada en el desánimo total. De Berlusconi a Kung Fu Panda, del marketing“buen-rollista” de Starbucks a los “sujetos tóxicos” se traza un horizonte desalentador que torna pertinente el viejo lema de Mao: “Todo bajo el cielo está en completo caos, la situación es excelente”. 

Alan Badiou todavía sostiene que el arte tiene que tener una visión de futuro y apostilla que “no siempre hay que anunciar el desastre, aunque haya razones para hacerlo”. Resulta difícil hacer promesas o incluso recordarnos “aquello de lo que somos capaces”. Si la estrategia del arte para disolverse en la vida no coincide con la transformación social radical, la reivindicación del arte sobre su compromiso político no es válida.

Cuando recordamos la defensa que hacía Foucault del arte de la existencia no podemos perder de vista que en el presente es la vida la que está okupada por el arte; así lo indicaba lúcidamente Hito Steyerl: “Hoy en día, la invasión de la vida por el arte no es la excepción, sino la regla. La autonomía artística significaba separar el arte de la zona de la rutina diaria –de la vida mundana, la intencionalidad, la utilidad, la producción y la razón instrumental- para poder distanciarse de las reglas de eficiencia y de coerción social. Pero esta área, incompletamente segregada, entonces incorporó a toda aquello con lo cual rompiera desde el principio, replanteando el viejo orden dentro de sus propios paradigmas estéticos. La incorporación de la vida dentro del arte es ahora un proyecto estético, y coincide con una general estetización de la política”. 

La famosa conclusión del texto benjaminiano La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica hace tiempo que “entró en bucle”, como si la historia se repitiera, más allá de la tragedia y la farsa en una tragicomedia paradójicamente aburrida. La culturización de los antagonismos políticos (en una tolerancia, marcusianamente represiva, de los llamados “modos de vida”), unida a la curatización (declamatoria) del “radicalismo” ha llevado a un tedioso “ombliguismo estético”. 

En una ponencia que realizó en 1997, Susan Buck-Morss advirtió que el mundillo del arte cierra filas en torno a sus engendros mediáticos: “Los teóricos críticos legitiman a los artistas, quienes a su vez legitiman a los teóricos produciendo una tradición de arte político bastante satisfecha de mantenerse como “arte”, una subcategoría de la historia del arte”. 

Puede sonar exagerada la idea de que hacer arte político puede ser equivalente a pintar bodegones o marinas en el siglo XIX, lo que no parece incierto es que existe una cierta tendencia hacia el internacionalismo corporativo globalizado, esto es, ciertas modulaciones del arte contemporáneo con intenciones críticas se han transformado en instancia proveedoras de contenidos y, como advierte Martha Rosler, “las opiniones políticas, cuando son expresadas, pueden convertirse en tropos manieristas”. 

Tal vez cuando se ha articulado el “nuevo espíritu del capitalismo” sobre la crítica artística (tesis sostenida por Luc Boltanski y Ève Chiapello) y la “gramática de la multitud” ha terminado por generar un virtuosismo computacionalmente bunkerizado, sea necesario recuperar la crítica como un arte de no ser gobernado de esa forma y a ese precio. “La crítica será —apunta Foucault— el arte de la inservidumbre voluntaria, de la indocilidad reflexiva”. 

En el juego de la política de la verdad se trata de romper las ataduras, poner en acto la de-sujeción, en una palabra: resistir. No puedo dejar de pensar en el ejercicio de la resistencia como elemento vertebral de la práctica artística y el despliegue de la teoría en la cultura cubana. 

Fernando Ortiz señaló, en su referencial libro Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, que el vocablo transculturación es crucial para entender la evolución del pueblo cubano, “así en lo económico, como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida”.

Conocida es su definición de la cultura cubana como un ajiaco, contundente “síntesis”, sabrosa integración de lo diverso que, como apuntara Peter Burke, es una de pioneras apariciones de la (inflacionaria) noción de hibridismo cultural.Dialogando con esos planteamientos y con lo del antropólogo soviético Yulian V. Bromley, advirtió Gerardo Mosquera que el mestizaje es una mixación etnogenética, “una mezcla generadora de nuevos etnos, de otra cultura diferente dueña de trazos propios que en parte son el resultado de una interacción o una síntesis de aquéllos de las culturas mezcladas”. 

La “desobediencia descolonial” ha venido a plantear una suerte de desbordamiento de la estética (anclada, en buena medida, en la metafísica de la modernidad occidental) para generar una nueva teoría de la sensibilidad, una aesthesis que suture las violentas heridas generadas por el paradigma (humanista-eurocéntrico-machista) hegemónico. En el epílogo del volumen Sentir y pensar la descolonialidad (una antología de textos escritos entre 1999 y 2014), Walter Mignolo advierte que no se está produciendo el fin de la civilización occidental, pero “sí es el fin del proyecto inacabado de la modernidad, relato ficticio y salvacionista de la civilización occidental y, por lo tanto, de su hegemonía”. 

Junto a los procesos de desoccidentalización y descolonialidad, Mignolo encuentra “señales positivas” en Europa como serían el surgimiento de Syriza en Grecia y Podemos en España, proyectos surgidos de la politización de la sociedad, esto es, de una insurrección de los cuerpos y una revuelta de los afectos frente a la ideología de la neutralización post-histórica. Lo más triste es que apenas cinco años después tenemos que certificar el colapso de esa marea de indignación, transformada la “nueva política” en casta partitocrática o devenida residual precisamente cuando asistimos al ascenso (global) de la derecha “fascistizante” que saca partido de la viralización de la post-verdad.  


Librería

Lenguaje Sucio (Andrés Isaac Santana)

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Para muchos de los que sufren “la melancolía de izquierdas”, sin duda, la experiencia cubana ha sido decisiva, ya sea para cobrar conciencia de la “excepcionalidad” cuanto para atravesar el paisaje de la ruina de lo utópico. Como señalara Julien Gracq, cada una de las imágenes que despliega todo viaje iniciático remite enigmáticamente a un encuentro prefigurado que ellas hacen sentir y que las rematará. 

Me permito introducir mi vivencia del primer viaje a Cuba que hice bajo el signo de Lezama Lima, reconstruyendo el rastro epistolar de María Zambrano, en una década de los ochenta que fue, en el terreno de las artes plásticas, verdaderamente prodigiosaEn el texto de introducción que escribió Kevin Power para el volumen Pensamiento crítico en el nuevo arte latinoamericano apuntó que “tal vez resulte casi forzoso que haya una cierta preponderancia de críticos cubanos dada la profundidad y amplitud de su pensamiento crítico desde los años ochenta, aunque no todos ellos escriben, al menos actualmente, acerca del arte cubano”. 

Si llegué a La Habana hechizado con el toko no ma lezaminano, regresé fascinado por la dinámica de los artistas visuales. José Martí señaló que el viaje humano consiste en llegar al país que llevamos descrito en nuestro interior “y que una voz constante nos promete”. Desde hace treinta años no dejo de leer los procesos del arte cubano, viajando a la isla, dialogando con algunos de los artistas y teóricos de ese contexto, escribiendo sobre aquello que me tocamostrando, cuando corresponde, mi disidencia. 

Recuerdo, todavía, la impresión que me produjo Las metáforas del templo, comisariada por Carlos Garaicoa y Esterio Segura en 1993, una fecha que sirve de punto de partida para la imponente antología de textos de crítica sobre el arte cubano que Andrés Isaac Santana tituló, con su osadía característica, Nosotros, los más infieles

Ese volumen de 932 página, publicado en el 2007 por el CENDEAC (Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo ubicado en Murcia) es, sin ningún género de dudas, referencial, una obra mayúscula en la que se compilan textos, entre otros, de Gerardo Mosquera, Lupe Álvarez, Osvaldo Sánchez, Antonio Zaya, Kevin Power, Cuauhtémoc Medina, Janet BatetSuset SánchezMagaly Espinosa, Wendy Navarro, Nelson Herrera Ysla, Iván de la Nuez o Eugenio Valdés Figueroa. 

No exagero cuando pienso en este libro como una verdadera enciclopedia del arte cubano contemporáneo, un volumen en el que hay una cantidad extraordinaria de materiales críticos, pero, sobre todo, unas páginas plagadas de brillantez hermenéuticacon perspectivas múltiples, dando voz al conflicto, respetando las posiciones discrepantes sin intentar neutralizarlas ni caer en la más burda “tolerancia”. 

Andrés Isaac Santana dejaba en el aire la pregunta de qué es la infidelidad y quiénes son los que deben ser “estigmatizados” como infieles. La última frase de su intenso prólogo es toda una declaración de principios: “Bailar en la cuerda floja, a riesgo y cuenta del descalabro, ha sido siempre más excitante que el trasiego aburrido y estéril sobre el asfalto”.

Es obvio que a Andrés Isaac Santana le gusta el mambo y que no está dispuesto a dejar de exhibir su condición de “figurín” del bailoteo o del equilibrismo sin red. Vuelve a la carga y, además, lo hace con todoPor si fuera poco (siendo como es lo máximo en términos de condensación y expansión crítica) el tomazo de “los más infieles”, ahora nos regala Lenguaje sucio

Es cierto que han pasado muchas cosas desde 2007, entre otras: la crisis del turbocapitalismo-financiero que llevó a la imposición del neoliberalismo por medio de políticas de “austericidad”, los movimientos de indignación social que arrancaron en la Primavera Árabe y, tras germinar en las plazas españolas, consiguieron enorme visibilidad mediática en la dinámica occupy, la continuación aberrante de la llamada “guerra contra el terrorismo” desplegada por el régimen imperial que avivó la rabia del fundamentalismo y, como “efecto colateral”, las dramáticas diásporas que chocaron contra el muro de la xenofobia europea, la reestructuración de la geopolítica global con la turbulencia provocada por el modelo chino (en muchos sentidos “neo-esclavista”), el empantanamiento o hasta putrefacción de los sistemas “bolivarianos” y la pavorosa emergencia de la derecha i-liberal que tiene como principal y exponente al peligroso payaso de Donald Trump. 

Evidentemente desde la perspectiva cubana los acontecimientos cruciales de este último lustro han sido la muerte de Fidel y el “restablecimiento” de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos firmado por Raúl Castro y Barack Obama el 17 de diciembre del 2014, aunque tres años después Trump volvió a tocar los tambores del embargo. Sabemos que la “globalización imaginada” (término acuñado por Néstor García Canclini) está sostenida por la turistificación y que Cuba mantiene y amplía su “exotismo” como destino de múltiples placeres (sin dejar de generar inmensas perplejidades). 

Todo prácticamente se ha trastocado desde aquel año de 1992 en el que René Francisco organizó un taller abierto al debate y a la recuperación de la memoria inmediata; algunos incluso sentirán nostalgia de lo que Tonel llamó el “ISAcentrismo de los ochenta”, cuando sucesivas oleadas migratorias han marcado a los creadores y a los teóricos cubanos. Aquella sección de la “entrada al laberinto” que, literalmente, abría Nosotros los más infieles puede seguir gravitando sobre la complejidad (enmarañada y espléndida, velada y rebelde, crítica y hasta “contemporizadora”) de la escena cubana (dentro y fuera de la isla).

En hermoso prólogo que escribiera Rufo Caballero (maestro inolvidable para Andrés Isaac Santana, que no ha dejado nunca de cantar la excelencias de la prosa de ese pensador de las artes) para Nosotros los más infieles, se comienza recordando aquella funesta declaración del “que se vaya la escoria, los delincuentes, los homosexuales” para inmediatamente afirmar que “los más infieles somos esos que renunciamos un día al salario dócil, al pensamiento uniforme que así como proclama sus ofrendas y su bondad, te entra a pedradas al menor disenso. 

Los más infieles somos los atrevidos capaces de pensar con cabeza propia, quienes no hacemos coro a la retórica y la consigna”. Hablando de un contexto cultural, Rufo Caballero estaba también retratando la honestidad crítica de Andrés Isaac Santana y rindiendo homenaje a su tenaz voluntad de sistematizar los elementos desordenados de la trama crítica en torno al arte cubano. 

Si ese libro del 2007 tenía “el peso de un mundo” y, como afirmaba con determinación Rufo, dibujaba un mapa sociocultural de máximo rigor, Lenguaje sucio revela que el pensamiento rebelde puede seguir latiendo en los anudamientos y (des)encuentros del arte cubano tensado en las paradojas de la globalización. Un segundo tomo, fastuosamente (des)proporcionado pero, al mismo tiempo, perfectamente articulado, de ensayos en el que vuelven a aparecer la voz de los seniors que marcaron las pautas en los ochenta, los tonos diversos de la crítica que lidió con la obsolescencia del posmodernismo y las nuevas figuras de la crítica que tienen que bregar con esa precariedad milennial que en el caso cubano no es mera retórica tardo-hipster. 

Frente al lema de la Real Academia de la Lengua Español (limpia, fija y da esplendor), Andrés Isaac Santana propone un Lenguaje sucio, en buena medida gozosamente anti-académico que podría tener la misión antagónica: (en)sucia, (con)mueve y (re)vela.

Uno de los tres personajes centrales de Paradiso, la cima del “barroquismo” lezamiano, se llama Fronesis y encarna el arquetipo de la plenitud. Conviene recordar que, para Aristóteles, la fronesis es la comprensión de las disyuntivas éticas propia de la vida guiada por la prudencia que sabe distinguir y adoptar el “justo medio” que, en el caso del coraje, se sitúa entre la temeridad y la cobardía. Esa mediocridad (la astuta “equidistancia” que intenta camuflarse cuando es preciso dar la cara) es algo que no encaja en las pulsiones de Andrés Isaac Santana, “extremista” vocacional, apasionado (acaso encarnando uno de los rasgos de la crítica baudeleriana) hasta el delirio y ajeno a las “capillas” que exigen servidumbres abyectas. 

Ya apunté en otra ocasión que Andrés Isaac Santana es un crítico modélico sin dejar nunca de ser (jovialmente) belicoso. Entrega todo, no exagero, en sus textos, manteniendo una confianza casi delirante en el poder de la escritura. Sin duda, consigue ese placer del texto que requiere, como advirtiera Barthes, tanto saber como sabor. Se habla inercialmente desde hace décadas de la muerte de la crítica (funerales patéticos que acaso sean por el cadáver equivocado), pero tengo la certeza de que mientras haya escritores tan intensos como Andrés no necesitaremos de las plañideras. Sabe sobradamente que lo suyo es una práctica del exceso.

Estoy convencido de que Andrés Isaac Santana ha realizado ese doble e inverosímil esfuerzo de compilar y estructurar los materiales decisivos de la crítica de arte cubano, tanto en el ya “canónico” Nosotros los más infieles como en este renovado y vigoroso Lenguaje sucio, por tres razones: su decisión de no desvincularse nunca de lo que acontece en Cuba, su pasión por el pensamiento crítico y su aproximación sensual a las imágenes. 

He podido seguir, a través del muro de Facebook de Andrés Isaac, el frenético proceso de recolección de los textos de este nuevo volumen y, sobre todo, me admiraba asistir a los efectos inequívocamente placenteros que encontraba en cada hallazgo. Durante semanas no dejaba de anotar que un nuevo ensayo aparecía, celebrando el pensamiento crítico ajeno (algo por cierto desacostumbrado en el ámbito cultural donde predomina el “ombliguismo” y la ausencia de respeto a lo que hacen los demás), reclamando imperiosamente y de forma simpática aquel texto que deseaba leer. 

Andrés Isaac Santana necesitaba hacer este libro, quería volver a realizar una aportación en la que se hiciera presente el pulso vital del arte y del pensamiento cubano. Este crítico que, desde las calles de Madrid que desde hace años ya son también las suyas, no deja de pensar en las hermosas luces y sombras de La Habana, bendecido desde la Isla por el amor infinito de su madre, mantiene una desaforada pasión por la escritura y se entrega con arrebato total (a pesar de todo, aunque el tiempo deja heridas y la distancia sea enorme) a las imágenes.

Georges Didi Hubermann advierte que la imagen es otra cosa que un simple corte practicado en el mundo de los aspectos visibles, es una huella, un rastro, una traza visual del tiempo que quiso tocar, pero también de otras temporalidades suplementarias (en un arco tensado entre lo anacrónico y lo heterogéneo, la sincronía y la intempestividad) que no pueden ser fácilmente rememorados: “Es ceniza —apunta lúcidamente el pensador francés— mezclada de varios braseros, más o menos caliente.

En esto, pues, la imagen arde. Arde con lo real al que, en un momento dado, se ha acercado (como se dice, en los juegos de adivinanzas, “caliente” cuando “uno se acerca al objeto escondido”). Arde por el deseo que la anima, por la intencionalidad que la estructura, por la enunciación, incluso la urgencia que manifiesta (como se dice “ardo de amor por vos” o “me consume la impaciencia”). 

Arde por la destrucción, por el incendio que casi la pulveriza, del que ha escapado y cuyo archivo y posible imaginación es, por consiguiente, capaz de ofrecer hoy. Arde por el resplandor, es decir por la posibilidad visual abierta por su misma consumación: verdad valiosa pero pasajera, puesto que está destinada a apagarse (como la vela que nos alumbra pero que al arder se destruye a sí misma). 

Arde por su intempestivo movimiento, incapaz como es de detenerse en el camino (como se dice “quemar etapas”), capaz como es de bifurcar siempre, de irse bruscamente a otra parte (como se dice “quemar la cortesía”; despedirse a la francesa). Arde por su audacia, cuando hace que todo retroceso, que toda retirada sean imposibles (como se dice “quemar las naves”). 

Arde por el dolor del que proviene y que procura a todo aquel que se toma tiempo para que le importe. Finalmente, la imagen arde por la memoria, es decir que todavía arde, cuando ya no es más que ceniza: una forma de decir su esencial vocación por la supervivencia, a pesar de todo. Pero, para saberlo, para sentirlo, hay que atravesarse, hay que acercar el rostro a la ceniza. Y soplar suavemente para que la brasa, debajo, vuelva a emitir su calor, su resplandor, su peligro. Como si, de la imagen gris, se elevara una voz: “¿No ves que ardo?”. Andrés Isaac Santana seguramente actuaría igual que Jean Cocteau cuando dijo que si su casa estuviera en llamas lo que salvaría sería el fuego. A pesar de que en Cuba se mantenga la “excepcionalidad” y una artista como Tania Bruguera tenga que leer, recluida en su casa, Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, hay que persistir y resistir en la tarea críticaMe ronda algo de aquel “orgullo melancólico” que Lezama Lima pensara en relación con el “regreso del destierro”; buscando el tronco enraizado en La Habana, repensando mi vínculo “extranjero” a la postre, aunque cómplice de tantas infidelidades cubanas, he sentido que los dos imponentes libros que ha compilado Andrés Isaac Santana son un regalo (envenenado y astuto como lo fuera el Caballo de Troya) y un fármaco, una invitación a mantener, por medio del arte y la crítica, la dignidad pero también para seguir pensando que las cosas podrían ser de otra manera. Crítica pese a todo.




Andrés Isaac Santana: Acerca de lo dócil y lo inservible

Acerca de lo dócil y lo inservible

Andrés Isaac Santana

Si te dicen que te quiero, eso no lo dije yo. La evidencia de tal afirmación es precisamente este libro, Lenguaje sucio (narraciones críticas sobre el arte cubano), en el que trabajé durante tres intensos meses como un auténtico lunático o un porno-voyeur de los textos y las escrituras de los otros.


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