El atleta que surgió del frío

En la época posterior a la caída del Muro de Berlín, el mundo parece entrar en un estado de competencia atlética de insólitas consecuencias. Semejante Big Bang ha sido capaz de cambiar los contornos y la geografía misma, así como sus diversas escalas. 

Si hablo de “competencia atlética” no es por utilizar una metáfora gratuita. Es porque las imágenes provenientes de la esfera del deporte son muy sintomáticas para aproximarnos a reformular el mundo. Quizá porque el deporte recupera, en la época posterior a la guerra fría, algo de lo que Clausewitz le adivinó a la política: es la continuación de la guerra por otros medios. Quizá porque expresa un resquicio de los viejos conflictos; pero también, y sobre todo, porque a través del deporte se aprecian con facilidad las nuevas disposiciones de la geografía global. 

Lo cierto es que hay pocos aspectos tan evidentes para fortalecer viejas pulsiones imperiales o, por el contrario, derrotar imperios. Para corroborar mitologías —estilo David contra Goliat como ocurre entre Cuba y Estados Unidos— o afianzar el imaginario colectivo de las nuevas patrias —las diferentes selecciones nacionales de los Balcanes o del antiguo imperio soviético—; así como para la reivindicación del retorno de la grandeza —el caso de la Alemania unificada. 

La trayectoria ejecutada por el famoso saltador de pértiga Serguei Bubka se nos vuelve una parábola —y nunca mejor dicho— de estos acontecimientos. Desde 1989 hasta hoy, Bubka se ha vestido, sucesivamente, con la camiseta de la Unión Soviética (URSS), la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y, finalmente, Ucrania. Saltando de un país a otro, de una a otra demolición. Del espacio acotado, caliente, protegido (y vigilado) del hogar hasta la zona ancha y expandida del fin de las fronteras y las seguridades. 

En 1992, el atleta Jan Selezny, que representaba a Checoslovaquia, ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona. En esa misma fecha, Chequia y Eslovaquia se dividieron en dos Estados, con dos himnos, dos banderas y dos de todo lo que cabe esperar del conglomerado simbólico que suelen tener las naciones modernas. La jabalina de Selezny había recorrido un trayecto mucho más largo de lo que recogen los libros olímpicos. En realidad, cubrió el espacio que va desde el antiguo país comunista hasta el actual status de dos países capitalistas. El trayecto entre el mundo bipolar y la situación presente de multipolaridad del mundo. 

El lanzamiento del atleta recorrió un camino en cierta medida bien nutrido por el absurdo de Kafka —tal vez en Zelezny hay algo del Conde Westwest—, o por las ideas de Milan Kundera. Así, la jabalina tuvo su trayecto y su ocaso; su ascensión y su caída en la tierra del mundo real donde todo ya fue diferente, aunque el suyo no fuera, precisamente, “el drama del peso sino el de la levedad”. 

Yo me he sentido también Bubka. Y la jabalina de Zelezny: en el mismo centro de un viaje entre varios mundos. 

Pendiente aún del aterrizaje en alguna tierra de nadie.

Hay otras fábulas para compartir.

Bajo los bombardeos de la OTAN contra Serbia, Pedja Mijatovic, futbolista, entonces, del Real Madrid y originario de Montenegro, se envolvió en la bandera yugoslava y se presentó ante la embajada de Estados Unidos en España como señal de protesta. El deportista había comenzado a jugar en el mítico equipo Estrella Roja de Belgrado y luego militó —esta palabra de connotaciones comunistas es usual para hablar de pertenencias en el deporte— sucesivamente en el Valencia, Real Madrid y Fiorentina. Mientras Mijatovic cambiaba de equipo, también iba girando la geografía planetaria, y su anterior país (Yugoslavia) se convertía en cinco estados: Croacia, Bosnia, Eslovenia, Macedonia y Yugoslavia. Eso no fue todo. Poco después del simbólico gesto frente a la embajada norteamericana, Mijatovic tuvo que enfrentar la siguiente paradoja: Montenegro —el lugar de procedencia de Mijatovic— pidió formalmente su separación de Yugoslavia. 

En otra zona del conflicto, en el Caribe de la revolución cubana, un pitcher que había sido castigado dos años por presunto interés en abandonar el país, confirmó finalmente todas las sospechas. 

Consiguió huir en una balsa, fue recogido en una isla vecina y concluyó su peripecia jugando por los Yankees de Nueva York, todo un símbolo en el corazón del imperio. Al proclamarse campeón de la temporada de béisbol —la película de Hollywood está servida—, la hazaña del Duque Hernández, así llamado el atleta, fue aún mayor. Su bola recorrió un camino “más alto”, “más rápido” y “más fuerte” del esperado. Al punto de que el gobierno cubano permitió a su familia acudir a la celebración Yankee en Manhattan (con la mediación, eso sí, del obispo de Nueva York). 

Un saltador que defendió tres banderas. Un jabalinista que partió en dos a un país. Un futbolista al que se le escapan los países. Un jugador de béisbol que llegó en una balsa a la costa enemiga para triunfar allí. Símbolos de esta inundación post-Berlín en la cual la victoria paradójica de Occidente lleva implícita su propia explosión. 


Paisaje pintado con sal 

Alejado por ahora del deporte (aunque no del atletismo de Estado acuñado por Peter Sloterdijk), flota sobre mí una pregunta intensa y, acaso, inevitable: ¿existe, después del Big Bang señalado, una cultura post-Berlín? 

Puede que la respuesta no esté en la historia, sino en la geografía. 

Yo formo parte de esas huestes que en estos años —en los que han desaparecido y aparecido países—, hemos comprobado que el fin de la historia augurada por Francis Fukuyama —un crepúsculo unipolar, liberal, occidental, solaz y aburrido— basado íntegramente en los valores del Occidente cristiano, no se ha visto cumplido. Entre otras cosas porque el Muro se nos ha caído también hacia acá. Ha ocurrido una inundación hacia el oeste que provocará consecuencias culturales de tanta envergadura como la occidentalización del antiguo mundo comunista. 

Como en las utopías del Renacimiento, ahora cambiamos nuestra relación con la historia, al mismo tiempo que transformamos o anulamos nuestra conexión convencional con los antiguos espacios. Y también puede ocurrir, llegado el caso, que los antiguos países emerjan en el territorio enemigo. 

Es lo que sucede en Paisaje pintado con té, la novela de Milorad Pàvic. En ella hay un protagonista, arquitecto y yugoslavo, que se propone construir en el corazón de Estados Unidos el palacio del mariscal Tito. Pàvic, escritor serbio, profesor de iconografía, experto en la cultura de Bizancio, y a quien le debemos, entre otros, libros como Diccionario jázaro, lleva la metáfora de la invención de las naciones hasta el mismísimo modelo —el american way of life— que aparecía en el horizonte para destruir esa ficción. Yugoslavia ha dejado de existir pero su simbología puede ser reproducida en el imperio enemigo que la sustituyó. Desapareció del lugar anterior pero reaparece después como arquitectura, como obra de arte, en el mismo centro del poder de Occidente. 

Si Komar y Melamid reconstruyen la estética stalinista en plena Nueva York, donde llegaron a emplazar cuadros gigantescos de Lenin y Stalin, el arquitecto de la novela reconstruye el palacio del Mariscal. Rehace, sin más, la idea de Yugoslavia en la misma medida que las actuales condiciones la han desmembrado, de momento, en cinco países. 

Si los estados comunistas han perdido su sitio —pese a la ambigua supervivencia de las distantes China, Cuba o Corea del Norte—, es porque su pareja de baile en la era moderna, el liberalismo, ha entrado también en una fase de declive que ya no puede maquillar con la amenaza del enemigo tras la Cortina de Hierro y de la Guerra Fría. O quizá se exhiba en ese sitio ganado por la falta de competencia, por la no presentación del adversario. Aunque todos continuaremos comprando y votando —cada vez más lo uno y cada vez menos lo otro— bajo el credo de que ya nada cambiará. 

El poscomunismo atlético antes narrado nos sitúa, además, ante unas preguntas de la mayor importancia: ¿puede haber historia después de Berlín? 

¿De qué manera activar la incorrección política en una era en que la corrección ha quedado secuestrada por la academia y la obediencia? 

¿Cómo será el mundo post-Berlín? 

¿Cómo detener las formas desnudas del avance del capitalismo en un planeta sin el contrapeso del socialismo real?

¿Cómo concederle a la democracia un sentido diferente en Occidente? ¿No será la ampliación de Occidente el prólogo de su desarticulación, al estilo del imperio romano?

Las respuestas, quizá, hay que buscarlas en la condición poscomunista de la cultura planetaria abierta hace hoy una década. Y en esas parábolas atléticas —como la del gran Bubka— que nos dicen que el mundo después de cambiar las pautas de su historia, lleva una década destruyendo, a toda prisa y con toda contundencia, el canon de su geografía. 


Entre la Patria y la Muerte 

En estas inmediaciones, se ha jugado una parte importante de mi historia. La de una gran dispersión espacial acompañada por una pequeña renuncia nacional. No es que no tenga memoria de los años que pasé en la Habana, pero no encuentro motivos para albergar una nostalgia fundamental por ellos. Entre otras cosas porque mi memoria —vital, erótica, intelectual— está hoy extendida y extraviada en un pasadizo sin nombre de Managua, en un encuentro aleccionador a orillas del Mississipi, en ciertos itinerarios nocturnos de Miami Beach, en un barco durante una extraña madrugada de Acapulco, en casi todos los bares de Barcelona y en entrañables aunque un tanto decadentes antros de Madrid. 

Conozco con cierta profundidad la intensidad cubana. También viví en la Habana días muy fuertes con sus correspondientes jornadas nocturnas. Y todavía hoy me divierte mi antigua afición a coleccionar titulares absurdos, abandonados junto a mis libros, mi música, mi perro o mis padres. 

También yo supe de noticias deportivas con titulares filosóficos: 

“Sócrates dice que no tiene problemas en venir a Cuba”. 

Anuncios de alimentación que sí parecían del orden deportivo: 

“Pollo Piloto vence viernes”. 

Reportes de guerra —en este caso de la creación de trincheras en toda La Habana— que nos remitían a la faceta gourmet del Máximo Líder: 

“Comandante, no tenga ninguna duda: convertiremos la Habana en un inmenso queso gruyère”. 

Así como un anuncio de carpintería que nos colocaba ante un futuro temible: 

“Se venden corrales para niños cuadrados”. 

Todo ello me colocó en un tránsito caótico mediante el cual fui dejando de ser un hijo de la Utopía para convertirme en algo así como un hermano de la Atlántida. 

Yo dibujo este mapa de sal para desatar igualmente la posibilidad de la extrañeza, la multiplicidad, la diferencia y las salidas alternativas; tanto frente a los fundamentalismos del comunismo vencido, como en contra de la globalización pletórica de la victoria. 

Por eso es imprescindible que este mapa de sal sea apátrida. Aunque cargue por ello con todas las descalificaciones con que los dogmatismos han teñido este concepto. No nos llamemos a engaño, por debajo de la imagen tópica y turística de una cultura ataviada con los disfraces del carnaval, suele ocultarse una impenitente disposición a los extremos y, por qué no decirlo, a la necrofilia misma. 

En el primer caso, están los polos de una cultura que se precia de tener un Máximo Líder (los otros son mínimos), un Líder del Mundo Libre (el resto forma parte del mundo cautivo), así como una vasta nobleza, plagada de monarcas como la Reina de la Salsa o, ya desfilando por la Calle Ocho de Miami, el Rey de la Pizza, el Rey del Ponche y el Rey de la Frita. 

En cuanto a la necrofilia, siempre una definición similar en toda la historia de la Nación: o el Proyecto o la Muerte. No se trata ya, aunque no podemos obviarlas, de las metáforas extremas de la insularidad: la Utopia o la Atlántida, la libertad o la cautividad, el florecimiento o el hundimiento. Se trata de eslóganes de una innegable continuidad: 

“Independencia o Muerte”. “Patria o Muerte”. “Socialismo o Muerte”. 

El Himno Nacional de Cuba concluye con un rotundo “Morir por la Patria es vivir”. Esto ha tenido las respuestas de dos poetas. Uno en Cuba. Otro en el exilio. El primero, Ramón Fernández-Larrea, escribió en los años 80: 

Morir por la Patria no es vivir
es morir por la patria.

Gustavo Pérez-Firmat, por su parte, acotó lo siguiente desde Carolina del Norte: 

Bayameses, tengo noticias para ustedes
Vivir sin la Patria es también vivir.

Si esto pareciera herético debería recordar que estos poemas se inscriben en una tradición de sospecha ante el Himno Nacional por la que ya transitó Nicolás Guillén —nada menos que el Poeta Nacional—, en la duda que una vez nos legó: 

Al combate corred Bayameses
¿Y por qué no corramos?

Me he preguntado esto algunas veces.

Anegar el mundo (y a negar el mundo), ha sido mi lema favorito para entrar en la era global.

Esta anegación es, al mismo tiempo, una anegación de tinta.

Escritura y diáspora son dos estatutos obligados a vivir una enemistad indisociable: la diáspora te abre la posibilidad de habitar un mundo que antes fue solo leído. Y al revés: el mundo anteriormente vivido ya es solo escritura, noticias del diario, webs en la red, cartas —en una palabra: texto. 

Hay también otra posibilidad, literatura y diáspora son aspectos prácticamente contrarios: las dificultades de un exilio a menudo no dejan posibilidad de escribir, y pronto se nos presenta la cruda realidad, muy distinta al viaje de regreso y a lo que atisbó Maurice Blanchot al leer la Odisea. Es decir, hay que dejar de ser el Homero que uno fue para convertirse en el Ulises que puede llegar a ser. Cambiar la escritura por la navegación, sordera ficticia ante los cantos de sirena, y la siempre patente (y patética) posibilidad de regresar a un lugar que no existe.

Yo navego en esas dislocaciones en las que quizá ya solo nos sea posible una poética de la experiencia. Una mínima moral por la que replantearse nuestra relación con el mundo, la sociedad, la historia y la naturaleza desde los retos que impone un presente que nos ha colocado en la intemperie, acaso la más extraña y libre de las patrias. 

Harold Bloom ha insistido —hasta su último libro publicado— en que Shakespeare es el inventor de lo humano. Y quizá tenga razón, dado que la escala de la condición de sus personajes es, todavía, tan humana como sus móviles: la ambición, la envidia, los celos, la traición, el honor. Mi situación es, sin embargo, kafkiana, con todos los items de una condición que bien podríamos llamar posthumana: desplazamiento, extranjería, desarraigo, soledad, exclusión, multiplicidad, renuncia, silencio. 

En Shakespeare los personajes sabían sus culpas, estaban atormentados por sus pasiones, guardaban una relación directa con su destino, por terrible que este fuera. Kafka, en cambio, nos presenta unos individuos que desconocen sus culpas, cuyos destinos no pueden gobernar, con unas contradicciones que están siempre causadas por fuerzas que los desbordan. Da lo mismo que provengan de un ente misterioso que controla las vidas, de ciudades en las que desaparece la escala humana, o de oficinas donde se aniquila toda posibilidad vital. 

De ahí que la extranjería de Kafka no se deba a un mero asunto de pasaporte —el judío de Praga que escribía en alemán, poseedor de un idioma sin país y de un país sin idioma. Kafka, más que un idioma, es un acento, una disonancia en medio de la normalidad de la cultura moderna que nos desarma, con su escritura, todo aquello en lo que las redes imaginarias de la burocracia nos han comprometido: las estrecheces de las patrias y las formas comarcales de entender la cultura, la enajenación de la modernidad, los deberes fiscales, los himnos diversos. 

Frente a semejante diagnóstico, Kafka experimenta un antídoto. Como en las matrioshkas rusas, en las que siempre queda una pieza por abrir, en Kafka hay siempre una fuga por emprender. Todo lo que no sea esa fuga, significa sucumbir a los problemas del mundo industrial; en medio de una sociedad que nos bestializa o nos maquiniza, que nos hace vivir una “humanidad” que no es la nuestra y compartir aquello que no nos pertenece. 

“Todo hombre lleva dentro una habitación”. 

Desde esa habitación Kafka supo imaginarnos personajes extraños: un individuo que guarda cinco escopetas para sus convecinos, un muchacho que hereda un gato y por eso ha llegado a alcalde de Londres, un Sancho Panza libre, un Quijote suicida, unas sirenas silentes, un conde llamado Westwest, unas aldeas que no toleran huéspedes. 

Si ser proustiano es todavía sublime, ser kafkiano, sin embargo, es algo que, junto a ser dantesco o maquiavélico, todavía provoca algún estremecimiento. 

Sin embargo, ser kafkiano es, tal vez, una de las pocas posibilidades de abrir algunas ventanas a nuestro presente. De negar el mundo (y anegar el mundo) para sobrevivir después de la inundación. Y para aprender a nombrar las cosas, como un cartógrafo de la intemperie, del mismo modo que hubo que nombrarlas después del aguacero descomunal en Macondo. 


* Del libro Teoría de la transficción: Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI
(Editorial Hypermedia, 2020), compilación de Carlos A. Aguilera.




Librería

Teoría de la transficción - Carlos A Aguilera

Esta antología quiere mostrar la ligereza, la «borradura», el no género, el kitsch, el muñón o el self de algunos escritores. Carlos A. Aguilera




Teoría de la transficción - Carlos A. Aguilera

Teoría de la transficción

Carlos A. Aguilera

La literatura como máquina de guerra, como vampiro contractual y político, como nudo de fuerzas, no ha dejado de concebirse como escritura…”. Prólogo a la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, (Hypermedia, 2020).


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