Santa Castro


Dicen que expulsó a la religión del país, pero no es cierto. Solamente expulsó a los religiosos del templo, de donde no querían salir a ver las miserias espirituales de la nación. De hecho, fue él quien reintrodujo la religión a una isla saturada de ateos y supersticiosos.
 
En las Navidades de 1959, cuando todavía la Revolución Cubana no cumplía ni un año, el profeta de verde olivo se personó en los límites luciferinos de la patria. Allí, donde ningún tirano antes se había asomado, ni antes ni después de 1902. En pleno pantano perverso de la Ciénaga de Zapata.
 
Tal como alguna vez los afroamericanos fueron representados como niños por la cultura blanca occidental ―mitad salvajes y mitad asexuados―, así mismo Fidel Castro quiso rodearse de esa inocencia utópica inicial. De forma que se sentó a comer su Primera Cena navideña junto a los carboneros cubanos. Es decir, se rodeó de campesinos sin dientes, los que durante décadas habían sido maquillados por la barbarie de su blackface laboral.
 
Mujeres y hombres lo amaron por igual, a Fidel. Niños y ancianos lloraron ante su estampa de patricio protector del plebeyariado. Y no estoy haciendo hagiografía irónica, sino historia factual. 
 
Fue, fumó, fascinó.
 
En las canturías de medianoche se improvisaron coplas y décimas al patriarca natal, caído sin paracaídas del poder viracocha que por entonces recién se incubaba en la capital. Fidel era ese ogro verbal con quien la masa por primera vez podía identificarse. 
 
Ya tenemos carretera,
gracias a Dios y a Fidel.
Ya no muere la mujer
de parto por donde quiera.
 
Nadie nunca había venido antes a bendecirlos desde La Habana. Antes de Castro, al Cristo secuestrado en las iglesias republicanas le daba coriza la peste a pobre del metano rural. 
 
Tampoco nunca nadie había desembarcado antes en la encharcada península, portando armas largas que ya no apuntaban al paria, ni aún habían fusilado al primer contrarrevolucionario de entre los cienagueros, esa raza de piel canaria camuflada bajo el hollín natural.
 
Con tu valor sin igual,
gracias, Fidel comandante,
tú fuiste quién nos libraste
de aquel látigo infernal.
 
Fidel comió con cojones de 24 para 25. Ante semejante voracidad de varón, todas las mujeres se lo querían singar, bajo el cuarto creciente de una luna villareña que a la postre terminaría siendo matancera. Sus respectivos maridos con gusto hasta hubieran servido de comadrones. Y digo todo lo anterior con amor de alma. Hubo esa Nochebuena en familia una auténtica comunión de humedal.
 
Entonces, como en un rapto que ni él mismo esperaba de él, Fidel Castro concibió su plan maestro para hundir en el lodo eterno a todo cubano que se opusiera a aquel espíritu excepcional de prístina paz. Al premier se le puso la mirada vidriosa, en éxtasis. Lejos, muy lejos. Mucho más lejos que el horizonte reformagrárico de aquel viernes 25 de juventud. Su mente habitaba ya en el futuro. Es posible que habitara, también, más allá de otro viernes 25 de eternidad.
 
Ante la visión apocalíptica de las tembladeras convertidas en ternura, en un nicho no tan bucólico como bélico, entre mosquitos como helicópteros y cocodrilos como acorazados, esa madrugada de 1959 fue una de las pocas veces en su longeva biografía que el comandante en jefe sólo oía y oía, dejando hablar y hablar a los demás.
 
Ese 25, entre los bostezos boreales de las 6 y 6 de la mañana, Fidel bautizaba en su mente macabra a una brigada imaginaria llamada 25-06. No en la Guatemala continental, sino en el Girón peninsular. 
 
Ese sería uno de sus más atroces autorregalos de Navidad. Hasta que, una década exacta después, Fidel concibiera el milagro de celebrar las navidades en verano, en otros 25 en vísperas del 26 de julio.





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Los tigres y el niño

Orlando Luis Pardo Lazo

Fidel Castro le dijo a Marita Lorenz, sin el más mínimo atisbo de pedofilia: A mí no me va a pasar como al tigre ese. A mí nunca nadie me va a enjaular.





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