La paila del exilio

Hialeah amaneció bajo neblina. Un manto blanco se posaba sobre el matorral del fondo de la casa. Las ramas de los árboles más altos, que sobresalían, parecían ahogarse a medida que la niebla ascendía. Máximo se acordó, mirando la mañana, de las películas de terror que veía cuando muchacho, filmadas en las penumbras de calles londinenses.

Después de jugar un rato con el perro, entró a la cocina y cerró con cuidado la puerta del patio. Se sirvió una taza de café y mientras la tomaba, se acercó a la puerta del cuarto y miró de reojo a su mujer y su hijo que dormían envueltos entre las sábanas. Un cuadro que adornaba una de las paredes estaba ladeado y pensó en que más tarde lo iba a arreglar. Le daba carcomilla que un cuadro no se viera correctamente desde cualquier ángulo que lo mirara. Luego fue y colocó la taza vacía en el fregadero y, no muy entusiasmado, salió a desenganchar el bote del carro y darle manguera al motor para quitarle el salitre.

En realidad no estaba muy animado a trabajar, pero el bote obstruía la mitad de la acera. Por vagancia no lo había hecho la noche anterior y ahora se arrepentía profundamente. Aunque poseía seguro contra todo, lo aterraba la idea de que alguien tropezara con aquel bote atravesado. Nunca se sabe cómo terminan esos litigios. Los cazadores de demandas andaban sueltos por toda la ciudad esperando una oportunidad. Desde su llegada a Miami, la palabra demanda se le quedó grabada en la mente como una enfermedad contagiosa. Los casos eran increíbles: hombres que se dejaban caer por una escalera y luego declaraban que esta carecía de seguridad. Un buen abogado establecía más tarde una demanda legal contra el edificio o el centro comercial, atestiguando que a la baranda le faltaba un tornillo o escaseaba la iluminación por un bombillo fundido que no se había reemplazado por dejadez y negligencia. Hay abogados lumbreras para estos casos en los que de todo el juego salen con un cuarenta por ciento o más de la compensación que recibe la víctima. Supo de un caso en particular, que lo decidió a comprar buenos seguros. Un conocido suyo, aprovechando una escapada del perro de su vecino, lo cuqueó hasta que este por poco lo desguaza a mordidas. Lo había calculado todo para hacerse de unos pesos. La idea se le ocurrió cuando el mismo vecino en una conversación, de portal a portal, le dejó saber que le había comprado un buen seguro a su perro por si atacaba a alguien. Máximo nunca se enteró si ganó la demanda legal que estableció, ni si recibió alguna compensación monetaria. Lo que sí supo fue que al perro se lo llevó la ciudad en un carro jaula para examinarlo, y sus dueños nunca más supieron de él.

Lo que irritaba a Máximo era que tenía que mover su bote de la acera, porque aunque pagaba seguros para no preocuparse, en el fondo lo espantaba la idea de que en el momento que le hiciera falta usar alguno de ellos, no le sirviera para nada, como le ha sucedido a muchos. Las compañías aseguradoras siempre buscan la manera de estafar a sus clientes y lo logran aunque lean mil veces el contrato antes de firmarlo. No comprendía cómo las leyes impuestas y las que aparecían de sopetón siempre favorecían a los dueños de las compañías de seguros. El seguro obligatorio establecido por la ley para los automóviles no cubría nada. A Máximo no le molestaba en lo absoluto que existieran los seguros, pero solo para que los compre el que le dé la gana, como sucede en los países civilizados. Pensaba que las compañías de seguros médicos y de todo tipo estaban controladas por un grupo de ambiciosos con poder a veces para crear, o cuando no cabildear, leyes que protegieran sus fechorías. Por eso decía a menudo, que había que dudar y mirar con mucho recelo a esas leyes que se imponen con propósitos no muy claros, porque bajo cualquier sistema representan lo mismo.

Máximo enjuagó el motor de su bote. Aunque siempre trataba de hacerlo lo mejor posible, luego por un rato vivía la incertidumbre de que adentro, en algún lugar del complicado conducto que servía para el enfriamiento del motor, quedara agua salada. El salitre tiene la facultad divina de destruir con el tiempo todo lo que se le interponga. Recordaba las vigas oxidadas y las columnas herrumbrosas de los muelles que se adentraban en las playas de Marianao, allá en La Habana, donde solía ir a bañarse todos los fines de semana cuando llegaba el verano.

Siempre le parecía poco lo que hacía por mantener su bote en buenas condiciones, sobre todo el motor, sabía que esos motores fuera de borda se echaban a perder muy rápido si no se les daba el mantenimiento adecuado. Y aquel artefacto, capaz de flotar, capaz de navegar, era su salvación. Lo liberaba, por un rato, del bullicio y la rutina de la ciudad. Desde muy temprana edad los botes estuvieron muy unidos a su vida y siempre con la esperanza de la salvación a bordo. Cuántas veces no soñó con un bote como aquel, que ya era delirar más que soñar, cuando perdía su mirada en la oscuridad sentado en el muro del malecón en La Habana, bajo la noche. ¿Qué habrá más allá?, se preguntaba hasta enloquecer. Alucinaba horas y horas. En su imaginación asaltaba botes pesqueros que veía relampaguear a lo lejos y que sumergidos en la oscuridad se daban el lujo de violar el horizonte. Su deseo de huir, en una rara confusión, lo hacía odiar y envidiar a aquellos pescadores. Con solo poner proa al norte estaban a salvo. Sin embargo, él se babeaba sobre las rocas añorando una brújula, un bote de remos o un milagro. Le pedía a Dios que de pronto saliera a flote frente a él, como por arte de magia, un minisubmarino que se lo llevara de allí. Pero nada, volvía a su casa con dolores de cabeza, hambriento e impotente, dejando en el mar, una vez más, la tragedia de su existencia flotando sobre las olas.

Su contacto con el pasado en Cuba lo sacudía a diario, no era sorprendente que durmiendo tuviera que enfrentarse a uno de sus sueños. Aquel sueño que de pronto surgía de las sombras y venía bufando hasta cubrirlo. Se veía en una larga cola frente a un establecimiento, sin tener la menor idea de lo que esperaba. En silencio, amontonados, miles de hombres y mujeres ojerosos y entumidos compartían aquella agonía. Una larga cola inmóvil de la que no podía separarse, esperando su turno sin saber para qué. Allí pasaba horas y horas, unas veces bajo la lluvia, otras bajo un sol sofocante o bajo un enjambre de mosquitos. Después un murmullo comenzaba a crecer hasta convertirse en un estruendo, en el que ya casi con los ojos abiertos, sudoroso y sobresaltado, alguien que surgía como de la nada, le gritaba al oído: se acabó la pizza. Era un sueño deprimente. Lo dejaba extenuado toda la mañana, como si de verdad hubiese pasado la noche sentado en aquel quicio esperando estoicamente. Otras veces soñaba que se pasaba horas y horas bajo un árbol amarillento comiendo almendras. Pero últimamente su preocupación era un elefante que se aparecía en su cuarto a medianoche y se tiraba a dormir a los pies de la cama.

Máximo le pasó un paño a su motor para secarlo, suavemente frotaba dos y tres veces sobre un mismo sitio como si lo acariciara. Confiaba en su Mercury fuera de borda, de 175 caballos de fuerza, que no lo había hecho pasar nunca un mal rato en alta mar.

El sol se levantaba con mucha actitud, sin duda iba a ser un día esplendoroso, de esos en los que la luz, en complicidad con las paredes y techos blancos de la ciudad, te impide mirar a algunos sitios. El resplandor de Miami molesta, por eso la venta de espejuelos oscuros es siempre un buen negocio.

La vieja de enfrente a su casa regaba las plantas. Era obsesión lo de esa mujer con el jardín. Todos los domingos se aparecían su hija y ella con el maletero del carro lleno de matas para plantarlas, alrededor de la casa, en lo poco que le quedaba de tierra. Su hija era una flaca orgullosa de haber venido recién nacida para Miami, un caso más de los que abundan aquí en el exilio. Era una familia distinguida, no cargaba con la pena de haber venido en bote vía Mariel-Cayo Hueso ni en una balsa endeble. El exilio añejado pensaba que los llegados en los últimos tiempos eran indígenas analfabetos, y no querían reconocer el chasco que se llevaron, solo porque con eso creían que le daban crédito al comunismo y a su líder en Cuba. No se ha podido localizar todavía cuál es el gen atrofiado que produce ese orgullo tan indigente. Para Máximo no era más que el reflejo de una torpeza sin precedentes, de una falta de sentido común tan grande que los hacía gravitar en la ignorancia como si fuera algo sublime. La familia que integraba esta niña especial adoraba la siembra. Por sembrar, habían sembrado un flamboyán a unos tres pies de la puerta, que el día que creciera, le iba a levantar el portal en peso. Se proponían crear una selva, sin darse cuenta, claro está, de las consecuencias que les podía ocasionar en un futuro. Por último habían traído un molino de viento que colocaron dentro de aquel matorral. Por supuesto, la clásica fuente con el niño soltando el chorrito de agua por el pito, también estaba allí. De noche varios bombillos de diferentes colores, ocultos entre las ramas, se prendían automáticamente. Lo que provocaba que el chorrito centellara en la oscuridad, unas veces rojo, otras azul. Todo con el fin de competir con la otra vecina que se entretenía más o menos en lo mismo, con la diferencia, de que le había dado por sembrar cactus, según ella traídos de México y Texas y por los que pagaba un precio exorbitante. Pero ya todos los vecinos sabían que eran de Florida City. Todo aquello en el fondo le causaba mucha gracia.

Aquella pobre mujer, dejando caer un poco de agua en cada mata, le hizo acordarse de su madre que hacía tantos años no veía. Le pareció sentir su olor, ver su imagen idéntica a como la había dejado el día que se despidió de ella, y su rostro pasó a ser algo que trataba de definir en su memoria. Buscaba a su madre en el recuerdo y haberla abandonado le parecía ahora una traición. Revivía aquel momento en que ella, en medio de la calle, lo empujaba para que se largara. Pero no podía aceptar que huir, que abandonarlo todo, que salvarse, era más importante que sus padres, que su barrio, que treinta años de su vida. A veces sentía olores que lo transportaban a la cocina de su casa, donde su madre sudorosa revolvía un potaje con el cucharón de aluminio. Entonces ella lo miraba y le preguntaba:

—¿Tienes hambre?… No te preocupes, ahorita está.

Esa voz de su madre que a veces le perecía oír en un sitio cualquiera, y lo hacía mirar a su alrededor buscándola confuso, a sabiendas de que hacía el papel de imbécil. 

—No te preocupes —le dijo su madre en una ocasión—, ya yo soy una vieja, no tengo nada que perder. Para qué me pueden querer a mí estos comunistas. Los jóvenes como ustedes son los que les sirven. Y yo no tuve hijos para que estos cabrones me los vengan a explotar ni para que me los manden a morir a África. Vete tú, y si puedes después me reclamas. Lo importante para mí es que tú te vayas, te libres de esto. Tenemos que hacer como los indios, huir uno tras otro. Yo aquí mientras tanto me voy haciendo la boba, la de la vista gorda, y que me digan loca o lo que quieran que yo con ese cuento jodo a María Santísima.

Las palabras de su madre todavía retumbaban en su memoria. Alentaba a todos a huir, pero ella no era capaz de dejar su tierra, y así fue como su madre dijo adiós al último hijo que se mantenía a su lado y quedó sola. Fue en esos días que se produjo la estampida de miles de cubanos. Después que casi doce mil suicidas que invadieron la embajada de Perú en La Habana pidiendo libertad y asilo político, abrieron las puertas a aquella emigración masiva por el puerto de Mariel en La Habana. Fuga que aún mantienen, en menor escala, los que continúan atravesando el estrecho de la Florida en cámaras de goma.

Máximo tenía dos hermanos mayores que él, Berto y María. Vivían en Miami desde el año 1969. Berto trabajaba de inspector de sanidad para el Condado, con un salario muy bueno. Luchó en vano tratando de que su hermano pudiera salir de Cuba junto con él, pero el Servicio Militar al que fue movilizado tronchó todas las esperanzas. A Berto el sistema de vida en los Estados Unidos lo trasformó y, según él mismo, no soportaba vivir entre cubanos, por eso compró su casa en un reparto de americanos, muy aburrido, en West Palm Beach. Máximo se incomodaba al hablar con él porque mezclaba ya los dos idiomas de una forma muy grotesca. Para colmo se había quedado solterón y eso agravaba su resabio. Su hermana, la más inteligente de los tres, era juez federal. En Hialeah la llamaban La Incorrupta y en realidad lo era, de tal manera, que a los cincuenta años todavía era virgen. Con ella Máximo apenas mantenía contacto y le mentía a su madre, cuando preguntaba por su hermana, diciéndole que se hablaban mucho por teléfono a pesar del poco tiempo que tenía debido a la responsabilidad de su trabajo. Su madre se preocupaba por los tres desde la isla sin decidirse a viajar. Seguía el camino de su hermano Florencio, y a veces le reiteraba en cartas a su hijo: Prefiero ver cómo me abandonan los vivos a tener yo que abandonar a mis muertos.

Máximo se secó el sudor y directamente de la manguera tomó un poco de agua fresca. Enjuagó la nevera y se sentó sobre ella. No se sentía con deseos de trabajar, pero se resistía, porque era de los que pensaban que del trabajo bruto se nutría el hombre. Supersticiosamente creía que al sudar se despojaba de todos los microbios zapadores que quisieran infiltrarse por su piel, además de librarse de todas las toxinas que intentaran entorpecer el funcionamiento de su organismo. No sentirse bien lo desequilibraba, era capaz de soportar el dolor más terrible sin protestar, siempre que supiera la causa. Sin embargo podía desmayarse fácilmente, si escupía y veía en la saliva una pizca de sangre. No existía un solo día en su vida en que no hubiera dedicado un buen rato a pensar en la muerte. No entendía aquel fondo confuso en que se habían extraviado sus bisabuelas, sus abuelas y sus tíos. Un día a aquella misma anciana que lo había mecido en el sillón, la vio hecha un puñado de huesos en una caja podrida. Había tanta muerte en su cuerpo como vida. Cuando era niño, su padre lo llevaba a una finca en las afueras de La Habana. Allí criaba cochinos y gallinas. Máximo se entretenía buscando nidos entre los matorrales. Antes de cogerlos se aseguraba de que no estuvieran cluecos. Una vez abrió uno y sacó un pollito vivo, pero no sobrevivió a pesar de que lo puso al calor de un bombillo como en las incubadoras. Su madre se volvía loca por los huevos criollos, como decía ella, que sí daba gusto comérselos. Su padre vertía latas repletas de sobras de comida a una puerca que estaba cebando y él se subía en una de las tablas del corral para ver mejor a la cochina revolcarse en aquella sambumbia antes de empezar a comer. Ahora percibía cierta similitud entre su vida y aquel sancocho, la saboreaba de la misma forma que lo hacía aquel animal rechoncho en la paila. A veces, con mucho esfuerzo, iba separando cada uno de sus recuerdos de aquel enjambre para colocarlos cronológicamente en su memoria. Trataba de disfrutar la intensidad con que los había vivido. Pero al final se perdía en un enredo tan grande que tenía que recostarse a la pared de uno de ellos a descansar. Era muy feliz cuando se zambullía en sí mismo, aunque en esos momentos de embobecimiento, como decía su mujer, no tenía que envidiarle nada a un anormal. Su mayor angustia era que ahora cargaba con dos pailas de sancocho, la paila que había traído de Cuba, la que él más quería, y la que a diario iba llenando en el exilio. 

Metió las manos dentro del cubo lleno de agua limpia y enjuagó la toalla para secar el bote. Y sin pensar que ese era un nuevo recuerdo para la paila de su odiado exilio, decidió irse a desayunar a la cafetería de Pepín, porque ya el hambre le rechinaba en las paredes del estómago.

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..© Tomado de  Miami en brumas (Colección Mariel, Hypermedia, 2018), de Nicolás Abreu Felippe. La Colección Mariel recoge los 11 títulos más emblemáticos de esta generación.

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