¡Me las pagarás, Sherlock Holmes!

Entre los cuentos de Arthur Conan Doyle sobre el benemérito inquilino del 221B de Baker Street, el premio al más estrambótico se lo lleva, sin duda, “Su última reverencia” (“His Last Bow”), que vio la luz en el consabido mensuario de los acertijos hacia mediados de 1917. O sea, un año antes de la firma del armisticio que pondría fin a la Gran Guerra, como denominaron a la Primera Guerra Mundial quienes la padecieron en carne propia.

Confieso que a principios de los años 80, cuando leí por primera vez “Su última reverencia”, siendo todavía una chamaca, la tal aventura me dejó patidifusa. Para serles franca, no entendí ni cohete. Y no es que yo fuera especialmente bruta, pues esa traumática vivencia infantil, según descubriría no sin alivio al cabo de los años, la comparto con Jorge Enrique Lage, mi sagaz editor aquí presente, y con otros varios miembros de la filial habanera del Club Diógenes, todos ellos muy inteligentes (universitarios de carrera científica, lectores todoterreno, etcétera). Figúrense que hasta el Yoss, socio fundador y actual decano de nuestro grupúsculo, si bien en su lectura de fiñe captó el meollo de aquella historia un poco mejor que el resto de nosotros, igual quedó bastante perplejo e insatisfecho.

Nada, mis amores, que el relato en verdad se las traía.

A su debido tiempo, aún en plena contienda bélica, fue incluido en una colección homónima que agrupa las siete narraciones cortas sobre Sherlock Holmes publicadas en forma esporádica (a razón de un episodio anual, si acaso) entre 1908 y 1917. Con este cuento singularísimo, previsiblemente ubicado en la cola del susodicho volumen, culmina la cuarta temporada del sabueso espadachín, fan de Pablo Sarasate y consumidor impenitente de cocaína disuelta al 7 %.

Lo de his last bow, también traducido al español como “Su último saludo en el escenario”, alude a la teatralidad característica de Holmes, quien solía inclinarse cual actor para agradecer los vítores y aplausos del público tras haber solucionado algún enigma harto peliagudo. Y evidencia, de nuevo, el ferviente anhelo de Conan Doyle de finiquitar aquella saga maldita que le sustraía cuantiosas horas-culo a lo que él consideraba su obra más seria, tan olvidada hoy por hoy.

A estas alturas de la batalla, el artífice de Sherlock Holmes ya había pretendido sacar a este de circulación en dos oportunidades: primero de modo abrupto, en 1893, con “El problema final” (“The Final Problem”), desatando un zafarrancho de individuos con brazaletes negros en señal de luto que tomaron las principales arterias londinenses (hasta la Familia Real manifestó su consternación, en tanto que The Strand Magazine fue objeto de boicot, perdiendo unas 20.000 subscripciones, en castigo por haberle admitido aquella especie de iniciativa a su colaborador estrella); y luego de manera sutil, en 1904, con “La segunda mancha” (“The Adventure of the Second Stain”), sin que nadie le hiciera caso. Bueno, ya ustedes saben cómo eran de empecinados aquellos ingleses cuando la cogían con algo…

Sir Arthur Ignatius, empero, no se daba por vencido. En su pugna con las muchedumbres anglosajonas, debió de conjeturar que ahora, al tercer intento, se saldría con la suya de una puñetera vez.

Por lo pronto, la compilación de short stories clausurada por “Su última reverencia”, aparte de ser la más antigua del canon holmesiano, es la única en cuyo título no reza el nombre del héroe. Sospecho que el atribulado Conan Doyle ya no quería ni mentar a su criatura, lo cual será apenas el comienzo de un festival de extravagancias. Veamos.

A diferencia de todos los relatos breves de la serie impresos anteriormente, “Su última reverencia” está narrado en tercera persona. Y si bien su prosa guarda no pocas similitudes con la de John H. Watson, ese giro gramatical en absoluto obedece a algún propósito literario del buen doctor. A lo largo del cuento advertimos rasgos de estilo de nuestro aguerrido cronista de tantas hazañas: sencillez, ligereza, una adjetivación efectiva (aunque a veces pudiera parecernos trivial), cierta grandilocuencia momentánea e incluso raptos de lirismo, casi en el límite de la cursilería, atemperados por alguna humorada blanca. Pero echamos en falta su modestia, su lealtad a prueba de balas y, sobre todo, su inefable candor.

Por otro lado, ¿cómo rayos podría conocer el biógrafo de Holmes, siquiera en líneas generales, el diálogo que sostiene un caballero de apellido von Bork con el Secretario Jefe de la embajada teutona en Londres, barón von Herling, a solas, sotto voce y en alemán. No, hermanitos, nanay Watson. Acá nos topamos con un auténtico narrador omnisciente. Quiero decir, con Alguien quizás respetuoso, gentil, o hasta simpático, ¿por qué no?, pero firmemente resuelto, eso sí, a imponer Su Autoridad.

Envuelta en una atmósfera de inminencia y desasosiego, la acción transcurre durante la noche del 2 de agosto de 1914. Holmes, al contrario de lo que sucede en todas sus peripecias anteriores, no se deja ver de inmediato. Posteriormente nos enteramos de que el insigne pesquisidor, ya con 60 primaveras en las costillas, por aquel entonces llevaba un par de años lejos de sus colmenas en Sussex, inmerso en una misión ahora a punto de concluir. Ha sido el trabajo más prolongado, más complejo y solitario de su carrera. Y también el más tardío, único del canon que tiene lugar bajo el reinado de Jorge V.

La fecha, precisa al extremo, como en ningún episodio anterior, deviene muy significativa. Porque resulta que John Bull (equivalente británico de un viejo conocido nuestro: el Tío Sam), a raíz de una descarada invasión alemana al Reino de Bélgica (aliado suyo), le zumbará dos días después un ultimátum a Berlín (que no habría de ser atendido, cual era de esperarse), precipitando así la intervención británica en la Gran Guerra. Este chisme de antaño no se explicita en “Su última reverencia”, desde luego. No era necesario, puesto que en 1917, tutilimundi en Inglaterra aún lo recordaba perfectamente.

Conan Doyle, huelga decirlo, jamás pensó en nosotros al pergeñar su epopeya. ¿Admiradores futuros de Sherlock Holmes? ¡Vade retro! Y para colmo, ¿nativos de un remoto archipiélago perdido allá en el Caribe de habla hispana? Como si no tuviera él suficiente con sus estúpidos coterráneos…

Claro que tamaña desconsideración por parte suya en modo alguno dificulta nuestro entendimiento de sus cuentos y folletines policiacos. Es sabido que los misteries, por regla general, no caducan así como así. Más bien al contrario: son casi atemporales en virtud de su propia naturaleza, lo cual les confiere cierta longevidad en los anaqueles de librerías y bibliotecas circulantes.

“Su última reverencia”, sin embargo, constituye una excepción. En lo que atañe a esta curiosa crónica, la ignorancia de los magnos acontecimientos del ayer, tan arrolladora en la actualidad, pudiera jugarnos una mala pasada. Créanme, hablo por dura experiencia. En definitiva, después de la Segunda Guerra Mundial, ¿quién coño, salvo cuatro gatos eruditos, se halla al corriente de los pormenores de la Primera?

Pero no huyan, amigos míos. ¡Ánimo! Tampoco se trata, ni mucho menos, de un obstáculo insalvable. Nada que no pueda allanarse con unas escuetas noticas a pie de página. Y mientras aguardamos por una edición crítica del canon holmesiano en español, los datos históricos imprescindibles para comprender “Su última reverencia”, esos que sir Arthur Ignatius se brincó a la torera, ustedes podrán encontrarlos descansadamente aquí mismo, en este articulejo que ojalá sirva de invitación a la (re)lectura. Vaya, una pequeña cortesía de Hypermedia Magazine en tiempos de cerrazón, oscuridad, angustia y toque de queda.

Como en una pieza de teatro de cámara que constara de un único acto dividido en tres escenas, la trama del cuento se desarrolla sin interrupciones en una misma locación. Los dramatis personae van surgiendo o esfumándose por turno en un apacible caserón campestre, próximo a la costa, en las afueras de Harwich.

Asterisco: aldea del condado de Essex, famosa por sus astilleros, sita junto a la desembocadura del río Stour en el Mar del Norte, donde funcionaba a todo vapor una base naval de reconocida eficacia durante la Gran Guerra.

En la escena 1, los vons ya mencionados, ambos al servicio del Kaiser, intercambian pareceres sobre geopolítica europea. Luego el Herling hace mutis por el foro y, en la escena 2, se presenta un desenfadado irish-american de Chicago a quien llaman Altamont. En su jerga pintoresca, vagamente emparentada con el idioma inglés —en la versión original del relato, es decir, en “His Last Bow”, suena comiquísima—, parlotea con el Bork acerca de la contrainteligencia británica, su más encarnizado enemigo. Cuesta determinar quién de los dos odia más a John Bull.

Asterisco: el del pasaporte norteamericano milita en una sociedad secreta irlandesa que, a juzgar por sus incendiarias declaraciones, bien podría ser la de los fenianos, precursores del partido Sinn Féin (“nosotros mismos”, en gaélico), de tendencia ultranacionalista y acérrimos detractores del Reino Unido, tanto así que muchos de ellos se conchabaron con Alemania en las jornadas previas a la Gran Guerra.

Como colofón de la cháchara, Altamont le entrega un paquetito al prusiano, quien se voltea y lo abre para examinar su contenido. Y es entonces, en la escena 3, cuando irrumpe violentamente Holmes, flacuchento cual güin, pero todavía peleonero. Un abuelo de armas tomar. Enseguida se cuela también el dear Watson, igual de avejentado con su bigote gris y un poquitín de sobrepeso, mas no por ello menos intrépido que en el período victoriano. Aunque ahora no se trasladen en carruajes, si no en automóvil, sus respectivas personalidades siguen siendo las de siempre. Sin embargo, no todo el mundo se regocija al verlos allí.

Von Bork, frenético, berrea la copla favorita del profesor James Moriarty, el coronel Sebastian Moran y otros célebres adversarios de nuestro ya venerable detective: “¡Me las pagarás, Sherlock Holmes!”. El irish-american, en cambio, asume la situación con filosofía, sin gruñidos ni alaridos.

Asterisco: se rumora que este personaje, tocayo del artista gráfico Charles Altamont Doyle, papá de sir Arthus Ignatius y primer ilustrador de la saga, es un trasunto del líder soberanista irlandés Roger Casement, ejecutado por traición en 1916 (pese a las peticiones de clemencia emitidas por Conan Doyle y otros intelectuales contemporáneos), considerado mártir de la causa del independentismo en la República de Irlanda y muy popular entre nosotros desde 2010 gracias a la novela histórica El sueño del celta, de un tal Mario Vargas Llosa.

Me imagino que ustedes, luego de tanto palique, se habrán percatado ya de que von Bork ejercía el viejo oficio del fisgoneo-chismoseo o espionaje, y de que Altamont laboraba como correveidile o informante suyo. En otras palabras, de que “Su última reverencia” no es propiamente un mistery, sino un thriller político. ¿O me equivoco?

Pues bien, fue justo eso, amén de tercera persona autoritaria y las marcas de época demasiado específicas, lo que otrora nos dejó botados a Jorge Enrique Lage, a mí y a los demás inocentes chiquilines. Porque al mistery uno le coge la vuelta, se engancha y se aficiona desde la primera lectura y casi a cualquier edad. Pero otros subgéneros de la narrativa policial, como el thriller o el hard boiled, aunque a la larga puedan tornarse igualmente adictivos, para su cabal disfrute requieren al inicio de cierto aprendizaje.

La protesta juvenil de Yoss, quien sí dominaba los códigos del relato sobre espías, conspiradores, magnicidas a sueldo, bandas terroristas, diplomáticos traviesos y tal, iba dirigida precisamente contra la extensión de “Su última reverencia”, que no supera las veinte cuartillas. Hablamos de un thriller muy atípico, en efecto, ya que para orquestar una conjura internacional bien sabrosona por lo común hace falta mucho espacio. Fíjense que los cultivadores más exitosos de este subgénero suelen mandarse unos descomunales mamotretos, mientras que las short stories con los mismos temas brillan por su ausencia.

Tales disconformidades, no obstante, pertenecen a la prehistoria. Me complace afirmar que hoy día existe un consenso de lo más favorable a “Su última reverencia” entre la membresía del Club Diógenes acá en La Habana. El cartelito de estrafalario, por supuesto, no hay quién se lo quite al cuento. Vaya si resulta insólito, lo mismo dentro que fuera del canon. Todo un tour de force. Pero del cual, tampoco nadie lo discute, Conan Doyle salió por la puerta ancha.

Hace un rato, al resumir el argumento de este controversial episodio, me reservé, como de costumbre, un detalle clave. Charlatanería aparte, no es cuestión de sapearles, a quienes aún no se lo hayan leído, la sorpresa mayúscula que depara el desenlace. Únicamente les adelanto que, tras caer el telón, cuando el comediante reaparezca en el proscenio y haga su última reverencia, van a sentir ustedes unas tremendísimas ganas de ovacionarlo.




¿Por qué escribo sobre Sherlock Holmes? - Ena Lucía Portela

¿Por qué escribo sobre Sherlock Holmes?

Ena Lucía Portela

Puedo esgrimir un argumento a favor de la pertinencia de Sherlock Holmes aquí y ahora. No existe, a mi entender, otro personaje literario con su estatura mítica y su proyección internacional que haya encarnado con tanta coherencia los ideales del liberalismo, siempre válidos, oportunos y defendibles frente a la barbarie totalitaria.


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