La Era Ligotti

A pesar de su final decepcionante, con el policía nihilista que de repente es iluminado por la Gracia y pronuncia una de las frases más cursis en la historia reciente de la televisión, no se puede negar que la primera temporada de True Detective es un verdadero acontecimiento, incluso en esta así llamada “época dorada de las series”.

Se trata de una verdadera rareza: un relato policial que se aleja de manera autoconsciente de los clichés que suelen convertir en parodias involuntarias a muchos de los más promocionados productos del género. Pensemos en el interminable CSI, con esos científicos dedicados, obsesos e intachables que combaten el crimen con un fervor solo igualado por su tendencia a las digresiones moralizantes. O, si preferimos un ambiente menos contaminado por la tecnología, contemplemos a los virtuosos detectives de Major Crimes, una de esas series para el espectador promedio (sea lo que sea que eso signifique) en las que capítulo tras capítulo, caso tras caso, los malos reciben su castigo y los miembros de la Brigada de Crímenes Especiales pueden regresar a casa con sus familias: el caso está cerrado, el Caos contenido.

En general, el maniqueísmo de casi todas estas series resulta nauseabundo. Pero, como es natural, no todos están dispuestos a hacer concesiones y siempre es posible encontrar algunos productos de primer orden, incluso en un género aparentemente agotado como el policial. Por supuesto, solo se han agotado ciertas fórmulas convencionales, como demuestra el esplendor estético de series como The Wire, The Sopranos y Breaking Bad.

Sin duda la primera temporada de True Detective es una de estas creaciones excepcionales: aquí el Caos no puede ser contenido, los personajes están sumidos desde el inicio en una atmósfera viscosa, putrefacta, donde la ruina y lo inexorable son el núcleo mismo de un universo simbólico en el que, para citar a Bataille, “la oscuridad no miente”. Se ha hablado mucho de las posibles influencias de la serie, se ha señalado la huella de James Ellroy, de Poe, de Ambrose Bierce, de Cioran, de Schopenhauer… pero algunos críticos reconocieron la abrumadora presencia de una figura mucho más oscura e inquietante, alguien que se ha agazapado en las sombras durante décadas y comienza a emerger ahora como uno de los artistas indispensables para la comprensión de ciertas tendencias en el Zeitgeist contemporáneo: el escritor norteamericano Thomas Ligotti.

La carrera literaria de Ligotti comenzó a principios de los ochenta, con la publicación de varios relatos que se inscribían en la tradición más interesante de la Weird Fiction anglosajona. Desde el mismo inicio, con la publicación de Songs of a Dead Dreamer (1985), los críticos lo consideraron el heredero de Lovecraft, algo así como el escritor que mejor actualizaba los temas y obsesiones del recluso de Providence a finales del siglo XX. Y no puede negarse que tienen razón… pero solo hasta cierto punto: Ligotti es mucho más complejo, sutil y refinado que su supuesto precursor. En efecto, no encontramos en estos textos ni los consabidos monstruos lovecraftianos ni los excesos estilísticos que llevaron a Edmund Wilson a proferir su famoso e injusto dictum según el cual “el único horror de estos relatos es el horror del mal gusto y del arte sin valor estético”. (El ridículo esnobismo de este pronunciamiento se ha vuelto más evidente con el paso de los años y la creciente importancia de la obra de Lovecraft en la cultura contemporánea, confirmada por la publicación de sus relatos en un tomo de la Library of America. Por lo demás, ¿quién lee hoy a Edmund Wilson?)

No, el horror en Ligotti no procede de monstruos tentaculares, sino de los abismos de la percepción alucinada, no de los innominados espacios exteriores, sino de la ciénaga viscosa de la Conciencia, que se desborda y cubre todo lo existente con una pátina de insidiosa malignidad. De la misma manera, las mayores influencias a nivel estilístico son Nabokov, Thomas Bernhard y Bruno Schultz: autores bastante alejados del así llamado Horror Clásico. En realidad, Ligotti fue diferente desde el principio, con intereses filosóficos y obsesiones que lo diferenciaban radicalmente del resto de los escritores del género y, a decir verdad, de cualquier otro escritor. Después de todo, un tipo que ambienta su primer relato (“The Last Feast of Harlequin”) en un pueblo de pesadilla dominado por una secta antinatalista y que prodiga alegremente en sus entrevistas frases como “La conciencia es una abominación” o “El acto más noble y bondadoso que puede llevar a cabo cualquier ser pensante es no procrear jamás”, no es precisamente alguien que podamos asociar con honestos y saludables artesanos como Stephen King o Peter Straub.

Siempre se podría considerar a Ligotti como un muy interesante autor de relatos de “terror existencial”, como el supremo maestro de lo uncanny… pero en ningún caso como un pensador por derecho propio.

Así, en los relatos de sus tres primeros libros —el ya mencionado Songs of a Dead Dreamer, Grimscribe (1991) y Noctuary (1994)— podemos reconocer fácilmente todas las marcas estilísticas y conceptuales de una cosmovisión tan extrema que apenas tiene precursores en la literatura norteamericana: la conciencia como fatalidad, el nacimiento como catástrofe y los seres humanos como autómatas, como patéticas marionetas que se agitan inútilmente sin sospechar por un momento la naturaleza ilusoria de sus vidas. Por supuesto que aquí se renuncia de entrada a cualquier sondeo vagamente sicoanalítico de los sujetos representados, una flagrante imposibilidad epistemológica cuando se concibe el Yo como “Ficción Suprema”. Pues Ligotti no solo ha asimilado ciertas atmósferas de Kafka, sino que se complace en aplicar rigurosamente el Imperativo Categórico Kafkiano: Sicología, ¡nunca más! Por otra parte, parece decirnos, ¿a quién puede ocurrírsele buscar las causas profundas del comportamiento de una máquina?

Como es natural, partiendo de estas premisas no puede haber cabida para el Libre Albedrío, uno de los últimos y más ferozmente defendidos baluartes del así llamado Pensamiento Humanista: un autómata no puede decidir nada y se limita a ejecutar los movimientos inscritos en su código por la Naturaleza, esa implacable y silenciosa Deidad, tan indiferente a los humanos como al resto de lo que existe. No debe pensarse, sin embargo, que lidiamos aquí con secas parábolas filosóficas: Ligotti es ante todo un escritor, es decir, alguien supremamente interesado en los procedimientos retóricos, alguien para quien el estilo deviene problema. Y es precisamente el estilo uno de los rasgos inconfundibles (y más disfrutables) de estos textos: sinuoso, denso, alucinatorio, impregnado por momentos de una rara perversidad sintáctica y lexical (extraños giros, arcaísmos, adjetivación notable por su excentricidad) que nos recuerdan más a ciertos malditos del decadentismo francés decimonónico que a cualquier escritor contemporáneo. Los nombres mismos de los relatos (“Sueño de un Maniquí”, “Vastarien”, “Nethescurial”, “Conversaciones en una lengua muerta”, “El Tsalal”), parecen sugerir experiencias y escenarios que no son de este mundo, o al menos no del mundo que damos por sentado en nuestra existencia cotidiana: como los informes que una voz ominosa e inhumana susurra sardónicamente en nuestros desamparados oídos.

Por supuesto, estas consideraciones solo son posibles tras una lectura muy atenta de los cuentos, una auténtica close reading que intente articular lo que allí se encuentra implícito, en estado latente si se quiere: a pesar de todo, siempre se podría considerar a Ligotti como un muy interesante autor de relatos de “terror existencial”, como el supremo maestro de lo uncanny… pero en ningún caso como un pensador por derecho propio. Todo esto cambiaría con la publicación en el año 2010 del muy inquietante tratado parafilosófico La conspiración contra la especie humana, probablemente el libro más nihilista jamás publicado en Occidente (no conozco lo suficiente la tradición oriental para incluirla en esta afirmación. De todas formas, existen al parecer algunos textos budistas muy cercanos a las ideas de Ligotti) y el que convirtió a Ligotti en una figura de culto mucho más allá de los estrechos límites de la Weird Fiction. Aquí, en las páginas de este libro extremo como pocos, Ligotti se despoja de toda la parafernalia simbólica que tan eficaz resultaba en sus relatos y le habla directamente al lector con una escalofriante franqueza: todos los temas que solo se insinuaban en los textos de ficción (la doctrina antinatalista, la inexistencia de un núcleo del Yo, la conciencia como maldición suprema, la extrañeza radical de un planeta que no fue diseñado para nosotros, la negación del libre albedrío), son desarrollados implacablemente, sin concesiones al mercado, el sentido común o la sensibilidad del lector promedio, esa curiosa entelequia.

Algunos objetaron que Schopenhauer y Cioran ya habían escrito profusamente sobre estas cuestiones y que los norteamericanos no necesitaban a un nuevo resentido que, en lugar de exaltar los aspectos positivos y enaltecedores de la existencia (expresión de una estupidez supina pero, ya se sabe, los optimistas adoran escribir así), se regodeaba en las certezas de lo peor, en los callejones sin salida del pensamiento. Sin embargo, más allá de las críticas banales al pesimismo radical de Ligotti, son inexactos los intentos de reducirlo al estatus de agudo pero derivativo glosador de los maestros de la desesperación europeos: lo que tenemos aquí es un pensamiento en los límites y del Límite que, más allá de inevitables afinidades electivas, posee una profunda originalidad.

Entendámonos: Cioran es probablemente un escritor superior, más culto y refinado, pero en sus libros hay siempre algo de histrionismo, de un autor que se regodea en el espectáculo de su brillantez y que en última instancia no cree realmente en lo que dice. Además, en Cioran persiste una abrumadora nostalgia del Absoluto que hace difícil considerarlo un verdadero nihilista. Más parco, menos elegante y completamente ajeno tanto a los moralistas franceses como a la filosofía religiosa rusa (dos elementos capitales en la formación de Cioran), Ligotti se especializa en la escritura de lo que algunos reseñistas de su obra han llamado lethal platitudes, esos lugares comunes mortales que muchos intuyen, oscuramente, pero prefieren ignorar.

Se trata entonces de un libro que intenta articular `”una justificación intelectual de la infelicidad” (la frase pertenece a una carta de Samuel Beckett en la que explica las razones de su entusiasmo por la filosofía de Schopenhauer), una especie de Tratado de Tribulación para desesperados que, a diferencia de la mayoría de los textos filosóficos, utiliza un lenguaje comprensible para los legos en la materia… aunque es posible que esto lo vuelva aún más inquietante.

La conspiración contra la especie humana: la clave para la personalidad y los diálogos de Rust Cohle, el personaje más importante del relato televisivo.

Sería perfectamente natural pensar que un libro como este, con su obsesión por todo lo aterrador, jamás podría trascender un reducidísimo círculo de lectores. Sin embargo, lo que ha sucedido es precisamente lo contrario: Nic Pizzolatto, el escritor y productor de True Detective, consiguió de alguna manera La conspiración contra la especie humana mientras se documentaba para escribir el guion de la serie y se produjo un cortocircuito, una epifanía, la iluminación que algunos experimentan cuando, bruscamente, da con la solución a un problema largamente considerado: había encontrado la clave para la personalidad y los diálogos de Rust Cohle, el personaje más importante del relato televisivo.

El resto es historia, como suele decirse: se desata una animada controversia sobre el supuesto plagio de Pizzolato (pues no se reconocía en los créditos la influencia de Ligotti, aunque posteriormente el productor dejó claro que siempre pretendió homenajearlo), se disparan las ventas de La conspiración contra la especie humana y, súbitamente, Ligotti está en todas partes: como una presencia más o menos explícita en los numerosos libros sobre Extinction Theory que han aparecido en la última década (con su interés en pensar “la mutación de los sistemas más allá de los modelos antropomórficos del siglo XX”, una formulación teórica extrañamente afín a los temas Ligottianos); como un referente central en la trilogía sobre el Horror de la Filosofía, del pensador norteamericano Eugene Thacker, en particular el volumen En el polvo de este planeta, donde se reflexiona sobre el cambio climático, el fin de los recursos naturales y la posibilidad de un mundo posterior a los humanos; en ciertos desarrollos de la teología judía post-Shoah, que intentan reformular la Teodicea desde un pensamiento que acepta la Nada que es Dios como su punto de partida; en fin, como una larga e inevitable sombra en la exitosa Southern Reach Trilogy, de Jeff Vandermeer, en las letras del grupo de metal progresivo británico Current 93 y en la muy reciente película The Killing of a Sacred Deer, con su atmósfera de inescrutable malignidad.

Todo indica que, sin llegar a ser un fenómeno de masas (algo evidentemente imposible para un pensamiento tan radical), la visión de Ligotti ha conseguido despertar el interés de pensadores y artistas que concentran su atención en algunas de las cuestiones más acuciantes de nuestro tiempo. Y si Michel Houellebecq pudo decir sobre los cuentos de Lovecraft que “ese cosmos desesperado es absolutamente el nuestro. Ese universo abyecto, donde el miedo se gradúa en círculos concéntricos hasta la revelación innombrable… es el lugar que reconocemos absolutamente como nuestro universo mental” (palabras que muchos consideraron en 1991 una exageración dictada por el deseo de epatar), hoy podríamos decir lo mismo con mucha más razón sobre la obra de Ligotti, el único autor vivo que suscribiría con entusiasmo la excéntrica declaración de cierto heresiarca de Uqbar: “los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”.

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