Contra ‘Mujercitos’

Sabemos que Mujercitos es un nombre robado. Asaltaron un banco para empezar la revista, pero no habían dólares en cash, así que lo hicieron solidariamente, por odio al arte. Cumplieron un año el otro día, pero nadie les hizo un regalo. Este es mi regalo: lo que necesito es un cutter para cortarles el cuello, hasta que salga el chorro de sangre y veneno. Porque los Mujercitos, de otra cosa no: nacer del alacrán es su naturaleza.

Los Mujercitos son radioactivos y pirotécnicos: hay divas inclusivas y frikis inadaptados; hay niñas rebeldes y niños que empujan a otros barranco abajo; hay críticas y criticones; hay tiradera, conspiración, illuminatisstalkershaters y todas esas palabritas elvisprelianas.

Hay chicos sucios y muchachas con moniliasis; debe ser el agua de La Habana, porque los Mujercitos, en todo caso, nacieron de un alacrán de Arizona: este clima les da jaqueca, que es lo mismo que ganas contenidas de quemar policías orientales, explotar el Capitolio o el Calixto García, antes que hacerse fotos con May Reguera.



Mujercitos, por Carmen Cabrera.


Mujercitos te presta cualquier cosa que ayude a liberarte: un dedo para vomitar, una idea para reventar el país, una mano para masturbarte, una garganta para gritar y unos dientes para morder. A falta de carne, pieles para canalizar la rabia.

Una pelúa, un vampiro, una enferma y un desterrado son los puntos fijos, los puntos G y los puntos suspensivos en este magazine; son la disidencia punk, la contracultura en un cuartico (desahogo) del Vedado. 

Claudia Patricia es la mamarracha del tema visual; Víctor Fernández escribe novelas gore y dice que “Martí tiene rayos láser”, Laura Lays edita todas las historias y Edgar Pozo sabe de cine, pero habla de otra cosa. También hay otros columnistas, compiladores de Radio Mujercitos y varios colaboradores que se van y se vienen rápido, incluso a distancia. Hasta menores de edad, que no puedo mencionar por estrategia-ética-estética, pero son muy buenos en lo que no hacen. 

Sobre la creación del veneno, hablo con dos Mujercitos:



Claudia Patricia, por Carmen Cabrera.


Habla Víctor Fernández (Flores, 1996), un vampiro de culo al sol

Comencé a escribir por voluntad propia en la primaria. Me acuerdo que estaba lloviendo. A partir de ese momento no pararía. Nunca participé en ningún concurso aquí adentro, porque a los 16 me acusan de espionaje y delito contra la Seguridad del Estado, a los 18 me condenan, y terminé en enero de este año. 

A los 18 también me censuraron un guion y me prohibieron la entrada al CENDA, y ahí decidí no tener nada que ver con esto aquí. Por un lado, pude haber hecho carrera con mi condición de espía ultrajoven, pero eso me uniría demasiado a este país y a lo que significa, y la vergüenza de ser cubano hace siglos que dejé de estar dispuesto a cargarla.

Por eso había fundado la República Independiente de Flores. 

Sobre la gente que me ha influenciado, creo que hay dos etapas. De niño-joven leía cosas muy intelectuales; de esa etapa el mejor premio me lo dio Lucian Blaga: un día le conté a una pareja de rumanos que el tipo me gustaba, se emocionaron tanto que me invitaron fumar marihuana y, de paso, me dejaron un taco. La otra etapa es cuando descubrí a los escritores de la Costa Oeste de Estados Unidos. Más que escritores, te diría libros. Pero sobre todo, lo que más me ha influenciado es el cine B y la pornografía. Sin la pornografía yo no existiera. 

Hace años que lo intelectual me espanta, no soporto el afán de dar respuestas que tiene la intelectualidad, sobre todo cubana y latinoamericana. Prefiero a los que preguntan y se van. 

No me gusta trabajar, ni nada que sea obligatorio, por eso dejé la escuela. Lo que me gusta es escribir. Una cosa importante: no siempre quise ser escritor, de niño quería ser Marilyn Manson.



Víctor Fernández, por Carmen Cabrera.


Cuenta Edgar Pozo (La Habana, 1997), desde un cine al otro lado del Atlántico

Nací un 29 de octubre de 1997; mi familia se alegró de que por los pelos no coincidiera con el aniversario del asesinato de Camilo. Desde una edad temprana me interesé por el cine y me vi los clásicos, pero también he tenido desde siempre un guilty pleasure: la política. A los 12 años podías verme leyendo sobre la historia de la Unión Soviética, y poco después apasionado por el cine de Kubrick y el rock progresivo, Pink Floyd.

Tras varios años de lectura, escritura, y poco a poco también de madurez filosófica e intelectual, conseguí hacerme un hueco en la crítica cinematográfica y obtuve una columna de cine en Hypermedia Magazine: “¿Ya la viste?”, en la que estuve durante casi un año. Después fui llamado a las armas por un nuevo proyecto fresco, vibrante y agresivo: Mujercitos

Mentiría si dijera que desde el primer momento me pareció una buena idea (entonces no éramos nadie, y quizá ahora tampoco lo seamos), pero sí sabía que había un algo en su estética que me hipnotizaba, cierto brillo estridente que me recordaba a Devo y lo mejor de esa revolución neoliberal ochentera que nunca pasó por Cuba.

Finalmente, a día de hoy, llevo mi propia columna en Mujercitos: “Foco estropeado”, donde hablo de lo que me da absolutamente la gana y veo las películas desde un punto de vista que se va por las ramas, muchas veces saliéndose del propio filme. Quizás no sean muchos los que me lean. No ocultaré mis malos dotes como escritor detrás de un supuesto deseo de ser incomprendido, pero sí diré que a aquellos a quienes mis textos hayan podido llegar, precisamente por ser tan poquitos, quisiera darles un buen apretón de manos e irnos a tomar algo. 



Edgar Pozo (foto cortesía del autor).


Fragmento de Martí tiene rayos láser en los ojos (2021), de Víctor Fernández

Recuerdo especialmente que a los doce años me llevaron a una marcha y que justo cuando pasé frente a Martí, Fidel y todo el que estaba saludando al pueblo, y que no sabía que yo existía, me vinieron a la mente estas imágenes: yo iba montado en un tanque de guerra y frente a mí aparecía Bush desnudo y desmoralizado. Entonces yo disparaba el cañón del tanque y lo reventaba. Después gritaba: ¡Viva Fidel, repinga! Y me perdía en una montaña de éxtasis infantil que mezclaba violencia y lo que me habían dicho que era patriotismo.



Claudia Patricia y Víctor Fernández, por Carmen Cabrera.


Fragmento de La Castigadora (2021), de Víctor Fernández

Después de dos o tres preguntas sin sentido, le pido que me explique a qué se dedica. Con un tono muy condescendiente me pregunta si recuerdo “las pingas de plástico”; le digo que sí. Con un tono aún más condescendiente me pregunta si recuerdo lo último que me dijo. De repente entramos en un juego en el que yo voy enumerando las cosas que me ha dicho y ella me va diciendo “no, la otra”, hasta que regresamos a la parte de los hombres con poder. Y es cuando me da su explicación científica: Estos hombres, que por regla general son muy malos o están a punto de serlo, tienen mucho estrés, por una razón u otra. Entonces yo los alivio de ese estrés. Mi trabajo consiste en darles pinga plástica, me los singo. Se puede decir que soy una prostituta, pero en vez de dejar que me la metan por dinero, yo soy la que la meto por dinero. Eso sí, trabajo sola, no controlo una red de mujeres que hacen lo mismo que yo.



Laura Lays, por Carmen Cabrera.


Fragmento de En tiempos de luz menguante: Comunismo a martillazos (2021), de Edgar Pozo

¿Qué es peor: la raya de coca en el culo, máxima de la tensión en la carne de la juventud, o el sobar de las tetas por la mano muerta de un alto cargo del Ministerio para la Seguridad del Estado? ¿En cuál de los dos los billetes se imprime la cara de Karl Marx?

El más alto grado del estudio de la teoría marxista-leninista de la naturaleza habrá llegado cuando el ser humano esté disecado en un museo como un animal exótico. Allí habremos arribado, no obstante, habiéndose aplicado la violencia contra los cuerpos, y contra las almas la mentira.




Bill Cordovés

Bill Cordovés: el último David

Ray Veiro

La escritura de Bill Cordovés (La Habana, 2000) la vi salir de su propia boca, de su propio gesto corporal, en la Feria Internacional del Libro de 2019, en La Habana. La poesía como cuadrilátero, como golpe y pisotón, es una idea que me atrae; sobre todo una idea política.





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