Soñar arena

Mis últimos dos años de exilio han sido especialmente terribles. Regresé a los Estados Unidos tras terminar mi beca literaria en Islandia, pero en el mismo aeropuerto de Chicago me arrepentí. 

El país me pareció más sucio y socialista que Cuba, una tierra triste y fea como nunca la hubiera imaginado desde la triste y fea Cuba: ciudades desoladas, mucho más abandonadas que La Habana, el pasto perfecto para perdedores primermundistas que ya no tienen ánimos ni para ganar dinero. 

Me dio la impresión de que, en efecto, Barack Hussein Obama, con ese nombre tan poco estadounidense, en ocho años de presidencia había acabado con la quinta y con los mangos. Sin hacer mucha bulla, como todo buen izquierdista infiltrado para hacer mella dentro de la democracia occidental. 

Descubrí de pronto, al volver del exilio al exilio, una nación cansada de ser la mejor del mundo desde el 4 de julio de 1776, y cuyos ciudadanos victimizados ahora ya solo esperaban una implosión hecha mitad de ideología y mitad de inmigración. La culpa los estaba matando a mansalva, mucho más que las drogas, los seriales de TV y la galopante gordura de Macs y Colas. 

Para colmo, la bienvenida a los Estados Unidos me la dio un agentico de la Seguridad del Estado cubana que fungía/fingía como productor en el canal miamense América TeVe, quien manipuló al presentador Pedro Sevcec para que me atacara en vivo y en directo, sin contactarme antes y sin darme chance de réplica después, en su programa A Fondo

El uruguayo Sevcec me llamó de todo ante las cámaras y micrófonos de su show: vago, mentiroso, cobarde, terrorista, y hasta pidió mi expulsión del país. 

Poco después, por presiones políticas y amenazas de abogados pro-bono, la directiva de América TeVe retiró ese video de su página web oficial. Fue un gesto que me decepcionó todavía más. No resisto esa cobardía consuetudinaria de los cómplices del castrismo, dentro y fuera de la Isla de la infamia.

Por esa fecha comencé a soñar. Un sueño recurrente, blanco al punto del supremacismo (por cierto, “supremacismo” es una palabra inventada por la izquierda para destruir el prestigio de los capitalistas más exitosos: es un neologismo sacado de la manga de Marx). 

Era un sueño sin gente, sin paisaje, sin lenguaje casi. No una pesadilla, sino un sueño boronilloso. Como de arena. Donde yo era la cámara, donde yo era un plano subjetivo infinito. A mi alrededor, si es que en verdad era yo quien protagonizaba mi sueño, la sensación de estar rodeado de arena. Solo de arena. Arenas y más arenas desde mi visión hasta el horizonte. Desde mi actividad neuronal hasta el amanecer. 

La paz impoluta de semejante sueño me aterraba. No soy un idiota, soy el mejor escritor cubano vivo. Puedo darme cuenta de las cosas. Y aquella blanquitud de página vaciada no podía ser más que un augurio de mi pronta desaparición: como persona y, peor, como autor. 

Decidí no ir al sicólogo. Cuando vas a una consulta de Mental Health en los Estados Unidos, aquí te tratan de loco por el resto de tu existencia. Por eso es mucho mejor enloquecer uno solo, con ecuanimidad, sin ser estafado por las compañías de seguro médico. 

A veces, da la impresión de que Fidel Castro tenía razón en todo sobre su insigne imperialismo.

Desde entonces, puntualmente, he soñado en silencio ese sueño de arenas mudas, durante meses que ya suman más de dos años. Me ahogo, me asfixio. Y a nadie le importa, por supuesto. 

Las madrugadas son malas para Orlando Luis Pardo Lazo. Me levanto masticando granitos podridos de arena, que en realidad se caen de los últimos empastes gratis que la tiranía cubana obturó en mis muelas cariadas antes de permitirme viajar. Envejezco antes del alba y a nadie tampoco le importa. No se dan cuenta de nada, por suerte. 

Entonces, la palabra “arena” me explotó en plena cara en uno de esos despertares al borde del desquicio. Recordé a Reinaldo, el escritor suicida a mi misma edad. El mejor escritor cubano muerto. Él también padeció sueños siniestros al salir de Cuba. Algunos de ellos están regados a lo largo y loco de sus novelas y su autobiografía, de ser posible la distinción a estas alturas.

De hecho, Rei confiesa en Antes que anochezca que siempre iba a la cama como si se dispusiera a emprender un vehemente viaje: “libros, pastillas, vasos de agua, relojes, una luz, lápices, cuadernos”. 

No puedo evitar sonreír al leerlo. Todo en Reinaldo Arenas es risa y horror, ternura y tedio, desprecio y delicadeza. Por eso es tan grande ese guajirito oriental, nacido en un cagadero de principios de los cuarenta en Holguín. Y por eso son tan mediocres los demás escritores de su generación, sobremuriendo de migajas ministeriales en La Habana, títeres triunfadores que no serán recordados siquiera porque, de jovencitos, Reinaldo Arenas literalmente se los templó.

Los sueños de Arenas son conmovedores a más no poder. Me da mucha tristeza lo que le pasó a ese muchacho maravilloso, a aquel niño locuaz que nunca creció del todo, siendo sin embargo mil novecientas cincuenta y nueve veces más adulto que todos sus contemporáneos. 

Sus sueños eran a todo color, delirios sicosomáticos donde personajes extraordinariamente entrañables se le acercaban para ofrecerle una amistad que desde siempre él había querido compartir. 

Como José Lezama Lima, por ejemplo, varado en una especie de reunión en un inmenso salón (me atrevo a decir que funerario) donde se oía una música lejana. Allí Lezama Lima sacaba un reloj de bolsillo de su traje de sepulturero y abría sus piernotas esteatopígicas para recibir paternalmente al Reinaldo Arenas infante, diciéndole de paso a su falsa esposa María Luisa: “Mira, qué bien está”, acaso porque por entonces el único que quedada vivo de los tres era precisamente el niño soñante, ensoñador.

Otras veces, los de Arenas eran sueños claustrofóbicos con Cuba: sueños sobre la posibilidad de un regreso a su tierra natal y sobre la imposibilidad de escaparse otra vez de allí. 

También, varios sueños donde brotaban aves de su pecho lampiño, cotorras policromáticas, insectos y pájaros cada vez más grotescos (como él mismo, que se soñó volando sobre una mezcla de la campiña cubana y la esterilidad estética de Nueva York): un sueño a pecho abierto que es reminiscente del poema “Isla” de Virgilio Piñera, en el cual “poco a poco, igual que un andante chopiniano, empezarán a salirme árboles en los brazos, rosas en los ojos, y arena en el pecho”.

También, sueños de mar: un mar oloroso y oleoso (de olas, de esperma). Y, además, sueños de pintura: Reinaldo pintando en azul, siempre en estudios vastos y sobre lienzos descomunales. Un gigantismo de sueños suicidas, premonitorios, donde las personas que más hemos amado en vida son el tótem onírico del odio que nos corroe el cuerpo, así como del cadáver incipiente de nuestra autodestrucción. 

La apoteosis onírica del nunca cincuentón Reinaldo Arenas alcanza su climaterio con los “sueños imposibles” de su novela prepóstuma El color del verano, donde sueña con un gran castillo para vivir con toda su familia (ese fundamentalismo fascista), con un par de zapatos cómodos y unos dientes postizos no menos cómodos (ambos en cajitas vacías, supongo), con un cataclismo (coño, carajo, cojones: fuera del cataclismo sería impensable la cubanía), con un banco cerca del mar donde ir a sentarse por las tardes (descalzos sobre la arena, Arenas y yo), con esperar una guagua que llega siempre a la hora precisa (estrés postraumático del socialismo real), con poseer una máquina de escribir que incluya la tecla Ñ y con un almacén de resmas de papel en blanco donde garabatear su próxima novela (el tic tac toe de una época sin ética que a ambos nos crucificó), con una mata de almendras creciendo frente a su casa y con un enorme bohío de techo de guano y corredores de zinc donde la lluvia retumbaba (y con la manita blanca de una muerte memoriosa que nunca nos dijo adiós, sino “bienvenido”) y, en definitiva, con un ángel desnudo que venía a raptarlo y con un río de aguas verdes que le decía (nos decía): “Ven, aquí está el fin de tus deseos”.

Los sueños atraviesan la escritura de Reinaldo Arenas de punta a punta. Desde su iniciático y magistral Celestino antes del alba, nuestro pobre apátrida intentó meter cada uno de sus sueños en una sola palabra, para ver si así no se le olvidaban. 

Y, aunque lo consiguió, nunca consiguió no recordarlos, incluso cuando, con la cabeza bien tapada, soñaba y soñaba que los cubanos “habíamos olvidado todas las palabras del mundo y nos entendíamos ahora solamente por señales y muecas”.

Mi sueño silente de arena creo que no aspira a tanto. Toda vez consumido por la mentira y la maldad hasta la última traza tétrica de nuestro vocubalario, a los cubanos de hoy ya no nos quedan ni señales ni muecas para consolarnos. 

La patria es un pudridero a perpetuidad. El exilio ha devenido aburrimiento atroz. Y la barbarie no es más que borra, boronilla. 

Tal vez por eso nadie habita ahora nuestros sueños. La libertad invocada en aquella notita suicida de Reinaldo Arenas en diciembre de 1990 ha demostrado ser esto: un desierto granulado, un erial sin déspotas ni protagonistas, aridez de arenilla en los ojos donde ni el horror ni el oasis tienen cabida. 

Ni siquiera nos hemos quedado solos en nuestra ceguera incivil, porque los cubanos ya no sabemos soñarnos ni a nosotros mismos.


exilio, Gustavo Pérez Firmat

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Gustavo Pérez Firmat

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