Está en mí, va conmigo

Patria… ¿Por qué me hiere pronunciar esta palabra?

¿Por qué siento al escribirla que habita en cada letra un puñado incalculable de nostalgias, un dolor tierno y antiguo como recuerdos remotos, como susurro del viento en un bosque sombrío?

Desgarraduras que el tiempo profundiza y anestesia; cierta urgencia de decir, de callar, de escapar y quedarme, pasiones contrapuestas fundidas en un asalto simultáneo, intenso, como si escuchara alguna de esas viejas melodías que me roban el aliento…

¿Es eso Patria?

¿Por qué me cuesta yuxtaponer esa palabra al espacio físico que habito, al modo en que soy o son quienes habitan estas precisas coordenadas?

¿Por qué me niego a llenar esa palabra con destinos, costumbres, tradiciones?

¿Cómo soy?

¿Cómo somos?

¿Es eso la Patria, una manera de ser?

Una ciudad gastada por el tiempo y el salitre, una docena de ciudades y campos, dos o tres emblemas donde se alojan con pasión algunos siglos de historia, algunas formas antiguas y modernas de pensar, de existir…

¿Es eso Patria?

¿Un propósito colectivo, un lugar donde incinerar la carne vencida por el tiempo? ¿Suma de cuanto fue y será la humanidad que anide sobre estos páramos de sol y bravura?

¿Por qué me hiere pronunciar esa palabra?


***

Como si fuese frágil, la guardo de cada definición que intenta precisarla; como si fuese sagrado lo que en ella puja por crecer, la convierto en arca y en misterio inefable.

¿Qué territorio es la patria, si no aquel vacío del alma donde sigue existiendo todo lo que alguna vez existió, donde vive aún lo que ya ha muerto, lo que se fue?

Patria es memoria y templo, mas no solo eso. Es también el sitio donde ocurre lo imposible.

¿Qué mano vendrá a gobernar el viejo muelle que el ciclón se llevó y donde todavía juego, lanzando piedrecitas al mar? Mi patria es ese muelle, y los inciertos botes que siguen regresando con sus remos alzados e invisibles tras la madrugada de pesca, la barranca que baja hasta una playa donde hoy solo nadan fantasmales remembranzas.

¿Qué paredes podrán levantarse para cerrar el senderito que atraviesa el pinar oloroso, y qué ruido apagará los pasos de esa sombra que soy yo y que va por él andando, recogiendo piñones, tocando la sangre ambarina de esos árboles que hace tanto talaron? Ese sendero es mi patria, y en su hierba sigo admirando mariposas, lagartijas, telarañas.

Como esas mariposas elusivas e irisadas, como esos hilos dúctiles, fuertes, casi invisibles, como ese niño que juega ajeno al tiempo es mi patria: un surtidor inmaterial, una utopía, un instante eterno. ¿Qué ejército hará cuartel en ella?


***

Dos patrias tuvo el poeta: Cuba y la noche, y el dolor las fundía en un verso luminoso. Luz de luna en la cumbre de una montaña fugaz, arroyo seco por cuyo cauce sigue fluyendo la savia del monte, rastro de sangre en la roca de un farallón blanco y solo, labios de fuego, manos heladas tanteando por primera vez el misterio de ser más que uno, pies desandando el camino hacia el silencio y la espera, asaltos de la ira, sobresaltos del amor, barrancos donde se lanzan a volar los sueños…

He acumulado medio millón de patrias. Como estrellas en la noche son, lejanas, frías, leves, casi imaginarias, pero cálidas también, próximas como el manto que me abriga en el invierno. Cargo con ellas y no pesan, las dejo atrás y me acompañan.

Todas mis patrias caben en una gota de rocío atravesada por el sol del amanecer, en una lágrima oculta, en cualquier manantial anónimo y sombrío al pie de alguna loma pelada. Sin embargo, nada abarca totalmente su extensión, nada las seca o devora, nada puede establecerles censo o estatutos.

Todas mis patrias arraigan en mí sin remedio, y en cada paso me impulsan, y ante cada horizonte se dilatan. No hay bandera, himno o geografía que las nombre completas, ni frontera que alcance a limitarlas.

Dos patrias tuvo el poeta. Mas no eran menos por ser más de una, ni eran mejores, ni más puras, ni exclusivas; porque patria es también la poesía. Patria es también el horizonte.


***

Puse en cajas a mis muertos, en panteones pulidos por la ruda intemperie. Años después volví a exhumarlos y en osarios de mármol gris guardé lo que quedaba de ellos. Ahora son polvo esas manos que me enseñaron a andar. Y cuando un día el viento las disperse, ¿dónde anclaré mi nave que esas manos no estén sujetándome, atentas a cada tropiezo?

Esas manos son mi patria, son en ella un pilar sin el cual todo se vendría abajo. Nada sobra en ella, nada alcanza a llenarla. Mi patria es yo sin que pueda evitarlo. No hay necio rabioso que logre usurparla, ni ley que me impida fecundarle los sueños. Está en mí, va conmigo, como voy yo con ella.




Daniel Díaz Mantilla

Con argumentos, no con arrebatos de ira

Daniel Díaz Mantilla

Ayer 27 de enero se cruzó un límite que jamás debió haberse cruzado. No sé cómo alguien puede justificar la actitud pendenciera de un ministro y de una cuadrilla de altos funcionarios de ese ministerio, ante una decena de jóvenes. Yo pido que sean cesados de sus cargos.





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