Los relatos

Los relatos que contamos, breves o extensos, hilarantes o amargos, son mucho más que un simple ejercicio de imaginación. Más que una imagen del mundo o un desafío a la verosimilitud, esos relatos son el polvo y el agua con que se amalgama la sustancia tangible de lo real.

Todas las experiencias, desde el primer día hasta el último de nuestras vidas, son un caudal de relatos entretejidos, un gigantesco tapiz de infinitos detalles que se suceden y se trenzan, que parecen acabar bruscamente o renovarse una y otra vez, como el motivo recurrente de una larga sinfonía.

Los relatos son, por sobre todas las cosas, un acto de magia. Son la creación, la reinvención del mundo.

Nada hay más importante que los relatos. Pero entre los incontables relatos que existen o que esperan todavía existir, hay uno que es primordial: ese que de continuo alguien se va contando a sí mismo; la historia de lo que ese alguien ha sido, de lo que cree o aspira a ser.

Todas las demás historias confluyen en esa. Todo lo que es real obtiene su realidad allí donde alguien se cuenta a sí mismo el mundo, su pasado de logros y fracasos, su presente de certezas e incertidumbres. Es allí donde ese alguien construye sus esperanzas y tienta casi a ciegas el porvenir. Sus sueños, su felicidad futura, dependerán del aliento que esa historia le infunda, de cuánto ese relato que se va contando a sí mismo, incluso sin advertirlo, pueda inspirarle o impedirle hacer. Porque hay historias que son alas, como hay también historias que son lastres capaces de quebrar incluso el ala más fuerte.

Si hay algo sagrado, si hay algo que uno debe cultivar y proteger contra los asaltos del azar, es esa historia de uno mismo.

Cultivar, porque el ser no está hecho y concluido, porque no es fatal e inmóvil como las piedras, ni es resultado solamente de lo que las circunstancias o las tradiciones incitan, sino que va fluyendo, mutando, reajustando su curso con cada nuevo suceso, como eso que los físicos y los matemáticos llaman “vector de desplazamiento”.

Cultivar, porque detrás de cada relato están siempre la mano, la voz, la intención de un autor; y aunque ese autor no sea omnisciente ni omnipotente, aunque las circunstancias tensen a veces las riendas de su devenir, más vale ser coautor de la propia vida, que ser un mero personaje sin intención ni autonomía, guiado por otra mano, por los designios de otra voz, hacia un destino que tal vez al realizarse lo disguste.

Y proteger, porque ese relato suyo no es el único ni quizás el más factible entre el millar de influencias que otros relatos ejercen.

La historia de una persona es siempre resultado de la interacción entre relatos de muy diversa índole: relatos colectivos, antiguos o modernos, trillados o flamantes discursos que regulan lo posible y lo legítimo, que conminan, que disuaden, que se abren o cierran ante lo improbable y lo inusual.

Relatos que contienden o se amalgaman en el espacio íntimo de cada quien: religiones, filosofías, tabúes, mitos, epopeyas…

Uno puede pensarse minúsculo ante la fuerza arrolladora de ciertos relatos, uno puede creer que su capacidad para actuar libremente es apenas una ilusión ante el poderoso embate de las circunstancias. Sin embargo, la fuerza de lo minúsculo es inmensurable.

La historia universal, es decir, los relatos dominantes, son precisamente la crónica repetida de esa interacción entre personas minúsculas ante circunstancias abrumadoras. La historia de nuestra especie, esa que nos cuentan la arqueología y la biología evolutiva, pero también el arte y las literaturas, es siempre el relato de lo minúsculo, de lo débil, de lo mortal enfrentado a enormes obstáculos.

Hay cierta heroicidad en ese enfrentamiento, una dignidad que consiste en ser —o aspirar a ser— autor del destino propio; aunque la conclusión de ese empeño, de la vida, sea fatal.

Quizás, como se ha dicho tantas veces, la condición humana sea trágica por naturaleza. Quizás la derrota sea más común que el triunfo. En cualquier caso, todo logro es pasajero, del mismo modo que puede serlo toda derrota. Pues a cada persona, por encumbrada o influyente que sea, llegarán sin duda la muerte y el olvido.

Ese es también el destino de todo relato, de toda obra humana, aunque en la chata perspectiva de lo actual nos parezca en ocasiones que ciertos relatos son eternos e incuestionables.

Pocas cosas son tan lamentables como una persona sin voluntad propia, entregada por ignorancia o por miedo a la voluntad de otros. Y pocas cosas son tan aborrecibles como una persona cuyo relato se enfoca solo en sí misma, en sus ambiciones y miedos personales, ignorando o aplastando a su paso la voluntad de los otros.

Relatos ruines, tejidos desde la mezquindad y el orgullo, espejos aberrantes donde quien se mira no ve lo que es, sino lo que quiere ver.

Porque, a fin de cuentas, nada vale una historia si no alcanza a sembrar luz en el millar de historias con las que inevitablemente se conecta. Porque no es en la historia individual que nos refiere, sino en sus puntos de contacto con las demás historias, donde un relato —una vida— adquiere su belleza y su utilidad, es decir, su sentido.

Hay quienes juzgan un relato por la manera en que termina. Hay quienes valoran su complejidad, tal vez incluso su extensión, o acaso su sintonía con cierta norma que se cree indiscutible. Sin embargo, muy poco importa cómo concluye una historia, ni los malabares que su autor ha hecho para contarla o las peripecias que su protagonista ha ejecutado.

Lo que importa, lo que salva o pierde a ese relato —por decirlo de algún modo—, es el ánimo que nos contagia, la huella que nos deja, el rastro de dolor o de esperanza que ha grabado en la historia de los otros.

Mas no se trata tampoco de obsesionarnos con el afán de fijar un signo indeleble en nuestros congéneres; no se trata de hechizarlos, ni de convencerlos de que nuestro relato es mejor que el suyo propio, porque al final todo relato se olvida, toda voz se desvanece, toda página torna a ser polvo, aun si fue cincelada en roca.

Y el relato más largo, el más brillante, el más inspirador, es solo un destello, un instante apenas en el interminable balbucir del universo.




Daniel Díaz Mantilla - el país

El país donde vivo

Daniel Díaz Mantilla

Hoy se sienten seguros de que ganaron la batalla. Porque, para ellos, la diversidad de criterios sobre cuestiones políticas solo merece guerra y aniquilación. Pero lo cierto es que han perdido, estrepitosamente, la confianza de muchos. Han perdido ellos y hemos perdido los demás, que aún no sabemos articular un pacto cívico.


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