Roberto Carter: la gran ilusión

Roberto Carter es, con amplitud de miras y a sus anchas, el nuevo Federico Herrero de la pintura costarricense y más. Y lo es por dos razones críticas esenciales que resultan incuestionables desde cualquier punto de vista: su solidez y apertura en materia pictórica y la fundación de un alterego personalísimo y singular (contra toda sospecha) en el contexto discursivo de la nueva pintura centroamericana. 

Observo el vasto repertorio de su obra y ocurre que toda esa observación expectante me lleva a los paisajes emocionales, tan contradictorios como delirantes, de la extrañeza y de la inquietud. La obra de Roberto Carter es un oasis de insinuaciones, veladuras, secretos y también, por qué no, de afirmaciones expeditas

En su caso, incluso, podemos hablar de un estilo, de una consumación tácita, de un fluir de la voz propia por encima de todas las posibles referencias, por demás, tan loables como legítimas. Todas esas superficies están atravesadas por una pulsión que se hace evidente a los ojos de quienes vemos el arte como un espacio de realización, de fabulación, de invención sin límites. La misma pulsión que le lleva a pintar de manare compulsiva liberando esa bestia parta que en él habita. 

La metáfora, parece decirnos el artista, es la carne y sangre de la pintura. Es desde el centro mismo de esa figura tropológica que toda su obra se articular como discurso, como narrativa. Roberto Carter es una suerte de polimorfo perverso, sutil y peligroso a un tiempo, callado y canalla a la vez, observador y acechante. A la aparente ingenuidad de sus lienzos se le opone una deliciosa tensión dramática que ejerce el poder de la fascinación y las derivas de la duda en todo aquel que mira. 

Toda esa obra, acumulada por años en el territorio de un silencio cauto y de una discreción admirable, suscita una gran provocación. Basta una aproximación primera para querer saber más, buscar más, poseer más. El juego de miradas en su obra y respecto de ésta, se hace conflicto por lo engañoso de sus superficies. Todas, a su modo, parecen las láminas testimoniales de una orgía o de un asesinado. Eros y Tánatos habitan en cada espacio de esa trama visual. Saltan amenazantes al ojo distraído y acaparan la atención en ese umbral impreciso que se escribe (que se revela) entre el deseo sexual y el instinto de muerte

La idea del presagio, de la advertencia, de la sospecha, está contenida -diría mejor, condensada- en la dramaturgia de toda la obra y en sus principales focos o epicentros de enunciación. Estas piezas parecieran radiografías concertadas de un estado de ánimo; lo mismo que revelaciones más o menos convincentes de una gran ambición. 

Contrario a lo que se espera y se supone de una pintura proveída en un contexto en el que reina la fuerza de la naturaleza y lo verde se descubre como un signo de poder absoluto, su pintura dista de esa distracción ceremonial y relamida, a lo Tomás Sánchez, o la planimetría -casi encefálica y aséptica- de otros artistas locales muy dados a la reproducción palmaria del paisaje más inmediato. La obra de Roberto Carter es puro ejercicio de creación, un espaldarazo rotundo a la gramática de los pseudoconceptuales y una celebración de la voz propia y auténtica. 

Su pintura me fascina con el mismo grado de intensidad y de espesura que provoca en mí la extraña sensación de vértigo. Resultan obras con un amplio poder evocador que le lleva a la gestación de atmósferas, a la prefiguración de escenarios enrarecidos. En ellas habita, por obra y gracia de la inspiración, una cualidad que me interesa sobremanera en el arte contemporáneo: el sentido o la dimensión cinematográfica que se traba en la densidad del tejido textual de su pintura. De ahí, tal vez, esa presunción de libertad y de peligro, de silencio y de grito, de salir al mundo y esconderse de él. 

Si de algo disfrutan sus obras, en su perspectiva ontológica, es del poder seductor de la ambigüedad. Una ambigüedad que a ratos puede resultar peligrosa, pero tentadora siempre. En efecto, estamos en presencia de un relato visual que pondera el equívoco, la incertidumbre y el suspense. Todo ello en la conjugación de un tiempo abstracto y poético. Un tiempo y un espacio otro, en el que la neutralidad devenida en señal del mismo, imposibilita la ubicación de las escenas, la disección de la geografía, el dibujo del mapa. Roberto Carter consigue algo extraordinario en sus piezas: subvertir los órdenes de la realidad y de la ficción, del relato y del tiempo de enunciación de éste. 

Tanto las obras a las que tuve acceso en su apartado estudio de San José, como las que se hayan expuestas, bajo la mirada curatorial Konstantina Stamatiadis y Juan Ignacio en Galería De Cerca, en el espacio Kalú, ubicado en el barrio Escalante, gozan de esa virtud narrativa que advierte de lo jugoso y febril de las dinámicas del correlato, la yuxtaposición de mundos y la fundación de realidades paralelas a la que conocemos y nos tienen acostumbrados. 

El tiempo, toca ahora recordar que la paciencia es la reina de las virtudes, terminará por certificar, en hechos concretos, el valor y el alcance de mis afirmaciones. Dejo en sus manos la posibilidad, apetecibles y no menos riesgosa, de calibrar el tremendo valor de esta pintura. 




Galería




Ernesto Gutiérrez Moya

Ernesto Gutiérrez Moya: El espacio incógnito

Andrés Isaac Santana

Son la línea y el plano de color (de apariencia casi tectónica) los dos elementos esenciales en el andamiaje corporal que prefigura el mapa pictórico de Ernesto Gutiérrez Moya.


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