Ginés Liébana: mis zapatos verdes

«Se paraba la rueda de la noche». Este verso de Juan Ramón Jiménez serviría —en su abstracción, profundidad y espesura—, para definir la obra de Ginés Liébana. La suya resulta una poética portentosa, de fina sensibilidad, de pulsión orgiástica y de declarada (y por tanto no disimulada) perspectiva irónica.

Escribir sobre su obra, entonces, ha de sujetarse al ejercicio lúcido de la especulación y a la férrea voluntad emancipatoria de la metáfora. Ginés Liébana, como diría Ciorán, es uno de los últimos delicados que he tenido la dicha de conocer. Un tipo raro, un ser extraño. Un belicoso, que, como yo, y el mismísimo Quijote, se enfrenta al mundo absurdo y estéril de los molinos de viento: los gigantes del pensamiento mediocre y adoctrinado, esos sujetos asalariados de la gramática correcta y ajenos al mundo grácil y fértil de las ideas.

Si algo me fascina de su obra es la libertad que esta manifiesta respecto de cualquier nomenclatura, corriente o aparato categorial tributario de la teoría estética o proveniente de la historiografía del arte. Allí donde algunos advierten señales estilísticas del surrealismo, abrevaderos de una narrativa onírica o elementos de una (neo)figuración venida a cuenta de estos tiempos de lo-real escenificado, yo, por el contrario, descubro la más radiante y expedita sinergia entre arte y vida.

La obra de Ginés Liébana, en el mejor de los sentidos, no es una abstracción edulcorada y remolona de quien desea epatar o sintonizar con los otros en beneficio del aplauso. Su obra, en puridad, es la más radical de las respuestas a una manera de ser. Basta con observar su entorno y hurgar un poco —solo un poco— en su vida, para entender, al cabo, que toda esa fabulación, toda esa escritura y todo ese imaginario responden a una única verdad que no es otra que la regencia de todo lo vivido.

Su obra es una suerte de palimpsesto horizontal, como diría Alejo Carpentier, en el que comulgan (y copulan) la experiencia vital y el acervo cultural acumulado a tenor de una mirada aguda y desde todo punto de vista desobediente, irreverente, incluso. La observación avisada y oportuna de una buena parte de su obra, revela una pista que —me temo— resulta crucial para su entendimiento. Y es, precisamente, el montaje —a modo de exquisita filigrana— entre el universo visual y el cosmos literario que le sirve de referencia.

Pero no lo es en el sentido hedonista de un surrealismo trasnochado y de probeta, sino, y muy distinto de ello, en el sentido que otorga la consumación de un legado bien vivido, experimentado, exprimido, degustado hasta la saciedad de la embriaguez y del orgasmo.

Podría decirse, sin exageración aparente, que toda la historia de la pintura se condensa en su obra. Pero son las narraciones de la pintura de los Países Bajos, algo del Bosco, algo de Pieter Brueghel, algo de las prefiguraciones de los imaginarios latinoamericanos, las señales referenciales que más saltan a la vista en ese encuentro súbito entre la mirada furtiva y la superficie de su obra.

Ginés Liébana es un tipo pervertido y perverso. Lo es porque mientras que otros se dedican a citar o a reverenciar al modelo de la fascinación y de la admiración, él fagocita, expolia y redefine esa usurpación de los maestros de ayer para convertirse en un Dandi de hoy.

Este hombre, de 98 años de edad, tiene algo muy claro: la pretensión de infalible autoridad que muchos pretextan es —tan solo— un espejismo, la mueca desvencijada del ego, de disensión del falo, la derrota del héroe.

El verdadero gladiador no es el que se enfrenta a la bestia o domina el escenario de la arena en nombre de los aullidos de la multitud enardecida, el verdadero gladiador es el que lucha contra la arbitrariedad y la pereza del tiempo. El que, como él, sabe que la historia no es sino un relato minúsculo que cuentan algunos.

Observo sus collages y alcanzo a descubrir un universo personalísimo en el que sobresale un rasgo de identidad: la sugerencia como premisa de la narración. Ginés es consciente, creo que muy consciente de ello, que la única vida que merece ser vivida es la imaginaria.

De ahí, tal vez, que sus collages se revelen como el escenario de un posible crimen, el set de una telenovela barroca y manierista o el testimonio —tan real como evanescente— de un acto sexual fulgurante. En ellos habita el ánimo subversivo, el ansia por la desautorización de los iconos, pero, fundamentalmente, habita el espíritu de un hombre libre que cree en el poder la metáfora y en el insondable universo del verso y de la fabulación sin límites.

Frente a esas voces de los agoreros y de los sepultureros oportunistas que anuncian, una y otra vez, la muerte de este o aquel lenguaje del arte, la obra de Ginés Liébana se presenta con todas las credenciales de una actualidad y de una contemporaneidad fuera de serie. Ella sola, en su más radical autonomía, resulta una bofetada a esos que solo leen el arte o pretenden leer las obras de arte a tenor (y en virtud) de una tendencia, estilo, corriente o escuela. La auténtica obra de arte está por encima de las predicciones masturbatorias o de los rancios prospectos que la sujetan y constriñen a un horizonte de actuación y de existencia.

No delirio si me apresto a afirmar que Ginés Liébana es un auténtico artista posmoderno. Esta afirmación que seguramente desoriente a muchos e insulte a otros, no es sino el resultado de un mirar inquieto que señala en su obra aquellos rasgos más relevantes que definen las estrategias estéticas de acento posmoderno: el sentido irónico, la libertad de la parodia, el acecho expectante hacia el pasado y la mezcla (y montaje intencional) de cuanto referente sirva en la construcción, mediación y enunciación de una idea o de un concepto.

Lo clásico, o lo que se entiende por tal, no debe entenderse como enemigo de lo presente, de lo más rabiosamente contemporáneo. Es factible, dable, posible pensar su obra como un gesto de emancipación y de afirmación allí (y aquí) donde solo los valientes se pasean con zapatos pintados de color verde.


Galería:


Allegra Pacheco

Abril, allegro ma non troppo

Andrés Isaac Santana

La obra de Allega Pacheco atraviesa varios umbrales de realización y de plenificación de sí misma. El suyo es un enunciado que busca, desea y procura la recuperación de un estado primigenio.

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