Ernesto Gutiérrez Moya: El espacio incógnito

Me veo en el compromiso, tan delicioso como deseado, de ensayar unas líneas sobre Ernesto Gutiérrez Moya, un joven y talentoso artista cubano. Su obra, sin duda, es maravillosa. Habita en ella un sentimiento de humildad y de grandeza que rivalizan en el horizonte de realización de unos espacios y de unos contextos paisajísticos que parecen existir, solo y únicamente, en el tejido insondable de su subjetividad. De ahí, tal vez, que aflore en ellos una extraña sensación de equilibrio infantil frente a las reconocidas perturbaciones del mundo de los adultos. Sus telas, con todo y con mucho, podrían ser traducidas como relatos cortos de una misma historia. 

Lo primero que leo sobre él es un texto firmado por otro grande de la pintura contemporánea cubana, Michel Pérez (El pollo). La lectura de este pequeño texto me ha resultado muy gratificante al tiempo que hermosa. Emociona, y mucho, advertir la complicidad y “la responsabilidad” de esos otros artistas que más han avanzado sus pasos en las azarosas pasarelas del mundo del arte, para con quienes —apenas— comienzan sus carreras. 

En su atinado comentario, El pollo señala “Ernesto empieza a recorrer este camino desde el sitio más difícil, el principio. Sin falsos atajos, sin calles asfaltadas ni bajadas dóciles ha comenzado con la frescura que le permite desaprender y suspender el juicio, necesaria para enfrentarse a la historia. Por suerte, tiene mucho que decir”. 

Son tan ciertas estas palabras como sentenciosa resulta su intención. Y no podría estar yo más de acuerdo con esta afirmación del artista. Ernesto es, en puridad, un amante sigiloso de la pintura, un coqueto narcisista de la superficie. Tal vez por ello su obra advierte, a toda voz, una gran cuota de frescura, de espontaneidad que nada tiene que ver con el azar y sí, con la pasión. Sus piezas elaboran, todavía más, cierta recurrencia a esa representación de espacios otros, de esos llamados no—lugares que escapan —como lo hace la presa de su gladiador— de toda distinción y de toda consideración reglamentaria y estandarizada del juicio. 

Basta con observar la foto que Ernesto Gutiérrez Moya ha colocado en su biografía, para advertir en su mirada la ambición de un joven expectante y sereno. Al margen de su hermosura, que la tiene y mucho, se evidencia, aún, una mirada al estilo Peter Pan. Esa que, en medio de la desazón y de la adversidad, es capaz de construir un mundo paralelo a la realidad misma. Ernesto, como yo, vive hoy en el espacio del otro. Tomó distancia de las fuentes y afluentes de su cultura de origen, aunque se halle hoy en ese espacio que reclama de la autenticidad que no lo será nunca. Este dato, quizás, debería de ser considerado a tenor de las actuales aproximaciones a su obra. Habitar la “condición” de “escindido”, supone siempre, se quiera o no, una suerte de trauma, de digresión del yo en la dinámica de diálogo con el otro

Leo en alguno de los textos sobre él acerca de sus posibles influencias y modelos de cercanía. Este tipo de lectura crítica, con independencia de mi estimación, terminan por resultarme convalecientes en su gramática y torpes en sus enunciados narrativos. Pareciera que la legitimación o el rango de valor de la obra de un artista joven, estarían sujeto a las “proximidades” o “desajustes” respecto de la historia del arte, ya sea universal o local. 

No resulta acaso más oportuno el ejercicio de valor, más allá o más acá, de sus filiaciones o linajes. No viene a ser más interesante el desmontaje de los accidentes gramaticales de la poética que la advertencia de fuentes o de referentes pesquisados en ella. Existe hoy algún artista absolutamente original y único. Afirmar todo lo anterior nos convierte en agoreros de la falacia y de la impostura. Al cabo creo que la agudeza de la crítica reside en la habilidad con que examina los elementos de la poética para ponerlos al desnudo, que en esa otra variante lectiva que busca evaluar la viabilidad y existencia de un grupo “posible” de referentes. 

La obra de Ernesto Gutiérrez Moya, en su singularidad, elabora el contenido ficcional de sus visiones por encima de toda tiranía de sujeción a la realidad de los contextos. El impulso minimalista de sus superficies y la gracia de su pincelada fresca le aproximan a ese tipo de pintura que es capaz de generar emoción desde la honestidad más absoluta. Cuesta rastrear en ella la pretensión del arrogante o la desfachatez del artesano. Por el contrario, se puede tantear los perfiles de una subjetividad rica en recuerdos y propensa a retomar los lugares comunes. 

La arquitectura de sus paisajes se articula a partir del uso de pocos elementos que diagraman la escena final en un alarde de síntesis bastante envidiable. Entre todo ello es posible señalar una reiteración, por ejemplo, de ciertos esquemas o perspectiva composicional sobre la que el artista, me temo, debería asumir, tal vez, una postura de alerta. A fin de cuentas, estimo, de lo que se trata aquí no es de llegar a la finalidad misma de lo representado (ficcionado o no) como un estado de cosas, sino de hacer valer el impulso vital que habita en cada pincelada suya. 

Un cierto lirismo envuelve sus piezas. De hecho, cuando las observaba —con atención y con sospecha— especulaba la posibilidad de que pudieran ser parte del diseño escenográfica de cualquier ópera o de otro tipo de puesta en escena. Esa generación/construcción de “espacios raros” que habitan en el límite de la realidad y de la utopía, gozan de un poderoso rango poético y de gran habilidad en el arbitraje de la sugestión. 

Hay algo de tautología confesada en toda esta narrativa suya, lo mismo que una sorprendente remisión a la idea de lo “laminal”. Esa sensación que produce el hecho de no poder separar una lámina de otra, una apariencia de la otra, una superficie de la otra, porque todas, en su conjunto, devienen en episodios fragmentados de un único relato. Esta mirada nos obliga a señalar que son la línea y el plano de color (de apariencia casi tectónica) los dos elementos esenciales en el andamiaje corporal que prefigura el mapa pictórico de Ernesto. La línea y su ductilidad enfática disponen un universo de representación en el que se produce —como en la vida— el ritual de apareamiento entre la realidad y la ficción. Algo que bien aprovecha el artista para enmascarar, si se quiere, sus referentes o sus motivos de “inspiración”. 

La transformación y alteración de los órdenes de lo real en tanto que estrategia de acento discursivo y formalista, conducen a la apertura de un gran interrogante, lo que la crítico cubana Estela Ferrer llamaría la creación de espacios incógnitos. En su texto, publicado en la web del artista bajo el título La arquitectura y sus secretos, señala Ferrer “el artista transforma el orden natural de los elementos, la sucesión verdadera de los fenómenos y al adulterar el canon, se aproxima a una sensibilidad distinta de la re—presentación de lo vivo y su ciclo vital. 

Es interesante apreciar cómo el creador se las ingenia para que todas las acciones que ocurren en las piezas sucedan al unísono. Esta simultaneidad evidencia cómo se produce una alteración del tiempo lineal, como fabrica para este universo otras dinámicas”. En efecto, es esta una señal de identidad en la obra de Ernesto. En ella, en su pintura, esa dislocación y arbitraje a la carta halla el artista los recursos esenciales de su consumación poética. Subraya Ferrer que, en su caso, “no se produce una desobediencia a capricho de los códigos realistas, más bien es la urgencia por narrar desde un lenguaje más fresco e informal los paisajes oníricos producidos por su mente donde un salto de agua, un conjunto de columnas y un viejo horcón poseen un alto nivel connotativo”.

En su momento afirmé que el repertorio de piezas construidas por Ernesto, devienen en una suerte de palimpsesto en el que se superponen, de una parte, los sueños infantiles; de otra, la pulsión freudiana del destino utópico. Cada plano es un pasaje de sugerentes e insinuantes superposiciones y cruces donde copulan los perfiles de muchas ciudades, espacios extraños o cartografías posibles. Todo resulta de una invención que convierte al artista en una especie de nuevo arquitecto que explora la superficie en blanco con el ánimo de procurar la gestación de mundos paralelos. Ningún texto crítico es objetivo en sí mismo. 

Toda mirada, toda lectura —presuntuosa o no— está sujeta al paradigma de la más poderosa subjetividad de quien observa y escribe. Puede que esa misma condición que señala la falta de objetividad del discurso crítico sea, al cabo, lo que mayor placer me produce a la hora de ensayar sobre la obra de jóvenes artistas, como es su caso. Más que nada porque, para mi sorpresa, descubro una orfandad crítica respecto de la obra de éstos que no logro comprender del todo. Acercarse al trabajo de Ernesto es acceder a un universo de intersecciones en las que, parece, se especula la búsqueda de otros tiempos reales e imaginaros. Verle trabajar, a través de los vídeos en su perfil de Instagram, es toda una delicia al tiempo que una evidencia más de la pasión desbordada que le puede y que le determina. Se advierte la serenidad y la grandeza de un joven que pisa fuerte en su terreno, que no es otro que el de la pintura. 

La primera de esas intersecciones de las que hablaba antes, bien podría ser esa que queda escrita en la imposibilidad de elección entre el mundo real y ese mundo fabulado por él. Entre montajes, superposiciones y transparencias, se vislumbra un reverso de la subjetividad que apunta —desde mi humilde mirar— hacia una sensación de extravío y de pérdida, especie de recomposición y de ansiedad por el hallazgo. Es como si, de repente, estos planos fueran el hilo de Ariadna, el espejo donde reproducir el mapa real, la escena —hipertrofiada— de un ADN que compartimos todos los que estamos lejos del lugar de origen. 

Las inundaciones de Ernesto, no podría mirarlas de otro modo, sugieren la existencia de una inequívoca dificultad para señalar, para precisar, para localizar el punto exacto y preciso de nuestro lugar en el mundo. No sé si tendría los argumentos ahora mismo para desarrollar una tesis más enjundiosa sobre su trabajo, pero lo cierto es que percibo, desde el contacto a distancia con sus superficies, un sentimiento que me conduce al ámbito de las purgaciones y de las ansiedades; lo mismo que a un universo de placeres y de reconciliación entre los escenarios del mundo adulo y los de ese otro polimorfo perverso —suerte de Peter Pan— que somos todos en nuestro fuero interno. 

Los trabajos de Ernesto vienen a ser una radiografía del sitio, del espacio conflictivo y conflictuado de la cuestión. Esas articulaciones construidas en base a líneas que se superponen y transparentan desean trazar el mapa de las raíces constitutivas del yo y del nosotros. Tal vez toque a la crítica, luego de este amago de aproximación a su espacio, elevar la mirada y afilar el verbo para trazar, desde el goce infinito de la escritura, la genealogía de cada uno de estos elementos y de cada una de estas señalas. 

El espacio incógnito de este joven artista se expone al descubierto para señalar una inobjetable tensión entre la naturaleza fáctica de lo concreto y la voz de la invención y de la fabulación. Lo que genera poética no es la reproducción palmaria de la realidad en sí, sino su refundación constante en la distensión gramática del logos. 

Ernesto, decía El Pollo, “tiene mucho que decir”. Y, de hecho, eso está haciendo. Está escribiendo su propia historia, con sus accidentes o sin ellos, de su paso por el cosmos —espeso, denso y apasionante— de la pintura. Volveré, no muy lejos en el tiempo, para aventurarme en otra lectura dado que creo, sin duda, como dijera el artista “aquí pasa algo raro”. 




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