Michael H. Miranda

Prairie dogs

En un intento por echarles aire a las ruedas de tres bicicletas con una bomba que se conecta al carro, me llevé los fusibles. Era el carro de mi mujer, lo cual despertó de inmediato las suspicacias de toda la parte femenina de mi ecosistema, incluida desde luego la mía propia.

Me dispuse entonces al cambio de esos fusibles.

Fui a un O’Reilly, amenazaba lluvia. Nos recibió una bombero. Le dio tres vueltas al carro. Le abrí el capó. Miró en la guantera. Se metió debajo del timón. Se rascó el cogote. Hojeó el manual. Lloviznaba. Pensé que quería abofetearme. Entró y se plantó frente a la computadora. 

—No encuentro esos fusibles, contacte a Nissan.

Camino a una gris oficina adonde debíamos ir por un trámite burocrático de esos que te proveen para que odies el mundo, nos detuvimos en un Autozone. Ya casi llovía a cántaros. Mientras esperaba a que amainara un poco, miré un par de videos sobre cómo reemplazar fusibles en un Nissan Pathfinder. Oh, todo es más sencillo de lo que pensaba. 


Michael H. Miranda

Entré al Autozone como entra un dueño a su negocio. Yo dueño. Aire en los pulmones.

—Necesito fusibles de 20 amp. 

Paquete de cinco y come back to see us, oí que decía el vendedor, mi propio empleado, a mis espaldas.

En la oficina del trámite burocrático tomamos un número, la pantallita electrónica mostraba un H-07, nosotros teníamos el H-82. Nos fuimos al supermercado.

Al regreso mi mujer se encontró un número más bajito. Nos atendió una señora con malas pulgas que nos pidió un documento que no teníamos. 

—Si lo consiguen hoy no tienen que volver a tomar un número.

En el cristal de la puerta, una mancha húmeda semejaba un pez león. 


Michael H. Miranda

Regresamos a casa. Revisé el buzón: el t-shirt libresco, regalo de mi mujer, había llegado. Me dispuse a abrir el sobre plástico y lo rompí, le abrí un hueco con la punta del abrecartas plástico, artefacto letal. Ya ni siquiera tengo que ser demasiado torpe, con un poco me basta. 

Salí al garaje, veamos esos fusibles. 

—¿Tendrás alguna pinza de cejas?, le pregunto a mi mujer. 

La pinza de cejas no funciona, no tiene agarre, resbala. La otra pinza que tengo, una de electricista, tiene la punta muy gruesa. 

Me traen dos pinzas de cejas más, distintas de la primera. Tampoco funcionan. Necesitaré regresar a Autozone o a Walmart. Vamos después de almuerzo, así también vamos al banco y a Barnes&Noble. 

Compramos la pinza fina. Sacamos cash. Le compramos un libro de rezos y otro de Isabel Allende a un amigo que está preso en un centro de inmigrantes en California. Aprovecho para comprar la novela de Pron que ganó el Alfaguara, demoran estos libros en llegar al Midwest.

Ya en casa. Sobre la cama, el t-shirt zurcido. 


Michael H. Miranda

Veamos esos fusibles otra vez. La pinza es la que es. Solo que los fusibles no son los que son. Los compré de patas y los que necesito son low profile. Mi mujer vino en mi auxilio: usted se queda en casa y yo voy por esos fusibles. No vaya a ser que traigas la vara en lugar del pescado.

Al poco rato llegó mi hija de la high school

—Mamá, papá, mi amiga Becka se peleó con el novio, está mal y se va a quedar esta noche aquí en la casa. Solo que necesita ayuda con su carro.

El domingo pasado habíamos ido en familia a un safari en Gentry, a menos de una hora de casa. Todavía tengo en la memoria, como una instantánea de otra vida, aquellos animalitos que se metían debajo de los autos, escarbaban y se sentaban, nos miraban y nos hacían señales con sus paticas delanteras.


Michael H. Miranda




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