Manuel Alexander Roblejo Proenza

Plátanos machos

Nada es normal.

Hoy por la tarde vinieron a recoger cinco pesos para una actividad del barrio. Traté de recordar qué cosa se conmemoraba, pero no lo logré; así que di el dinero sin saber si estaba bien dado, aunque seguro lo estaba, porque las efemérides no tienen vagina en este tiempo, y mucho menos vientre. Luego, a eso de las ocho de la noche, el viejo de al lado se murió. Semanalmente se mueren dos o tres viejos por acá, pero al mismo tiempo envejecen diez o quince personas antes de tiempo, así que no se nota la tragedia, y que se muera un viejo viene a ser como el nacimiento de un poco más de ozono. También pasaron recogiendo cinco pesos para el velorio. Es increíble que en este barrio la gente siga mendigando hasta después de muerto. En cierto sentido en este tiempo todos mendigamos, pero al menos la muerte es la esperanza de la terminación de toda la esperanza que flota en el horizonte de los que no han aprendido a vivir solo de hierba.

Hubo un tiempo en que los viejos tenían las esperanzas puestas en sus hijos, y hasta en sus nietos. Pero ese tiempo se lo llevó el hambre del apuro y la constatación; un espíritu singularmente suspendedor, que terminó por darle a la muerte un carácter de enfermedad simple. Hoy los hijos persiguen ese día de cambio, sin llegar al canibalismo, pero siempre con sus propios hijos como escudo de todo lo soez que les pueda salir del corazón en algún momento de lucidez. Luego en todas las casas se libra una batalla entre tres o cuatro tiempos distintos, incluyendo el mío, que solo finaliza con la solución de la continuidad encarnada en la precariedad de los que viven apretados como plátanos en una mano.

Al final fue que la actividad la suspendieron, por culpa del viejo, y al viejo lo velaron en la funeraria; pero no devolvieron el dinero. Es común que el habitante de un barrio así, excluido de toda posibilidad de aire en los pulmones, abone parte de sus desgracias sin preguntar adónde se van, esperanzado en que eso le garantice noches tranquilas, de un encierro alejado de la sospecha, y solo amenazado por la muerte y la tortura locales, de las que es posible escapar si se escoge no vivir así.

Y la libra de malanga sigue a cinco pesos; y nadie me la va a regalar, porque ni es mi cumpleaños, ni me he muerto todavía. A veces trato de imaginar una existencia envidiable, pero es un asunto extremadamente difícil para mí; por eso me duelen tanto los cinco pesos. Me he dado cuenta de que mis compañeros bonitos de la universidad se han puesto feos, los feos se han vuelto ricos, y los mediocres estamos casados y llenos de hijos. Así que he aprendido a respetar todos los caminos, porque en cada elección que hace un ser viviente reside un nunca se sabe, que puede desencadenar una venganza terrible.

El viejo de al lado era un cabrón.

Estaba peleado a muerte con los dos hijos, que vivían encima de él, literalmente. Dicen que lo cogieron varias veces toqueteando a las muchachitas del barrio, que iban a su cuartucho a comprar platanitos. Vender plátanos es hoy lo que era vender maní hace cincuenta años, pero con una simbología completamente distinta, que venía desde la misma forma masculina del fruto, dándole al negocio una connotación casi genérica. Ahora hay más hambre, y la gente no se llena con algún cucurucho de granos, por tanto el sexo viene a cambiarlo todo. El viejo vendía platanitos a peso, y toqueteaba muchachitas de gratis. Y se murió sin unos miserables cinco pesos debajo del colchón. Del carajo.

Y eso que la hija es abogada, y el hijo bioquímico. Debe de haber vendido plátanos con carajo para graduar a esos dos negritos, en pleno apogeo de la crisis; aunque eso no justifica que fuera un depravado. Una vez, desde tercera, escuché que la hija le decía que ojalá se muriera, y lo decía en serio. Uno puede llegar al extremo de desear que alguien muera, de corazón y sin ser un monstruo, incluso alguien querido hace poco tiempo; es lo más humano del mundo. Lo que nunca he sabido es si ella, la abogada, es defensora o fiscal. De todas maneras reside en la orilla de la justicia, por lo tanto estaba en el derecho de condenarlo desde el corazón, si quería.

El hijo, dicen, que es una lumbrera, pero no lo ha tenido fácil con la pincha. Le trabajó siete meses al estado después de graduarse, y luego comenzó a trabajar en un agromercado. Comprobar si un tomate no es venenoso es lo más cerca que ha logrado estar de la bioquímica. Graduarse de una carrera científica representa una banalidad de las malas, que cuesta cara en estos barrios, donde todo el mundo entonces espera a que fracases en el asunto. El triunfo se aleja de las investigaciones y el desarrollo, cobrando matices de pillaje y condena, para bienestar de los cavernícolas presos todavía en sus cuerpos y sus descendientes.

No hay que ser bioquímico entonces para saber de dónde sacaba los plátanos el viejo corrupto. Uno de repente se coge envidiando los portales del otro, eso es inevitable; aunque luego, debajo de la almohada, uno pretenda regresar a ser su misma esencia. Los portales del otro siempre tienen mejor sombra, ya sea en la mañana, o en la tarde; así que a cualquier hora del día su día nos mirará con desdén. Es lícito por ende que se pongan en venta solamente los portales, como símbolo del engaño que representa la espera envidiosa, y la maldita maña de delatar a los que comen carne todos los días.

Dice la vieja borracha, amiga de él en otro tiempo, que fue que se pasó el día tomando té de moringa, para compensarse la presión. Y el policlínico ahí,  chica, a dos cuadras; porque hay que aceptar que a cualquiera le ponen un captopril debajo de la lengua en este país, asere; aunque esa misma gente sea la que te explote las venas todos los días, a base de disgustos y malos tratos. Es increíble, ¿no? Nuestros amigos curanderos son como cómplices de nuestros asesinatos, como lo han sido históricamente, engañando a todas luces a los que creen en la medicina pura y en el mejoramiento del alma.

Dice que él, el viejo de los plátanos, se pasó la vida manejando y en cosas de carros; y que a veces hasta se llevaba a los hijos en esos viajes, que duraban semanas, y hasta meses. La verdad es que tenía cara de chofer, de esos que les gusta que los afeiten y se duermen cuando los están afeitando, como si fuera la gran cosa, esa única cosa de ricos que se pueden permitir. Ser rico y ser chofer están bien cerca en este mundo mío, haciendo que los hijos de la gente uniformada sientan orgullo de sus padres dormilones. También tenía panza de hambre. La panza de hambre tiene una contextura distinta a la panza de los ricos arios; es como si algo extraño quisiera salirse de repente por allí, y entonces la panza adquiere una forma de melón de agua, y suena igual de hueca al toque de los nudillos. Es como una mutación de la naturaleza para ganar los favores de las quinceañeras sin dotes que brindar. Hay que probarlo en uno mismo para entenderlo bien.

Yo hace poco que me mudé para acá, por eso es que nunca me sé toda la historia de las cosas de primera mano. Tengo que esperar a que alguien vaya a ponerse las uñas de acrílico con mi mujer, para que le chismeen los detalles y entonces escuchar sus delaciones diarias. Antes vivía en el barrio militar, y ahí no pasaba nada y no había delaciones, aunque era militar. Me aburría en la tarde, esperando a que llegara la mañana, y así, hasta que mis padres se cansaron de nosotros, y nos pusieron un bulto y una vara en el hombro a cada uno. Se iba guardando la vara para el hijo en turno, por tanto había que devolverla una vez encontrado ese trillo que significa el encuentro de la soledad del hombre o la mujer.

Los padres, generalmente, nos regalan una vida de comodidad al nacer; pero luego olvidan que la regalaron y ya, y esperan un agradecimiento mayor del que es posible pagar, porque a esas alturas ya uno tiene las esperanzas puestas en sus propios hijos, y así. No hay nada más salvaje que esta ley de la vida, enaltecida incluso como algo bueno allí donde la pobreza campea. Luego uno y los padres no se entienden, es como si hablaran idiomas diferentes en universos diferentes, hasta que llega el momento en que el lazo se convierte en cadena, y ya nada tiene sentido. Se deja de querer, de extrañar; y se comienza a culpar y a odiar incluso, por lo que todo el mundo pasa a ser vecino y la vida se convierte en un gran barrio. Así llegan a nuestras calles polvorientas los perros, y hacen nuestros caminos suyos, para demostrarnos que sus camadas son más fieles que las nuestras, y que le hemos usurpado un mundo casi por las buenas.


Manuel Alexander Roblejo Proenza

El país de los probadores de suerte

Manuel Alexander Roblejo Proenza

Segundo Premio del Concurso de Reportajes Editorial Hypermedia 2016.


Las manicures y los barberos tienen una existencia entretenidísima. Mi mujer es manicure, pero yo no soy barbero: soy ingeniero en telecomunicaciones, y no se me da la agricultura urbana. Por eso hace poco que nos mudamos para la zona norte, donde la gente, según los estudios de campo de mi mujer, se ponen más uñas que en el sur. Esto se debe, según ella, a que el orgullo lleva a la gente de barrio a querer ocultar el churre bajo el brillo del acrílico, porque no hay mucho tiempo para andarse con limpiezas tontas. Se esconde el churre debajo de la pintura, los piojos debajo de la cera, y la belleza emerge traidora, de entre la podredumbre más legítima que se pueda imaginar.

Estudiar en la universidad me hizo tomar una dimensión extraña de las cosas. Es como si fuera el mejor o el peor en todo, pero nunca el del medio, que es más cómodo. Debo siempre ponerme al nivel de alguien que me hable o toque, y cuando eso significa bajar es aún peor. Yo no sé, la verdad, si fue buena idea aprender tanto. Muchas veces, cuando estoy hablando con alguien, me tomo gritando, como si mi razón fuera mayor. Y casi siempre lo es, pero en este barrio a nadie le importa eso. Mi vida transcurre en el baño y en el cigarro que odio, entre la falta de hambre y la obligación de comer, como la de casi todo el mundo que pretende no enfrentarse a la decadencia y la muerte de una buena vez.

El hijo de la abogada va a ser maricón; eso se nota desde chiquitico.

Ella y el marido ya se dieron cuenta, y le dan unas palizas tremendas, que dan lástima. Pobrecito, y eso que todavía tiene como diez años; dime tú cuando quiera celebrarse los quince y sacarse las cejas y depilarse las verijas. Tan chiquito y ya se le está cayendo el pelo por el estrés, en círculos de viejo cincuentón, como una tonsura que da náuseas. Y yo que pensaba que en este barrio la gente tenía la mente más abierta, por lo pobres. Nada de eso. Si naces maricón tienes que disimularlo bien hasta que estés en el pre; ahí es cuando tu compañero de mesa puede que te guarde en el secreto, si no tienes boleto directo al servicio militar, donde los fusiles penetran el cuerpo de los más sensibles por cada agujero que se deje penetrar. Fuego, candela.

Allá, en el barrio militar, lo gays parecían mujeres. Se tomaban mucho tiempo para arreglarse de tal manera que las cosas llegaban a marearse si no te sabías sus nombres y direcciones particulares. Y como eso no hay que contárselo a nadie, si nadie está mirando, uno puede admirar esa belleza tranquilamente, preguntándose cosas sobre Dios y las estrellas. Como eso no hay que contárselo a nadie uno puede cuestionarse su existencia, a cada paso de senos falsos y nalgas encogidas. Sin embargo, acá les falta tiempo y dinero como para tratar de labrar un encaje; y las sombras verdes de la las barbas y los callos de los calcañales vienen a despertar la crueldad de las esquinas, abarrotadas de peleadores de perros. Acá los pájaros son de cuneta. Y los perros los dueños de la carretera.

Lo cierto es que la abogada llega cargada a la casa todos los días, en un carro negro del trabajo, con los cristales blindados e impenetrables a la vista curiosa de los hambrientos, como si tuviera mucho que ocultar. Me imagino que sean regalos de los clientes, defendidos o condenados, como sea. Llega en ese carro negro y sube las escaleras que no se le ven los pies, para que a la gente no le dé tiempo de atravesar la otra jaba con la vista. A la gente hambrienta es peligroso despertarle la envidia, que aquí cualquiera se queda tuerto por verte ciego. Y luego van a ayudarte con la limpieza, porque todavía disponen de un ojo, y en realidad no son tan malos y merecen una oportunidad. Así que nadie come sobras realmente, sino que paga el almuerzo con su propio veneno de asistente.

La verdad es que debe ser de madre comenzar a sobornar a una abogada, o a una fiscal. A una fiscal ni me imagino. Pero debe suceder, sobre todo ahora que damos dos pasos hacia adelante y tres hacia atrás en cuestiones de apertura. Ya nadie se preocupa por creerse nada, ni siquiera de los libros, porque hasta los libros nos han mentido. Es más, sobre todo en los libros nos han mentido. Mejor y se busca en el fondo de un vaso de cerveza oxidada, y ya está. Así que sobornar y ser sobornado pasó al plano de lo decente, que todavía está por descubrir. Del carajo. Del carajo y del demonio, que en el carajo esté.

El marido no sé en qué coño trabaja, pero tiene una colección de pulóveres a rayas. Debe de tener una pega fácil. Pulóver de listas y bigotes finos, de esos que la gente se deja cuando no tiene suficiente vello: no tiene confusión. Y no son prejuicios, es que ya es demasiada coincidencia. Con esa facha, si te subes en una moto y te tapas los ojos con un par de gafas oscuras, estás desterrado para siempre de la izquierda, y hasta del centro. Si te dicen chivato puede que te estén ofendiendo, pero en el fondo tú sabes que estás haciendo lo correcto. Pero solo tú lo sabes. Solo podría delatarte tu madre, que ahora es tu vecina y nunca lo haría, mientras le traigas cualquier bobería en la otra jaba.

La borracha le dijo a mi mujer que la madre de esos negritos se murió jovencita, y que todo estuvo muy extraño, que incluso hasta investigaron un poco el caso, como en los escasos policíacos de la televisión.

Lo que pasó fue que la encontraron muerta en el cuartico de desahogo, uno que está al fondo del patio… después de tres días de haber fallecido. Y nadie la había visto, según todo el mundo. Nadie la extrañó; ni el marido, ni los hijos, ni nadie. Se murió sola, como un animal insignificante, uno de esos bichos de la luz que todo el mundo quiere lejos, y que ni siquiera espantan, porque huelen muy mal. En ese cuartico del fondo se ponían a madurar los plátanos de la familia, por lo que nadie más quiso comerlos y hubo que empezar a venderlos.

El viejo llegó a ser sospechoso de homicidio, pero como al final el examen médico probó que se había muerto de forma natural, la cosa se quedó ahí. Es impresionante, porque uno a veces se pone a pensar la cantidad de gente que se ha librado gracias a que no ha pasado suficiente tiempo; y las que el propio tiempo se ha encargado de enterrar, sin compasión y para siempre. Luego le compuso una canción hermosísima, donde le llamaba madre y compañera y buena; por lo tanto los negritos la conocieron buena, porque así se eternizan los que se dicen buenos, con canciones de homenaje. Y así nacen los artistas de un día de muerte. Jamás volvió a tocar una guitarra después de eso.

El hombre le puso todas las madrastras habidas y por haber a ese par de niños  acabados de destetar; mujeres abofeteadoras y exigentes, que terminaron por secar la poca leche que había dejado la muerta en aquellos estómagos decrépitos. Tal vez por eso la hija se hizo abogada y el otro bioquímico. Hay que ver cómo es que la materia viene a tener la razón siempre, en esta maldita vida, para poder conservar un poco de humanidad por acá. Dice que, en algunas ocasiones, los vecinos venían a tocarles la puerta a escondidas, para que dejaran entrar los niños, acurrucados en el portal, junto con los perros del callejón.

Ahora, de que esa gente siguen siendo salvajes, no hay dudas.

Es muy improbable que usen alguna parte de su cerebro que no tenga que ver con su propia supervivencia en algún momento del día. Y si bien es cierto que todos nosotros, sin excepciones románticas ni heroicas, lo hacemos todo, allá en el fondo, por el interés de complacer a nuestras conciencias o a nuestros estómagos, también lo es que la mayoría hemos evolucionado hasta un nivel que nos permite invernar, si fuera necesario, en tiempos de inminente canibalismo.

El niñito, a pesar de todo y sus pajarerías, baja y juega y se faja con los demás mataperros del barrio; pero parece que a la hora de comer es que se pone medio ñoño, por eso lo muelen a palos. Lo cojonean ambos, la madre y el padre pulóver-a-rayas, esperando que ese frío en el estómago que le entra a los niños cojoneados sea más fuerte que sus instintos de hueso y carne. Si la gente supiera que eso no tiene remedio, sufriera menos. Pero es que todavía es difícil aceptar que un hijo o hija de uno gozará con el amiguito o la amiguita que se quedaba a estudiar hasta tarde; o hasta con el profesor o la profesora más preocupados. Incluso, ser puta es mejor visto que ser maricón, aunque seas un fraile maricón o una puta de burdel. Porque está claro que en los burdeles los frailes no pueden entrar, pero las putas sí a las iglesias. Y hablando de burdeles, la borracha, mientras se adornaba las uñas de los pies con un violeta horrendo, le contó a mi mujer que, incluso, ellos llegaron a tener problemas serios; la hija y el viejo.

Las hijas son de papá, hasta que la senilidad invierta los papeles.

La cosa es que el viejo tiene un amigote que venía y le ayudaba con lo de los platanitos; y también con lo de las muchachas, me imagino. Puede que compartieran pasaje en esa aventura al desierto de una piel mal bañada, pero olorosa a ganas de crecer. En fin, que el amigote, un borrachín que se sostiene gracias a no se sabe qué santo, vivía en la tocadera con el muchachito. Pintándole gracias, haciéndole cosquillas, sentándolo en las piernas… como si fuera su propio nieto. Mucho cariño para un borracho seco. Los muchachitos bonachones, así, frágiles y bonitos, tienen el encanto de todas las niñas del barrio; como el perro fino de la vecina, que soporta más cola para montarlo cuando se escapa que la perra más ruina posible. Será que los perros mugrientos del barrio extrañan el olor a champú, tanto como para dejar pasar ese detalle.

Este tipo de personajes borrachos son, en cierto sentido, envidiables, porque apenas se alimentan con un poco de pan y agua, como los prisioneros malcriados; todo lo demás les asquea. En todo momento parece que mañana fueran a morir, pero en fin no lo hacen. El alcohol les va robando todo, hasta que un día alguien les baja los pantalones a ellos, ya sin dientes para defenderse. Así es mejor, sin dientes. Ya no estorbaría la conciencia entonces, y ningún candil ajeno podría derretir toda la nieve acumulada en unas encías que solo no vomitan alcohol.

Una tarde se formó la mundial, según cuenta la vieja.

La abogada se olvidó de su abogacía y bajó, cuchillo en mano, y hecha una bola de furia, buscando al amigo del viejo, para matarlo como a un perro, según su propia declaración de asesina lanzada a las cuatro esquinas del barrio. Matar a alguien como un perro implica terminar con su camino de la forma más humillante posible, dando por sentado que ya no merece recorrerlo. El viejo, su padre, se metió en el medio, y la muchacha le tiró dos cuchilladas allí mismo, según la vieja, a matar y salar, que eso se sabe por las muecas de la boca. El borrachín se escapó antes de que llegara la policía y se llevara hasta al gato preso. Los demás perros ladraban desde lejos, manteniendo siempre una oreja alerta para el perro maricón del barrio, si es que lograba salirse de sus rejas. Ningún perro de estos llegará a ser policía.

Ser policía en estos barrios es una condena. Frente a la casa vive uno que más parece un delincuente. La cabeza parece un paisaje lunar, llena de cráteres de peleas olvidadas, y del propio olvido de la mujer. La mujer lo engaña a ojos vistos, y todo el mundo lo sabe, menos él. La gente se lo ha dicho, a ella, claro, que el mejor día de le van a pegar un tiro; pero es una china hermosa, que se merece una muerte como esa, para que la recuerden de verdad, cojones. Y ella se limita a defender causas como la de la abogada y el bioquímico. Los chinos, téngase en cuenta, han inventado casi todas las cosas. Hasta la policía inventaron, creo.

Según la vieja al único que no se llevaron fue al niño lindo, que lo encerraron en la casa de las chinas, la del policía y familia, hasta que pasara la cosa y los ladrillos terminaran de asentarse en el fondo del callejón de los perros. Según ella, el niño tenía la camiseta rota por la parte de atrás del cuello, y la boca roja, muy roja para ser negro, negro boquinegro, boquivioleta. Y el viejo borrachín, el amigo de su abuelo, se había ido corriendo con el cinturón desabrochado; un cinturón militar, de los que daban junto con el uniforme de los cortadores de caña. En esos barracones de macheteros los hombres aprenden a olvidarlo todo.

Dicen que al hijo bioquímico lo cogieron sacando los sacos de plátanos de la casa, entre tanta confusión y gritería. Al final, a él que le importa todo lo demás: su hijo no juega con el primo pajarito, está amenazado y él lo sabe. Cuando la policía le devolvió los sacos, colegas al fin, todos los plátanos estaban maduros ya, blanditos, dulces; no eran, ¿sabes?, ¿viste?, ajá, ya no eran plátanos machos.




Ariel Maceo Téllez

Ariel Maceo Téllez

Ariel Maceo Téllez

Papa, estas pálido”, me volvió a decir. Entonces fue cuando reaccione. Revisé el bolso y me puse un pulóver seco. Todos bajamos de la grada y nos acomodamos en los bancos que tiene el Saborit. Aún no llegaba ninguna noticia del hospital.


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