Rances Barthelemy

Sacudirse el polvo y seguir andando




Entrevista


El 25 de junio de 1986, en la barriada de Poey, Arroyo Naranjo, La Habana, nació un niño al que pusieron por nombre Rances. A este nombre poco común, que nos hace pensar en el Egipto de los faraones, se unió un apellido poco común también: Barthelemy.

A muchos cubanos mayores de 40 años el apellido Barthelemy puede resultarles familiar. Recordarán seguramente al campeón mundial y olímpico Yan Barthelemy, que es el mayor de cinco hermanos y que fue el primero en escoger el boxeo como profesión. Otros dos miembros de esta familia de linaje boxístico son Leduan y Rances.

Nuestro invitado de hoy, Rances Barthelemy, después de incursionar en varias modalidades deportivas decidió seguir los pasos de su hermano Yan y dedicarse por completo al boxeo. Tuvo una prometedora carrera amateur, con un promedio de 200 peleas, pero después de ver lo poco que el sistema deportivo cubano ofrecía a deportistas de alto rendimiento como su hermano, decidió emigrar para convertirse en boxeador profesional. 

Después de que Yan llegara a Estados Unidos, vía Alemania, la situación de Rances en Cuba se convirtió en un calvario. Los abrasivos tentáculos de un sistema que se niega a respetar la libertad individual comenzaron a extenderse y le impidieron seguir boxeando. Emigrar se convirtió entonces en su única meta. De ello dependía alcanzar lo que siempre había ansiado: ser campeón de boxeo profesional. 

A partir del año 2006, sumó 35 intentos fallidos de abandonar la Isla. Cuba había dejado de ser aquella porción de tierra amada de su niñez para convertirse en una prisión, el lugar del que debía huir o morir en el intento. Las ansias de libertad y la pasión por el boxeo lo llevaron a nadar en aguas infectadas de cocodrilos; a enfrentar la muerte sin máscaras, con el alma en vilo, encima de un bote. Hasta que, luego de tantos sinsabores, con la ayuda de Yan, su hermano Leduan y él lograron por fin llegar a los Estados Unidos.

Ya instalado en Miami, Rances comenzó a trabajar en un hotel en South Beach. Ganaba 1500 dólares al mes. Después de haber conocido la pobreza extrema, después de haber palpado la escasez en grado superlativo, sintió que la gloria lo abrazaba: nunca había tenido tanto dinero ante sus ojos. 

Hoy, el segundo de los hermanos Barthelemy vive en Las Vegas, Nevada, y extraña a Cuba todos los días. Extraña su cultura, su comida, su música; extraña conversar con los vecinos y hasta correr detrás de un autobús para viajar a cualquier sitio de su Habana natal. Sin embargo, se siente satisfecho de estar en el lugar en que ahora está: siente que es una ciudad perfecta para llamarla hogar.

La salida de la Isla fue una de las experiencias más agotadoras, física y mentalmente, por las que el campeón ha tenido que pasar. Muchos de sus amigos y compañeros perdieron la vida en el intento de abandonar la mayor de las Antillas. Quiero que sea él quien nos cuente cómo ha sido su vida después de llegar a “tierras de libertad”.

Desde Miami, para Hypermedia Magazine, le damos la bienvenida a un campeón de dos categorías en el boxeo profesional, 130 y 135 libras, y que posiblemente suba a otro peso y obtenga su tercer cinturón. Buenos días, Rances, ¿cómo estás?

Buenos días, Marelys. Gracias por darme la oportunidad de dirigirme a mis fanáticos y a los fanáticos del boxeo en general. Un saludo especial a mi gente de Miami, la ciudad del Sol, que siempre están atentos a mí.

Se te conoce como Kid Blast. Explícanos cómo surgió este nickname, que creo se ajusta muy bien a tu personalidad, porque tú eres un deportista explosivo…

Bueno, cuando yo ingresé a las filas del boxeo rentado, profesional, cuando firmé, en aquel entonces mi mánager era Henry Foster, de origen judío; él me dijo: “Tú necesitas un nombre más pegajoso, que se le pegue al público, a los fanáticos”; y yo le dije: “Me siento bien con El Natural, me identifico con eso”; y él me dijo: “Te entiendo, pero este es un mercado mayormente para los angloparlantes y creo que te ayudaría más un nombre en inglés”; y yo le dije: “Bueno, eso yo te lo dejo a ti, porque estoy acabado de llegar y todavía el inglés me resulta difícil”; y él me dijo: “Ok, yo te lo voy a buscar”. 

Y entonces, como en mi séptima pelea, en Oklahoma, estoy sobre el ring esperando que el presentador me anunciara como El Natural, y de pronto él dice: “De Cuba… ¡Kid Blast! Quedé impresionado, no lo esperaba. La pelea duró un par de rounds y cuando bajé le dije a Henry: “Me gustó, me cuadra, vamos a seguir palante con ese nombre”. Y hasta el sol de hoy. Kid Blast me ha traído buena suerte. 

Investigando encontré que Kid Blast era el apodo que usaba un italiano que tenía que ver con cierto grupo…, digamos, con un tipo de mafia que controlaba la ciudad de Nueva York (de hecho, creo que ese señor está vivo, es un anciano como de 89 años). Definitivamente, tú no perteneces a ninguna mafia, tú perteneces a un clan: el clan de los Barthelemy, que es un clan poderoso. Muchos conocieron en Cuba la excelente trayectoria de tu hermano. ¿Cómo comenzaste tú? ¿Cuándo nació en ti el deseo de boxear?

La verdad es que empecé siguiéndole los pasos a mi hermano Yan; porque mi hermano Yan siempre fue mi guía. Es mi hermano mayor y mi mamá nos educó así: respeten al mayor, ese es el guía de ustedes. 

Pasamos por varios deportes, yo siguiéndolo a él. Si se cambiaba de deporte, yo cambiaba con él. En ese transcurso pasamos por béisbol, baloncesto, judo y lucha, hasta que chocamos con el boxeo, y creo que lo que nos llevó a decir “Este es el deporte que queremos” fue que los resultados llegaron rápido, porque el boxeo es un deporte que tiene mucha actividad dentro de la Isla y te ponen a competir muy pronto.

Yo nunca había ido a ninguna competencia. Me costaba trabajo salir de Arroyo Naranjo, de mi barrio, yo era muy del barrio. Y entonces: a competir a Centro Habana, a competir al Cerro, y me gustó esa idea de salir, de conocer… 

Cuando a mi hermano lo captan para la EIDE (Escuela de Iniciación Deportiva Escolar) yo me vuelvo loco, me dije: “por donde salga mi hermano tengo que salir yo”, y me esforcé, di lo mejor de mí, y al año siguiente me hacen a mí también la captación. Allí llegamos a compartir un año. Después, mi hermano se hace campeón nacional en los juegos escolares y asciende a la ESPA (Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético) nacional y yo me quedo en la EIDE por minoría de edad. 

Todavía aquí, en Estados Unidos, yo estoy siguiendo los pasos a mi hermano.

Aquí has estado peleando en 130 libras y en 135 libras. Eres campeón en ambas. Has dicho que en Cuba practicaste baloncesto; eso quiere decir que tu estatura asimila más peso y quizás por eso te estás planteando subir un poco y alcanzar un tercer cinturón. ¿Me equivoco?

No, ese es mi sueño. La verdad es que cuando yo inicié mi carrera y me decidí a ser boxeador profesional, solo soñaba con disputar un título. Ganar o perder no me importaba. “Tengo que lograr discutir un título, lo gane o lo pierda”, me decía. 

Luego me fui acoplando. Mucha gente me dijo: “Tú estás hecho para este boxeo, tú encajas en el boxeo profesional por tu estilo de pelea, por tu estilo de combate, por eso a lo mejor no tuviste los resultados esperados en el boxeo amateur como tu hermano Yan”. 

Pero, la verdad, aspirar a ser campeón yo lo veía como algo muy duro. Son doce rounds, en un boxeo más agresivo. “Vamos a ver si puedo llegar algún día a ese nivel”, pensaba. Y nada: con disciplina, con dedicación, me rankeo número uno y en enero de 2014 se me presenta la posibilidad. 

Al campeón de entonces, el dominicano Argenis Méndez, yo lo conocía de los amateur, era tremendo peleador (mis respetos para él). Yo me dije: “Si llegué hasta aquí, le voy a ganar; ya cumplí mi sueño de llegar hasta aquí, pero esto no es todo, ahora voy a ganar”. Y salió, se dio la pelea. Fue aquella donde sonó la campana y a mí se me fue un golpe (o fue un golpe con la campana). Fui campeón por una semana, porque a la semana siguiente revocaron la votación, me retiraron el título y se lo devolvieron a Argenis. 

Sin embargo, tuve la oportunidad de la revancha y ahí lo vencí sin problemas y me establecí como campeón en 130 libras. Luego defendí el título, pero por mi tamaño ya me costaba dar las 130, empiezan a caer los años y el cuerpo empieza a engordar, y ahí decido subir a las 135. Entonces me dije: “Si fui campeón en 130, ¿por qué no en 135?”. 

Y se dio la pelea contra Denis Shafikov, un ruso de estatura mediana que era, como se dice en buen cubano, una ladilla. Esa fue la pelea que más yo he sufrido, un pelea durísima. Estuve orinando sangre como 5 o 6 días por los golpes que me dio, me castigó mucho el cuerpo, pero salí con la victoria y logré mi segundo título. 

Después pierdo mi invicto, porque me enfermé. Mucha gente me dijo que aguantara un poco en las 135 libras, pero los reporteros me decían: “Has igualado a Joel Casamayor y José Nápoles, campeones cubanos en diferentes divisiones; los tres tienen dos categorías alcanzadas”. Mi respeto para ambos, mi carrera no es comparable con la de dos figuras como Joel Casamayor y José Nápoles, pero me dije: “Si ya llegué hasta aquí y tengo algo de juventud, voy a seguir escalando, esa es mi meta”. Entonces me apresuré un poco y subí a las 140 libras. En ese peso gané la primera pelea, una dura batalla contra Kiryl Relikh; y la segunda, en la revancha, perdí por el título y me sentí un poco mal, porque pasaron cosas, situaciones que si no hubieran pasado, yo tendría ahora ese tercer cinturón. Pero todavía tengo en mente alcanzarlo, a corto plazo.

El público, en general, es muy exigente con los deportistas. Un boxeador como tú lo entrega en el ring, obtiene una victoria tras otra y, de pronto, pierde una pelea y en ese momento nadie piensa que eres una persona con una familia, con problemas, una persona que también se enferma o enfrenta situaciones de estrés… ¿Cómo manejas tú ese conflicto de ganar y perder? ¿Qué le dirías a tu público? 

En este caso, lo más doloroso para mí fue puede perder el invicto. En el boxeo hoy en día se presume mucho de eso. “Estoy invicto”. “Yo no he perdido con nadie”. Y puedes llegar a creer que eres invencible. Por eso perder duele, te da un bajón terrible.

Yo hasta pensé dejar el boxeo, pero recordé que Muhammad Ali perdió, que grandes del boxeo han perdido dos y tres veces; Manny Pacquiao perdió sus dos primeras peleas, una de ellas por nocaut, y mira quién es Manny Pacquiao: una leyenda, el boxeador que más títulos consecutivos ha ganado y el que más títulos ha discutido… ¿Y porqué yo voy a parar aquí, por una derrota? No, si todavía falta, todavía tengo deseos, las ganas todavía están ahí…

Pero la verdad es que por la noche no duermes. No dormía pensando qué hice mal, qué pude hacer mejor. Te pasas meses repasando la derrota en tu mente y te obsesionas con ella. Es duro salir de ese proceso. 

Después de un tiempo ya vienen otros compromisos, otras cosas, la vida continúa. Muchos han perdido y no ha pasado nada, y entonces, ¿quién soy yo? Soy una persona normal, una persona como otra cualquiera, tengo que seguir palante. Hay que sacudirse el polvo y seguir andando, no hay de otra.

Te vimos recientemente contra Robert Easter Jr. Hubo opiniones divididas, pero yo creo que hiciste bien tu pelea; de eso se trata el boxeo: pegar y que no te peguen. Tengo entendido que estás esperando la revancha, pero al parecer él no está muy decidido… ¿Qué piensas respecto a esto? ¿Vas a seguir buscando esa revancha, o piensas subir a otro peso? ¿Cuáles son tus planes?

En un principio él dijo que sí, que aceptaba la revancha, pero ahora ya declaró públicamente que no le interesa pelear conmigo. Yo estoy en una etapa de mi carrera en que no voy a caerle atrás a nadie para pelear. 

Él subió a 140 libras. Yo bajé; todo el mundo sabe que yo estaba peleando en la 140 y acepté bajar a la 135 solo por él, porque es un gran nombre y había un título en juego. Ahora él está alegando que va a ir a las 140 y ya mi equipo y yo le mandamos un mensaje: estamos dispuestos. Él sabe muy bien que yo estoy buscando un título en 140 libras y que podemos hacer la pelea, pero creo que a él no le interesa. A lo mejor pensó que yo era un oponente más fácil; él venía de una derrota contra Mickey García y seguro calculó: ganándole a Barthelemy me vuelvo a reivindicar, Barthelemy es un gran nombre, yo gano, me reivindico y vuelvo a subir… 

Calculó mal, le salieron mal los planes. No quiere arriesgarse a otra derrota. Easter es un boxeador que siempre viene al ataque, siempre va a contragolpear, le gusta el fuego cruzado a pesar de su gran altura; pero conmigo siempre estuvo cuidadoso, nunca trató de empujar, no trató de hacer nada. Ni a él ni a su esquina, me parece, les gustó para nada el combate. Su promotor, cada vez que le preguntan, no habla del tema. 

Por eso es que mi equipo de trabajo y yo estamos tratando de subir a las 140 libras y optar por un título interino, y después ahí ver qué opciones hay dentro de ese peso, para poder lograr el sueño que yo tengo: ser el primer cubano campeón en tres divisiones.

Me han dicho que piensas abrir un gimnasio. ¿Es cierto?

Sí, ya está en los toques finales. Es algo que quiero hacer después de terminar mi carrera: seguir involucrado en este deporte, que para mí ha sido la vida, no solo la mía sino también la de mi familia. 

Quiero seguir aportando, contribuyendo con el deporte que me dio la oportunidad de vivir en este país y de conocer un sinnúmero de lugares. 

¿Qué mejor puedo hacer yo, para contribuir con mi granito de arena al boxeo, que abrir un gimnasio y forjar nuevos guerreros?

¿Qué consejo le darías a los que están empezando ahora, a esos que te están viendo a ti y a otros boxeadores como tú, que llegaron a la cima viniendo desde abajo?

Bueno, que me escuchen bien, porque yo soy el ejemplo personificado de ese que viene desde abajo, ese que a lo largo de su carrera tuvo que aguantar que le dijeran “No, tú no vas a llegar, tú no tienes para esto”, “Fulano es mejor que tú, vas a perder esa pelea, no pelees con Fulano”. Que nunca se dejen amedrentar por energías negativas, que echen todo eso a un lado y se concentren en lo que quieren y sigan adelante. Que el sacrificio saca empeño, pero eso tiene que venir acompañado de disciplina. 

Yo creo que este es uno de los pocos deportes que no se pueden jugar. Tú puedes jugar béisbol, puedes jugar baloncesto, puedes jugar voleibol, pero no puedes jugar boxeo. Este es un deporte de disciplina, porque estás arriesgando tu salud. No puedes decirle a un amigo: “Ponte un par de guantes y vamos a darnos unas trompadas”. No, porque los golpes dejan secuelas, los golpes entran en la humanidad y no salen, en el peor de los casos uno termina con secuelas graves y se ha visto que se puede perder hasta la vida. 

Por eso les digo: si lo van a hacer, háganlo bien. No pensar en ser boxeador para tener fama, para conquistar chicas o para ir al club y que digan “Llegó el boxeador”. No, eso no. El boxeador vive un régimen muy estricto. A veces tiene que dejar de hacer el amor con su pareja, o dejar de comer, la lista es larga. Un sacrificio que no se paga con ningún dinero, solo con el bienestar de uno mismo. 

He visto muchos talentos, talentos natos que se han perdido. Por la indisciplina, no han llegado a nada.

¿Cuán importante ha sido para ti la ayuda de tu equipo? Porque todos ven al boxeador que sale a pelear, pero no conocen del trabajo que hace su “esquina”. 

¡Exactamente! Como digo yo: la gente piensa que caí en el ring con un paracaídas y empecé ahí a tirar piñazos. No. Eso es fruto de un trabajo arduo, de entre 8 y 10 semanas, donde compartes campamento con un dietista, con un preparador físico, con entrenadores, y en ciertas ocasiones con sparring partners.

¿Y qué importancia tiene la familia, esas personas que están detrás del boxeador y que el público generalmente no ve, ni sabe quiénes son?

La familia juega un papel fundamental. Por ejemplo, cuando uno está bajando de peso y cae en la agonía, en la deshidratación, en los cambios de humor, ahí es donde la familia puede darte ánimo y decirte: “Dale, que este es tu futuro, tienes que hacerlo, tienes que hacerlo por tu hija”. Y ahí es donde tú dices: tengo que levantarme, tengo que ir a correr… 

En esas dos semanas antes de la pelea, o en esa última semana, que es muy tediosa, yo no tengo ganas de correr, no tengo ganas de hacer nada… Pero tienes que hacerlo, porque de ti depende la familia, no solo la familia y los hijos de aquí, sino también la familia que dejaste en Cuba. Y tengo que apretarme los pantalones y salir a correr,  así llueva o relampaguee. 

Como dije antes: sacrificio y empeño para que se dé. Esa es la fórmula.

Ya para cerrar me gustaría que le dijeras al público, a los lectores, dónde te pueden encontrar en las redes sociales. También, si tienes un canal de YouTube para que ellos puedan seguir tu trabajo.

En Facebook aparezco como Rances Barthelemy; en Instagram es Kid Blast, igual que en Twitter. 

En cuanto se termine el gimnasio (previsto para abril) les estaré dando la página web, con los horarios y otras cosas. 

Y nada: dejarle saber a la fanaticada de Barthelemy que, si Dios quiere, estaré ingresando nuevamente en las 140 libras y estaré optando por un título interino de la WWA a finales de diciembre. Crucemos los dedos porque esto se dé y pueda regalarles una gran pelea de fin de año.

Pues vamos a estar enviándote energía positiva, Rances. Estoy segura de que vas a obtener ese cinturón. El público que te sigue y nosotros te damos las gracias nuevamente y esperamos que esta conversación se pueda repetir en el futuro. 

Seguro que sí. Como decimos los cubanos: “A la hora que tú me llames no me molesto”.

Pues un abrazo, campeón, y que Dios bendiga tu trabajo y a tu equipo.

Igualmente para usted y el equipo de Hypermedia Magazine. ¡Nos vemos!




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