Iris Rosales

Dulce

I

Si no fuera por el dinero ni muerta me cogen para esto. ¡Ay, Virgencita de la Caridad del Cobre!

Dulce se masajea las sienes con los ojos en la ciudad a lo lejos, al otro lado del mar. Ciudad que poco a poco iba apagando sus luces y empezaban a circular más y más carros por las avenidas. De estar allí a esa hora, ya tendría preparado el desayuno de la casa o estaría corriendo detrás de las guaguas para llegar a su trabajo de mala muerte. 

Parece mentira que extrañe todo eso. Pero tengo que educar a la niña fiera.

Un rayo de sol cae de pleno sobre la cara de la pequeña acurrucada en el fondo de la habitación, quien, arrugando la nariz, suelta un gemido y se pone una mano sobre los ojos. 

¿Por qué será que todos los niños parecen ángeles cuando están durmiendo?

Dulce se mira las marcas de dientes en los brazos y muslos, y vuelve a mirar a la chiquilla. Se levanta sacudiéndose el polvo y camina tratando de no pisar los trozos de las bombillas en el suelo. Toma un taburete para subirse, el único y último con cuatro patas. Y, tratando de no encajarse las virutas de madera que aún estaban en el cuerpo de la criatura, sacó a la niña de encima del escaparate, donde se había quedado dormida. 

Déjame cambiarla rápido de lugar. Capaz que despierte, aunque no lleva ni dos horas roncando, y piense que porque la estoy cargando ya me ablandé con ella y puede hacer lo que le da la gana. Y eso no va

Su primo, el padre de la niña, un cubano-mozambiqueño gerente de un hotel, le había prometido buena paga por cuidar a la pequeña y enseñarla a comportarse. Dinero con el que tal vez podría levantar un negocio. Posiblemente legal. Darle gustos a su Raudelito, quien cumplirá cuatro años en dos meses. Y, sobre todo, sacarse de encima a su abuela con el asunto de salir del albergue. La vieja casi rayaba en la obsesión y estaba insoportable, aunque con razón. 

En cuanto cobrara, compraría materiales para levantar una casa en algún terreno bien lejos del solar, bien lejos de ese barrio cochino, donde nadie es amigo de nadie. Y si todo salía bien, tal vez podría viajar por fin al extranjero, conocer otras cosas, cambiar de ambiente y, por una vez, ser ella la turista.

Pero ahora ya no estoy tan segura de eso, porque esta niña es insoportable. ¡Es una anormal! Más que psiquiatría necesita golpes, palos, látigo… un nazi para que la controle

Dulce se acostumbró a chasquear los dedos para aguantarse los impulsos de abofetear a la chiquita. Era desafiante la forma en que siempre la miraba fijo a los ojos cada vez que exigía o se le encaprichaba algo. Como si se la fuese a comer. Sobre todo de noche.

A Enwé, su primo, si es que en verdad eran primos, lo conoció en la fiesta que dio el hotel para los trabajadores, donde casi estuvo a punto de enredarse a golpes con dos holguineras y un travesti, las “Trillizas, que le estaban pintando fiesta al descaro a su novio. Pero nada que unos gritos con manoteo y unas buenas malas palabras no pudieran resolver. Aquellos tres se perdieron en cuanto Dulce chasqueó los dedos.

El primo estaba allí, en la fiesta, celebrando a su vez los contratos aprobados a su empresa inversionista recién llegada al país. Y la vio a ella contra las guajiras, formando lo suyo sin aguantarse la lengua. Pero nunca se le acercó: se mantuvo observándola toda esa noche y al día siguiente en el trabajo, y al siguiente. Y tras una semana de discusiones con Ernesto y su abuela, quien no quería a Ernesto viviendo con ellas sin aportar un medio, recibió una invitación a comer.

Contrario a lo que muchos clientes del hotel acostumbran, el almuerzo fue en una finca muy lejos de la ciudad. Un chofer musculoso, en un camioncito con el logo de la empresa de Enwé, la llevó hasta el lugar de la cita. Pero solo hasta el portón de la entrada que delimitaba el comienzo de la propiedad. Tuvo que caminar un buen trecho cuesta arriba para llegar a una casona donde una jauría de perros quisieron caerle encima con las fauces abiertas.   

Dulce los espantó a base de palabrotas y carterazos. 

—No se preocupe, señor Enwé —dijo a su anfitrión, que la miraba con una sonrisa en los labios, mientras ella interrumpíael gruñido inseguro del can más grande con un manotazo por el hocico—. Yo siempre he tenido suerte para que todos los animales quieran morderme antes de quererme. Pero ninguno es más fuerte que yo. La clave está en no demostrar miedo. 

El hombre le ordenó pasar; caminaba erguido con las manos a la espalda, a la manera de los militares. Estaba solo en la finca, él mismo preparó y sirvió la comida, incluida la de los perros, y fregó los platos. Cosa que Dulce no entendió, pues la ropa, el perfume y el Rolex de oro indicaban que debía tener más que suficiente para unos criados en aquella casa. 

Minutos después, el tipo no daba señas de querer hacer nada de lo que se supone que hagan dos personas en una habitación. Más bien se dedicó a hacerle una serie de preguntas personales sobre familiares, ancestros, enfermedades, si había pasado por alguna cirugía, etc.

—A mi padre nunca lo conocí. Mi mamá se murió siendo yo chiquita. Solo tengo a mi niño, mi abuela y mi novio. En mi cuerpo todo es natural, sin implantes. Y tengo una salud de hierro, nunca he cogido ninguna enfermedad de la que tengas que preocuparte… —el hombre la miró muy serio—. En serio, chico, en mi vida he cogido fiebre, si hasta las heridas se me cierran rápido… De verdad, se lo juro por mi hijito.

Después, el hombre le mostró en la laptop una imagen enorme llena de nombres de africanos unidos por fechas descendentes y varias fotografías viejas de personas, recalcando las mujeres. Ninguno de aquellos mozambicanos le pareció conocido.

—No importa —el tipo cerró la computadora con un suspiro—. Te he estudiado más que suficiente. Estoy convencido de que somos primos, aunque muy lejanos. No tienes el poder de do… de convencimiento de mi bisabuela, pero algo tienes. Por lo que solo puedes ser familia mía, no hay de otra. Sé también que tienes problemas monetarios. Todos en este país lo tienen. Te ayudaré. Para eso está la familia, pero tú también deberás ayudarme con algo a cambio.

Cuarenta y cinco minutos en carro hacia el este, durante los cuales el hombre habló de confidencialidad, discreción, guerras entre familias, animales raros de Mozambique, salario, protección, desprotección, consecuencias, accidentes, cadáveres y otras cosas que la convencieron de que negarse a la “propuesta de trabajo” no era una opción. 

—¿Tú me estás metiendo el pie con mi familia, señor Enwé? —le preguntó Dulce al militar. Él no respondió. 

Traspasaron un muro viejísimo, de esos que tienen corales y caracoles fosilizados en sus bloques. Siguieron un camino de tierra bordeado de frutales y palmas, hasta llegar a una casa de madera azul con una torrecilla. La casa estaba separada del suelo sobre pilotes llenos de escaramujos. Los alrededores eran una mezcla de árboles cocoteros y uvas caletas. Del otro lado podía oírse el mar espumándose en la arena.

El hombre entró en la casa solo, y tras largos minutos volvió con una niña dormida en brazos. Su hija.

—En África no es como aquí. Aquí no hay… Ustedes los cubanos son tan… ingenuos… Ni siquiera tienen animales venenosos… No como allá. Allá se mueven muchas cosas y la guerra lo agitó todo. Tuvimos un ataque y ella… no quedó bien. Algo me le hicieron, y no tiene cura, pero sí tratamiento… Esto te parecerá ilógico ahora, pero si eres de mi sangre pronto todo te quedará claro. Será como montar bicicleta y descubrir que ya eres una experta sin que jamás hayas montado una. Tu trabajo es el siguiente: haz todo lo que tengas que hacer para educarla. No me importará lo que hagas, te lo juro, pero edúcamela. Haz que se comporte como una niña normal. Que parezca una niña normal. Que pueda controlarse por sí sola. Canta, grítale, báilale, pégale si es necesario… Lo que sea, pero hazlo. Tienes un mes.

—Papito, ¿que haga qué? Porque después de todo lo que me dijiste en el carro, como que este trabajito me queda grande y…

—¿Quieres el dinero o no? —la voz del tipo fue tajante y tronadora—. Si lo quieres, HAZ lo que se te ordena. No recurriría a ti, una desconocida, si tuviese dudas. Créeme, tú eres la única que puede hacer algo por mi hija. La única que queda… —le sostuvo la mirada un rato—. No dejes que la niña salga fuera del muro por ningún motivo, menos de noche. Que nadie la vea ni se le acerque hasta que la… eduques. Si lo logras, a tu familia no le faltará nada. Fállame, y habrá consecuencias. Recuerda que conozco donde vives.

El hombre miró a su hija durante una larga pausa antes de ponerla en los brazos de Dulce.

—Lo que ves en su oreja es un implante coclear. Ella es sorda de ese oído; lo mejor es que siempre trates de hablarle de frente. En el otro lado de la casa construí un refugio, está cerca de donde termina el muro de piedra, enterrado en el suelo. Te dejé la tapa abierta para que puedas encontrarlo fácilmente. Se cierra por dentro y por fuera. Si algo llega pasar, escóndanse allí y llámame. También puedes usarlo como celda de castigo para ella, pasando una barra de acero a la puerta por fuera. Mi hija tiende a ser muy fuerte y testaruda, pero recuerda: todavía es una niña, la clave está en no demostrarle miedo.

De eso hacía ya tres semanas. Tres semanas encerrada en aquel lugar sin ver a nadie, salvo al mulatón de la empresa de Enwé que traía la comida en la camioneta. Tres semanas en las que la niña hizo estragos.

Sus rabietas le daban por gritar, gruñir, babear, arañar y patear. No hablaba español, y siempre estaba tratando de morderla. Dulce tenía marcas de dientes en varias partes del cuerpo. Por suerte cicatrizaban rápido.

Jamás le hacía caso, y el hecho de estar sorda de una oreja empeoraba las cosas. En más de una ocasión la había visto apagar el audífono para no escuchar las órdenes que le daba. Después de la primera noche con ella, se vio tirando a la basura cuchillos, palos, tijeras, tubos, cabillas y cuanta cosa que pudiese cortar o usarse como bate. La niña la sacaba tanto de quicio que tenía miedo de terminar matándola la próxima vez que perdiera la paciencia.

—Antes de darle órdenes, imagínate que puedes meterte dentro de su cabecita —decía Enwé por video-llamada, hojeando un libro de páginas amarillas y cara de no haber dormido en días—. Imagínate que puedes hablar desde allí, para luego, este… obligarla a hacer lo que dices.

Pero la muy malcriada no hacía ningún caso, sobre todo durante el día. Después de morder le dio por romper cosas, treparse en lo primero que encontraba y lanzar los adornos. A veces usaba las manos; otras veces, la cabeza y los pies. Como si por dentro fuese un perro con rabia o un gato enfurruñado. 

Dentro de la casa todos los estantes estaban rotos, las lámparas de techo desprendidas, apenas colgando de un cable, y ni hablar del estado de los muebles. Lo único que la chiquilla respetaba era la computadora y los teléfonos. Única vía de comunicación con el papá.

—Dónde está mío papa. ¿Llamar hoy? Quiero hablar con papa. Llámalo. 

—Oye, a mí no me des órdenes, que yo no tengo por qué llamar a nadie. Y bájate la rabia conmigo que tu padre llamará cuando pueda —y chasqueó los dedos frente a su cara, ya que ese sonido la sacaba de quicio.

Nunca nadie le había dado tanta guerra en su vida. Ni siquiera su abuela, que era muy terca. Qué trocito de gente más difícil. Tal vez después de todo la niña sí es familia mía, se dijo pensando en lo cansada que estaba. No puedo perder ese dinero. No puedo arriesgarme a perder y que Enwé le haga algo al niño si no la educo. Él es africano, sabrá Dios la salvajá que haría

Estaba agotada, le dolía la cabeza y le salían gotas de los ojos. Así que esto es llorar. Frente a ella la niña, daba un enésimo grito mientras la luna se alzaba en la noche.

“Imagínate que puedes meterte dentro de su cabecita…”, sonó la voz del mozambicano entre los gritos. 

Cerró los ojos, alzando la mano derecha en dirección a la niña. Ay, Virgencita de la Caridad del Cobre, dame fuerzas. Y chasqueó los dedos por instinto.


II

—He notado que cuando hago este tic con la mano, la niña me obedece más —le dijo a Enwé mientras le revolvía una olla de masas de puerco en la cocina—. Las cosas han ido mejorando en estos últimos días, sobre todo de noche. Ella es mucho más mansita de noche. De día no tanto. Pero ya no se resiste a este ruidito —chocó pulgar e índice varias veces—. Al principio se me resistía como una fiera, pero ahora no tanto. Y de noche es mejor, nada más me ve mover los dedos y se pone tranquilita. 

—Sí —Enwé se yergue en su silla carraspeando, la única silla con cuatro patas que queda en la casa. Era la primera vez que visitaba a la niña. Había llegado solo, manejando un almendrón evidentemente alquilado a algún chofer particular. Posiblemente ese carro era para despistar a alguien, pues no tenía nada que ver con los fastuosos y súper modernos con los que iba a trabajar. Saca un libro de su portafolio y lo hojea con aire pensativo—. Se llama memoria muscular instintiva. La acción y el movimiento se lo repites tantas veces, que ella reacciona casi por inercia.

—¿Que, qué?

—Que de tanto repetir tus órdenes con el chocar de dedos, ella ya obedece con solo verte mover el brazo. O al menos es lo que deberías lograr, en el caso de que esté demasiado lejos para oír el chasquido.

—Pensaré en eso, aunque yo estoy ya que la mano se me mueve sola casi sin pensarlo. El otro día tenía pesadillas y me despertó el chas de mi propia mano. ¿Qué te parece? ¿Y dices que no es el poder de convencimiento ese del que me hablaste? Entonces debe ser otra cosa… Hasta lo probé con los perros callejeros y funciona… Por cierto, ¿qué es ese libro que tienes ahí?

—Nada, solo apuntes y notas de diarios de familia. De mi bisabuela, principalmente. 

—¿De la que era como yo?

—No, como tú no. Ella era insuperable —Enwé cierra el libro y lo regresa al portafolio.

Dulce observa al hombre bostezar. Lucía inhabitualmente desaliñado. Su ropa era elegante y estaba bien planchada como siempre, pero el cabello rizo lo llevaba largo y mal acomodado, como si se pasara mucho la mano por la cabeza. Se veía más flaco y con unas ojeras que le demacraban el rostro. Menos mal que tú también la estás pasando mal, donde quiera que estés, se dijo Dulce conteniendo una sonrisa. Te lo mereces por cabrón.

—Como sea, Señor Enwé, te alegrará saber que hace varios días ya no castigo a tu hija en el refugio. Por cierto, ¿cómo hiciste para enterrar un tanque de guerra en el suelo?

—Con mucho trabajo.

—Pues te quedó bien. Ya me di cuenta que por dentro tiene una cosa para guardar agua, y un extintor.

—Nunca se es demasiado precavido. 

—Bueno, unos días y más y acostumbraré a tu hijita a no encabronarse por gusto… Y eso está difícil porque…

—Gracias —interrumpe él—, es muy importante que permanezca así el mayor tiempo posible. Si algo la desordena, volverá a ser como antes y entonces habría que empezar nuevamente, desde el principio.

A Dulce se le pusieron los ojos en blanco al escuchar esto último.

—Me gustaría que mi dinero estuviese listo para finales de semana. Hace mucho que no veo a mi niño; estoy loca por verlo y que no sea por teléfono.

—Con respecto a eso, te tengo una mala noticia. Debo regresar a África. Problemas allá. Necesito que te quedes con la niña dos semanas más…

—¡Ná, eso tiene que ser mentira tuya! —los dedos comenzaron a sonar, como por inercia—. Tú no me puedes hacer eso ahora. Llevo cuatro semanas sin ver a mi hijo. 

Algo le detuvo la mano. El puño calloso del hombre le exprimía la mano con fuerza.

—A mí no me vuelvas a hacer eso. Ni se te ocurra, porque eso no funciona con… con hombres… Además…

Algo le sacó el aire de la barriga. La rodilla de Dulce acababa de golpearle por encima del cinturón.

—¿¡Además qué!? —gritó ella—. ¿Me vas a matar a mi hijo? Dilo de nuevo, so cabrón, y hago que tu hija regrese a como la encontré, a ver si te gusta… ¡Coño, que desde que te conozco no haces más que darme órdenes, pedirme favores, amenazarme y separarme de mi hijo! Sí, es verdad que me estas pagando, pero lo que hago por tu hija vale más que eso y tú lo sabes. ¡Y no va! Es más, hoy mismo regreso a mi casa. Ahí te dejo a la fiera. 

Le lanzó un trapo de cocina a la cara y bajó con paso rápido los escalones de madera azul en dirección al camino de tierra, alejándose de la respiración entrecortada del hombre.

—¡No te pagaré un medio! — gritó él, tras una bocanada de aire.

—¡MÉTETE TU COCHINO DINERO!

—¡Tengo gente vigilando afuera… Una llamada mía, y te harán regresar…!

—¡Vírame para atrás y hago que tu hija salga por el noticiero en un berrinche!

—¡Te vas a arrepentir, muchacha…!

—¡¿Por qué?! ¡¿Me vas a matar?! ¡¿Matarás a mi hijo?! ¿O me arrepentiré de ser la ÚNICA que puede controlar a tu hija? ¡Búscate a otra que me sustituya y vete para carajo, Enwé!

—¡ME LA VAN A MATAR…!

El tono de ese grito cargó de plomo el cuerpo de Dulce. Se dio la vuelta.

—¿Qué?

—La matarán… —soltó Enwé agarrado a la baranda de la escalera, sobándose la barriga. 

Su cara tenía la misma expresión que la de su abuela, el día en que la policía notificó la muerte de su madre. 

—Hay problemas en Mozambique, Dulce —dijo él, una vez que ambos estaban de vuelta en la cocina. Se mantenía encorvado por el dolor—. Es una guerra entre tribus, guerra de familias. Todos vigilan a todos. Descubrí espías en mis negocios. No eres la única pariente perdida que hay en este país, pero sí la única que no han encontrado hasta el momento. Los otros primos…, nuestros primos, también heredaron cosas de la raza, que son muchas. Demasiadas. Pero todos necesitan de la guía y los conocimientos de los ancianos jefes, para despertar la raza. El estatus entre las tribus, nuestras vidas y la de nuestros seres queridos, depende de ello. Y no son pocos los que luchan por una mejor posición… Pero nuestra sangre es caprichosa y volátil, Dulce. Mientras que en algunos es débil e insignificante, en otros crece, se fortalece, se expande, cambia de forma. No importa la tribu de la vengas. En el resto de los primos, la sangre solo hiberna, esperando pasar a otra generación; pero nunca, nunca, desaparece. No creas que todos los primos son como la niña o como tú, que con un poco de presión o con un ataque despiertan la herencia de nuestra raza. Ellos llevan años despertando la sangre, y entrenándola. Es una ironía, pero mientras más débil sea la sangre, es más fácil controlarla. Todo lo contrario si la sangre es fuerte. Eso siempre provocó diferencias, desgracias, conflictos y, sobre todo, rebeldes incontrolables entre los primos —Enwé miró los ojos de la mujer—. La última guerra terminó en una limpieza de sangre donde se eliminaron a todos los imposibles de controlar. Eso incluyó a mi bisabuela y a otros como mi niña… Debo ir a Mozambique, o de lo contrario empezarán a sospechar de mí y podrían rastrearla. Si lo hacen, llegaran hasta ti. 

Las manos de Dulce comenzaron a temblar; el pulgar y el índice se buscaban.

—Papa —dijo una voz fina desde el patio de la casa, adonde el hombre se dirigió dejando atrás el portafolio, sobre la silla.

Dulce tragó saliva, pasándose las manos por la cara y con la vista fija a donde había desaparecido el hombre.

—¡Ay, Virgencita de la Caridad del Cobre, dame fuerzas!


Iris Rosales

Iris Rosales.


III

El sol se ocultaba en el mar, del otro lado de la casa, mientras el camioncito con el logo de la empresa de Enwé se detuvo en la entrada principal del muro gris. El mulatón de pecho amplio se bajó del asiento del copiloto para descargar los víveres. 

—Eh, ¿y eso que viniste en el carro ese y con uniforme? —Dulce mira la ropa súper ajustada y extrañamente sucia del muchacho, como si la hubiera restregado por el suelo—. Tal parece que no te sirve.

El joven se detuvo con una caja de comida en las manos, la miró tragando saliva y, tras un suspiro, giró hacia su camión. Un chofer bajito y flaco, con ademanes femeninos, se bajó del carro guardándose las llaves y con unas botellas en las manos.

—¿Quién es este tipo, mulato? —ella mira al nuevo, que se acercaba con la cara muy seria—. Pensé que Enwé te había explicado que había que tener discrec…

El dolor en la sien la interrumpió. Dulce cayó de rodillas entre los trozos de cristal que resbalaban de su cabeza sin entender por qué todo el mundo quedó sin sonido, mientras el flaco sacaba un garrote de entre las botellas y lo alzaba contra el cielo de la tarde.

La despertó la sensación de humedad bajo su cabeza. ¿O era la mano moviéndose sola? No podía despegar los ojos. Tenía algo encima de ellos, algo caliente. Más allá de su mano, la luna sobre la casa estaba dando alaridos.

—¡La niña! —Dulce corre tambaleándose hasta entrar en la casa, obligando a las paredes a que la sostengan.

Computadora y teléfonos estaban hecho añicos en el suelo. Corre hacia el patio, los gritos vienen de allí. La niña estaba rabiando en su idioma. Pateaba con los pies en el aire; el resto del cuerpo apresado entre los brazos del musculoso, que ya no tenía la cara del mulato de los víveres.

—Y ahora, ¿qué hacemos con ella, mi amor? No pensé que fuese tan chiquitica. ¿Cómo vamos a sacarla por el Punto de Control sin que la reconozcan los guardias de Enwé? No creo que se traguen el cuento de que vamos a llevarla a pasear.

—Muy fácil, grandote. ¿Por qué tú crees que te traje en luna llena? Vas a ahogarla.

—¿Y si la matamos en el proceso? Mira, que está muy chiquita.

—Pues entonces tendremos que salir muy rápido. Así que será mejor que te apures.

La pequeña temblaba entre las manazas del grandote, que parecía ponerse cada vez más grande. Y a la niña se le ponían los ojos cada vez más rojos. 

Dulce conocía bien el significado de esos ojos rojos.

¿Qué hago?, gritó su mente entre el dolor. No tengo teléfono, no tengo carro para salir a la carretera a buscar ayuda, el camión de allá fuera está sin llaves y aunque las tuviera no sabría a donde ir… Para colmo yo boté cuanto cuchillo y palo había en la casa. ¿Qué hago, qué hago, qué hago? Si la matan o se la llevan, Enwé me va a matar al niño y luego a mí. ¡Ay, para qué coño me metí en esto!

Bajó en silencio los escalones que separaban la casa del suelo, escondiéndose entre las uvas caleta. Miró a los alrededores. Cerca del muro, en dirección a la playa, podía verse la compuerta abierta del refugio, y más allá de la playa, la ciudad iluminando la noche. Su cuerpo se mueve con los ojos fijos en la pequeña, cuya boca empezaba a espumear. Incluso de lejos podía ver el trozo de plástico en su oreja reflejando la luz de la luna.

Ay, Virgencita de la Caridad del Cobre, rezó para sus adentros. Que esté encendido, por tu madre. 

Respiró hondo, imaginándose a sí misma dentro de la mente de la niña, y chasqueó los dedos.

—¿Oíste eso? —jadeó el flaco mirando en dirección a Dulce.

—¡MUERDE, NIÑA!

El grito hizo que se encendieran más luces en la ciudad. La niña tenía la cara hundida en la manaza del grandote.

Chasquido.

—¡PATEA ATRÁS!

Un empeine diminuto se enterró en el pantalón del captor, quien volvió a gritar llevando las manos en dirección a su entrepierna.

Chasquido.

—¡CORRE! —rugió Dulce, con medio cuerpo dentro de la escotilla—. ¡CORRE AQUÍ!

La niña corría hacia ella con los ojos desorbitados y la boca espumeante. Era muy rápida, ya casi llegaba, pero algo voló hacia ella desde sus espaldas, golpeándola en la sien. Cayó sobre la hierba, entre los destrozos del garrote y del implante auricular.

Dulce sintió sus piernas hundiéndose en el refugio mientras sus manos cerraban la escotilla al ritmo de un corazón que palpitaba en sus oídos. Los temblores la obligaron a respirar, recordándole que, excepto por la luz perforante que se colaba por la mirilla de la puerta, estaba a oscuras dentro de un tanque de guerra enterrado.

Afuera, solo podía ver los pies de la niña yaciendo inmóvil en la hierba, y los zapatos del flaco junto a ella.

—¡¿Por qué no hiciste eso desde un principio?! —rugió la voz del grandote. 

—No sabía que podía, cariño. Y aun así, mira, la dejé inconsciente pero no le saqué ni una gota de sangre. Es cierto lo que dicen de que la familia de Enwé es poderosa, si hasta me destrozó el garrote, que es una reliquia familiar… ¿Tú estás bien?

—Sí, mi amor, estoy bien. Olvídate del garrote, que ya no importa. ¿Qué vamos a hacer?

—Continuamos con el plan, así que hínchate. 

—¿Estás seguro? Al parecer la niña ya está domada, y puede que nos sirva. ¿No viste como reaccionó cuando la otra…?

—Vi perfectamente lo que pasó, y también escuché el chasquido de dedos. No hay dudas de que la niñera es una de esas incontrolables superiores… Ahora entiendo por qué los jefes nos mandaron a investigar a nosotros, que somos locales, en vez de venir ellos mismos. Enwé es militar, sabe más de cuatro cosas y es muy precavido. Sabrá Dios cuántos guardias tendrá vigilando por aquí, esperando ver aparecer a los jefes. Ellos hubieran llamado mucho la atención, y no pueden arriesgarse a que esto se convierta en un asunto internacional. 

—Así que la niñera… —el grandote sonó pensativo—, yo pensé que las habían matado a todas.

—Al parecer no. Como que tampoco son muy fáciles de matar. Era para que se hubiese quedado patitiesa con el porrazo que le di allá en la entrada. Los jefes podrán cazar y destruir a todos los que despiertan la raza, pero no pueden controlar a todos los herederos que nacen. Además, está comprobado que Enwé es mejor buscando descendientes y guardando secretos que los jefes… Ya estás bastante hinchado. Termina con la niña, pero ten cuidado de no romperla. Yo regreso enseguida, todavía hay que sacar a la niñera de ahí.

Los zapatos del flaco desaparecieron. Tras unos minutos, los pies de la niña comenzaron a moverse como si alguien la sacudiera.

—Escuche —sonó de repente la voz afeminada del flaco, muy cerca de la escotilla, su ojo asomaba por la mira—. Te llamas Dulce, ¿verdad? Tenemos todos tus datos y los de tu familia, cortesía del muchachito de los víveres. Raudel se llama tu hijo, ¿no? Sin embargo, nunca sospechamos de ti… Pero bueno, si no sales ahora, trancaremos la puerta, traeremos a tu familia y los mataremos delante de ti uno por uno. Tú escoges…

Dulce tuvo que tragar saliva para poder contestar.

—¿Cómo sé que no los matarás de todas formas?

—Tienes razón, mamita. No tienes manera de saber eso. Pero si estás pensando que tu jefe podría venir, olvídalo. Mis jefes se encargaron de hacerlo viajar a África precisamente para darnos vía libre hasta ustedes. ¿Sales o no?

—Si no los matas tú, los matará Enwé…

El flaco golpeó la escotilla con fuerza, haciendo resonancia dentro del tanque.

—Mira, bruja de mierda. Si estás metida en esto es porque Enwé no mató a su hija desde el primer día que se enteró de lo suyo. A ella le tocó lo peor de la raza, porque ya no queda nadie que la domine, y así debe seguir…

En la mirilla, tras la cabeza del flaco, los pies de la niña fueron alzados del suelo y desaparecieron dentro de algo oscuro, entre ruidos de garganta y saliva.

—Última vez, mamita. ¿Sales o no?

Ay, Dios mío…, rezó Dulce, pero no pudo continuar. A su cabeza llegaban imágenes de su hijo, de su abuela y hasta de Ernesto. Y estos hijos de puta me los quieren matar. Ya la niña… la niña… ella está… si tan solo pudiera…

Su brazo derecho alzó la escotilla con cuidado. Algo la sujetó de repente y un destello plateado silbó sobre su cabeza.

Esta vez, su grito hace que se descorran las nubes sobre la luna.

Por debajo del codo de Dulce brota un chorro de sangre y carne, mientras el resto del brazo termina de ser engullido por esa masa oscura con piernas y ojos que se había tragado la niña.

—¿Estás seguro que era el brazo correcto, mi amor? 

—Sí, mi grandote, la vi chasqueando los dedos para llamar a la niña antes de meterse en el refugio. Y menos mal que tenía este machete en el jeep, porque en esta casa no encontré nada con qué cortar…

Otro alarido le hizo callar. Dulce buscaba en el aire algo que no existía después del codo. Cerró su mano izquierda sobre la herida, que era real, hasta chillar, chillar y chillar. 

—Ay, domadora, no te preocupes —dijo el flaco sacando un móvil del bolsillo—. Eso no te va a matar así como así. Pero no podía arriesgarme a que le hicieras clickiti a mi amorcito y lo pusieras de parte tuya y en contra mía…

Desde el muñón hasta la espalda, todo el brazo lanzaba cuchilladas de dolor, aunque para su sorpresa ya dejaba de sangrar.

El afeminado alzó su celular y empezó a caminar en zigzag.

—Al parecer no debimos romper esa computadora, grandote, no encuentro cobertura por ninguna parte.

—¿A quién llamas ahora, mi amor? —el grandote parecía perder tamaño y peso por minutos.

—A quienes-tú-sabes… ¡Mira, aquí sí! —dijo encaramándose sobre el muro del patio. Dulce oyó el tono interrumpirse al otro lado del celular—. Sí, ya sé que no debería llamar, pero la niñera resultó ser una incontrolable, una domadora, y nos puso la cosa difícil… ¿Cómo la matamos? —hubo una pausa—. Ya nos encargamos de eso. Al parecer ella no tiene mucho conocimiento de sí misma. Solo sabe dominar con la mano derecha. Se la cortamos y la ahogamos en el interior de Grandote, para separarla de su anfitrión. Usted sabe, por lo del aquello que el aguijón puede pulsar veneno incluso después de separarse de su abeja… La hija de Enwé también la ahogamos, para poder pasarla por el Punto de Control de los chivatos de Enwé. Todavía hay tiempo antes de sacarla… Bien… Bien… Entendido… Saldremos inmediatamente y esperaremos por nuevas instrucciones… Bye.

Dulce vio al flaco saltar del muro con un gritico. El brazo le dolía, le temblaba, le hacía soltar gotas por los ojos, llenándole la cabeza de preguntas.

—¿Por qué? —soltó en un susurro—, ¿qué hice yo de malo?

—Ser dominadora, chica, una raza esclavista, conflictiva y asesina —contestó la voz de grandote, para luego dirigirse al flaco—. ¿Qué te dijeron, mi amor?

—Que tenemos que llevársela a ellos antes de cuarenta y ocho horas. Así que vuélvete a hinchar, que también hay que ahogarla —se detuvo un instante para mirar a su compañero, que ya adoptaba una pose extraña, como para ensanchar el pecho—. Papi, ¿en dónde metes todo lo que ahogas cuando te desinflas y estás normal? ¿Cómo es que no te revientas?

—No sé qué es lo que pasa, te lo juro. Nunca me lo explicaron. Solo puedo decirte que no importa el tamaño que tenga lo que ahogo, siempre se queda aquí —se palmeó la barriga—, y si no la vomito pasadas unas horas, desaparece.

¡Ay, Virgencita de la Caridad el Cobre… en realidad está allí… allí! 

Casi la podía imaginar sola allá dentro…

—Niña…—lloró Dulce, mirando al grandote creciendo.

El flaco la miró con una mueca.

—Ella no te puede escuchar. Ni aunque tuviese su aparatico para sordos. Desde allí no te puede escuchar, domadora.

—Niña…

Dulce cierra los ojos. No entiendo nada… ¿Qué es una domadora? ¿La niña, allí…? Sí… flotando como un feto… No me escucha, tiene que escucharme… Tiene los ojos muy abiertos y está tan… tan…

—Caliente… —soltó en voz alta. 

—¿Qué dijiste, bruja? —dijo el flaco, dándole paso al grandote, quien se puso ante ella tapándole la luna.

—La niña está caliente… —alzó el muñón en dirección al grande—. Memoria muscular…

Un grito.

—¡¿Qué pasó ahora, grande?! —rugió el flaco, buscando el machete.

—No sé… Es como si me hubieran hecho crac en la cabeza… O aquí —y se tocó la panza.

El brazo de Dulce tembló. Todo se salpicó de rojo. Algo se desprendió del cuerpo del grandote, abriendo un boquete entre barriga y garganta. Algo con la cara de una niña llenándose de pelos: colmillos y patas donde antes había manos.

Dulce tragó saliva. La niña crecía, le salían cosas: hocico, zarpas, huesos que desaparecieron dando lugar a plumas, pico, alas, para luego transformarse en patas, garras, colmillos, y unas pupilas enormes que no dejaban de mirarla a los ojos. 

Una carne roja con cinco dedos yacía en la hierba. El flaco sacudía a gritos la cabeza inerte de su compañero.

—La clave está no tenerte miedo —dijo Dulce, mientras buscaba temblorosa su antebrazo, alzándolo ante su rostro. Tomó una bocanada de aire y los dedos se movieron—. No te hagas la graciosa, mamita —la voz le salió mejor de lo que debería—. Bájate la rabia, que tú NO ERES más fuerte que yo.

Un ruido hizo que la fiera se desconcentrara de ella. El flaco corría, posiblemente en dirección al camión, aún con el machete en la mano. El machete con el que le había cortado el brazo.

—Nené —dijo tomando aire, para concentrarse en su mano derecha—, ese tipo es quien tiene la comida. ¡Cógelo! 


IV

4:33 p.m., hora local de Mozambique. 

—Hola, soy el buzón en español de Enwé. Si él no atendió su llamada es porque en estos momentos está ocupado. Deje un mensaje después del tono…

—Enwé, lo que sea que estés haciendo déjalo ya y regresa enseguida a tú-sabes-dónde. Vinieron a visitarnos gente con el uniforme de tu empresa. Uno se hizo pasar por el muchacho de la comida, y casi nos matan. Quienes los mandaron saben de tu hija y de mí. Tu hija está encerrada en tú-sabes-dónde, con agua, comida e instrucciones de no salir ni hacer ruidos, a no ser que seas tú. La entrada la escondí, solo podrá encontrarla quien sepa dónde buscar… Te quedan menos de treinta y tres horas antes de que quienes-tú-sabes se den cuenta. Te aconsejo que no demores, y que cuando vayas a buscarla, vayas de día… Por mi parte, nuestro negocio se acabó. Debiste haber sido más sincero conmigo con respecto a tu hija y con respecto a lo mío. Sobre todo si es verdad eso de que no funciona con humanos, si no le entendí mal a un tipo ahí. Al parecer, las cosas raras que hay en tu raza son más extrañas de lo que me quisiste explicar. Pero imagino que un militar como tú jamás podría confiar en alguien como yo. Sobre todo ahora que ya no existe tu bisabuela. Aunque si te soy sincera, de haberme dicho la verdad, posiblemente nunca hubiese aceptado el negocio… No me busques más nunca. Me voy a desaparecer con mi hijo y mi abuela. Allá en la playa dejé un pedacito de mí para que me hagas pasar por muerta. Tampoco vayas por mi albergue. Allí está metida la policía porque tuve que deshacerme de unos tipos con uniforme cuando fui a buscar a los míos. Además de unos robos en casas de la zona. Necesitaba dinero. Tu hija me ayudó. Resulta que puede escalar paredes y volar, y es muy resistente y rápida nadando largas distancias, sobre todo de noche… Hablando de robar, no sé si notaste que te cogí algo del portafolio ayer cuando fuiste a la casa. Considéralo mi paga… 

Cuida de la fiera… Me duele dejártela como está, sobre todo por ella. Pero la seguridad de los míos va primero y tú nunca me la garantizaste… No me busques, porque te vigilan. Si tú me encuentras, ellos lo harán. Hasta nunca. 


Iris Rosales

Iris Rosales.


V

Trabajar todo el día en la reserva natural era agotador. Apenas tenía deseos de estudiar y menos de hojear el diccionario, pero tenía que hacerlo.

—Mamá, qué es ese libro grandón que tienes ahí.

—Un diario, papi.

—¡Uy, qué feo es! Y dice abuela que no se entiende lo que dice. ¿Para eso es que estás aprendiendo mozambicano?

—Sí, hay muchas cosas en este diario que necesito saber —dijo acariciándole los cachetes. Su hijo era el único que no se sobresaltaba con la prótesis.

—¿Y qué necesitas saber, mami?

—Como usar la voz, la mirada, el cuerpo, la respiración. Incluso el ruido de los pasos.

—Pero si ya tú sabes hacer todo eso.

—Pero necesito hacerlo mejor, papito. Necesito ser irresistible.

Las cejas y la boca del niño se arquearon en una mueca de no entender nada.

—¿Podemos jugar con los animales, mamá? ¿Ahora que se fue todo el mundo?

—Claro que sí, mi amor, pero solo con uno. Dime, ¿cuál prefieres hoy?

—Al cocodrilo… Para bañarme en el río y eso.

—Lo que tú quieras, papito —le dijo alzando la mano izquierda y, con una sonrisa, chasqueó los dedos.




Amaury Pacheco

Amaury Pacheco

Amaury Pacheco

Un policía
golpea con su tonfa la cabeza de un opositor:
la sangre brota, baña su rostro. Y con técnica de inmovilización
le fractura el hombro, lo asfixia hasta el marrón.


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