Carlos Michel Fuentes

De La Habana a Valencia

1

22 de febrero.

R:

La Habana, abandonada a su suerte, olvidada por Dios. Libertos en la penumbra de un pozo ciego. 

Ya he sudado los esfuerzos que traje de España. Desnudo del mundo quedo. Debo estar loco de remate, me dije mientras apartaba a un caracol de un plato de arroz de Guyana. El dinero no duró mucho. Todo está carísimo. Todo tiene un precio y su equivalente en años de vida, en segundos de vida. 

Llega la papa, oscura y sucia, a la bodega. La magia herida coletea fuera del agua. Todo es turbio. El azúcar y el ron. La lluvia. Tengo a cada rato que aguantar las lágrimas. Por ejemplo, el sábado en una guagua vi a un matrimonio. Ella era ciega y estaba desgreñada y canosa, él la trataba mal y bien al mismo tiempo. Se sentaron a mi lado cuando se vaciaron dos asientos. Tuve que mirar hacia otro lado para no ponerme a llorar. 

Carlos Michel Fuentes

Recordé la mirada blanca, ingenua y muda, de Néstor Almendros sobre los negros de antes. 

Me siento incapaz de describir lo que veo, de todas las cosas cuelga un pasado infinito que se escurre. Todo se pudre y se come, se come y se pudre. La Habana deforme. Hay que espantar las moscas y tragar y tragar. Engullir los minutos antes de que hiedan. También he dejado de hervir el agua. Aceptar la impureza de las cosas me purifica. 


Olvidados por Dios los transeúntes. Sin embargo, pareciera que todo está bien. Tras los árboles, aún numerosísimos del Vedado, se oculta sigilosa la verdad de Dios. Yo ilumino con mi lamparilla el camino a ninguna parte. 

Cebolla blanca a sesenta pesos la ristra, para llorar y no llorar. La más limpia de tierra para la Loynaz. Flor de cebolla sobre su tumba olvidada como sus versos, mortaja en capas, rimas sobre rimas. 

Transmiten en diferido la final de florete masculino. El arma pesa y aligera al brazo. La Habana, la vedette envejecida, seduciéndome con sus flecos encriptados, de labios rojos de sangre y caderas apuntaladas. Bálsamo para revivir a los muertos. Potaje de prejuicios. Todo huele a frito, a gas. Siento pena y culpa. Perdí el hilo. Perdí la rabia y el orgullo. Perdí el alma y el pudor. 

Perro es una unidad de medida, un valor de cambio. La sangre de Cristo es oscura y dulce, es sangre y es café que desvela, que arranca el soñar, que empercude la ripiera de las prendas y se vuelve pan al contacto con el aire. 

La sal desprende las pieles de las casonas de Tatianov, moradas por bacterias borrachas e inmunes junto a la gravedad de las leyes y los vulgares derrumbes, en equilibrio perfecto entre el ser y el estar. Súmese la desidia de los sádicos. 

Fuera de la nueva Constitución quedan los atardeceres más hermosos y cursis, las blusas remendadas de las viejas, las montañas de pobreza, las cartas que llegan del Norte y el amor. Es cierto que puedo irme a Panamá y traer una moto y revenderla, negociar con las tripas, con cadenas de oro, con tarjetas de memoria, con baterías de litio, con ajuares de boda. Venderle dos jabones a un mecánico y unas piezas de Lada. 

Podría, claro que podría. El que puede lo hace y de eso vive. No estaría mal visto. Yo no puedo, demasiados prejuicios. Demasiada memoria en la mollera.

Ahora llega una muchacha. Es casi una niña, saluda al entrar y nos besa al salir. Tiene unas piernas muy flacas y largas. Ibargollin dice que está buena para recoger naranjas en Jagüey Grande y todos reímos, pero la niña es un ángel enviado por Dios. La niña es luminosa y es negra. La niña es un puente. 

Es fácil eso de llegar de Europa y compadecerse de todo. Es fácil y es perverso. Cuando me fui me hice malo y turbio. Dejé la tierra y abandoné la paz. Traigo, no obstante, mis propias ruinas, mis derrumbes, no soy mejor que ella ni que nadie. Soy un caracol de estiércol y mármol que vive en un plato de arroz, a quien muchos llamarían un simple pobre hombre. Otro que torpemente regresa, con el rabo entre las piernas, a la Santa Congregación del Majestuoso Círculo Infinito. 

Este texto es el más puro sucedáneo del reguetón de moda, tan predecible y arrítmico, tan decadente, tan falso, tan vacío, tan vulgar y pretencioso. Tan intrascendente y torpe. Texto en boga de los fantasmas del barrio. Dedicado a mis muertos y a mis amigos distantes, antes de que me olviden, antes de que no sea más que un birrión de lentejuelas en sus sopas. La memoria no se emancipa con vástagos vocablos, el peligro latente del olvido es la esencia feroz de la memoria. 

Cada esfuerzo por recordar es un jubiloso pataleo. Vivir es patalear siempre. No hay héroes más allá de Dios y su epopeya. Aguacates Catalina a doce pesos y punto. Abandonada a su suerte la vieja Habana, pariendo sola en el pasillo del Materno de Línea a una Habana nueva, sin dolor apenas, de un tirón, ¡cataplún! y ya, décadas de espanto entre las contracciones furibundas de la historia, su vagina dilatada como un mamey podrido y el habanero nuevo con su nuevo corazón aguacatoso, abriendo sus ojos por primera vez a la luz crepitante de las tinieblas. 


Ensanchamiento frenético de mi iluminado Príapo o, en otras palabras, a la luz mortecina del salón se me ha puesto más gorda la morronga. 

La Habana es un útero de oveja, el hocico reseco de un poliedro, la sartén invertida en el espejo, los desagües de plata, la algarabía de culo de botella, un fuste, un fuelle, un pregonero que vende sus pregones, un cántaro cantor, un reto-rata. 

Habana, he vuelto a verte desnuda en la bañera y he sentido el dolor de tu mirada. He venido a morir contigo, a rogarte el perdón y a darte un beso.

C.




2

24 de febrero.

Ramonete:

Estoy sentado en el sofá de la sala. Frente a mí, la angosta ventana y la puerta que lleva al balcón. Apenas amanece. La luz intrusa es casi una ola salada sin retorno. Las voces de siempre, la manguera picoteada por las garzas mojando al cilantro, el motor del agua y los pregones. 

Compro pomitos vacíos de perfumes, dice el pregonero desde Zúrich. Lo escucho clarito y en ese instante entran nueve moscas y cada una es el vértice de un extraño signo, de un mensaje cifrado que llega desde el cielo tan sólo para mí. Soy el enlace tal vez, el terrícola elegido, el instrumento, el búcaro vacío. 

Cambian de posición las nubes y, sobre cada sombra nueva, se reordenan sobre el suelo las moscas pragmáticas. Algo me dictan, me están mostrando algo que no soy capaz de ver. Mi vista se detiene sin remedio en el muro del frente, mucho más acá, en donde alguien le asegura a Tati que la quiere. 


He vuelto a fallar. Muy inteligente no han de ser las civilizaciones vecinas cuando me han escogido a mí para el primer contacto. Habrá que esperar. Pasa el del turrón recién hecho de maní en su triciclo como un rayo. Lo llama El Especial y lo envuelve en un papel muy graso que, escrito a mano, asegura que Cristo vive. Lo vende a un peso en moneda convertible. No es barato, pero vale la pena. 

Las moscas se dispersan, se vuelven nuevamente moscas ordinarias sobre el turrón de Cristo. No ha entrado agua. El tanque estará seco. Me preparo un café con poca azúcar. 

Después de almorzar arroz, frijoles negros, medio tamal y dos albóndigas de albacora, tomé sin mucho problema el gran P11, la guagua que me lleva hasta El Vedado. Alcancé a sentarme al final del pasillo, fue llenándose hasta repletarse del todo un par de paradas más adelante. 

La señora que iba a mi lado llevaba entre sus piernas una botella de plástico con un pollito vivo en su interior, galeón amarillo piador y sudoroso, de ojos de jaiba y pico impío. Estuve todo el viaje intentando descifrar la manera en que pudo haber metido al pollo en la botella. Ten en cuenta, Ramón, que la boca tan solo contaba con un par de centímetros de diámetro. Pero no fui capaz de desentrañar el misterio, las razones que le indujeron a semejante encierro. 

Dime si se te ocurre algo plausible en tu próxima carta y ni se te ocurra volver a intercalar dinero entre sus hojas. El hecho de que haya llegado sano y salvo la vez anterior es aún más increíble que el enigma del emplumado reo en la botella de plástico. Además de que no es necesario. Deberías ahorrar y venir a visitarme en cuanto puedas y pasen, por supuesto, los meses infernales. No obstante, te agradezco tu ayuda y paso a enumerarte algunas cosas que compré con parte de la plata.

Un paquete pequeño de café Cubita . . . .   3.15 cuc
Un enchufe de plástico para el baño . . . .   2.45 cuc
Un rollo de cordel . . . . . . . 10.00 cup
Dos libras de cebollas . . . . . . 40.00 cup
La talla en madera de un pez . . . . . 10.00 cuc
Tres libras de chícharos . . . . . .   9.00 cup

Nos vemos. Dile a María que me escriba y que me cuente de Pepita, de su salud y de sus cosas.

Tu amigo,

C.




3

25 de febrero.

Mi presidente:

Llegaron las papas. Como llega la navidad o la menopausia. Llegaron las papas y desde temprano aguardan mis vecinos del Batey a que abran el mercado los fornidos negros. 

La cola nace, crece, se reproduce y muere, pero también se bifurca, se agita o se disloca. Yo llamo a Cuba el país de las colas largas. Si te detienes un par de minutos en una esquina, alguien te preguntará si eres “el último”, qué han sacado y detrás de quién vas. 

En esta cola he conocido a Zacarías, quien fue mecánico de aviones en una base militar cercana, hasta que un día hubo un accidente y cogió candela. Se le prendió el overol, según me cuenta, y por más que lo intentaron sus compañeros, no pudieron impedir que se achicharrara. 


Yo marqué justo detrás de él. Y él detrás de una señora con un pullover blanco con un agujero debajo de una teta. Y ella, detrás de un señor con una gorra verde que estudia inglés online y que está casado con una loquita de Mazorra. 

Cuatro libras por persona. Todos somos iguales en este barrio a la llegada de la papa. La papa nos unifica, nos iguala. La papa es el rasero que nos deshumaniza. 

La cola se extendía en el tiempo y el espacio, lo que permitió que Zacarías me contara su vida de cabo a rabo. Me contó que estuvo casado con una coreana muchísimo más joven que él, que era además muy comunista y al parecer bastante puta, conclusión a la que llegué después de escuchar ciertas historias que me hizo, pero que no me parece decente reproducirte, ni su hablar despechado y rencoroso al referirse a ella. 

Le dio tiempo de sobra para mostrarme sus cicatrices e implantes. Los que tuvieron la suerte de prender y que ya formaban parte de su nuevo pellejo y las otras, las cicatrices chamuscadas, los porcinos coloques fallidos y cuatro parches chambones de mulata rumbera. 

Me enseñó también lo que era ya visible, sus dedos engarrotados, su mano tiesa, y con ella me tomó del codo y me apretó con fuerza para demostrarme su poder conservado y su rudeza. Nada impediría, según él, que su guajiro interior cargara con las libras asignadas, aunque la piel se recalentara como un caparazón ceñido del más fino látex de Lu Pao. 

Me alegré de que no estuvieras en la cola conmigo, Ramón, cuando me confesó lo de su implante de carne del vientre de una mulata. No hubiéramos podido aguantar la risa. Era uno de esos hombres de caderas prominentes y lo hubiéramos visto a la par contonearse con una bolsa de papas en cada mano rota, poseído por el espíritu bailón de la negra.

Recordé a Candyman cubierto por un enjambre de abejas o lo recuerdo ahora. Y a Celia Cruz, llorando la muerte de su madre distante. Recordé algunas injusticias y a Luben enloquecido, alisándose el espendrum sobre los muros soleados de San Alejandro, mientras Jorge Rodríguez, gagueando para sí la estrofa de un soneto soso, giraba la esfera de mármol sobre el mármol de su mesa, y la ceniza eterna de su cigarro tiznaba sus zancas en cruz.

Zacarías me contó además que, en otra cola, estuvo a punto de morir apuñalado por un viejo, quien no logró reconocerlo como su fiel predecesor a causa de un cambio inoportuno de pullover, vaivén cromático que generó la duda y la ira del anciano acuchillante y chocho, y colocó, por ende, al borde de la muerte al maltrecho Zacarías. 

Narrado con belleza, como un salmo, fueron los gestos: el puño tembloroso, el brillo iridiscente sobre la hoja, la duda, el arrepentimiento y el enfunde postrero, las emotivas lágrimas del ofuscado anciano, el concilio final y la amistad surgida. O tal vez fue tan solo una leyenda, una treta para minimizar ante mí el alcance de su monstruosa apariencia.

“Dos de la cola”, gritó uno desde el interior de la bodega y ahí mismito se formó la molotera. 

No volví a ver, a Zacarías. Espero haya tenido suerte. Si hoy entrara el aceite, me freiría unas papas. 

Tu súbdito, 

Carlitos.




4

26 de marzo.

Día de votaciones.

Mi Ramón:

Te juro que intenté concentrarme en ambos cuerpos, en los sexos sagaces al rocío. Imaginé que escalaba por los pliegues de la sábana arrastrando mi pata chueca y luego me dejaba caer, resbalando sobre la sabia del amor, salpicando viejas pisadas, pero no pude. 

Intenté que las consignas y los canticos churrupieros se tornasen coros de ángeles celestinos. Intenté ensordecerme abarillándome los tímpanos con viejos pinceles, con la punta despuntada de una tijera, pero no pude trastocar el revés por más que quise. El amor fue herido de muerte por la espada venenosa de la plaga. Pero estaba avisado.


Hoy es un día muy triste. Miro de frente al miedo, le miro a los ojos. No le temo. 

Mi novia también ha ido a votar. Mientras espero que vuelva, vaticino con éxito las grietas del techo y me arranco la uña del dedo gordo del pie. Sangro. Un monaguillo le hará un saludo komsomólico y una pregunta clave, y ella dirá que “sí” y dejará caer como saliva una sonrisa por la ranura de la urna. Y así habrá puesto, sin saberlo, otra cruz sobre el calendario infinito e ínfimo del miedo. Parece que no, pero sí. 

“Te pones letal, el mío”, podrías decirme desde la tranquilidad de tu terraza en Ruzafa. “Cierra los ojos y descascara los ajos antes de que anochezca”, me aconsejarías, pero ya me conoces. Sería inútil. Supremacía negra sobre fondo blanco. Hoy ataca el alfil con pasos de caballo. Y siguen de consignas, pintorreteándolo todo, birriones y birriones de manteca y nada queda nuevamente en pie que pueda respirar. 

Por eso me voy a la playa caminando. Son veinte minutos andando por una calle muy poco transitada. Se cruzan tan sólo unos carretones tirados por caballos. La carreta cruje de tanta hierba al lomo arrancada de la tierra, y unos conejos esperan famélicos. Cada siete pasos ensucian las bestias la calle, dejando un trillo fluorescente de bostas malolientes. Imposible extraviarse. 

Entre pregones patrios y promesas, se escucha claramente el rumor de las olas y se siente el tufo del estiércol. ¡Qué hermosa palabra la palabra estiércol! Ya en la orilla va y viene un perro muerto. Suavemente, como los primeros versos al oído de un niño, como óleos extendidos sobre el lino por la zurda rojiverde. Decapitado el can, acaba la lealtad y su milagro y la posibilidad latente de la mordedura roñosa. 

Hilos muy finos enlazan la cabeza con el cuerpo. Pestañazos de a lustros. Todo pasa. Llévate lo malo a la mar, llévate la envidia a la mar, la memoria toda. Se hundieron los pies en fuga de los verdugos en la arena. 

Hoy es un día sumamente triste. Un río detenido y muerto bajo un puente. He perdido la fe. Te echo de menos. Y echo de menos un abrazo.

Carlitos.     




5

19 de marzo.

Desde la biblioteca del Museo Nacional de Bellas Artes.

Mi Ramón:

Ayer, mientras leía tu correo, en donde me ponías al día de los trágicos sucesos relacionados con la hija de Pau, me encontraba sentado sobre una piedra. Más bien, sobre un trozo desprendido de un viejo muro, pues aún conservaba la roca, restos de pintura sobre sus partes más lisas, y sobre estas, poniendo a prueba la adherencia original del tinte y arriesgándome con no poco valor a la transferencia y al posterior embarre de mis ropas, aliviaba mis nalgas, como un caminante carroñero, de la tirantez de la vida ambulante y del lógico sofoco.

El trozo desprendido del muro se hacía piedra lentamente ante mis ojos y mi menguado fondillo y tus palabras amargas, fueron como gotas de lluvia sumatorias. Como lágrimas ácidas. No es que me sentara para leerte, fue puro azar más bien, que me encontrase fijo en el momento en que me dio por revisar el buzón virtual de mi correo. Cosa que agradecí enormemente, al dilucidar el contenido del mismo. 


Sentado, estaba conversando con un viejo que sobrevive recuperando calderos ennegrecidos por el tiempo. Su piel también estaba prieta, como si restara lo tiznado de las ollas y lo sumase luego a su piel en sacrificio matemático. A sus pies avivaba un fuego con el que ablandaba el sedimento de los días, de los otorgados manjares patitiesos. Revolvía con un cetro de hielo un puñado de arena del desierto sombrío de Jerusalén, mientras daba a un costado del caldero unos cuantos golpecitos sincopados con sus nudillos de rata. 

Según supe más tarde, el viejo se bebía todo el dinero y esa era la verdadera causa de su tintura, y no la débil y falaz conjetura de quien ahora te escribe. 

Las piedras y los trozos cáusticos del desprendimiento parcial del muro sólo representaban para el viejo manchones blancos sobre la hierba, trozos de luz en donde contrastaban las espigas que acosquillaban sus tobillos, nada más. La mayor parte del tiempo, mientras esperaba la llegada de nuevos clientes o aguardaba el término de otra etapa en su ceremonia purificadora, el viejo permanecía sentado en un butacón roído por las ratas e hinchado por las lluvias y el sereno de la madrugada. 

Hablaba sólo, aseguraban, y a veces reía y otras veces se le escuchaba sollozar entre sus ollas. Nunca me dijo su nombre el viejo que limpiaba los calderos. 

Un sacerdote en Valencia completará su liturgia sagrada y la vida continuará girando dentro y fuera de su catedral oscura, como girarán los granos de arena dentro del cuenco profano del anciano. La piedra se hará polvo de piedra y en círculos volarán los pájaros sobre los arrecifes. El sonido persistente de la ola me recordará al que arrastrará la soledad de algún domingo. Y al dolor de cambiar algunas fundas. 

Mi perro, que es un perro de turno, juega a que se aleja, a que me olvida, pero es sólo un juego que juega con torpeza. Bien sabe que lo sigo con la vista y que lo veo olfatear a los barquitos portugueses encallados. 

En unas horas volverá el mar a su rutina. Un día como hoy nació mi hija Bárbara. Ahora estamos lejos. Cuando nació yo no era capaz de amarla como ahora. Recuerdo que bajé en silencio a la tienda del hospital y me compré un disco de cantos gregorianos y me sentí profundamente sólo. 

Ojalá y Pau encuentre consuelo. 

Cuídate tú, Ramonete.

C.


Nonardo Perea

Nonardo Perea

Nonardo Perea

Soy lo que soy. He vuelto a nacer, recién cumpliré cinco meses de vida, soy…


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