American Hemingways of Life

Como sabe cualquiera que haya visitado Finca Vigía, esa casa-museo del tamaño de muchos camarotes en las afueras de La Habana, Ernest Hemingway tenía anaqueles repletos de libros en todas sus habitaciones.

Hasta las paredes del baño, donde no cabían los trofeos de caza —debe ser raro cagar con la cabeza de un antílope africano mirándote fijamente—, están cubiertas de libreros. Sin embargo, yo a Hemingway no lo imagino leyendo. Y mucho menos en Cuba.

Corrijo: sí lo imagino leyendo, pero solo dedicatorias y con un vaso de whisky en la mano. Entre los libros “raros y de uso”, como se dice, que se conservan en el museo —administrado actualmente por una entidad socialista llamada Consejo Nacional del Patrimonio Cultural, que es una finca más grande que Finca Vigía— se encuentra un ejemplar de la primera edición (1938) de la novela Contrabando, el cual tiene esta dedicatoria manuscrita: “A E. H., con admiración y amistad, Enrique Serpa”.

De la admiración no estoy seguro. La amistad sí está documentada. Parece que Serpa y Hemingway, en efecto, hicieron buenas migas durante las primeras visitas de este último a La Habana. Sería interesante retroceder a la época y seguir la pista de ambos escritores. Tal vez caminaron juntos por Obispo, recorrieron librerías; seguramente se dieron sus tragos en algún bar y cruzaron bilingües incoherencias. Ahí hay una novela que a nadie le interesa y que nadie va escribir (el que tenía que escribirla era Miguel Collazo, que está cada día más muerto).

Enrique y Ernest eran jóvenes, pero no tan jóvenes. Cada uno pensaba que era mejor escritor que el otro, pero solo uno tenía razón. ¿De qué hablaban? ¿Qué decían de las mujeres? ¿Qué mujeres? ¿Cuántas de ellas son putas? ¿En qué pensaba Serpa mientras escuchaba hablar a Hemingway y contemplaba la sonrisa de su amigo yuma, esa gran sonrisa de americano blanco y bueno, de americano saludable?

“Entre los libros ‘raros y de uso’, como se dice, que se conservan en el museo —administrado actualmente por una entidad socialista llamada Consejo Nacional del Patrimonio Cultural, que es una finca más grande que Finca Vigía— se encuentra un ejemplar de la primera edición (1938) de la novela Contrabando”.

Al protagonista de Contrabando le llaman El Almirante y es dueño de una goleta pesquera llamada La Buena Ventura. Yo creo que la novela es, probablemente, una de las más irónicas de las letras cubanas. Incluso la editorial estatal que la ha reeditado varias veces ostenta un nombre en mayúsculas que es pura ironía inconsciente e involuntaria: “Letras Cubanas”.

Sucede que El Almirante, por más que lo intenta, no logra interesarse ni en la pesca ni en el mar en general. Un médico le recomendó navegar con el objetivo de fortalecer sus nervios “limados por diez años de ron y prostitutas”, y él puso de su parte: corrió a comprarse textos de náutica, cursos para pilotos y cartas marinas.

Bibliografía que, por supuesto, nunca va a leer.Y un día se entera de que cierto escritor estadounidense solía pescar agujas en aguas cubanas (tal como suena, Aguas Cubanas):

“Se llamaba Hemingway, Ernest Hemingway. Y me creí obligado, naturalmente, a poseer también una obra suya. Recorrí, en búsqueda inútil, todas las librerías de La Habana. Y al cabo tuve que conformarme con dos retratos suyos, publicados en un periódico. Pegué uno, el más grande, en mi camarote. Y cuando alguien inquiría sobre aquel rostro ancho y sonriente de americano saludable, yo le informaba que era un millonario amigo mío”.

Estas líneas habrán sido escritas allá por 1932, 1933; yo me imagino que, en silencio, Enrique Serpa sonreía. Su amigo, el escritor estadounidense, que ya es el autor de Fiesta y Adiós a las armas, pero todavía no es millonario —aún no puede comprarse una finca en las afueras de La Habana—, aparece aquí reconvertido en trofeo decorativo, en estampita, en souvenir, en tópico del trópico, en caricatura. “Mi apócrifa afición a las cosas marinas”, confiesa El Almirante, y en ese apócrifo Serpa se anticipa por dos décadas al Hemingway for dummies que lleva por título El viejo y el mar.

“¿En qué pensaba Serpa mientras escuchaba hablar a Hemingway y contemplaba la sonrisa de su amigo yuma, esa gran sonrisa de americano blanco y bueno, de americano saludable?”.

A uno, en el futuro, le está aguardando el Nobel; al otro, Letras Cubanas. Me da que Serpa ya eso lo sabía. De los dos, Serpa era el que sabía, el que lo supo todo antes. Me da que en su dedicatoria a aquel ejemplar de Contrabando, donde puso admiración por un instante quiso poner envidia. No lo hizo porque se trataba, si acaso, de una envidia descentrada y buena onda, irónica (ya no concibo otro Serpa que no sea el Serpa irónico, ignoro si hay otros). Porque era una redundancia: a fin de cuentas todos los escritores cubanos, de Martí hasta la fecha, le tenemos tremenda envidia a los escritores norteamericanos. La envidia es lo nuestro.

Si el viejo Santiago de El viejo y el mar, el pobre, no tenía qué pescar, los pescadores de Contrabando se hallan en una situación diametralmente opuesta: en primer lugar, son muchos (Santiago es uno solo, contra un solo pescado); y segundo, llevan muchos días llenando sus redes de peces. El resultado es la misma miseria: la abundancia ha bajado los precios, el pescado no vale nada en La Habana de finales de los años 20. Por esta razón, el viejo Cornúa, patrón de La Buena Ventura (el viejo Santiago no tenía un plan B) le sugiere al Almirante dejar a un lado la pesca y entrar en negocios con la mafia: son los años de la Ley Seca; los barriles de ron se compran barato en la Isla y se suben rápido a los Estados Unidos.

He aquí el contrabando que va a relatar Enrique Serpa. Una operación que moviliza en la novela varias cuestiones de interés y “rabiosa” actualidad, como se dice. La masculinidad, por ejemplo. Hay una escena en la que Cornúa le dice al Almirante: “Entre una de esas pellejas que cuando usted menos se lo piensa le pega una enfermedad asquerosa, y un contrabando, me quedo con el contrabando. Es más de hombre, ¿no?”.

Ascetismo, heroísmo, men without women: el contrabando está asociado a la hombría, precisamente uno de los elementos claves que darán forma a “lo hemingwayano”. Ahora también le llaman, y con razón, masculinidad tóxica. La hombría de desafiar el peligro, embestir contra el destino y todo eso. Solo que, en la novela de Serpa, la testosterona que se esparce sobre cubierta proviene de otra clase social. Huele diferente. Es menos abstracta.

La masculinidad tóxica, para los marinos de Serpa, es vivir en un solar y no contar con otra cosa que tus manos. Defender tu moral, es decir, tu pan, con un cuchillo. Matar. Pero nada de animales: matar a otros hombres si fuera necesario, matar otras masculinidades tóxicas pero no hacerlo nunca “de mala manera”, sino en plan digno y porque es lo correcto, porque es lo que hay. La masculinidad tóxica exige mantener alta la frente ante la adversidad, es decir, ante la policía. Y sobre todo no andarse por las ramas: si hay que ir a una huelga, mejor que la huelga termine con sangre.

“A uno, en el futuro, le está aguardando el Nobel; al otro, Letras Cubanas. Me da que Serpa ya eso lo sabía”. 

En esta liga, parece decirnos Serpa, no juegan tipos neuróticos como el Almirante (quien reflexiona al inicio de la novela: “¿Qué era yo, hipócrita, tímido y vanidoso, sino un contrabando entre aquellos hombres?”). En este contrabando, la masculinidad tóxica de Hemingway, de todos los American Hemingways of Life, más temprano o más tarde termina revelándose como lo que es: safari y punching bag, safari y estilismo, safari y alcoholismo. Turismo.

Hay un único mundo para la masculinidad tóxica, parece decirnos Serpa. Uno solo. No se puede estar en ambos mundos. Ambos Mundos es el nombre de un hotel para turistas, en la Habana Vieja.

En los capítulos finales de Contrabando, la goleta cargada de ron —y con retrato de un escritorzuelo peleón y bebedor en una parodia de camarote— ancla frente a las costas de Sanibel, al sur de Tampa, a la espera del yate de los americanos. Es posible que Enrique Serpa y Ernest Hemingway nunca hayan estado tan cerca y al mismo tiempo tan lejos como allí, en esa franja costera del sur de la Florida (hay que decir que todas las franjas, costeras y terrestres y hasta literarias, todas, siempre, han estado mediadas por la mafia).

Para mí que Enrique lo sabía. Para mí que estaba consciente de haberle sacado a su amigo yuma varias millas náuticas de ventaja. ¿Qué quieres, Ernest, la corriente del Golfo? Pues vamos a la corriente del Golfo.

Entonces llega el yate al encuentro de la goleta. El ron clandestino cambia de manos en la oscuridad de la noche. Enrique Serpa escribe: “Y el último garrafón se deslizó por el andarivel, entre los hurras estentóreos de nuestra gente. El grumete, sin saber acaso por qué, tiró su gorra al aire. Y Onofre desplegó en el palo mayor una bandera cubana. Los hombres de McCarthy sonreían, sorprendidos y regocijados ante aquel entusiasmo tropical”.

Contrabando muestra uno de los mejores usos —si no el mejor— de la bandera cubana dentro de la literatura cubana”.

Yo creo que los hombres de McCarthy no entendieron nada. Lo que yo entiendo es otra cosa. No había ahí ningún “entusiasmo tropical”. Esa no es la tensión. El contrabando —por cierto, espóiler: el alcohol, desde el inicio, era solo una parte; relean el libro para recordar elotro contenido contrabandeado, y sus implicaciones— se ha llevado a buen puerto, sí, pero en esa escena hay algo más. Una comezón secreta, política, que los magnetiza a todos en una suerte de histeria colectiva (no hay histeria que no sea colectiva): los que gritan hurras, el grumete, el tal Onofre…

Aunque ellos, por supuesto, tampoco tienen ni idea. No importa.

Importa, en cambio, el detalle de la bandera en el palo mayor. Por ejemplo. Lo encuentro insuperable. Para mí que, en ese momento, Contrabando muestra uno de los mejores usos —si no el mejor— de la bandera cubana dentro de la literatura cubana.

Y fuera de la literatura también.

Esa es la bandera que quisiera yo para mi país, a cualquier cosa que le llame yo país: una bandera, un trapo, contrabandista.







Sabor Metálico - Roberto González Echevarría

Sabor metálico

Gilberto Padilla Cárdenas

“Cada vez que entrevisto a una ‘cuban-american celebrity’, padezco el mismo síndrome de Ford: ‘Tus preguntas son una mierda, pero soy yo el que tengo que responder’. Ahora lo experimento con Roberto González Echevarría”.


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