Hypermedia Investiga (III)

(…)

Reva se quedó ahí sentada, frotándose los muslos con las manos. Después de uno o dos minutos de silencio, me miró y se puso un dedo debajo de la nariz, lo que siempre hacía cuando estaba a punto de llorar. Era como una imitación de Adolf Hitler. 

—Soy tu mejor amiga —dijo—. No me puedes echar, sería autodestructivo.

Me bajé el jersey para dar una calada al cigarro. Se apartó el humo de la cara y fingió toser. Luego se giró hacia mí, tratando de envalentonarse mirando a los ojos al enemigo.

—Por lo menos intento esforzarme por cambiar y conseguir lo que quiero —dijo—. Aparte de dormir, ¿qué esperas tú de la vida?

—Quería ser artista, pero no tengo talento —le dije.

—¿En serio hace falta talento? 

Puede que fuese la cosa más inteligente que me había dicho Reva nunca.

(…)

Me gustaba pensar que el destino me había llevado a elegir a la doctora Tuttle, que nuestra relación estaba un poco predestinada, que de alguna manera era divina; pero, en realidad, fue la única psiquiatra que me contestó al teléfono un martes a las once de la noche. 

—La mayor amenaza actual para el cerebro son los hornos microondas —me explicó aquella noche—. Los microondas, las ondas de radio. Ahora las torres de telefonía móvil nos acribillan con a saber qué clase de frecuencias. Pero ese no es mi campo científico, yo me encargo de tratar enfermedades mentales. ¿Trabajas para la policía?

—No, trabajo para un marchante de arte, en una galería de Chelsea.

—¿Eres del FBI?

—No.

—¿CIA?

—No, ¿por qué?

—Tengo que preguntar estas cosas. ¿Eres de la Administración para el Control de Drogas? ¿De la de Alimentos y Medicamentos? ¿Oficina Nacional de Crímenes contra Aseguradoras? ¿De la Oficina de Prevención de Fraudes contra Seguros de Salud? ¿Eres una detective privada contratada por alguna entidad privada o gubernamental? ¿Trabajas para una compañía de seguros médicos? ¿Eres traficante de drogas? ¿Drogadicta? ¿Eres médica? ¿Estudiante de Medicina? ¿Quieres conseguir pastillas para un novio maltratador o para algún jefe? ¿Eres de la NASA? 

—Creo que tengo insomnio. Es mi principal problema.

—Seguramente eres adicta a la cafeína, ¿tengo razón?

—No lo sé.

—Será mejor que la sigas tomando. Si la dejases ahora, te volverías loca. Los insomnes verdaderos sufren alucinaciones y ausencias y tienen poca memoria. La vida puede llegar a ser muy confusa. ¿Encaja esto contigo?

—A veces siento que estoy muerta —le dije—, y odio a todo el mundo. ¿Eso cuenta?

—Oh, sí que cuenta. Claro que cuenta.

(…)

Mi plan era mentir. Lo había considerado con detenimiento. Le dije que llevaba con problemas para dormir desde hacía seis meses, y luego me quejé de desesperación y nerviosismo en mis relaciones sociales. Pero mientras estaba recitando mi discurso ensayado, me di cuenta de que era un poco cierto. No era insomne, pero me sentía abatida. Quejarme delante de la doctora Tuttle fue extrañamente liberador.

—Quiero sedantes, eso lo sé —dije con franqueza—. Y quiero algo que le ponga freno a mi necesidad de compañía. Estoy con la soga al cuello. Soy huérfana, para colmo. Es probable que tenga estrés postraumático. Mi madre se suicidó.

—¿Cómo? —preguntó la doctora Tuttle.

—Se cortó las venas —mentí.

—Es bueno saberlo.

Nunca le miré bien los ojos a la doctora Tuttle. Sospecho que eran ojos de loca, negros y brillantes, como los de un cuervo. El bolígrafo que utilizaba era largo y morado y llevaba una pluma morada en la punta.

—¿Duermes algo? 

—Apenas —dije.

—¿Sueños?

—Solo pesadillas.

—Me lo imaginaba. El sueño es esencial. La mayoría de la gente necesita unas catorce horas o así. La edad moderna nos ha obligado a vivir vidas antinaturales. Ocupados, ocupados, ocupados. Seguro que trabajas demasiado.

Garabateó un rato en su recetario.

—Está demostrado que la meditación diaria cura el insomnio en ratas. No soy una persona religiosa, pero podrías intentar visitar una iglesia o una sinagoga y que te asesoren sobre la paz interior. Los cuáqueros parecen ser gente razonable. Pero desconfía de las sectas religiosas. Suelen ser meras trampas para esclavizar a mujeres jóvenes. ¿Mantienes relaciones sexuales?

—En realidad, no —le dije.

—¿Vives cerca de alguna planta nuclear? ¿De alguna maquinaria de alta tensión?

—Vivo en el Upper East Side.

—¿Viajas en metro? Un montón de enfermedades psíquicas se contagian en los espacios públicos confinados. Me da la impresión de que tienes la mente demasiado porosa. ¿Tienes alguna afición?

—Veo películas.

—Qué divertido.

—¿Cómo consiguen que mediten las ratas? —le pregunté.

—¿Has visto roedores criados en cautividad? Los padres se comen a sus crías. Bueno, no los podemos satanizar, lo hacen por compasión. Por el bien de la especie. ¿Alguna alergia?

—A las fresas.

La doctora Tuttle soltó el bolígrafo y se quedó mirando al vacío, parecía absorta en sus pensamientos.

—Algunasratas —dijo después de un rato— probablemente se merezcan que las satanicen. Algunas ratas individuales —volvió a coger el bolígrafo y la pluma morada hizo una floritura—. En cuanto empezamos a generalizar, renunciamos a nuestro derecho a la autonomía. 

(…)

Se suponía que en Ducat el arte era subversivo, irreverente, escandaloso, pero no era más que basura contracultural enlatada, “punk, pero con dinero”. Natasha me dio el papel de subordinada hastiada, y casi siempre bastaba con lo poco que me esforzaba. 

Yo era una distracción fashion. La puta que se sentaba tras el mostrador y te ignoraba mientras te paseabas por la galería, el bellezón que hacía mohínes y llevaba ropa vanguardista cool indescifrable. Me dijeron que me hiciera la tonta si alguien me preguntaba algo. Eludir, eludir. Nunca entregues la lista de precios. 

El artista estrella de Natasha era Ping Xi. Le pareció una buena inversión por sus raíces asiáticas y porque lo habían echado del Instituto de las Artes de California por disparar una pistola en su estudio. Le daría caché a la galería.

—Quiero que la galería sea más cerebral —me explicó—. El mercado se va alejando de la emoción. Ahora todo va del proceso y las ideas y la marca. La masculinidad está de moda.

La obra de Ping Xi apareció en Ducat primero como parte de una muestra grupal llamada Cuerpo susstancial y consistía en cuadros hechos a base de salpicaduras, a lo Jackson Pollock, con sus propias eyaculaciones. Aseguraba que se ponía una bolita de pigmento coloreado en la punta del pene y se masturbaba sobre lienzos enormes. Titulaba los cuadros abstractos como si cada uno tuviese un significado político profundo y oscuro: Marea sanguinolenta, Invierno en Saigón, Atardecer en la avenida de los francotiradores, Niño palestino decapitado, Fuera bombas, Nairobi. 

Era todo una estupidez, pero a la gente le encantaba.

Natasha estaba muy orgullosa de Cuerpo sustancial porque todos los artistas tenían menos de veinticinco años y los había descubierto ella misma. La única pieza que me gustaba de la muestra era de Aiyla Marwazi, que tenía diecinueve años. Se trataba de una alfombra blanca enorme de Crate & Barrel manchada de huellas y un reguero ancho de sangre. Se suponía que debía parecer que habían arrastrado un cuerpo sangrante por ella. Natasha me dijo que la sangre era humana, pero no lo puso en la nota de prensa.

—Al parecer, puedes pedir cualquier cosa de China online. Dientes. Huesos. Trozos humanos…

La alfombra sangrienta costaba setenta y cinco mil dólares.

La serie Plástico de envolver, de Annie Pinker, consistía en puñados de objetos pequeños envueltos en plástico. Había uno con fruta escarchada y llaveros de cola de conejo, otro de flores secas y condones. Salvaslips para tangas usados y hechos un rollito. Un Big Mac con patatas fritas y rosarios de plástico. Los dientes de leche de la artista, o eso decía ella, y M&M’s rojos y verdes. Transgresiones baratas a partir de veinticinco mil dólares cada una. 

En un pedestal, en una esquina, había una escultura pequeña de los hermanos Brahams, un par de monos de juguete hechos con vello púbico humano. A los monos les asomaba una pequeña erección a través del pelo. Los penes estaban hechos de titanio blanco y tenían cámaras colocadas de forma que hacían fotos de la entrepierna de quien los contemplaba. Las imágenes se descargaban en una página web. La contraseña para entrar y ver las fotos de las entrepiernas costaba cien dólares. Los monos costaban un cuarto de millón de dólares los dos juntos.

(…)

En un sueño, iba a una fiesta en un crucero y miraba a un delfín solitario dar vueltas a lo lejos, pero en el diario de sueños escribí que estaba en el Titanic y que el delfín era un tiburón que también era Moby Dick y también Dick Tracy y también un pene duro, inflamado, y el pene le daba un discurso a una multitud de mujeres y niños mientras agitaba la pistola. “Entonces yo le hacía a todo el mundo el saludo nazi y saltaba por encima de la borda y ejecutaban a todos los demás”.

En otro sueño perdía el equilibrio en un vagón del metro que iba muy rápido “y por accidente agarraba del pelo a una vieja y se lo arrancaba de la cabeza. Tenía el cuero cabelludo repleto de larvas y todas las larvas amenazaban con matarme”.

Soñé que conducía un Mercedes lleno de óxido por la explanada del East River, “atropellando a corredores flacos y amas de casa hispanas y caniches enanos que hacían un ruido sordo bajo las ruedas, y mi corazón explotaba de felicidad al ver toda la sangre”.

Soñé que saltaba del puente de Brooklyn y descubría un pueblo submarino abandonado porque sus habitantes habían oído que la vida era mejor en otra parte. Soñé que le robaba el diafragma a alguien y me lo ponía en la boca antes de hacerle una mamada a mi portero. Me cortaba la oreja y se la mandaba por correo electrónico a Natasha con una factura de un millón de dólares. Me tragaba una abeja viva. Me comí una granada. Me compraba un par de botines de terciopelo y paseaba por Park Avenue. Las alcantarillas estaban inundadas de fetos.

La doctora Tuttle chasqueó la lengua cuando le enseñé el “registro”.

—Me parece que sigues en los abismos de la desesperación. Vamos a subirte el fenobarbital. Pero si tienes pesadillas con objetos inanimados que cobran vida, o si experimentas cosas de ese estilo cuando estés despierta, lo dejas.

Y luego estaban los sueños sobre mis padres, que nunca le mencionaba a la doctora Tuttle. Soñaba que mi padre tenía un hijo ilegítimo encerrado en el armario de su estudio. Yo descubría al niño, pálido y desnutrido, y juntos conspirábamos para quemar la casa. 

Soñé que le enjabonaba a mi madre el vello púbico con una pastilla de jabón Ivory en la ducha y luego le sacaba una maraña de pelos de la vagina, que era como una bola de pelo de las que vomitan los gatos o atascan la bañera. En el sueño, comprendía que la maraña de pelo era el cáncer de mi padre.

(…)

El día antes de que me fuera a Nueva York, mis padres se sentaron a hablar conmigo.

—Tu madre y yo creemos que es nuestra responsabilidad prepararte para la vida en una institución mixta —dijo mi padre—. ¿Has oído hablar de la oxitocina?

Negué con la cabeza.

—Es lo que te va a volver loca —dijo mi madre—. Vas a perder toda la sensatez que tanto trabajo me ha costado inculcarte desde el día que naciste.

—La oxitocina es la hormona que se libera durante la cópula —siguió mi padre.

—El orgasmo —susurró mi madre.

—Biológicamente hablando, la oxitocina tiene un propósito —dijo mi padre.

—Produce una sensación tibia y confusa.

—Es lo que une a las parejas. Sin ella, la especie humana se habría extinguido hace mucho tiempo. Las mujeres experimentan los efectos con más fuerza que los hombres. Es conveniente que seas consciente de eso.

—Para cuando te tiren con la basura de la noche anterior —dijo mi madre—. Los hombres son unos perros. Hasta los profesores, que no te engañen.

—Los hombres no se atan con tanta facilidad. Son más racionales —la corrigió mi padre—. Lo único que queremos es que tengas cuidado.

—Lo que quiere decir tu padre es que uses condón.

—Y tómate esto —mi padre me dio un estuchito rosa con forma de concha de píldoras anticonceptivas.

—Qué asco —fue lo único que pude decir.

—Y tu padre tiene cáncer —dijo mi madre.

(…)

Cuando a principios de agosto fui a mi visita mensual, la doctora Tuttle llevaba un camisón sin mangas con encajes hechos jirones cruzándole el pecho, y unas gafas de sol enormes tintadas de color miel con anteojeras. Seguía llevando el collarín. La habitación olía intensamente a amoniaco.

—Intenta dormir de lado cuando sea posible. Hace poco salió un estudio en Australia que dice que, cuando duermes de espaldas, es más probable que tengas pesadillas en las que te ahogas. No es concluyente, por supuesto, porque ellos viven en el lado contrario del mundo, así que en realidad deberías intentar dormir boca abajo y ver qué pasa.

—Doctora Tuttle —empecé a decir—, me estaba preguntando si me podría recetar algo un poco más fuerte para la hora de dormir. Me frustro tanto cuando me pongo a dar vueltas en la cama… Es como si estuviera en el infierno.

—¿El infierno? Yo te voy a dar algo para eso —dijo, agarrando el taco de recetas—. El espíritu domina a la materia, como se suele decir. Pero, de todas formas, ¿qué es la materia? Si la miras al microscopio, son solo trocitos. Partículas atómicas. Partículas subatómicas. Si profundizas cada vez más y más, al final te encuentras con la nada. Somos espacio vacío, básicamente. Somos nada. Tralará. Y todos somos la misma nada. Tú y yo llenamos el espacio de nada. Dicen que podríamos atravesar las paredes si nos mentalizáramos. Lo que no dicen es que si atraviesas una pared es muy probable que te mueras. No lo olvides.

—Lo tendré en cuenta.

La doctora Tuttle me alcanzó las recetas.

—Toma, llévate unas muestras —dijo acercándome una cesta con Promaxatin—. Ah, no, espera, que estas son para obsesivos compulsivos impotentes. Te tendrían despierta toda la noche.

(…)

—¿Cómo te sientes?

Sopesé la pregunta mientras la doctora Tuttle iba por la oficina encendiendo un arsenal de ventiladores. Tenía una agilidad impresionante. Ya no llevaba el collarín.

—Estoy bien, creo —grité sin fuerza sobre el zumbido.

—Estás pálida —comentó la doctora Tuttle.

—He estado evitando el sol —le dije.

—Bien hecho. La exposición solar fomenta la muerte celular, aunque nadie quiere hablar de eso.

Los ventiladores provocaban un viento estruendoso y me mareaban. Me agarré a la estantería y tiré al suelo un volumen gordo titulado Tanatosis

—Perdón —grité por encima del estruendo. Lo recogí.

—Un libro interesante sobre las zarigüeyas. Los animales son tan sabios… —la doctora Tuttle hizo una pausa—. Espero que no seas vegetariana. 

—No.

—Qué alivio. Ahora dime cómo te sientes. ¿Te has estado tomando el Risperdal?

—Ayer me lo salté. Estaba tan ocupada trabajando que me olvidé. El insomnio que tengo estos días es horrible —mentí.

—Estás exhausta —garabateó en su taco de recetas—. Según ese libro que estás sujetando, el gen de la muerte se transmite de madre a hijo en el canal de parto. Es por las microdermoabrasiones y la erupción vaginal infecciosa. ¿Tu madre presenta alguna señal anormal?

—No lo creo.

—Le podrías preguntar. Si eres portadora, podría sugerirte algo. Una loción herbal. Solo si quieres. La tengo que encargar especialmente al Perú 

—Nací por cesárea, no sé si será un factor…

—Un método noble —dijo ella—. Pregúntale de todas formas. A lo mejor su respuesta sirve para explicar tus incapacidades mentales y biorrítmicas.

—Bueno, es que está muerta.

—¿Y cómo murió? Supongo que no sería por un fallo de la glándula pineal…

—Mezcló alcohol con sedantes —dije. Me sentía demasiado letárgica como para mentir. 

—La gente como tu madre —dijo la doctora Tuttle, mientras negaba con la cabeza— le da mala fama a los psicotrópicos.

(…)

Los muebles del dormitorio habían cambiado de sitio. La cama estaba girada, de modo que la cabecera miraba a la pared. Me imaginé a mí misma, en mi bloqueo narcotizado, evaluando mi entorno doméstico y dedicando mis pensamientos —no estoy segura con qué parte de mi mente— a tomar decisiones estratégicas sobre cómo mejorar el ambiente espacial. La doctora Tuttle había predicho aquel comportamiento.

—Un poco de actividad durante el sueño está bien, mientras no manejes maquinaria pesada. No tienes niños, ¿verdad? ¡Qué pregunta más estúpida!

Andar dormida, hablar dormida, chatear dormida, comer dormida era lo que cabía esperar, sobre todo tomando Zolpidem. Ya había hecho un montón de compras dormida. Había pedido comida china dormida. Había fumado dormida. Había mandado mensajes dormida y había llamado por teléfono dormida. No era nada nuevo.

La doctora Tuttle me había advertido de que podría tener “viajes mentales en tiempo real”, “parálisis de la imaginación”, “anomalías en la percepción del espacio-tiempo”, “sueños que parezcan incursiones en el multiverso”, “viajes a dimensiones futuras”, etcétera.

Y me dijo que un pequeño porcentaje de los que tomaban medicación similar, declaraban haber tenido alucinaciones en horas de vigilia.

—Suelen ser visiones agradables, espíritus etéreos, luces celestiales, ángeles, fantasmas amistosos. Duendecillos. Ninfas. Purpurina. Tener alucinaciones es completamente inofensivo. Le pasa sobre todo a los asiáticos. ¿Cuáles son tus orígenes étnicos, si puedo preguntar?

—Inglés, francés, sueco, alemán…

—No vas a tener ningún problema.

(…)

Necesitaba la confianza inquebrantable de la doctora Tuttle. No es que faltasen psiquiatras en Nueva York, pero encontrar a una tan irresponsable como ella era un reto que no me veía capaz de manejar.

—No funciona nada —le dije por teléfono—. Estoy perdiendo la fe hasta en el fenobarbital.

—No digas eso —dijo la doctora Tuttle con un grito ahogado.

—¿Qué me sugiere usted?

—Les he oído decir a varios estimados colegas brasileños que el uso continuado de Infermiterol puede provocar un movimiento profundo de las placas tectónicas. Está demostrado que si se le añade como complemento una filigrana de dosis bajas de aspirina y proyección astral, resulta muy efectivo para curar el terror solipsista. Si no funciona, nos replantearemos todo —dijo—. Hay alternativas a la medicación, aunque suelen tener más efectos secundarios perjudiciales.

—¿Como qué?

—Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. En cuanto a la medicación, el siguiente nivel de sedación mayor para uso doméstico es un fármaco llamado Prognosticrona. Lo he visto obrar maravillas, pero uno de sus efectos secundarios es que se echa espuma por la boca. De todas formas, no podemos descartar la posibilidad de que tal vez haya errado en mi diagnóstico. A lo mejor lo que padeces es algo, a ver cómo lo digo…, psicosomático. Ya que corremos ese riesgo, creo que deberíamos moderarnos.

—Probaré con el Infermiterol.

—Bien. Y come una buena tanda de productos lácteos una vez al día. ¿Sabías que las vacas pueden elegir si duermen de pie o tumbadas? Si pudiera elegir, ya sé lo que haría. ¿Has hecho alguna vez yogur casero? No me contestes. Ahora anótate esto porque me parece que estás demasiado psicótica para acordarte: sábado, 20 de enero, a las dos.

(…)

Pasó un paseador de perros con un grupo de perritos miniatura y perritos falderos con correas que parecían látigos. Los perros se deslizaban silenciosos como cucarachas, eran todos tan pequeños que me sorprendió que nadie los hubiera pisoteado. Fáciles de querer. Fáciles de matar. 

Pensé otra vez en los perros disecados de Ping Xi, en el mito ridículo de su congelador industrial asesino de perros. 

Una cortina brusca de viento me golpeó la cara. Me subí el cuello del abrigo de pieles para taparme la nuca y me imaginé que era una perra blanca acurrucada en la esquina del congelador de Ping Xi, donde el aire humeaba en remolino, mitades de vaca se balanceaban chirriando entre el zumbido del frío, la mente se me iba ralentizando hasta que las sílabas sueltas del pensamiento se abstraían de su significado y las escuchaba estirarse como notas sostenidas, como bocinas o sirenas que anunciasen un toque de queda o un ataque aéreo: “Esto ha sido un simulacro” 

Cuando me tomé la pastilla de Infermiterol aquel día, me imaginé los cuadros de Ping Xi. Se me aparecieron en la cabeza como si fuesen recuerdos. Eran todos “desnudos dormidos”, camas desordenadas y marañas de miembros pálidos y pelo rubio, sombras azules en los pliegues de las sábanas blancas, atardeceres reflejados en las paredes blancas del fondo. 

En todos los cuadros mi cara estaba oculta. Los veía mentalmente, óleos pequeños sobre lienzos baratos o paneles todavía más pequeños. Eran inocentes y no muy buenos. No importaba. Ping Xi los podría vender por cientos o miles y decir que eran críticas autoconscientes sobre la institucionalización de la pintura, quizá incluso sobre la cosificación del cuerpo de la mujer a lo largo de la historia del arte. 

“La academia no es para los artistas —me imaginé que diría—. La historia del arte es fascismo. Estos cuadros tratan de cómo seguir durmiendo mientras leemos los libros que dan los profesores. Estamos todos dormidos; el sistema, al que no le importa una mierda quiénes somos de verdad, nos lava el cerebro. Estos cuadros son aburridos de forma deliberada”. 

¿Se creería que era una idea original? No recordé haber posado para los cuadros nunca, pero sabía que si estaba puesta de Infermiterol, seguramente había fingido que estaba dormida.

#RestAndRelaxationOtessa
#HypermediaTeDroga




Hypermedia investiga

Hypermedia Investiga (II)

Hypermedia

En las páginas de Game Boy (Caballo de Troya, 2019), de Víctor Parkas. Entre fragmentos. Turbeando.


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