Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad

Cuando Jason Momoa aún ni soñaba con interpretar a un atormentado comerciante de pieles en busca de venganza contra un pérfido lord, la Compañía de la Bahía de Hudson puso sus pies en Rupperts Land.

Alrededor de este territorio de nombre peculiar, entre licencias, trueques y atropellos, comenzó el comercio de pieles que le dio a no pocos afortunados una riqueza sin igual, ya fuese amparados por su respectiva corona o por sus mañas para contrabandear.

En 1795 se fundó el único asentamiento que sobrevive poblado hasta hoy: Edmonton. Cien años más tarde, la ciudad de Calgary fue incorporada a Canadá, en una provincia que recibió el nombre de la cuarta hija de la reina Victoria de Inglaterra: Alberta.

Siguiendo la ruta de las pieles, la agricultura y el petróleo, salimos de los pies del monte Vitosha, en Bulgaria, para desembarcar en el Nuevo Mundo, pero sin alejarnos de las peculiaridades de una vida cercana a la montaña.

A la vista de Las Rocosas, Giselle nos contará su historia.


Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad - Gabriel García Galano

De la estrella solitaria a la hoja de arce

Giselle B. Cortázar nació en Guantánamo, rodeada de ríos y lomas. Esto es algo que no la ha abandonado nunca, solo se ha transformado de manera radical.

“Cuando quiero explicar de dónde soy, le canto a la gente la canción ‘Guantanamera’, y más o menos entienden”, me dice.

Giselle estudió Informática en la Osvaldo Herrera, y luego trabajó en instalaciones del Polo Científico.

Se diría que vivía una vida normal, con el salario normal de todos los cubanos. Y así fue. Hasta que el trabajo por cuenta propia le cambió totalmente su perspectiva de vida, y de cierta forma empezó a construir el canal por donde navegaría hasta hoy.

“Cuando me fui del Polo Científico, coincidió con la apertura de posibilidades para el cuentapropismo. Aproveché y me fui a hacer waitressing, o sea, mesera. La primera vez que me vi ganando 120 CUC al mes, una cantidad de dinero que jamás iba a ganar trabajando para el Estado, decidí que más nunca volvería a trabajar en el sector estatal. No importaría el cansancio, las horas… Simplemente no”.

Entre una cosa y otra, estudió en la Escuela de Hotelería y Turismo, y un día, mientras trabajaba en el restaurante La California, hizo uso de su amor por la historia para dar una explicación que le valió la apertura de otra puerta bien explotada en la Isla: la guía turística. Inmensamente agradecida a un coterráneo de la provincia más oriental de Cuba, que la llevó a trabajar a una agencia de viajes aún sin tener experiencia, Giselle se volcó en ese mundo, trabajando con turistas norteamericanos cuando el turismo estaba en el boom

“La vida me cambió, Gabriel”, me cuenta. “Con ese trabajo pude despegar, hacer muchas cosas. Reparar mi casa y estar mejor, pero sobre todo viajar y conocer Cuba. ¿Cuántos cubanos no han ido jamás a El Cobre, que es el centro de adoración de nuestra patrona? ¿A Trinidad, a Varadero, a Viñales? No pueden. Ese fue un regalo estupendo que vino con ese trabajo. La oportunidad de estudiar, aprender de nuestra historia y nuestro patrimonio y conocer gente maravillosa (ya fueran clientes o no). Son recuerdos que llevo bien guardados en mi corazón”.

Gracias a las redes sociales conoció a su actual esposo: un cubano, químico, que vivía en Canadá. Él viajó a Cuba a conocerla y Giselle confiesa que, al principio, no pretendía nada serio. Ella se había separado de una relación anterior, con quien había tenido un hijo. Pero la vida da vueltas y tiene por lo general planes que se desvían del curso que uno pretende darle. Y esta vez se desvió hacia el norte… Bien al norte.


Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad - Gabriel García Galano

Oh, Canada…

“En gran medida hace la diferencia tener a alguien esperándote en el lugar a donde vayas”, cuenta Giselle, que llegó con su hijo a Canadá en el año 2019. Relata que el choque fue muy fuerte, pues todo se antojaba distinto: las costumbres, el idioma, la gente, el clima.

Así pues, buscar qué hacer se convirtió en el primer dilema:

“A Ciencias de la Computación no quería volver, ni modo. Me decidí por lo segundo: mesera. Y te diré que no fue fácil. Para trabajar acá en un restaurante donde se sirvan bebidas alcohólicas, hay que pasar un curso y obtener un permiso, pues el consumo y dispensa de alcohol es casi peor que fumar marihuana”.

Oyendo eso, pienso: señores, ¿se imaginan que en Cuba restringieran el consumo de alcohol de esa manera, pidiendo carnet y una licencia para servir un trago? La burocracia de los servicios culinarios haría un pastón, o tal vez se armaría una revolución por el derecho a poder servir y tomar alcohol libremente… Tú sabes, en Cuba quita cualquier cosa menos ron, cigarro y novela. Sobre el consumo de “María”, mejor ni opinar.

Ella no se dio por vencida. Hizo los cursos y obtuvo las licencias para poder trabajar en eso, para empezar. Es el clásico: al principio hay que hacer lo que venga.

“Un día vi un anuncio en Internet sobre un colegio que iban a abrir para formar asistentes médicos. Decidí intentarlo, pues me aprobaron el préstamo para estudiar y, con el apoyo de mi esposo, pude hacer en un solo año un curso que normalmente toma dos. Técnicamente lo hicimos entre los dos, mi esposo me apoyó muchísimo, ya que el niño acababa de empezar la escuela y yo también. Pero él dio el paso al frente”.

Días, tardes y noches se fueron entre la escuela de su hijo, la suya, y estudios independientes para tratar de entender asignaturas que califica como “terribles”. El esfuerzo, y nuevamente la suerte, le abrieron la puerta: seis meses antes de graduarse logró encontrar empleo por intermedio de otra amiga cubana. Vamos, que no se puede quejar. Así empezó a trabajar en el campo médico.

Giselle me pide disculpas por fumar un cigarro mientras conversamos. En el audio se oye el sonido de la piedra de la fosforera, la chispa, el humo. Dice que solo fuma uno, generalmente en las mañanas. Le respondo que, a no ser que esté bebiendo, también me fumo uno al día, pero en la noche, antes de dormir. La conversación se va por el camino de la nicotina y las hojas de tabaco. Le despierta recuerdos sobre Viñales y lo mucho que extraña fumar tabaco allí, en esa tierra mágica bien conocida por dar la mejor breva del mundo.

Llora.


Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad - Gabriel García Galano

Canadá vs EE.UU.

Luego de algunas lágrimas, que le dieron el dudoso récord de ser la primera persona que escucho llorar durante una entrevista (pues no soy de los que buscan el llanto del entrevistado), tenía que venir la pregunta “incómoda”. Basado en debates, discusiones y comparaciones, es imposible no hacerla: ¿Canadá o Estados Unidos?

“Canadá, definitivamente. Muchas amistades, cuando nos establecimos acá, nos dijeron que nos fuéramos para Estados Unidos, que dominábamos el idioma y podíamos prosperar… Pero no. Yo me quedo en Canadá, a pesar de los defectos o dificultades que pueda tener el país”.

Y continúa:

“Mudarse a Canadá es muy difícil. Y cuando hablo de mudarse quiero decir emigrar. Muchas veces las personas emigran por vía de programas basados en puntos; programas que pueden desaparecer de pronto, o cambiar de nombre y condiciones. Lo otro es la cantidad de dinero que te pide el país”.

Canadá pide a los emigrantes alrededor de 12.000 dólares canadienses, cifra que puede variar según los programas. Eso es, aproximadamente, 9.200 dólares estadounidenses, una cantidad de dinero que, para cualquiera, sin distinción de nacionalidad, es difícil tener en mano. Y si te mudas con tu familia, digamos, “mamá, papá y nené”, se necesita más dinero.

Existe otro elemento: todos los documentos legales deben estar certificados; en el caso de los cubanos, por Consultoría Jurídica Internacional. Lo que añade otra sangría de dinero, pues los precios no suelen ser asequibles.

“Lo otro es el idioma. Canadá no es Miami. Aquí hay que hablar inglés. Por muy tolerante que es la sociedad canadiense, es muy difícil, para no ser absolutos y decir imposible, conseguir un trabajo si no se machaca al menos el idioma inglés. Otra diferencia es el clima. En Canadá hay mucho frío, y al cubano no le gusta el frío. Por suerte a mí sí. El frío y la nieve me encantan. Y a pesar de tener sus contras, tiene su pro”.

Pero quizás la diferencia más marcada entre los dos países (además de las restricciones para adquirir y portar armas), radica en temas de educación y salud.

En 2018, Canadá se ubicó en el lugar número 7, junto a Corea del Sur, en el ranking del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos. No obstante, diversos informes de 2020 ubican al país norteamericano en el puesto número 4 a nivel mundial. La educación pública es gratuita hasta la secundaria, y a partir de ahí se divide en pública y privada, pero los préstamos para estudiar en la universidad siguen siendo bastante asequibles para el pago una vez finalizados los estudios; a diferencia de los Estados Unidos, donde muchas veces puede tomar más de diez años pagar esa deuda. Y hay quien nunca la paga, si logra finalmente estudiar en la universidad.

Con razón Giselle dice que cuando llevó a su hijo por primera vez a la escuela, se quedó boquiabierta: “Mi hijo estudia en una escuela católica, y la verdad es que el nivel ‘te saca por el techo’”.

La salud es el otro tema, y quizás el más importante. Estados Unidos gasta mucho más, pero obtiene peores resultados que Canadá. Mientras Washington dedica 16,8 % del PIB a su criticado sistema de salud privado, el sistema de bienestar apoyado por el Estado canadiense (pagador único) requiere solo el 10 % del PIB para ofrecer salud gratuita a sus ciudadanos, quienes además tienen una expectativa de vida mejor que la de los estadounidenses.

Detalle: esta atención gratuita canadiense provoca largas esperas a la hora de ir a un hospital, una de las críticas que se le hace al sistema. Mientras, en Estados Unidos, no todo el mundo puede acceder a un seguro médico. De ahí la controversia cuando la actual administración intentó, nuevamente, liquidar el American Care Act, conocido como Obamacare, un seguro muy barato subvencionado por el gobierno federal.

En los Estados Unidos, una legión de trabajadores administrativos de salud y empleados de seguros de salud que no desempeñan un papel directo en la prestación de atención al paciente, cuesta a cada hombre, mujer y niño estadounidense un promedio de $2.497 por año. Al otro lado de la frontera, con el pagador único desde 1962, el costo de administrar la atención médica es de solo $551 por persona: menos de una cuarta parte.

En cuanto a ingresos per cápita, la diferencia se reduce: $46.197 en Canadá frente a $65.280 en EE.UU., de acuerdo a datos de 2019 del Banco Mundial. Y la manera en que esa riqueza nacional se gasta varía sustancialmente entre los dos países. Canadá invierte en gastos militares casi tres veces menos que Estados Unidos. Según datos de la CIA, el gasto en defensa en Estados Unidos llega a 3,4% del PIB, frente a apenas 1,31% en Canadá.

Números, números y más números… Al final elija usted, si puede, dónde es mejor vivir.

Hablando de gastos y gratuidades, otra de las distinciones que hace Giselle es el tema del supuesto socialismo canadiense:

“No existe tal cosa. Canadá es un país capitalista, con programas sociales y muchas leyes dedicadas de cierta forma a la igualdad y el ambientalismo. Esas leyes no se aplican por igual en todas las provincias, y en Alberta se hacen sentir”.

Al poseer Canadá la tercera reserva petrolera más grande del mundo, que casualmente está en la provincia de Alberta, los impuestos sobre el carbono (carbon tax) son más elevados. A pesar de que en 2019 se votó por imponer un tax de 20 dólares por cada tonelada de dióxido de carbono liberada a la atmósfera, el gobierno de Alberta, en voz del premier de la provincia, Jason Kenney, se opone a recargar a los consumidores diariamente.

Más allá de las ventajas que pueda tener ponerle precio a las emisiones para que las industrias innoven maneras de reducirlas, el costo en el bolsillo de los ciudadanos es mayor; sobre todo en un país donde el invierno es muy crudo, con temperaturas de menos de cuarenta grados bajo cero.

Otro tema es la equalization: las provincias más ricas transfieren al gobierno federal cierta cantidad de dinero para que este, con otros fondos, asegure que las provincias más pobres puedan brindar servicios esenciales a los ciudadanos. El propio Jason Kenney dijo que no era justo que Alberta enviara cada año más de veinte mil millones de dólares canadienses a otras provincias, siendo Quebec (la segunda más poblada del país y una de las que más recursos tiene) la que recibe buena parte de ese dinero. Como Alberta es la provincia que más aporta a la economía canadiense (con un alto PIB per cápita a pesar de una recesión que se extiende desde 2014 y que se ha visto agravada por el COVID-19), da dinero, pero no recibe.

¿Todavía creen que es fácil vivir en Canadá? Podrá ser mejor, pero fácil, no es.

Demasiadas aristas para un tema que necesitaría de al menos tres entrevistas para entenderlo.

By the way: el supuesto “socialismo a la Trudeau” no le hace mucha gracia a Giselle. A veces se siente como que ha salido de un socialismo para entrar en otro…

Luego despierta en Canadá, y seguro se le pasa.


Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad - Gabriel García Galano

Ô Canada!

El tema de la equalization es para dejar con dolor de cabeza a cualquiera. ¿Cómo algo que parece en teoría tan bueno puede cargar tanto a los ciudadanos y llegar a ser un tópico que lleve a la confrontación? Es sencillo: imagine que usted vive en la tranquilidad de Miramar, pero tiene que pagar impuestos para el desarrollo de Regla, Centro Habana y La Habana Vieja. ¿Le gustaría?

Por eso el tema no duró mucho en la conversación, y fuimos a una de las razones que motivaron esta entrevista, que no fue más que las fotos que Giselle posteaba en un grupo de Facebook. Fotos donde las montañas canadienses eran protagonistas.

“La primera vez que fui a las montañas quedé boquiabierta”, recuerda ella. “WOOOW, tuve que decir. Con mayúsculas. Había 26 grados bajo cero, pero a medida que yo me iba acercando a las montañas sentí hasta palpitaciones en el pecho de la emoción. Uno se siente diminuto ante lo majestuoso de las Montañas Rocosas. Es como ser un mosquito”.

Es un viaje que por supuesto ha repetido, pues las Rockies están a pocos kilómetros de donde vive:

“Es mi lugar preferido, he estado en muchas zonas de la cordillera. Y ya le dije a mi esposo que el día que me gane la lotería me voy a comprar una casa en medio de la nada y me voy a quedar ahí, en las montañas, viviendo con los animales”.

Según ella, cada vez que está cerca de las montañas se siente como una niña en una juguetería, se llena de luz.

Con la alegría y satisfacción de la montaña, también llegan otras añoranzas:

“Yo nunca fui mucho de playa, por el tema del sol y la arena, pero si hay algo que se extraña acá es el mar”.

En Alberta hay muchos lagos, y lugares donde Giselle se da el gusto de ver agua, pero la provincia no tiene salida al mar.

“Las Rockies se han llevado todo mi amor. Han venido a sustituir el mar que ya no tengo”.

La inmensidad de los ríos de Calgary a veces compensa esa falta de mar. Día a día, ella atraviesa el puente de la calle 14, sobre el río Bow, al que describe como surrealista, con “un color verde-esmeralda que parece salido de un cuadro”. Ya ha pasado dos veranos; el primero solo se metió en el agua hasta las rodillas, pero el siguiente se bañó de pies a cabeza.

“No puedo dejar de estar cerca de él, sobre todo en las mañanas, con el sol saliendo y la brisa… Ese es el momento de agradecer del día. Aunque a veces por nuestra propia naturaleza humana somos ingratos, pero para mí esa es la hora de agradecer”.

Aunque Giselle diga que de Cuba extraña sobre todo a “su gente”, lo cierto es que se llevó mucho con ella. Cargó con sus santos, que le ocuparon una maleta completa. Y allí siembra girasoles que dedica a la Virgen de la Caridad.

“A la Patrona le agradezco por todo lo que tengo en mi vida, que no es nada espectacular, pero no hay una vela que yo haya puesto, que mi súplica no fuera escuchada… Y eso que no es mi ángel de la guarda. Casi todos los girasoles que he sembrado se los he puesto a ella”.

Han pasado casi cuatro siglos desde que la Hudson Bay Company hizo contacto con esa hermosa tierra que hoy se conoce Alberta, Canadá. El comercio de pieles ha dado paso a la explotación petrolera. Diversos medios aseguran que “ese petróleo nadie lo quiere”, pero no parece más que mera envidia hacia una de las reservas más poderosas del mundo, que ha propiciado una economía floreciente y próspera, a la vez que recesiva por cuestiones políticas.

Quizás no fue alguien tan fiero como el Declan Harp de Jason Momoa, pero contrabandistas hubo (y seguro los hay aún, aunque de otras cosas). Nativos, franceses, ingleses, escoceses y hasta norteamericanos. Todos rezándole a algún Dios para que el crudo invierno que baja desde los polos y cubre de blanco las montañas les permitiera sobrevivir.

Ahora, junto a Jesús o Manitú (Grand Manitou, en francés, por si esto lo lee algún quebequense), están los girasoles de Giselle en ofrenda a la Virgen.

Para que guíe su camino. Para que alumbre a los suyos. En Canadá o en Cuba.


Girasoles canadienses para la Virgen de la Caridad - Gabriel García Galano



Una cubana a los pies del Vitosha - Gabriel García Galano

Una cubana a los pies del Vitosha

Gabriel García Galano

Poco sabemos los cubanos de Bulgaria. A diferencia de Estados UnidosVenezuelaRusia, o China, de Bulgaria no se habla nada… O casi nada, hasta ahora. Porque, aunque pocos, hay cubanos que han ido a dar con sus huesos a Sofía, a los pies del Vitosha, pero sin socialismo.


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