Mariela Varona: “Entre café y café y cigarro y cigarro”

Adentrada en el bullicio y el humo que ambienta el café Les Amis, ubicado en el centro de la ciudad de Holguín, Mariela Varona Roque habla de su iniciación como escritora, de los mundos ocultos que descubre en los cafés nocturnos de Holguín, y de aquellas realidades que destapa y libera a través de su ficción:

¿Siempre habías escrito, toda la vida? 

Había escrito sí, pero no con la voluntad de publicar. El problema es que yo soy Ingeniera Eléctrica, y trabajé como ingeniera por 27 años en una empresa de producción. Llevaba en paralelo las dos cosas. En la empresa, la gente sabía que yo escribía, pero nadie lo tomaba muy en serio. Hasta que llegó el momento en que apareció en el ámbito de la literatura cubana un espacio que se llama Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, fundado en La Habana por Eduardo Heras León y su esposa Ivonne Galeano.

¿Relacionada con Eduardo Galeano?

Sobrina de Eduardo Galeano. Ellos se conocieron a través de Galeano y se enamoraron. Ella vino para Cuba a vivir con él, y aunque ella no escribía, lo amaba y estaba muy al tanto de su sueño de abrir una especie de taller nacional para la gente que estaba escribiendo en la Isla pero que no había publicado nunca, y que no sabía dónde publicar. Y fundaron ese taller. Ya el taller tiene veinte años.

Dicen que veinte años no es nada.

Pero, ¿tú te imaginas la cantidad de gente en Cuba que ha pasado por ese taller? Dos semanas, tres semanas al año, con los gastos pagados. No importaba que tú fueras albañil, ingeniera como yo, estomatóloga —como otra amiga mía— o militar. Lo que tú hicieras no importaba. Tú tenías pagadas esas dos semanas en La Habana para que te hablaran de las técnicas narrativas: Eduardo Heras, Raúl Aguiar, Amir Valle —un narrador que tiene tremendo éxito en Alemania—, ellos fueron los que empezaron. Y me encantó, porque ahí fue donde me convencí de que no todos estamos obligados a ser genios; tú puedes escribir medianamente bien sin ser un genio. 

Muy cierto.

Bajo el sol hay espacio para todo. Para los talentos enormes, y para los talentos pequeños, y para todo el mundo. Eso lo comprendí ahí. Porque como soy una lectora tan voraz, siempre pensé que no valía la pena que la gente leyera lo que yo escribía, porque, total, si no era como lo de Milan Kundera, ni era como lo que escribió Bulgakov, ni todos esos genios que yo admiro tanto, ¿para qué iba a querer que la gente lo leyera? 

¿Pedimos un café?

Un cafecito, por favor, sí, sí.

¿Expreso?

Expreso, sí. Y, ¿dijiste que querías fumar, o que querías un cigarro?

Cigarros tengo.

Ah.

Con el café fumaremos. Dos expresos, entonces. Por ahora.

Te dije que me di cuenta en el Onelio, en el taller, que no importaba que yo no fuera ni Bulgakov ni Anna Ajmátova ni Virginia Woolf. Que lo que yo tenía para contar sí le interesaba a alguna gente, y era válido. Por tanto, lo que hice fue aterrizar de la idealidad en donde yo tenía la literatura, y darme cuenta de que, ¿por qué no?, todo el mundo tiene historias interesantes que contar, y ¿por qué no podía publicarlas? Y ya. Eso fue lo que sirvió de punto de partida.

Leí que estudiaste en la antigua Europa del Este.

En Hungría, pero fue solo un año. En el ochenta y uno. Tú no habías nacido, seguro. 

¿Cómo llegaste allá?

En esa época, había un sistema de becas que el campo socialista le daba a Cuba y a otros países del Tercer Mundo. Todos los países del Este, incluida la URSS, le daban becas a Cuba para los muchachos recién graduados del bachillerato, y yo obtuve una de esas becas. Había muchachos cubanos estudiando en Berlín, en Praga, en Budapest como yo, en todas partes. Pero eso se acabó cuando se derrumbó el campo socialista. Se acabaron los sistemas de becas que daban. 

Ahora, qué pasa, cogí la beca para Hungría, pero yo era muy jovencita, solo tenía dieciséis años, y nunca había salido de debajo de la falda de mi madre. Ni el primer beso de amor. Caí allí como si hubiera caído de la cigüeña, ¿sabes? Y me empecé a enterar de todo. Yo no sabía lavar ni mi ropa interior porque mi mamá me lo hacía. No pude soportarlo. Y lloré y lloré y lloré. Y cuando llegaron las pruebas de fin de curso de la preparatoria, yo sabía que si aprobaba me tenía que quedar allí años. Entonces no fui. No quise hacer las pruebas, para poder regresarme.  

Qué decisión tan difícil. Entonces, ¿cuánto tiempo estuviste allí?

Un año. Casi un año.

Un año es mucho para una chica de dieciséis.

Para mí fue una vida entera. Y dicen algunos amigos míos que lo mejor que yo voy a escribir es la novela sobre esa época de mi vida. Nunca he escrito nada. 

Sería fascinante.

Nunca he escrito nada. Es que esa etapa fue tan fuerte para mí, en una edad en que uno es tan vulnerable… Pero todavía no me siento lista para escribir. Ya estoy casi lista para el asilo de ancianos y no he escrito lo que tengo que escribir… ¿Gustas?

No, gracias, ayer fumé demasiado. No acostumbro fumar. Solo de vez en cuando. Volviendo a tus cuentos: Vino de Falerno empieza con dos mujeres que son pareja. ¿Siempre escribes del tema lésbico?

No. Empecé a escribir sobre el tema lésbico, sobre el tema gay, sobre los temas marginales en general —todo eso estaba aquí en un mismo saco— porque hubo una época en Cuba en que prácticamente nadie escribía sobre esos temas, no existían. Aparentemente no existían. 

No se puede escribir de lo que se supone que no existe.

No existían ni roqueros, ni lesbianas, ni gays. ¡No existían!  

¿Ni roqueros?

Ni roqueros existían. Y yo vivía mucho la vida nocturna de aquí, y andaba con todos esos muchachos. Mi esposo fue el que fundó uno de los festivales de rock que hubo aquí en la ciudad, y esa vida para mí era tan real… Y nadie escribía sobre eso, sobre la gente que poblaba ese mundo, sobre las lesbianas, los gays.

A toda esa gente la empecé a conocer en el mundo nocturno de Holguín. Porque en mi vida de Banes, en mi vida de niña buena —de la casa para la escuela, de la escuela para la casa—, ¿a quien conocía yo? Ni siquiera sabía que eso existía. Entonces, cuando regresé de Hungría, fui a estudiar a Santiago de Cuba, y allí fue que me empecé a enterar de ese otro mundo. 

El tabú de hablar sobre las lesbianas, los gays, la gente que consumía drogas, que jineteaba a los extranjeros: de nada de eso se podía escribir. O sea, nadie lo escribía. Hasta los años noventa. En los noventa se destapó todo. 

Me intriga esa vida nocturna que mencionas. 

Me faltó contarte un detalle de cómo entro en ese mundo de los roqueros, de los que consumían, de las lesbianas y de los gays, de los que andaban rondando en las madrugadas por ahí. En ese mundo entro cuando todavía no tenía casa, andábamos errando mi marido y yo. La cosa es que había un café en el centro de la ciudad que se llamaba Pico Cristal, y ahí confluía toda esa gente. Pero a este lugar iban todos. O sea, iban obreros acabados de salir de su trabajo, iba gente del arte, de las instituciones culturales, escritores, qué se yo. Pero también estaba presente ese otro mundo, del que no se hablaba. 

Hay muchos cuentos míos sobre lesbianas, sobre gays, y sobre gente más marginal. O sea, de la gente que vive en barrios en los que hay que sobrevivir de las maneras más duras, ¿no? Y a esas personas las conocí yo en ese café. Yo era psicóloga aficionada, porque me encanta Freud y el psicoanálisis, leía y leía y leía sobre eso, y me dedicaba a darles consejos a las parejas de todo Holguín.

¿En serio? ¿Ahí mismo, en el café?

Entre café y café y cigarro y cigarro. Había gente que se enteraba y sin conocerme me decían: “Oiga, usted, ¿puede venir a nuestra mesa un momento, que tenemos un problema?”. Y yo iba. Escuchaba el problema y decía: “Mira, yo creo que ustedes deberían hacer tal cosa”. Entonces, las historias que yo conocí ahí son inigualables. Me enteraba de que existía otro mundo que yo no tenía la menor idea de que existía. 

¿Cómo relacionas tu obra con la de otros escritores de tu época?

Parece que los cuentos míos se insertaron dentro de una corriente que se llamaba los novísimos. Una corriente de gente que empezó a publicar en esa época donde salieron a la luz todos esos temas peliagudos. Ahora ya es normal. La gente escribe de todo y está muy bien. Pero en aquella época, no. 

Mi notoriedad vino por un premio que gané en 2001. Digo notoriedad porque soy un poco más conocida que otras mujeres de aquí y de mi generación. Un poco más conocida. Me tienen en cuenta en las antologías. Escriben más sobre mí, y se han publicado mis cuentos en otros países. 

El premio que gané lo organizaba la revista La Gaceta de Cuba, y era muy codiciado por los escritores cubanos. No solo por el dinero, sino porque daba prestigio. Además, hasta ese momento solo lo ganaban escritores de La Habana o escritores ya legitimados. El único provinciano que lo había ganado antes era Alberto Garrido, pero él ya era conocido y celebrado por escritores importantes. Yo era una total desconocida, digamos una advenediza en el mundillo literario cubano; por eso el premio fue como ganar la lotería nacional y se hizo bastante famoso en aquella época. 

Me refiero al cuento “Anna Lidia Vega Serova lee un cuento erótico en el patio de un museo colonial”. Supongo que le gustó tanto a la gente porque pretendí burlarme del boom erótico en la literatura cubana —que a mi entender era excesivo— y me salió una historia divertida y de un erotismo desenfrenado. Sigue siendo uno de mis cuentos más conocidos.

Entonces, ¿tu generación era conocida como los novísimos? 

Los novísimos. Ese nombre se lo puso un escritor que ya murió, Salvador Redonet, refiriéndose a los que empezábamos a publicar entrando el nuevo milenio. Fue cuando empezaron a sacar esos temas que hasta ese momento eran tabúes, que no se podían mencionar aquí, porque aquí todo tenía que ser perfecto, por el asunto de la pureza moral, bla, bla, bla. 

Pero ya todo eso se destapó, ya caminó, y la gente de la Generación Cero le dio la vuelta a los temas realistas y se fueron totalmente para lo fantástico. Los temas realistas se habían explotado tanto que, para ellos, ya era más atractivo imaginar un futuro distópico. Cualquier cosa que no fuera la realidad. Como yo misma hago a veces. Porque, si lees mis libros, te darás cuenta de que empiezan con cuentos realistas y terminan con cuentos fantásticos. Porque me gustan. Los cuentos fantásticos me gustan. Es que la realidad-realidad nos abruma. Una está metida en ella todo el tiempo. Entonces sueño, fantaseo, me imagino esto y lo otro, y por eso escribo sobre cosas fantásticas también. 

¿Tienes algún proyecto en pie ahora mismo?

Ahora mismo tengo dos proyectos. Uno que está a la mitad, de corte realista, sobre un negocio para darle placer a las mujeres. Un negocio que ubico en La Habana, porque en Holguín no existen edificios con sótano, y en La Habana sí, y yo necesitaba un sótano para esa novela. Y, además, como es un negocio tan ilegal, en Holguín se enteraría la policía inmediatamente. En La Habana el contrabando es más verosímil. Se trata de un negocio para hacer cunnilingus a las mujeres.

Wow!

Esa es la novela en que trabajo ahora, que he titulado “Irina en la gran intemperie”. También estoy escribiendo cuentos de ciencia ficción con el tema de los homúnculos, en un futuro distópico que imaginé hace tiempo en otra historia. Mi primera novela, la que ya está terminada y editada, se titula Las puertas de la perversión y debía salir en la feria del libro de este año, pero no hay papel para imprimirla.




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Conversar con un OMNI de ZonaFranca siempre es un desafío, e Hypermedia Magazine tuvo a bien convocarlo. Desafío en cuanto al carácter agonista y trascendentalde los miembros de este proyecto, que se obstinan en afinar sonido, poesía, cuerpo y performance en la nota bondad-belleza-verdad.


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